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José Fernández Milera: un conocedor de las polimitas cubanas

El  veterano científico cubano, Premio Nacional de Ciencias del Mar 2006, donó su colección de 35 000 conchas de moluscos al Instituto de Ecología y Sistemática de la Academia de Ciencias

Autor:

Jesús Arencibia Lorenzo

Entre los reconocimientos que posee el profesor Milera se encuentra el Premio Nacional de Ciencias del Mar 2006. «Si le interesa la Biología comience a preparase hoy mismo. Estúdiela por la mañana, estúdiela por la tarde y por la noche sueñe con ella». Con estas palabras y una sonrisa pícara me despidió en su puerta la primera vez que hablamos.

Entonces fui a preguntarle sobre las polimitas cubanas, tema del que conoce como pocos en el país. Ahora, cuando se jubila, luego de más de 50 años dedicados a investigar la Naturaleza, volví a escuchar sus saberes. Solo hablamos 25 minutos, pero fue suficiente para que me mostrara, desde las gavetas precisas de su memoria, axiomas y angustias de un hombre de ciencia.

El profesor José Fernández Milera, el malacólogo autodidacta, el juez de mar en los torneos de pesca, el fundador de cooperativas pesqueras en los primeros años de la Revolución, el ex director del Acuario Nacional, el consultor siempre dispuesto, el incansable lector de poesía, Milera, como todos le llaman, se distancia para observar desde otro prisma la cotidianidad.

Al Instituto de Ecología y Sistemática de la Academia de Ciencias dona una colección de 35 000 conchas de moluscos. A nosotros, sus claves exactas para decodificar la maravilla de la vida.

«Primero uno siente un impulso estético de atracción por la belleza. El hecho de vivir mis primeros años en Cárdenas y Varadero, me puso en contacto con los peces, los moluscos, los crustáceos, todos los animales acuáticos que en Cuba son muy abundantes. A los ocho años comencé a reunir mi colección de moluscos. Entonces el interés estético se transformó en amor científico. Desde ese momento hasta ahora he mantenido el trabajo, sin interrupciones y sin fatiga».

—¿Cuándo comenzó a leer libros de Biología?

El destacado investigador tiene publicados, y en fase de publicación o presentados en eventos científicos, 117 trabajos relacionados con la fauna de Cuba. —Desde que empecé a coleccionar especies. A esa edad inicié mis visitas a la biblioteca del museo Oscar María de Rojas, de Cárdenas, que tenía 18 000 volúmenes de todas las materias de la cultura humana. Allí leía de Zoología, de Ornitología (aves), Malacología (moluscos), de Historia, Poesía, crítica... Iba saltando por los estantes, acopiando los libros y tratando de grabarlos. Después obtuve el título de Bachiller en Ciencias, pero no pude continuar en la Universidad, así que decidí estudiar por mí mismo.

—¿Al triunfo de la Revolución en qué tareas se empleó?

—Estaba de especialista del Museo de Cárdenas. El día 3 de marzo de aquel año 59 me reuní con el Comandante Andrés González Lines; hablamos de las riquezas del mar, y él me dijo: «Vaya mañana al Estado Mayor de la Marina de Guerra (eso estaba en La Habana Vieja), que quiero seguir hablando con usted». Llegué allá, volvimos a conversar, y ya no regresé para mi ciudad. De ahí salí para las provincias orientales a organizar los puertos y sentar las bases de las cooperativas pesqueras. Eran las miras de la Revolución...

—Entonces conoció al Comandante en Jefe...

—Bueno, con Fidel conversé en el yate Acuarama, al sur de Cayo Largo del Sur. Hablamos 18 horas consecutivas sobre temas de pesca. Cuando nos despedimos me dijo: «Vienen dos barcos de pesca exploratoria que importamos de Polonia. Hazte cargo de ellos y me informas de tus tareas».

«En esos barcos di cinco viajes de experimentación y entrenamiento de capitanes y marinos. Ya en la quinta travesía habíamos traído 205 000 libras de pescado. Entonces me retiré a otra tarea y entregué los barcos a los capitanes que había formado».

—Usted dirigió el Acuario Nacional de Cuba. ¿Cómo recuerda su labor allí?

—Ese fue un buen pedazo de mi vida. Desde abril del año 1965 a diciembre del 73. Ahí reforcé más la afición y el estudio del mar, que es algo extraordinario. Incluso llegué a decirles en algún momento a mis amigos que si moría me echaran al mar (sonríe). Del Acuario... pues mire, al llegar me encontré 36 cristales de observación de peces, y cuando entregamos la dirección había 94. Triplicamos el área. Y otro tanto pasó con los visitantes.

—De los años fundacionales del Instituto de Ecología y Sistemática, ¿qué imagen guarda?

—En aquel momento se denominó Instituto de Biología de la Academia de Ciencias, después Instituto de Zoología y más tarde Instituto de Ecología y Sistemática (IES). Yo fui designado para estudiar los moluscos, específicamente. Luego extendí mi radio de acción también a los peces. Lo más extraordinario del centro son las colecciones que atesora, de un valor enorme, y que tienen que tomarse de referencia para cualquier estudio científico.

—¿Se atrevería a precisar la cantidad de ejemplares de esas colecciones?

—La de moluscos, de la que soy responsable organizador, cuenta con 750 000. La de aves, 3 200; la de insectos, 80 000, y existen unos 16 000 ejemplares de mamíferos. Pero bueno, esos son estudios de otros compañeros; lo mío son los peces y los moluscos. Imagínese, son 38 años en el IES.

—Y muchos dedicados a describir las polimitas...

—Ahí estamos hablando de los moluscos con las conchas más bellamente coloreadas del mundo. Se conocen más de 400 variedades de tonos cromáticos y todavía está muy lejos de agotarse el conteo. Son seis especies endémicas de la región oriental de Cuba. Y qué va, no hay caracoles en el mundo más atractivos que esos.

—Luego de tantas lecturas, ¿cuáles son sus libros imprescindibles de Biología?

—La Revista de la Sociedad Malacológica Carlos de la Torre, las memorias de la Sociedad Cubana de Historia Natural Felipe Poey y los libros de Miguel Jaume, Carlos de la Torre, y Carlos Guillermo Aguayo, que fueron eminentes naturalistas.

—¿Cómo definiría su método de trabajo?

—Todos los días manosear la colección y la literatura. Porque es mucha la materia y, si usted se confía, la memoria lo traiciona. Entonces constantemente hay que imprimir en la mente datos y claridad científica...

—¿Y la mejor cualidad de un hombre de ciencia?

—Una suma de amor indestructible. Amar... —déjame ver si recuerdo el pensamiento de José Martí— no es más que el modo de crecer.

—¿Qué le ha aportado Martí a su vocación investigativa?

—Mis padres eran fervorosos martianos, aunque no habían leído sus libros. Ellos inculcaron en mí esa semilla. Me encanta su epistolario. Martí me ha hecho aportes infinitos: sobre el carácter, sobre el amor a la vida y a la Naturaleza.

—El Maestro decía que él encontraba poesía en los libros de ciencia. Usted que atesora libros de poesía, ¿encuentra en ellos ciencia?

—También.

—¿Cuál es su poema preferido?

—Sinfonía en gris mayor, de Rubén Darío. En pocos trazos define el poeta el carácter del Trópico.

—¿Recitaría un fragmento?

—Cómo no: El sol como un vidrio redondo y opaco / con paso de enfermo camina al cenit; / el viento marino descansa en la sombra / teniendo de almohada su negro clarín. (...) En medio del humo que forma el tabaco / ve el viejo el lejano, brumoso país, / adonde una tarde caliente y dorada / tendidas las velas partió el bergantín...

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