Muertes para no olvidar

Aunque poco conocido, algunos de los palacios de pioneros y concursos llevan el nombre de cinco niños fallecidos en un desastre aéreo en 1967

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La cola del avión fue lo único reconocible del aparato accidentado. El rumor distante de los motores del avión se apagó de súbito. Un estruendo parecido a un trueno resonó en la pista, y un enorme destello de fuego iluminó el área.

El vigoroso avión, con una carga de 6 100 galones de combustible, se precipitó a tierra, a dos millas al sureste de la terminal aérea de donde había despegado. Sus partes se dispersaron por una superficie aproximada de 1 000 pies.

Al amanecer del martes 5 de septiembre de aquel año 1967, el avión despegó de la pista 32 del aeropuerto internacional de Gander, Canadá, a 260 millas por hora. Por lo general, allí los aparatos despegaban, empezaban a perderse de vista, cobraban altura y se hacían visibles otra vez, pero aquel IL-18 no reapareció.

En ese aciago avión desapareció Lourdes Eizmendiz Vega, joven cubana dirigente de pioneros en la capital, junto a cinco niños destacados de Oriente, y otros dos cubanos, un estudiante de nuestro país becado en la RDA y el famoso compositor Giraldo Piloto. Todos ellos partieron con destino a La Habana en el avión cuatrimotor, de turbopropulsión, Iluyshin 18, de fabricación soviética, propiedad de Checoslovaquia y que hizo una escala en la ciudad de Gander, para reabastecerse de combustible.

Versiones de una tragedia

Según cables noticiosos de la época, la torre de control del aeropuerto estuvo por unos segundos en contacto con el piloto, momentos antes de que el avión cayera estrepitosamente.

Algunas agencias de prensa comentaron entonces que si la dirección del viento reinante en esos trágicos minutos hubiera sido distinta, o un tren expreso con cien pasajeros que debía pasar en ese preciso instante lo hubiera hecho, el drama hubiera sido peor aún.

Al final de la pista del aeródromo de Gander, una franja de fuego de más de mil pies alumbraba toda el área. Los técnicos del aeropuerto comentaron ese día que si el viento hubiera soplado del oeste, el pesado aparato hubiera caído en el centro de la ciudad de Gander, que tenía 7 500 habitantes y la tragedia se hubiera multiplicado.

En realidad la fuerza del viento empujó a la nave, desde unos 300 metros de altura que había tomado ya en su despegue, hacia la vía férrea cercana a la pista 32, en un largo trayecto y se proyectó finalmente hacia un desolado pantano donde estalló en llamas.

La sección de la cola fue una de las pocas partes que quedó intacta después de la estruendosa caída y de la intensa explosión, es decir, fue la única pieza metálica reconocible que quedó de su carbonizado y diseminado fuselaje.

Mientras el primer equipo de salvamento iba hacia el aparato accidentado, nueve personas, dando tumbos, se dirigían hacia las luces de los vehículos de rescate, en busca de auxilio: una aeromoza, el ingeniero de vuelo, el operador de radio, un pasajero con su esposa y sus cuatro hijos. La azafata, que parecía en ese momento un espectro tiznado que resurgió de un incendio, dijo que buscaran rápido, que sintió quejidos y había más sobrevivientes.

Cuando ese personal de salvamento llegó a la escena del desastre —que calificaron de «terrible»— a unos 4 500 pies al final de la pista, una franja de fuego de más de mil pies alumbraba toda el área. En su súbito descenso, el avión chocó con varios postes de líneas telegráficas que corrían paralelas a las del ferrocarril, desbaratando más de 300 pies de los altos maderos.

De los 69 pasajeros y tripulantes, increíblemente sobrevivieron 36. Fallecieron 33, entre ellos los ocho cubanos mencionados arriba. Los supervivientes fueron trasladados hacia el Hospital James Patton Memorial, de 150 camas —fundado solo tres años antes, en 1964— donde diez médicos y treinta enfermeras trabajaron arduamente, durante 17 horas, para salvarles la vida. Los autos bomba y las ambulancias no podían acercarse mucho a los restos incendiados del turbohélice.

La mayoría de los supervivientes fueron lanzados desde el avión en llamas y los otros estaban en sus asientos. Los miembros del equipo de rescate tuvieron que cortar los cinturones de seguridad para rescatarlos.

Los heridos y quemados fueron conducidos al referido hospital y los cadáveres al necrocomio improvisado en el hangar de la Allied Aviation, a una milla del desastre.

Diecisiete de las víctimas en más grave estado por sus extensas quemaduras, fueron trasladadas por vía aérea hasta Halifax, en Nueva Escocia, para ser asistidos en el Hospital General Victoria.

Los 33 cadáveres tuvieron que ser identificados. El de la dirigente de pioneros, que estaba embarazada como fruto de su relativamente reciente matrimonio en Cuba, se pudo identificar por su ajustador negro de encaje y las prendas colocadas por los rescatadores en un pequeño nailon, en un tobillo.

Fuente: Testimonios de Celia Eizmendiz Vega, hermana de Lourdes; documento de Caridad Eizmendiz Landrián, prima; investigación de las estudiantes Raquel González Eizmendiz y Flavia Delgado Fuentes, de Calabazar; datos de Berta Rodríguez Hidalgo, de la presidencia nacional de la OPJM; de Virginia Brizuela Corría, directora del Palacio de Pioneros de Contramaestre y de Arelys Odio Delisle, directora de la Casa de Cultura Luisa Pérez de Zambrana, de El Cobre, ambas de Santiago de Cuba; y Boletín de la Comisión de Orientación Revolucionaria (COR) del Comité Central del Partido del 19 de septiembre de 1967 que reprodujo el reportaje del diario The Evening Telegram, de Canadá, realizado por Bob Ennis y Bill Croke.

Entre las primeras guías de pioneros

Así era Lourdes Eizmendiz en la época en que murió. Hija de Ángel Eizmendiz Pérez, de La Habana, y de Celia Vega González, de Cienfuegos, trabajadores humildes, ella nació el 19 de junio de 1941 en Calabazar, La Habana, y cursó sus estudios hasta el sexto grado en la escuela primaria Ignacio Agramonte. Pasó después a la escuela primaria superior José Manuel Sánchez Luque, de Santiago de Las Vegas, mas no pudo continuar sus estudios por la situación económica de su hogar.

Comenzó su quehacer laboral en una pequeña tienda de ropa que abrieron en la cuadra donde residía, en la que estaba al triunfo de la Revolución.

Ya a fines de 1959 entró a trabajar como aprendiz en la Cartonera Alonso, en Rancho Boyeros y de allí se trasladó a la Internacional de Envases, en el propio territorio, como suplente, pegando sacos. Y luego, en 1961, para la Fábrica de Envases Julio Trigo, de la misma localidad, hasta 1963.

Se incorporó a los CDR y a la FMC desde su fundación, y en junio de 1961 se sumó a la campaña nacional de alfabetización como integrante de las Brigadas Obreras Patria o Muerte, en la colonia La Esperanza, en el central Noel Fernández, en la provincia de Camagüey, donde enseñó a leer y a escribir a varios campesinos.

En 1962 ingresó a la UJC en el citado centro Julio Trigo y al año siguiente fue propuesta allí como jefa de control técnico. En 1963 la enviaron a pasar la Escuela Básica de Instrucción Revolucionaria (EBIR) durante cinco meses, en San Francisco de Paula, y al concluirla regresó a su fábrica de procedencia.

El 5 de mayo de 1964 integró la Escuela Nacional de Guías de Pioneros y luego comenzó a trabajar como dirigente pioneril en el antiguo Regional Boyeros. Posteriormente es nombrada subdirectora de la Escuela Provincial de Pioneros, en Güines, y de allí es promovida como cuadro de la Unión de Pioneros de Cuba (UPC), en la provincia de La Habana.

En 1967 fue designada para viajar al Campamento Internacional de Pioneros de Varna, Bulgaria, a orillas del Mar Negro, con los cinco niños pioneros mencionados.

Nacerle a la eternidad

Los pioneros fallecidos fueron Daniel Llosa Preval, del municipio de Niceto Pérez, y Elena Fuentes López, de Baracoa, ambos de 14 años, de la actual provincia de Guantánamo. (Los campamentos de pioneros de sus respectivos territorios llevan con honor sus nombres). Marlenis Labrada Méndez, de Contramaestre, y Mario Serrano Borrero, de El Cobre, los dos también de 14 años y de Santiago de Cuba. A Marlenis le faltaban cinco días para cumplir los quince años. (Su nombre lo ostenta con orgullo el Palacio de Pioneros de su municipio y el de él da nombre a la biblioteca de la Casa de Cultura Luisa Pérez de Zambrano). Además Raquel Teresa González, de 12 años, de Bayamo, Granma, cuyo nombre lleva el Palacio de Pioneros de Mabay. Los campamentos y Palacios de Pioneros de sus respectivos territorios llevan sus nombres, como el de Santo Domingo, Villa Clara, se honra con el de Lourdes Eizmendiz.

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