Con todo el polvo de Aracataca en Birán

Hoy Gabriel García Márquez llega a su 80 cumpleaños. JR, se une al homenaje con esta crónica publicada originalmente en la edición del 8 de septiembre de 1996 y que evoca la proverbial amistad entre el Gabo y Fidel

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Juventud Rebelde

Foto: Estudios Revolución Tuve la suerte de presenciar un diálogo entre Fidel y Gabriel García Márquez en un viaje inesperado y conmovedor. La tarde de ese día había transcurrido serena, casi tediosamente, sin los sobresaltos y apuros habituales a esas horas en las redacciones de los diarios en todo el mundo. Regresé a casa temprano, con el propósito de continuar escribiendo de Angola, en un evocar la memoria a veces desgarrador, pero ineludible a la altura de los años transcurridos desde el regreso, porque los recuerdos iban poco a poco convirtiéndose en una «obsesión incómoda»* si no se desbordaban de una vez en un tropel de palabras.

«Apúrese, es un viaje con Fidel a Birán», me dijo Sergio, un negro robusto de mirada noble que apenas cabía en el sillón de la sala.

El Comandante tenía sus razones para vivir la experiencia del regreso a las habitaciones entrañables de la infancia y los recuerdos del pasado, convertidos en una historia de impresiones que al final, según él mismo piensa, es la historia verdadera de un hombre. Para él, los 70 habrían pasado como los 60, los 50 o los 30, pero la insistencia de los demás, acabó por impresionarlo y sintió la necesidad de volver. Deseaba hacerlo el mismo 13 de agosto, pero para entonces ya tenía otros compromisos, por lo cual decidió viajar a Holguín al día siguiente, y emprender el camino de Birán el 15 de agosto, bien de mañana, como para que no se secara el rocío en las rosas que iba a poner en la tumba de los viejos, ahora bajo la sombra de los árboles del batey, adonde fueron trasladados sus restos hace relativamente poco tiempo a instancias de Fidel, porque «Marcané no significa nada en sus vidas y los cementerios son muy tristes, algo así como un apartheid, significan tener muy lejos de la casa y la familia a los muertos».

Poco antes Fidel había asegurado que si bien este era un viaje importante para sí mismo, tenía una trascendencia, «quienes nos acompañan —decía— el Gabo y su esposa Mercedes, y sus amigos, el poeta y ensayista William Ospina, el joven Ricardo Santamaría, anterior embajador de Colombia en Cuba, y las mexicanas Bertha y su hija».

Mientras conversaban de pie en el pasillo del avión, que volaba ya disipada la amenaza de una tormenta del sur y abierto el cielo, limpio de ventiscas y nubarrones, les observaba desconcertada y feliz, casi sin articular palabras. Era una charla entre viejos amigos. Fidel restaba valor a su juicio literario y el Gabo replicaba: «yo no publico un libro si antes no lo lee el Comandante». El Gabo tiene esa costumbre insoslayable, siempre hace circular los originales mecanuscritos entre un grupo de amigos en quien confía.

El propio Fidel recuerda que en el texto Del amor y otros demonios un hombre se paseaba en su caballo de 11 meses y él sugirió: «Mira Gabo, échale dos o tres años más a ese caballo, porque uno de 11 meses todavía es un potrico». Cuando uno lee la novela ya impresa, piensa que el personaje debe ser Abrenuncio Sa Pereira Cao, a quien el escritor reconoce como el médico más notable y controvertido de la ciudad de Cartagena de Indias en los tiempos de la historia. El hombre llora sentado en una piedra del camino junto a su caballo «que en octubre cumple cien años» y en una bajada se le reventó el corazón.

Se habla de libros y el Comandante menciona el Diccionario de ocho tomos, regalo del Gabo por su cumpleaños. Según explica García Márquez, se trata de una edición príncipe reciente, de una especie de historia de las palabras que se estaba escribiendo en Colombia desde hace unos cien años. «Es un libro para abrirlo en cualquier parte y viajar de asombro en asombro. Solo la letra E se extiende a lo largo de unas 8 000 páginas y si usted quiere leer sobre la palabra mesa, puede descubrir no se sabe cuántas cosas insospechadas». El Diccionario cita como ejemplos de uso correcto de las palabras, frases célebres de la literatura hispanoamericana —algunas del propio Gabo—, así resulta también un diccionario literario.

Fidel levanta las manos y mide, de la mesita al aire, la altura en el espacio de los ocho voluminosos tomos. Habla también de otro presente muy hermoso, un libro sobre Bolívar enviado desde Tampa. Siempre pregunta incesantemente y comparte sus reflexiones en voz baja, con una elocuencia solo comparable por su dimensión a la naturalidad y sencillez del Gabo.

A simple vista el Gabo puede parecer incluso mayor de lo que es: tiene canas hasta en las cejas frondosas y las grietas de la piel surcan hondamente el rostro; sin embargo, parece un niño al sentarse en un taburete con los pies recogidos en la tablita del asiento, o al acercarse y preguntar si uno graba las conversaciones o toma nota todo el tiempo, para después sugerir como un método infalible: ejercer el antiguo oficio de mirador y luego inventar la historia.

Estaba todo el tiempo detallándole en silencio, quizá con la misma timidez con que él observó de lejos a Julio Cortázar, en el café Old Navy del boulevard de Saint Germain, en el otoño triste de París en 1956. Julio era un escritor como el que García Márquez hubiera querido ser cuando fuera grande. El Gabo lo confesó en El argentino universal, una crónica reproducida en Resumen, en el homenaje a Cortázar, una década después de su muerte.

Fidel retomó la conversación sobre la literatura garcíamarquiana por la noche. Para él, los libros del Gabo cada vez se distancian más del realismo mágico para pasar a la magia de la realidad, porque el entorno latinoamericano supera hoy todas las figuraciones y fantasías de un escritor, imaginadas o concebibles. Mencionó como ejemplo, su último título: Noticia de un secuestro, que recoge la experiencia sobrecogedora de diez periodistas secuestrados por los Extraditables, en Colombia, hace apenas cinco años.

Yo recordaba lo que el propio García Márquez había escrito en sus crónicas reproducidas en la columna dominical de Juventud Rebelde. Decía entonces que en América Latina y el Caribe los artistas han tenido que inventar muy poco, y tal vez su problema ha sido el de hacer creíble su realidad. Uno tiene esa certeza y la confirma al escuchar a Fidel sus recuerdos del Bogotazo. La gente desbordada en las calles arrastró hasta la muerte al asesino de Gaitán, algunos llevaban pianos en andas y un hombre la emprendía contra una máquina de escribir que Fidel hizo volar por los cielos para ahorrar el esfuerzo descomunal e insólito. Ahora sonríen al recordar la ocasión en que Fidel preguntó: «¿y tú que hacías durante el Bogotazo?» Y el Gabo ingeniosamente ripostó: «yo era aquel hombre de la máquina de escribir».

Conocedor de los sentimientos del Gabo, no solo lee con avidez todos sus cuentos, novelas y crónicas periodísticas, sino que admira su desenfado y apego a los orígenes. Estoy convencida de que en las páginas de Cien años de soledad, al viajar por los paisajes polvorientos y olvidados de Macondo, conoció la ciudad natal del amigo. Tanta Aracataca hay en su Macondo, que Fidel después de pasear la mirada por el paisaje de Birán, sentarse en el pupitre frágil del aula de la niñez y disfrutar la sombra del puntal alto de la casa en que nació, dijo: «La escuelita fue mi círculo infantil y Birán mi Aracataca».

*Un poeta puertorriqueño, Fernando Cros, en una entrevista concedida al semanario independentista Claridad, se confiesa partidario no de la escritura entendida como una dimensión irrenunciable sino como algo a lo que hay que resistirse. En poesía le parece más sabia la actitud de quien cuando le viene a la mente un ritmo o una frase que pudiera resultar en un poema, trata de olvidarla y no es hasta que esa frase o melodía inicial vuelve a la memoria y se constituye en una «obsesión incómoda», que se decide a escribir.

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