Jóvenes relatan sus experiencias en el Servicio Militar

Añoranzas, convicción y futuro. Esos y otros temas cuentan cinco jóvenes camagüeyanos que cumplen el servicio militar en Ciudad de La Habana

Autor:

Juventud Rebelde

Con 19 años de edad cualquier decisión es discutible. La que tomó este joven camagüeyano no fue la excepción. Él rompió con su novia en cuanto le dijeron que tenía que irse para la capital a cumplir con el servicio militar.

«Cuando termine el ejército y compruebe que ella no estuvo en na’, entonces podemos volver. Lo que no quiero es que me “toque” por allá mientras yo este aquí. No me gusta ser el hazmerreír del barrio. Que va, eso no va conmigo», dice el soldado Vladimir Calero Ibáñez.

Este joven es Profesor General Integral en la Ciudad de los Tinajones y no lo pensó dos veces: Cuando le pidieron cumplir el Servicio Militar en Ciudad de La Habana, se despidió de sus seres queridos. Y al poco tiempo estaba custodiando el sueño de millones de cubanos.

Cuando lo vimos, su pelotón se preparaba para cumplir las misiones asignadas en caso de un ataque enemigo. En escasos segundos recogió lo necesario y fue uno de los primeros en estar listo. Le dijimos a su jefe que queríamos entrevistarlo y hablamos de varios temas.

«Soy diferido, de los que hacemos un año de Servicio Militar y luego vamos para la universidad. De la vida militar te puedo decir que como profesión no me gusta. Mi sueño es ser un buen profesor y por eso lucho», dice Calero mientras se ajusta el equipamiento de campaña.

—Si no te gusta la vida militar, imagino que no la estás pasando muy bien...

—Al principio todas las actividades me parecían extrañas. Ahora estoy acostumbrado y me siento bien. Lo que no he podido es dejar de extrañar a mis padres, pero cada vez que hablo con ellos me dan fuerzas y ánimos para seguir adelante.

—Este lugar está alejado del centro de La Habana... ¿no te aburres aquí por las noches?

—No.

Lo puse en duda; insistí, y obtuve la justa respuesta de «guardia» comprometido:

«La unidad prepara actividades para que pasemos bien el tiempo por la noche. Vemos películas, tenemos un buen grupo musical, contamos con una buena biblioteca. Recientemente terminé de leer Cien Horas con Fidel y me gustó mucho».

NO TENGO NECESIDAD DE FUGARME

Yaumel Áreas es amigo de Vladimir. Tiene 18 años de edad y porta un lanzacohetes. Mientras hablamos le pido que se siente para conversar más cómodos. Y contesta serio que no puede mientras esté con el armamento, porque viola el reglamento.

«Hago las cosas bien para que nadie me regañe y no tener problemas. No me gusta que me digan dos veces lo que tengo que hacer. Por eso cumplo con lo que me corresponde y así me va muy bien», manifiesta el sargento de segunda.

—¿Hace mucho que no ves a la familia?

—Hace unos días me dieron pase y estuve con ella. He oído que en otras unidades algunos soldados se fugan para ir a sus casas, pero aquí yo no tengo necesidad de hacerlo. Siempre que uno cumple con su deber, los jefes nos estimulan con pases cortos que aprovechamos para visitar La Habana, que me gusta mucho, aunque menos que Camagüey.

—¿Ya sabes usar ese lanzacohetes?

—Hace rato. Desde el principio aprendí cómo manipularlo y ahora lo conozco de lo mejor. Ya he tirado varias veces con él y lo he hecho bien. Me gusta porque es un arma potente, capaz de causarle mucho daño al enemigo que nos agreda.

De izquierda a derecha: Norelvis Hernández, José Elpidio, Vladímir Calero, Yaumel Áreas y Humberto Monteagudo.

EL TANQUE IMPRESIONA

«Me pusieron José Elpidio por tradición de mis abuelos. Ellos son de Jimaguayú, en Camagüey, al igual que yo. La vida militar me gusta para prepararme, pero seré un buen trabajador social. ¿Mi novia?, está bien. Hablé con ella ayer mismo y estoy tranquilo porque sé que me espera. Nos amamos mucho», contesta seguro el joven de 18 años.

«Antes de estar aquí me contaban que el servicio militar era “candela”. Cuando dije que iba a ser tanquista me desbordaron de cuentos sobre ese armamento. Es verdad que impresiona. Esa enorme masa de hierro blindado con tantos aparatos y cosas es para asustarse, pero eso es al principio. Cuando lo conoces bien y dominas, desaparece todo el susto».

—Dicen tus amigos que eres muy activo, que siempre estás en algo....

—«No me gusta la pasividad. Soy el secretario del comité de base de la Juventud de mi unidad y siempre estoy pensando en alguna actividad para que todos los soldados se sumen a nosotros. Antes de entrar aquí ya había cambiado miles de bombillos y decenas de refrigeradores por toda Cuba. Me gusta sentirme parte de los procesos que vive el país».

SABÍA QUE IBA A SER DURO

Con 21 años está convencido de que la vida no se puede ver en blanco y negro. En media hora demostró que sabe muy bien adonde va y lo que quiere. Sabía que tenía que pasar al menos un año en las Fuerzas Armadas Revolucionarias para no ser un estorbo cuando llegue la hora de la verdad.

«Estoy casado. Soy Profesor General Integral, y como aquel que dice, tenía mi vida encaminada cuando la patria me reclamó. Pero todos los que me rodean, y yo, sabemos que este año es tan importante como ser buen hijo y buen padre», apunta el soldado Norelbis Hernández, también de Jimaguayú.

—¿Te adaptaste a la vida militar?

—Me imaginaba que esto era duro. Y así es, pero creo que no podía ser de otra manera, porque aquí nos preparan para el peor momento que puede vivir un ser humano: la guerra.

«Pero no solo por eso. Cuando uno sale de las FAR es otra persona: más organizada, educada, sentimental y respetuosa. Todas esas virtudes las aprendemos más rápido en las unidades militares. Aquí no está la falda de la madre que nos protege del regaño de papá cuando hacemos algo mal. Creo que aquí es el primer lugar donde uno responde por todos sus actos».

EL TANQUISTA INFORMÁTICO

El combatiente Humberto Monteagudo tiene 18 años y con esa edad conoce tan bien el funcionamiento de un tanque de guerra, como el de una computadora de última generación. Estudiará ingeniería informática cuando termine su año en el servicio militar, pero de vez en cuando, en la unidad, trabaja con los ordenadores para entrar actualizado a la universidad.

Humberto no es militar por casualidad, o mala suerte, para ser exacto. Una vez hizo unas pruebas para ingresar a los Camilitos y desaprobó. Pero tomó otro destino y ahora está a las puertas de «perderse» en el mundo del chip y los buscadores.

Estos cinco jóvenes, y otros muchos que vendrán, pasarán por la dura prueba que es el Servicio Militar. Puede que critiquen alguna que otra «rigidez», pero a la larga, en la vida, agradecerán que esta estancia verde olivo les ayudara a crecerse como seres humanos. ¡Soldados!, Firmeeeeeees.

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