El último amigo de Federico García Lorca - Cuba

El último amigo de Federico García Lorca

A los 103 años murió en Madrid Pepín Bello, uno de los mayores representantes del surrealismo español y amigo del poeta. Esta entrevista fue escrita especialmente para JR

Autor:

Juventud Rebelde

Pepín (derecha) junto al autor de este trabajo, quien sostiene una foto tomada por aquel a García Lorca. Cuando en fechas recientes visité a mi querido amigo José Bello en su casa de Madrid, lo hacía con el doble propósito de reencontrarme una vez más con él y para preguntarle, especialmente para Juventud Rebelde, algunas consideraciones sobre García Lorca y sus impresiones de la etapa cubana.

«A mí Pepín no me ha gustado nunca. Eso de Pepín fue cosa de Federico para distinguirme de los José de la Residencia de Estudiantes». Don José, el único amigo personal del gran poeta, aún vivo, me recibe con el cálido abrazo de siempre, con la solera de sus 103 años y con el mismo calor con el que abrazó tantas veces a Federico.

«Federico era muy buen amigo mío. Ingenioso aunque tímido, su presencia vestía cualquier velada; imaginativo, sensible... un genio».

Al preguntarle sobre las impresiones que Federico trajo de Cuba, me dice: «Federico se sintió perfectamente integrado en Cuba, con el pueblo, con sus gentes. Cuba le deslumbró, en contra de lo que le ocurrió en Nueva York, que aunque lo emocionó, no llegó al deslumbramiento que Cuba le provocó. En Cuba se encontró con el pueblo llano, con su humanidad, su bondad. Hay dos cualidades esenciales que cabe destacar en Federico: su enorme bondad y su capacidad de humor. En Cuba encontró todo eso. Era un ser bondadoso, que no tenía nada suyo. No hace falta comentar el gran maestro que era en la poesía. En Cuba reencontró gran parte de la alegría perdida que le llevó a Nueva York; se volvió a sentir él mismo después de su paso por EE.UU.

«Federico lo inundaba todo donde él estaba; era luminoso, arrollador... Jorge Guillén, que lo adoraba tanto, lo definió perfectamente, pues cuando quería significar que el clima era agradable, decía: “Hace Federico”.

«Creo, sin duda, que fue de los días más felices de su vida. Intuyo que quiso verlo todo, impregnarse de cada rincón... era un ser excepcional».

«Su» Cuba interior

Quizá Federico descubrió «su» Cuba interior, como le sucede al viajero errante impregnado del rozar del mar contra la roca, que siente el vaivén de la palma sobre la carne desnuda, la palabra que nace del horizonte hacia la eternidad sonora, como lo hiciera Heredia.

Cuba dejó marcado profundamente el corazón del poeta: «¡Qué maravilloso! Cuando me encontré frente al Morro, sentí una gran emoción y una alegría tan grande que tiré los guantes y la gabardina al suelo». En carta remitida a sus padres les diría: «Esta isla es un paraíso. Cuba. Si yo me pierdo que me busquen en Andalucía o en Cuba». Sabemos que compartió interminables horas con campesinos, marineros, choferes, pescadores... y escuchó con asombro la décima o espinela en los guajiros cubanos, semejante a aquella interpretada por los trovadores puertorriqueños y cuyo museo tiene su casa allá en la recordada Caguas.

En Caimito de Guayabal, Federico anunció su propósito de quedarse en ese sitio toda la vida. Ya la tarde caída, exclamaría: «Es la hora en que toda La Habana toma sorbetes. Tin, Tiritín, Tirrín, oíd como suenan miles y miles de cucharitas... y ya de noche... mirad, hoy han salido todas las estrellas, no siempre salen todas las estrellas». Cabe imaginar a nuestro poeta vivir los colores de esos paisajes tan evocadores, «con matices desconocidos en la escenografía contemporánea».

«Federico —refiere Pepín Bello— escribió Son de Santiago de Cuba, en cuyo original se observan punteos, como esperando que la palabra, el duende, acudiera a la pluma. Le costaba mucho escribir; a veces se levantaba, daba vueltas y se sacudía las manos».

Duque de Genil1

La charla con Don José ya toma otros derroteros; después de un rato siente el peso del tiempo y de la tarde, y hablamos de poesía. La charla es un recorrido por la historia cultural española, personaje por personaje, como si de un manual de vivencias y memorias se tratara. Es un hombre increíble, aglutinador esencial de la Generación del 27, inductor de poemarios, películas, cuadros... un amigo entrañable que presiente no lejana la muerte.

«No sé si volveremos a vernos, es ya tarde... esto se acaba». En sus palabras se siente el dolor de la distancia, el dolor de la vida, la inapelable nostalgia de una vela que se apaga, no así su amor profundo, su corazón que nos sobrepasa, su bondad sobrecogedora, su sonrisa por el aire...

Termino con una dedicatoria que Federico dejara escrita a una muchacha cubana que estaba enamorada de él: «Cuando sea duque de Genil volveré a Cuba con un ramito de flores de azahar. Nuestra luna —si todavía me quieres— será de caña de azúcar en campo de gules».

Y yo, volveré a casa de Pepín Bello cualquier tarde, con un abrazo de agua.

*El autor es un poeta español.

1 Genil es un río de Granada.

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