Repasador por cuenta ¿impropia?

JR aborda el tema de los repasadores particulares. Hay padres que lo ven como mal necesario, otros como un lujo que sus hijos no pueden darse Yo apruebo, tú apruebas... ¿Todos aprendemos? (I)

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«Se ha puesto de moda el asunto de los profesores particulares. Yo mando a mi hija, porque todos van. El que no va, saca notas más malas».

—¿Porque aprende menos, o porque la maestra condiciona la nota al repaso?

—Bueno, el maestro dice que no ir a su repaso demuestra falta de interés. Y de hecho, los que no van tienen problemas. Todo es muy subjetivo. No puedo decirte qué pasaría si mi hija no asistiera, solo sé que quienes no van, salen peor. Si la nota está condicionada, o si los otros aprenden menos, no lo puedo saber.

Angelita Domínguez, residente en el municipio capitalino del Cerro, tiene una hija en Secundaria Básica. Aunque la adolescente aún no cursa el noveno grado y no sabe qué estudiará en el futuro, su madre quiere garantizar un buen aprendizaje. Para ella, con un esposo cuentapropista, no es un problema pagar 40 pesos al mes.

Pero para María Elena Cabrera, una madre trabajadora de bajos recursos que cría sola a su hijo Yasell, no es ninguna «gracia» pagarle clases extras a la propia profesora de su hijo. «El niño no pasaba de seis en la evaluación —contó. Yo me disgusté con aquello y fui a hablar con la maestra. Ella me explicó que él no asistía a los repasos, y que eso influía.

«Cuando llegué a la casa me lo quise “comer”. ¡Cómo no iba a ir a los repasos! Entonces me dijo que no eran los de la escuela, sino los que su maestra daba en la casa de estudios, que eran un día a la semana y costaban diez pesos.

Las evaluaciones habituales no se parecen a los exámenes de ingreso, opinan los estudiantes. Foto: Roberto Morejón

«Él no había querido planteármelo, porque yo podía pensar que no estudiaba suficiente y que tendría que hacer ese gasto. Entonces conversé con las madres de otros compañeritos de su aula, y me dijeron que ellas estaban pagando, porque así los niños salían mejor. Al final, también caí en eso. Ahora él va semanalmente, excepto cuando no puedo dar los diez pesos».

Historias como estas son cada vez más frecuentes en el panorama educativo cubano. Así lo corroboró este diario en conversación con padres de Ciudad de La Habana y Camagüey. Estos, en su mayoría, ven al maestro repasador como un mal necesario. Tal consideración la sustentan «en la falta de confianza en la preparación que reciben sus hijos en la escuela».

Algunos acuden a maestros retirados o profesionales de otras ramas con suficiente experiencia. Otros en cambio, prefieren a los mismos docentes de sus hijos.

Aceptar el reto

María Antonia Díaz, pedagoga con más de 20 años de experiencia, no admite que ningún maestro en ejercicio cobre por sus repasos. Ella asegura que esta práctica es nociva, pero no es algo que se pueda controlar, ni reprimir. «No hay que caer en prohibiciones absurdas que todo el mundo puede vulnerar».

—¿Cómo podría eliminarse este sistema?

—Con el compromiso de que la calidad de la educación cada vez sea mayor, y que nadie encuentre en las insuficiencias escolares la razón para hacer ese tipo de acto que, en mi opinión, perjudica a los hijos, y de alguna manera también releva la responsabilidad familiar.

«Es un deber de los padres repasar a los hijos. Toda la vida lo fue.

—En escuelas buenas también hay padres que contratan los servicios de un particular.

—Porque se ha convertido también en un modo de vida, una forma más de «especulación» de familias que poseen recursos. Personas que tienen el concepto de que un servicio es siempre mejor si hay dinero de por medio.

Un IPVCE cuesta caro

Sin dudas, las pruebas de ingreso a los Institutos Preuniversitarios de Ciencias Exactas son hoy uno de los mayores retos que enfrentan los pioneros al terminar el noveno grado. La preparación que allí reciben aquellos que desde pequeños aspiran a ser profesionales es superior.

Por ello, desde hace años es común que estos muchachos acudan a los servicios de un repasador. Lo curioso, sin embargo, es que estas clases ya no se inician, cuando el pionero llega al noveno grado, sino desde el comienzo de la Secundaria.

Según explicaron a JR padres de alumnos de tres secundarias básicas de las ciudades de Camagüey y Ciudad de La Habana visitadas por este diario, a las lagunas en la preparación docente se une el hecho de que sus hijos no se enfrentan, como años atrás, a trabajos de control parcial y pruebas semestrales, que consti-

tuían una preparación para afrontar con éxito el dilema que supone un riguroso examen de selección.

Así lo confirmó Mireya Rodríguez, quien tiene a dos de sus hijos en Secundaria, y una que ya pasó por los «nervios» de una rigurosa prueba de ingreso a la Vocacional de Ciencias Exactas. «No es fácil —expresó— tus hijos tienen diez puntos de recorrido y al final se quedan en el aire. Yo tuve suerte con la mía, pero pagué, mes tras mes, durante dos cursos, a los profesores particulares en Matemática y Español. Es muy triste ver estudiantes de una trayectoria excelente desaprobar sus pruebas de ingreso hasta con cero puntos».

Marina González, abuela de un pionero de séptimo grado, de la secundaria Javier de La Vega, agregó: «Hay quienes graban las teleclases para repasar a sus hijos, o pagan a par-

ticulares desde séptimo grado para que el contenido no quede en el aire. Sin embargo, muchos no tenemos los medios para eso y nos preocupa qué pueda suceder en las pruebas de ingreso».

Algunos alumnos sondeados por este diario refirieron nuevas aristas del problema:

•Hay estudiantes que no se deciden a hacer las pruebas de ingreso, y no siempre son los de menos escalafón. Los hay de buen recorrido y sin embargo no se sienten preparados. Casi siempre los que aprueban están respaldados por un profesor particular.

•La verdad es que las tareas evaluativas, los trabajos prácticos, las preguntas escritas y las pruebas del Sistema de Evaluación de la Calidad de la Educación (SECE), no se parecen en nada a esos exámenes.

•Los profesores particulares repasan con profundidad. Incluso guardan pruebas de ingreso de otros años, para que te acostumbres a los enfoques y a la complejidad de las preguntas.

•No todos podemos asistir a un repasador, y el que no puede sabe que va en desventaja con respecto a los que lo hacen. Siempre queremos estudiar con los particulares, porque tienen una especialización que no encontramos en el PGI.

Al respecto, la profesora Odalis Rodríguez, quien lleva cerca de una década revisando exámenes de ingreso a los IPVCE, valoró: «Es triste cuando llega el noveno grado y muchos escolares desaprueban teniendo un alto índice. Se impone un análisis ante esta situación».

PGI a domicilio

No son solo jubilados o maestros que dejaron el aula los que dan clases particulares. Algunos jóvenes en ejercicio se suman a esta práctica con sus propios alumnos. Ese es el caso de una licenciada en Educación en la especialidad de Inglés, que labora en una secundaria básica del municipio de Plaza de la Revolución. Ella asiste a las casas de dos de sus discípulos, donde se reúnen varios de ellos.

«Les doy clases en una casa los lunes y en la otra los martes. Dos horas cada sesión a 25 pesos cada una. Hay dos niños de Primaria que van a una de las casas, hermanitos de mis alumnos, y las madres quieren que vayan cogiendo oído. A esos no les cobro nada. Yo no condiciono la nota a la clase particular, pero de todos modos influye, porque los que van están mejor preparados».

Una PGI de Secundaria Básica realiza los repasos en su propia casa. Según ella, este método ayuda a sus alumnos a superar deficiencias de años anteriores, a la par que le supone un ingreso económico extra.

«Yo no los obligo a ir, pero ellos saben que mejoran la nota. Tienen muchos problemas que vienen arrastrando. Dedico una jornada entera de repaso una vez al mes. El resto del tiempo lo dedico a hacer ejercicios y a explicar. Sobre todo, bajo el nivel a otros grados, para que puedan entender lo que luego les voy a enseñar en el aula».

—¿Qué matrícula tienes?

—Son diez alumnos fijos. Les cobro 40 pesos al mes.

—¿Qué piensan los padres?

—Ellos están muy contentos, porque ven que sus hijos avanzan.

—¿Les das mejores calificaciones a los que repasan?

—Yo no hago trampas con las notas. Lo que pasa es que los que repasan salen mejor, porque estudian más y entienden más las clases. De los que no van, hay dos que sacan muy buenas notas también, porque sus padres les repasan.

—¿No das repaso en la escuela?

—Lo hago, los que están en el programa. Pero no es suficiente. Ellos traen muy mala base, y tienen problemas para fijar la atención en la televisión. Necesitan de clases extras.

—Pero no hay dudas de que hay un interés material tuyo...

—A nadie le alcanza el dinero. Eso no es un secreto. Si yo soy maestra no puedo estar vendiendo coquitos en la esquina, como otra gente. Lo que hago no le hace mal a nadie, todo lo contrario. Ayudo a esos niños. Si los padres no tienen dinero, imparto la clase gratis, y luego me lo dan, en eso no hay problema. Pero igual que costean otras cosas, que me paguen a mí no me parece un pecado. Si quiero algo, lo tengo que comprar. Nadie piense que por ser maestra me dan las cosas gratis en el agro o en las tiendas de divisa, ni aunque allí trabaje el papá de un alumno. No robo, no le quito tiempo a mis obligaciones, es solo un trabajo más».

En el sondeo, la necesidad económica prevaleció como la principal razón por la que los repasadores cobran.

Una forma de manutención

«En mi edificio, que es grande, les repaso Español e Historia a niños de Primaria y de Secundaria. Los ayudo con las tareas, sobre todo con la ortografía. Lo hago los miércoles y jueves por la noche, después de las seis, y a veces los sábados por la tarde. Es el tiempo del que dispongo.

«Les pido diez pesos por sesión de clases. Es la manera más fácil de cobrar, pues si pongo un precio fijo al mes, y luego no vienen a todas las clases, es un problema. Además, cada cual acude si lo necesita».

Este es el testimonio de un joven que estudia una carrera de Letras en la Universidad de La Habana que prefirió no identificarse. Según reveló en su edificio vive una profesora de un tecnológico que repasa Matemática, Física y Química.

«Los niños están completos. Ella los atiende días diferentes a los míos, así que tienen con quien estudiar todo el tiempo».

—Pero entonces, el que vaya todos los días a una clase gastaría 50 pesos a la semana.

—Eso va en dependencia de las dificultades del niño y de las posibilidades de la mamá.

—¿Repasarías gratis?

—Bueno, no ha sucedido. Ellos saben el precio y yo lo hago porque tengo necesidades económicas, si no, utilizaría el tiempo en otra cosa.

¿Y la tradición ética y pedagógica?

No todos los docentes del país aceptan con tranquilidad el paso dado por algunos de sus homólogos. La mayoría, de las decenas que dialogaron con JR prefieren esforzarse con todos sus estudiantes y no beneficiar a unos cuantos con clases particulares, pues violentarían sus percepciones éticas. Apuestan a que habrá una reevaluación estatal sobre la atención al maestro, y ponen por encima de las necesidades económicas la tradición pedagógica cubana, que apuesta a una educación para todos, igual y gratuita.

«A mí me daría vergüenza ponerme a pedirle dinero a un padre para repasarle a su hijo. Si yo no soy capaz de que aprenda en el aula, lo ayudo aparte, le pongo tareas especiales», afirma Vanesa León, PGI de una secundaria básica del capitalino municipio de Plaza de la Revolución.

«Ya sabemos que todos los muchachos no son iguales, que unos tienen más dificultades que otros, ahí es donde tiene que estar mi mayor dedicación.

«Yo no critico a quien da clases particulares, ese es su problema. Yo no lo hago, ni lo haré, porque me parece que sería un abuso con la familia de mis pioneros».

Marta Figueroa es una profesora de experiencia en un tecnológico capitalino. Ella sabe que algunos de sus colegas realizan esa práctica, pero no se ha sumado.

«Yo respeto la opinión de cada cual, pero nunca le pagaría a un profesor particular para que mi hijo tuviera mejores notas. Creo que hay que ganar la confianza en la escuela y valorar las capacidades del niño.

«A veces los muchachos no atienden las clases, porque en el fondo no les interesa lo que están haciendo. Los padres no deben pagar un maestro para que les enseñe lo que ellos no aprenden en clases por estar “bobeando”. Creo que por una parte la escuela debe rescatar su autoridad profesional, y por la otra la familia debe orientar mejor a sus hijos, inculcarles el respeto a la escuela y al maestro, así aprenderán más.

«Yo he tenido alumnos que en el aula no son capaces de contestar una pregunta, porque están todo el día “en las nubes”. Luego el padre le paga un repasador, y ni así logran que apruebe. Pienso que falta mucho por hacer en la escuela y también en la educación por parte de la familia, eso es fundamental».

Entre los que no conciben cobrar por una clase se encuentra Raquel González Matías, quien se ha mantenido en el sector durante 40 años. De ellos, 31 los ha dedicado a dirigir la secundaria Noel Fernández, una de las de mejores resultados integrales en Camagüey y con tradición de incorporar a sus alumnos a la vocacional de Ciencias Exactas Máximo Gómez de ese territorio.

«La gran mayoría de los profesores particulares no están en correspondencia con los métodos que utiliza la Secundaria Básica, ni con las transformaciones que hoy están implementadas.

«Sin faltar a la ética, pienso que muchos de ellos persiguen un objetivo puramente económico. ¿Quién asume gratuitamente diez, 12 y hasta más estudiantes los fines de semana y hasta en horas nocturnas en la sala de su casa?

«Esto no quiere decir que los profesores particulares no sepan lo que enseñan, sino cómo lo enseñan. Es aquí donde el alumno se enfrenta a una contradicción, entre la manera en que aprende con el profesor particular y cómo lo hace en la escuela. Esa falta de cordancia trae como consecuencia que el estudiante no pueda aprender correctamente.

«En mi centro tenemos experiencias preocupantes. Hemos tenido que interrumpir una clase porque un estudiante dice en medio de un turno: “Mi profesor particular no me dio eso así, profesora. Eso no es así...”. Y eso no es una sola vez al día, ni en un solo grupo, sino en varios grupos y en varios momentos.

«Hay que buscar soluciones dentro de nuestras escuelas, implementarlas eficazmente y no esperar al final del curso. En la secundaria que dirijo, por ejemplo, aparte de trabajar individualmente con el alumno desde la clase, que es lo principal y lo que persigue la Resolución 226, hemos implementado horarios para atender las necesidades específicas de los estudiantes».

Opciones al pizarrón

En el sondeo de este diario entre medio centenar de padres y maestros, una parte, aunque minoritaria, apreció como adecuado que maestros en retiro incrementen sus ingresos, a partir de ofrecer conocimiento a quienes puedan requerirlo, pues ello no perjudica a la sociedad. Con ello ayudarían a resolver los reales déficits formativos existentes hoy, o potenciarían los conocimientos que se adquieren en la escuela. Otros consideran que el sistema educativo podría estimular fórmulas en las que las instituciones docentes aprovechen este sector, dándoles una nueva dimensión a su vida en una sociedad que envejece, a la vez que los profesionales retirados aumentan sus ingresos.

Pilar Herrera tiene 70 años y toda su vida la ha dedicado al magisterio. Durante mucho tiempo impartió Matemática o Física en un pre urbano, pero cuando estos se cerraron decidió jubilarse.

«No me sentía con deseos de irme para una beca ni para una secundaria, que era un nivel diferente al que yo había dado siempre. Desde entonces me dedico a dar clases particulares en mi casa. Lo mismo a muchachos que quieren la Lenin, a los que están en el pre y tienen dificultades para las pruebas de ingreso a la universidad, e incluso a los que estudian carreras de ciencias y tienen problemas».

—¿Cómo hace con los programas de estudios?

—Tengo mucho material guardado. Pruebas de ingreso anteriores, de la Lenin y de la universidad. En fin, la Matemática y la Física siempre son las mismas.

—¿Cuáles son las principales dudas que presentan los estudiantes cuando llegan a usted?

—La mayoría llega con problemas de razonamiento. No ven qué camino seguir para resolver un problema. Así no pueden aprender.

—¿Cómo establece el precio?

—Eso depende de la frecuencia de las clases y las asignaturas. Doy repasos casi todos los días, y los sábados para los becados. La preparación para las pruebas de ingreso a la universidad, por ejemplo, cuesta cien pesos al mes.

—¿Se siente satisfecha con lo que hace?

—De mis muchachos es difícil que alguno no apruebe. Incluso aquí han venido suspensos y los he encaminado. Hay a quienes he «cogido» en séptimo y los he llevado hasta el título universitario.

Particularmente gratis

Desde mucho antes de que surgieran en la Isla los Profesores Generales Integrales, este maestro —geógrafo y filósofo de formación— ha explicado a sus alumnos lo mismo un problema matemático que un experimento químico. En sus clases de Historia se aprende la similitud del proceso revolucionario cubano con un haz de luz: onda y corpúsculo, y se ven los fenómenos sociales como la sístole y diástole del corazón.

Profesor por varios años del IPUEC Antonio Guiteras, fundador de la Vocacional Federico Engels, docente en la Escuela Provincial de Instructores de Arte y actualmente Jefe de Carrera de Historia en la Universidad pinareña Hermanos Saíz, Roberto del Sol Jordán es, hace ya tres décadas, repasador particular, particularmente gratis.

Eso sí: exige a los alumnos una remuneración alta: 95 puntos o más en cada evaluación a la que se enfrenten. Y es muy raro que alguno deje de «pagarle».

Para él educar «es conocer las identidades permisibles de la persona que necesita de nosotros. Es disponer del tiempo que requieren los demás; es comprender a los jóvenes, saber que tienen derecho a aburrirse si luego de varios turnos de clase uno no se las ingenia para motivarlos. Es, ante todo, convencer».

Repasa «extra» desde el año 1973. Entonces era al mismo tiempo estudiante de Filosofía y le impartía a sus compañeros Economía Política. Y para las pruebas de ingreso, desde que comenzaron, tanto las de entrar al IPVCE, como las que dan acceso a la Universidad.

«Jamás cobraría un centavo a nadie porque yo soy un producto de esta Revolución, porque el tiempo no tiene precio a no ser el disfrute de una realización personal. Quienes más consumen nuestro tiempo son las personas que más apreciamos. Esto tiene un fruto inapreciable: sentirse vivo después de muerto en el recuerdo instantáneo o perdurable de las personas a quienes les dedicamos parte de nosotros».

—¿Cómo logra integrar tantos saberes y ponerlos en función de la clase?

—Cuando el hombre llega a la conclusión de que Cultura es todo, de que no hay rama profesional que no se relacione con las demás, encuentra las fórmulas de qué decir frente al aula. Ese criterio te da el hecho de que la diversidad es una. Si yo voy a explicar determinado contenido y le doy solamente el enfoque histórico, el estudiante presente que aspire a ser abogado se aburre. Si hablo de Martí le digo que fue el organizador de la Guerra del 95, pero también que sobresalió como una de las principales figuras de la literatura latinoamericana y que sus ideas las difundió a través de la prensa... Es hablar del jardín sin mencionar ninguna flor específica, para que cada oyente escoja la preferida.

—¿Cuáles son, a su juicio, las causas de que existan repasadores particulares pagados?

—A pesar de la debilidad de los que cobran, la causa fundamental son las dificultades reales y visibles de nuestro Sistema Nacional de Educación. Puede que me equivoque, pero entonces preguntémosle a los que acuden a dichos repasos, a sus padres, o en último caso a los profesores universitarios que notan las diferencias en la preparación de los alumnos que reciben.

«Para educar hay que amar lo que se hace y amar con quién se hace, ofreciendo lo positivo que uno posee con una enorme paciencia, con una empatía a toda prueba. El maestro, más que el contenido tiene que enseñar el método. La forma de apropiarse de los contenidos. Así los alumnos siempre serán mejores que el profesor. Y esto, en nuestro oficio es el mayor orgullo».

—¿Qué opinión le merecen las transformaciones actuales en la enseñanza, sustentadas en las tecnologías?

—Todo procedimiento educativo tiene sus limitaciones y sus ventajas: por eso hay que combinarlos. El 85 por ciento del conocimiento se adquiere a través de la vista, pero la técnica nunca puede sustituir al hombre. El concebir la televisión como una panacea es un error. Negarla como apoyo es también erróneo.

«Lo moderno no puede negar totalmente a lo antiguo. La palabra, la tiza, la pizarra, son insustituibles. Cuando un profesor que ama lo que hace explica, se emociona y transmite esa emoción.

«Lo más importante a mi juicio —empléese la vía que se emplee— es el papel activo del estudiante. Él no constituye solo una esponja. Tiene que desarrollar su pensamiento. Tiene que buscar. Tiene que crecer. Y para eso el profesor debe saber orientarlo».

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