Recuerdan primer aniversario del Monte de las Banderas

Hace un año se izaron por primera  vez en la Tribuna Antiimperialista 138 estandartes negros que evocan a las víctimas del terrorismo de Estados Unidos contra Cuba

Autor:

José Alejandro Rodríguez

Foto: Franklin Reyes Desde Detroit, allá en los Estados Unidos, la mujer hizo malabares por terceros y cuartos países para visitar La Habana libremente. Ahora camina por el Malecón con un sombrerito de fibras vegetales, desintoxicándose de prisas, suntuosidades y vanidosas gigantologías.

La mujer repara en un monte de negras banderas que se encima por sobre la Oficina de Intereses —o desintereses— de su país. Esa nota luctuosa nada tiene que ver con su festival de sorpresas viajeras.

Ella no entiende nada, porque sueña con las arenas de Varadero y los bongoes, en la Isla de sonrisas que se le ofrece. Y por azar, está sentado en el Malecón un hombre que dice llamarse Juan Carlos Cremata. La señora le pregunta. El hombre sonríe y se pierde en los recuerdos. Pero no puede condenar a esa visitante ingenua que se unta protector solar y apenas descifra el sentido de aquel piélago de remembranzas.

Ella inquiere, y Cremata le cuenta la historia de esas 138 banderas desplegadas como gritos de 138 años de una nación que nunca olvidará a los muertos de su felicidad —como diría el cantor—, a los caídos desde que en 1868 estrenamos esta tozudez de ser cubanos: imperfectos, pero cubanas y cubanos con los pantalones puestos, gravitando siempre entre la evidencia y el sueño.

Los que habitan la ciudad bien lo saben, y prefieren esos días de festejo patrio, cuando se arrían los negros estandartes del dolor y se izan las banderas cubanas en regocijo de identidad. Pero Cremata le insiste en la sangre y el tajo de vida que flamean en los pabellones luctuosos. En la muerte que han sembrado la intolerancia y el despecho del despacho oval.

Cremata siente ondear en las banderas rizadas por la tarde el alma del padre que le fue arrebatado por el artefacto de una política visceral. Ese padre que no pudo enseñarlo a jugar pelota. Y le explica a la señora la historia de aquel avión derribado en 1976 por criminales amparados por Estados Unidos. Esos que dicen combatir el terror.

Cremata le muestra a la norteamericana una foto del padre con el uniforme de Cubana de Aviación, sonriente y presto a surcar otros aires de la vida. Le habla de tantas víctimas, y la visitante no entiende mucho. Pero le asegura, como una buena ama de casa norteamericana que riega sus flores, que en su patio, entre robles y arces, izará una bandera negra por ese hombre desconocido.

Al final, este redactor confiesa que la historia es un delirio de imaginación, aunque podría suceder hoy mismo, cuando se cumple el primer aniversario de 138 banderas en un irreductible monte de esperanzas.

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