Reconocen mérito de soldado cubano asesinado

Yoendris Gutiérrez aprendió los valores de un soldado, por los cuales entregó su vida, y mereció, póstumamente, la Medalla Calixto García

Autor:

Juventud Rebelde

Soldado Yoendris Gutiérrez Hernández. La bondad era camuflaje de bravura en el soldado Yoendris Gutiérrez Hernández. Por eso se equivocaron los agresores que creyeron que el joven sería presa fácil para arrebatarle el arma. La piel y el alma del muchacho eran prolongaciones de la Sierra Maestra, en cuyas estribaciones creció. Allí, al amparo de las montañas, tres varones de la familia (el padre, el hermano y un tío), llamados al Servicio Militar Activo a su debido tiempo, le trasmitieron una enseñanza que cumplió hasta el último aliento: el soldado no abandona el fusil, ni lo entrega al enemigo.

Orgullo y dolor en la familia Gutiérrez Hernández por la condecoración otorgada póstumamente a Yoendris. Nadie lo niega: en la familia Gutiérrez Hernández hay dolor. Pero también en ella se arraiga el orgullo: a su vástago, a propuesta del Ministro de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, General de Ejército Raúl Castro Ruz, se le confirió póstumamente, la Medalla Calixto García.

El acuerdo del Consejo de Estado de la República de Cuba, describe que se otorga la condecoración «en reconocimiento a la actitud valerosa, de rechazo y oposición a las demandas de tres agresores que lo conminaban a que les entregara el arma con que realizaba el servicio de guardia en la unidad militar en que cumplía el Servicio Militar Activo con buenos resultados, siendo ultimado con las bayonetas de los fusiles que portaban los asesinos».

Yoandry, el hermano mayor. De acuerdo con Yoandry, el hermano mayor, las situaciones de riesgo eran un asunto que tocaron en la medida en que se acercaba el reclutamiento. «Una de esas veces dijo: oye, me ves alegre y juguetón, pero yo estoy bien claro de que si se presenta un caso donde esté en peligro mi vida, seguro que no voy a echar para atrás», explicó.

Lo recuerda inquieto, sonriente hasta en el surco, mientras sembraban o desyerbaban maíz y malanga, en las parcelas que la familia labra. «Era más “largo” que yo con el azadón y el machete, porque cuando cogía un surco o una carrera, no paraba hasta el final. Ah, y manejaba bien los bueyes y el “picachón”. Cuando terminó el noveno grado y decidió quedarse con nosotros en la finquita; pensé que no se iba a dar tan bueno en el campo. A cada rato competíamos, y yo tenía que ponerme duro. Mi ventaja estaba en la resistencia», precisó.

Aún le parece ver al hermano buscando colmenas para traerlas a un lugar cercano a la casa, porque la apicultura era una de sus pasiones, al extremo que no temía en absoluto a las picadas de las abejas. Su otra gran pasión era la pesca en las pozas del riachuelo, a cuyo lado la familia ha levantado su humilde morada campesina.

«Me quedé sin compañero de pesquería», aseveró el vecino Pedro Antonio Robles, sin duda alguna afligido. Él tiene 57 años y le tomó mucho cariño a Yoendris desde niño. Narró que salían de noche, alumbrándose con una «chismosa», y por lo general regresaban con varios pescados que luego regalaban a los amigos.

«La última vez que nos vimos me dijo: Toño, me estoy portando bien y creo que me van a desmovilizar por estímulo. Deja que eso pase; no vamos a dejar una claria ni en el Pozo de los Caballos, un lugar donde se zambullía sin miedo», explicó.

Luego reaccionó con ira: «Como lo denunció nuestro país, el asesinato de Yoendris es culpa del gobierno de Estados Unidos que inventó la Ley de Ajuste Cubano para perjudicarnos. Si no existiera, los delincuentes no se envalentonarían para cometer actos tan brutales».

Lorenzo Gutiérrez y Clara Hernández, los padres de Yoendris. Por su parte, el padre, Lorenzo Gutiérrez, confirmó que crió al hijo con cariño, pero con los ojos puestos en aquello que no fuera a sacarlo del buen camino. «Cuando me comunicó que decidió no continuar estudiando después del noveno grado, le aclaré que debía ponerse a trabajar y me hizo caso. Después, antes de salir para La Habana a cumplir el Servicio Militar también le expliqué lo que aprendí por experiencia propia: hay que ser disciplinado, cumplir las órdenes y apreciar a los compañeros. Eso sí, que los “juntamentos” fueran para cosas buenas».

Clara, la madre, quiso aparentar por un instante que no es un ser quebrado por un dolor que solo ella aquilata. Pero la emoción la acosó hasta hacerla estallar en sollozos. Así y todo describió al hijo: «Yoendris buscaba colmenas..., corría por el monte..., se hacía querer por los vecinos..., ya hombre se acostaba entre el padre y yo para juguetear..., era muy cariñoso..., en la unidad lo apreciaban mucho..., era buen soldado...».

Milay, la hermana. «Aparecía en la casa a cada rato, pero lo bueno era cuando llegaba de noche, porque le gustaba dormir en mi cama. Sin más ni menos nos echaba a un lado a mi esposo y a mí. Tenía todo el cariño que mami le dio», rememoró Milay, la hermana.

Los combatientes Liuver Reyes Tamayo y Ever Pérez Soria vieron por primera vez al hijo de los Gutiérrez Hernández durante la etapa de preparación básica de los soldados llamados al Servicio Militar Activo. No se imaginaron que el compañero con quien se identificaron desde el primer encuentro, llegaría a ser uno de los más diestros cargadores, ni que integraría la dotación del jefe de compañía. Ambos también opinan que era muy difícil superarlo en interés cuando se aproximaban las comprobaciones de la Disposición Combativa.

«Fue seleccionado para integrar el bloque que representó a la unidad en la Revista Militar por el aniversario 50 de las FAR. Y como era de los que tenía más habilidades y conocimientos como cargador, participó en ejercicios demostrativos ante delegaciones militares extranjeras. De los muertos se dicen cosas bonitas, pero con él no hace falta eso. El “Guajiro”, como le decíamos, era bueno, bueno de verdad en vida», señaló Liuver.

Comentó que en la Unidad elogiaban a Yoendris porque asumía las guardias en cualquier sitio, sin temor al mal tiempo y a la oscuridad. Y afirmó que no le extraña esa actitud, porque la gente de las lomas se acostumbra a vivir con severidades, lo que los hace fuertes de espíritu y de carne, y los convierte en soldados de primera.

Ever extrañará las rancheras entonadas por el compañero que dormía justo al frente, los retos para entablar una partida de dominó o los apasionados comentarios sobre béisbol, principalmente aquellos de los juegos que dieron la victoria al equipo de Santiago en el último campeonato de la pelota cubana.

Junto a otros compañeros de la unidad, los dos soldados acudieron a la conmovedora ceremonia en la que los padres de Yoendris recibieron la medalla otorgada a este póstumamente. Después que ambos colocaron una ofrenda floral ante la tumba del compañero, durante unos segundos miraron fijamente la tierra áspera y cálida que la cubría. Recordaron que por aquellos días en que la Televisión cubana trasmitió el episodio del comportamiento heroico del policía Rolando Pérez Quintosa, al enfrentar a quienes intentaron infructuosamente secuestrar una embarcación para abandonar el país, el «Guajiro» repudió el salvaje acto y dijo que jamás abandonaría su Patria.

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