La Habana de la cultura es la que hay que conmemorar

A Eusebio Leal le encantaría tener otra vida para ver no solamente La Habana histórica restaurada, sino advertir focos de resurgimiento en toda la ciudad. La confesión la hizo a JR a propósito de los 490 años de la fundación de la urbe

Autores:

Dora Pérez Sáez
Margarita Barrios

Para quienes caminaban aquella mañana por la Plaza de Armas, en el corazón de La Habana Vieja, la sorpresa de ver a un individuo acostado en cruz sobre la calle, desafiando las palas mecánicas, aún no ha podido borrarse de sus mentes.

«¡Sobre mi cadáver!», gritaba el hombre decidido a no permitir que pavimentaran la calle de madera que habían legado a la ciudad hombres de otras épocas.

Más de 20 años después, a las puertas de los 490 años de la fundación de la urbe, a celebrarse este 16 de noviembre, el protagonista de la historia afirma que todo aquello está olvidado y perdonado. Eusebio Leal, Historiador de la Ciudad de La Habana, la califica como una etapa heroica en la que se sembró la idea de la restauración.

«La anécdota se refiere a hechos ocurridos antes de 1981, que es un período de confusión, en el cual hubo una relación tirante y de desconfianza entre la organización administrativa, digamos así, de la cultura, y la cultura misma.

«En ese momento se rompió la calle frente al Palacio de los Capitanes Generales, junto al cañón de esquina del Palacio del Segundo Cabo. Era una breve prospección arqueológica, tomando como elemento de juicio la descripción que hace Alejandro de Humboldt de su llegada a La Habana y de las calles de madera. Ahí está, fotografiado y cubierto por una lámina protectiva, el pedazo original de la calle de madera.

«A la sazón, una rastra cargada de azúcar se había hundido en uno de los espigones del puerto, y cuando excavaron para buscar la causa, se encontró un sedimento en pavimento de adoquines de madera. Para hacer la reparación sacaron cientos y cientos de esas piezas, todos los cuales fueron recogidos por mí y por mis colaboradores, que eran muy pocos, con carretillas, como pudimos, pero no estuvimos a tiempo para colocarlos antes de la llegada de la ministra de Cultura de la Unión Soviética, que visitaría La Habana.

«Entonces, las autoridades administrativas de la cultura le plantearon al gobierno de la ciudad que era indispensable cerrar aquello, porque no podían presentarse a recibir a la ministra con una calle rota, toda vez que la sede de la administración de la cultura estaba entonces en el Palacio del Segundo Cabo.

«Yo planteé poner carteles, y de hecho lo hice, coloqué unas proclamas en los árboles de la plaza con el texto: excavaciones arqueológicas. No obstante, la presión fue tan fuerte que el entonces presidente del Gobierno en la capital decidió enviar rápidamente equipos pesados para cubrir la calle.

«Esa mañana, cuando esos equipos llegaron, me acosté en la calle rota, y tuvo que venir quien era entonces un entrañable compañero mío, José Antonio Alonso Formosa, que era presidente del Gobierno de la ciudad, a rogarme que me levantase.

«El barrio, inmediatamente se movilizó a favor mío, porque había dado conferencias en las esquinas sobre la importancia de preservar el patrimonio. Resultado: no se pudo cumplir aquello. La historia concluye con la terminación de la calle de madera pocos meses después.

«En estos días justamente está recibiendo su cuarto o quinto mantenimiento, porque como explicó Humboldt —y así aparece en las actas capitulares— un pavimento de madera, en las condiciones de humedad de La Habana, era una cosa efímera.

«Entonces esa calle es un monumento anticipado a la perseverancia, al valor para enfrentar una situación adversa y su resultado es hoy que esos árboles muertos que sirvieron para pavimentarla se convirtieron en un bosque de árboles vivos».

Cuando la restauración se hizo verdad

Leal recuerda que el 5 de mayo de 1981 ocurrió un encuentro fundamental para crear una estrategia de restauración de la parte más antigua de la ciudad.

«La reunión fue convocada por el primer secretario del Partido en la capital, comandante Julio Camacho Aguilera, y Oscar Fernández Mell, que era presidente del gobierno. El objetivo era unir todas las tendencias y corrientes que existían en relación con la restauración y su viabilidad, tanto económica como intelectual, porque había diversidad de criterios y no una estrategia.

«Se acordó que la Oficina del Historiador de la Ciudad pasara a desempeñar el papel de inversionista en un proyecto que conducía la Dirección Provincial de Cultura, de cinco años, de 1981 a 1985, y que luego se prolongó hasta 1990.

«Esa etapa fue muy importante, de gran experiencia para nosotros, y se sentaron las bases de lo que sería después la moderna concepción de la Oficina del Historiador a partir del Decreto-Ley 143 de 1994.

«Ese mismo año (1981) se declaró Monumento Nacional a las siete villas fundadas en los primeros años del siglo XVI. Fue una labor muy personal del capitán Antonio Núñez Jiménez, nuestro querido y recordado amigo, que era el presidente de la Comisión Nacional de Monumentos. Al año siguiente, 1982, se declaran el Centro Histórico y el Sistema de Fortificaciones como parte del Patrimonio de la Humanidad.

«Además convoqué a las conferencias “Para el conocimiento de La Habana Vieja”, a las cuales asistieron muchísimas personas, y nació un movimiento en el cual se probaba de manera fehaciente que había un interés público de revertir el deterioro del volumen monumental del Centro Histórico y de toda La Habana. Comenzó un proyecto ambicioso de restauración».

—¿Cuándo descubrió que La Habana necesitaba ser «rescatada»?

—Yo no descubrí nada. Hay una obra de predecesores de la cultura cubana que fueron muy constantes en la defensa del patrimonio material de la ciudad. En primer lugar mi predecesor y maestro Emilio Roig de Leuchsenring, que luchó incansablemente, con toda la fuerza de su prestigio, para impedir la destrucción de la Iglesia de Paula por la ampliación del ferrocarril, y la destrucción del antiguo monasterio de Santo Domingo para hacer la terminal de helicópteros, y así podría decirte una lista de cosas, además de haber fundado la Comisión Nacional de Monumentos, la Junta de Etnología y Arqueología.

«Yo no he hecho más que continuar, modestamente, lo que él y otros precursores hicieron antes del triunfo de la Revolución».

—Usted siempre ha defendido la teoría de no convertir el Centro Histórico en una maqueta, es decir, no sacar de allí a la población, como en otras ciudades antiguas.

—Es un centro histórico con una superpoblación, provocada por la emigración de los años de crisis. Viven más de 74 000 personas en la zona histórica; eso es insostenible desde el punto de vista del hábitat decoroso. Hay edificios donde viven 200, 300 personas.

«Mantener los signos vitales de la ciudad es decisivo. Y tener la vivienda como una vocación esencial en el Centro Histórico es la enseñanza que surge de los errores cometidos en todo el mundo. Desde Venecia hasta Toledo. El problema está en que no pueden estar todos, y la pregunta sería quiénes son los que se van y quiénes los que se quedan.

«Hay un estudio sociológico que se realiza sobre el terreno y se determina no de una manera inconsulta, sino dialogando con las personas sobre cuál es su verdadero deseo. Por lo general, los que han nacido aquí, quieren vivir aquí, salvo excepciones. La voluntad es que estos permanezcan, y que el signo vital continúe. Con nuevas familias, con los ancianos, con todo el mundo. Es decir, la ciudad habitada es el objetivo».

—¿Por qué el día del aniversario de la ciudad no hay grandes festejos como en otros lugares del mundo?

—Tenemos que ver qué es lo queremos hacer. Si hacer memoria o hacer ruido. Si hacer ruido es la solución, te puedo llevar a muchos lugares donde se hace mucho ruido y la ciudad se pierde.

«El tema está en que eso encarne en la escuela, que ese día en la mañana se diga: Hoy, hace 490 años, nació la ciudad en la costa norte, en el lugar que ahora ocupa. No es solamente para celebrar un hecho pretérito de la presencia aquí de Pánfilo de Narváez y aquellos expedicionarios, sino para recordar lo que la ciudad acumuló en casi medio milenio.

«La ciudad de la arquitectura, de la poesía, de las rebeldías; la ciudad conspirativa, de los grandes actos heroicos, en definitiva, de la cultura, esa es la que hay que conmemorar, y yo creo que es necesario hacer memoria.

«Sería un acto de hipocresía celebrar el 16 de noviembre y luego que aquí no suceda nada. Nosotros nos pasamos 365 días del año trabajando, hablando por Habana Radio, escribiendo si es posible con periodistas amigos y aliados en los periódicos, tratando de llevar a un razonamiento sobre la utilidad de la ciudad, su importancia, su proyección, pero todavía no se ha llegado a lo que se quiere.

«Hay otros lugares quizá más pequeños donde el núcleo fundamental es muy unido, se conoce. Por ejemplo en Cienfuegos, en la ciudad de Pinar del Río, donde quizá esa conciencia sea un poco más fuerte. En Trinidad, en Remedios, Zulueta, Rodas, donde las parrandas, los festejos pueden tener un sentido más evocador que en La Habana».

—¿Qué espacios de nuestra arquitectura, del patrimonio museológico e incluso natural no debieran perderse nunca?

—No debe perderse lo que se puede haber hecho ayer u hoy. Lo que tiene valor prevalecerá. Lo que es efímero, desaparecerá, primero en la memoria y después en su materialidad. Lo más importante es lo trascendente, y eso prevalece.

«Yo no vivo como “la mujer de Lot”, mirando para atrás, porque me volvería una estatua de sal; ni quiero ser tampoco un Rey Midas, porque la cosa no se resuelve ni con dinero, ni con buenas intenciones. Hay que tener ideas, proyectos, y al mismo tiempo osadía. Debe existir, y existe, una voluntad política de preservar esos valores hoy más que nunca, los valores de todos los tiempos.

«Yo no estoy dedicado solo a la ciudad colonial; a mí me interesa la ciudad republicana, la moderna, la contemporánea, y podría ponerte muchos ejemplos de intervenciones nuestras en esa dirección. Las escuelas de arte, en Cubanacán, donde hemos trabajado, es la obra del período revolucionario más conocida mundialmente, es un ejemplo y una bandera del ideal utópico de la Revolución: alcanzar la mayor justicia posible.

«También la casa de las tejas verdes (en Miramar) y otros tantos edificios republicanos en La Habana Vieja, o modernos como el Palacio Cueto, el Edificio Bacardí o la Lonja del Comercio, que este año conmemora el centenario de su construcción».

—Sin embargo, hay una diferencia entre el centro histórico y el resto de La Habana Vieja. ¿Cree que un día pueda superarse el deterioro que sufre hoy la ciudad?

—Creo que sí. Tiene que haber primero lucidez en cuanto al análisis de la cuestión, y asumir la verdad. No seguir repitiendo viejos esquemas que ya hoy están superados, y cosas que tuvieron validez durante un tiempo. Hay que hacer una labor de regeneración en todo el país.

«Pero hay un momento en que la ciudad adquiere un valor simbólico, político. Es justo que se vean en ella los agravios del bloqueo y las condiciones terribles en las que se ha desarrollado la economía cubana en estos años, fundamentalmente en el largo tiempo que llamamos el período especial. Todo ello ha dejado huellas evidentes.

«Hemos tenido primero que pensar qué comer, qué vestir, cómo transportarnos, cómo mantener nuestros centros de trabajo, la escuela, la salud. Pero no cabe la menor duda de que la ciudad tiene que ocupar una prioridad, porque es un símbolo mundial de la resistencia de Cuba. Y esa resistencia no puede verse como una bandera colocada sobre una montaña de ruinas. A eso llegaríamos si fuese necesario, pero no ha llegado el momento».

—¿Cuánto de positivo y negativo han traído las migraciones a La Habana?

—Yo me alegro de ellas, porque no satanizo ni quiero convertir a los cubanos de otras partes del país como responsables de nada aquí. De ninguna manera se puede pensar que esa emigración no haya sido el resultado de situaciones económicas que, si aquí fueron duras, en el interior fueron peores.

«Además, creo que como capital, La Habana tiene el derecho de ser representativa de toda la nación, y que estén aquí personas de oriente, del centro y de occidente.

«Pero creo que la nación ha hecho muy bien en controlar esa desmedida emigración, porque llevaría a La Habana a ser como otras capitales continentales que manifiestan esa especie de macrocefalia, hoy en día ingobernables en muchos países. Bello el centro y espantosa la periferia. A eso no podemos volver, de eso venimos ya».

—Y la cultura, las costumbres de estos emigrantes, ¿cuánto han aportado?

—Creo que sí han aportado, aunque no me atrevo a poner en una balanza qué aportaron de bien o de mal. Pienso que ese diálogo intercubano es muy conveniente. Lo que sucede es que, para que una persona o una familia que llega del interior se adapte a vivir, en el sentido pleno de la palabra, a compartir tradiciones, formas de vida, pasa mucho tiempo. No es algo que puede solucionarse en pocos años.

—El turismo a veces deshumaniza un poco las ciudades. ¿Cómo ha logrado que ello no suceda aquí?

—Con la defensa a ultranza de ese concepto que ustedes preguntaban al principio: habitabilidad. La ciudad habitada, las aulas en los edificios restaurados, la creación de puestos de trabajo, la atención a los minusválidos y a las poblaciones en riesgo en lugares inhóspitos en el centro histórico, por falta de condiciones en la vivienda, de agua y de servicios sanitarios adecuados.

«Y sobre todo, está la vida cultural intensa que se desarrolla aquí, donde no hay una semana que no haya un festival. Recientemente fue el de Leo Brouwer, pero antes estuvo el de Isabel Bustos y el Teatro Callejero, el Ballet de Lizt Alfonso, o las jornadas de Rutas y Andares, eventos de participación masiva de la población.

«No hay cosa más agradable que ir caminando por las calles y que se acerque una persona, cualquiera, a veces una mamá con su niñito y diga: “Muchas gracias por lo que ustedes están haciendo”. Yo soy uno más de esos, y estoy muy cerca de decir: “Lo que hice es hasta aquí, esta es la parte mía, otros deben continuar la suya”.

«El centro histórico ha vuelto a recuperar ese concepto de centralidad, aunque este no es el centro del mundo. Yo les diría que hay también puntos de partida en el Cerro, en Centro Habana, en Playa. El ideal es una ciudad multicéntrica, pero por algún lugar hay que empezar».

—¿Qué valores patrimoniales se han perdido que la Oficina no pudo rescatar?

—Hay muchas cosas que se han perdido, que se han dañado irreparablemente, y también por el embate de ciclones. Del edificio de la Lonja del Comercio vimos volar el Mercurio y caer a la calle, destrozado. Vimos también despedazada la Santa Elena, del Convento de San Francisco de Asís, y muchas cosas que por suerte recuperamos.

«Otras, como edificios, casas, que tenían un valor dentro de lo que diríamos la arquitectura vernácula —no solamente lo extraordinario, sino también lo pequeño, porque la ciudad es lo pequeño y lo grande, lo sobresaliente y lo que no lo es tanto—, se perdieron, pero otros tantos se han rescatado.

«En definitiva La Habana, por un conjunto de azares, está urbanísticamente intacta. Casi ninguna ciudad del continente puede asegurar eso, y cuando hacemos un esfuerzo restaurador, lo que está agonizando revive.

«Como ejemplo la casa de las tejas verdes, los almacenes San José, que albergan ahora la feria artesanal; la recuperación de las locomotoras destruidas en los patios de los ingenios o abandonadas en los cañaverales, y que para este aniversario de la ciudad, las primeras ocho restauradas estarán colocadas al lado de la terminal ferroviaria, y el Palacio de los Matrimonios, antiguo Casino Español, primorosamente restaurado, que compartirá su función de solemnizar el matrimonio civil con una gran sala de conciertos en el Prado.

«En estos momentos hay 102 obras de restauración en movimiento. Van desde viviendas, un lugar para el tratamiento del  Alzheimer, hoteles, centros culturales, residencias de ancianos y casas de día. Y es todo o nada. Y ese todo es el todo social; la memoria cultural e histórica, pero demostrando que un palacio puede ser utilizado como un centro de atención a la tercera edad, o un hogar infantil. Esa es la cuestión».

—Antes de que usted deje de ser el Historiador de la ciudad, ¿qué no querría que se quedara sin hacer?

—Ese día está a la vista. Pronto paso a mi condición de emérito. En realidad siempre dije que me habría encantado otra oportunidad, otra vida, quizá para ver lo que ustedes me preguntaban antes, no solamente la ciudad histórica restaurada, sino advertir focos de resurgimiento en toda La Habana.

«Pienso que tendremos esa oportunidad. Cuba alcanzará sus objetivos, y entre esos debo destacar como muy importante la preservación de su memoria monumental. Hoy existe un movimiento en Camagüey, otro en Santiago de Cuba, en Cienfuegos y en muchos otros lugares.

«Hay que decir, sin mucha vanidad, que han sido inspirados por La Habana, por lo que está ocurriendo aquí. Pero no lo que está sucediendo ahora, sino lo que ha acaecido a lo largo de muchos años. Parece asombroso, pero ya son cuatro décadas y un poquito más, dedicado a lo mismo».

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