La primera de Ciego de Ávila

La ingeniera Lizbeth Cordero Vega, especialista de la Empresa de Cepillos y Artículos Plásticos Juan Antonio Márquez, es la primera delegada directa de ese territorio al IX Congreso de la UJC

Autor:

Luis Raúl Vázquez Muñoz

CIEGO DE ÁVILA.— Primero fue la sorpresa. Su novio, Aleyxei Pérez Batista, dijo: «O vas para Ciego o te vas para Ciego de Ávila. Una de dos». Lizbeth Cordero Vega abrió aún más los ojos. «¿Qué tú dices?». «Eso —le respondieron—: o te vas conmigo o también te vas. Escoge». Siete años después, Lizbeth se ríe y ante el recuerdo de la historia no le queda más remedio que decir: «Ay… este hombre».

Por eso quizá la primera deuda es con el esposo de Lizbeth. Porque sin esa inusual disyuntiva a lo mejor esa joven de 29 años no hubiera decidido dejar su natal Camagüey y venirse a Ciego de Ávila. Tampoco hubiera empezado a trabajar en la Empresa de Cepillos y Artículos Plásticos Juan Antonio Márquez. Y mucho menos sería hoy la primera delegada directa de la provincia al IX Congreso de la UJC.

«Siete años tengo en el centro, los mismos que mi matrimonio», asiente Lizbeth, quien actualmente se desempeña como especialista de calidad en esa Empresa, fundada por el Che en 1962.

Cuando llegó, recién graduada como Ingeniera Química en la universidad agramontina, esta joven transitó por todas las cadenas de producción de la entidad, hasta que arribó a la oficina de calidad y al cargo de secretaria general del Comité de Base.

«Cuando empecé a dirigir —cuenta—, la UJC en la Empresa no se sentía como antes. Lo primero que encontré fue que debía atender a personas con oficios y preparaciones muy distintas: mecánicos, operarios, especialistas… ¿Cómo yo congeniaba eso? También tenían horarios contrarios… Era un lío».

Lo superó con la ayuda de todos, pero también con paciencia. Fue en estos tres años en que Lizbeth empezó a forjarse una idea de lo que es el trabajo político-ideológico.

«Algunas personas —dice— lo confunden con el “teque”, con sermonear a las personas como si fueran niños. Y eso no es así. El trabajo político-ideológico es lograr que la gente se sienta útil y forme parte de algo. ¿Cómo vas a darle un sermón si no te has ocupado por sus inquietudes como trabajador? ¿Como UJC has logrado que ese hombre o mujer sienta como suyo el trabajo? Por ahí se debe empezar y pienso que este Congreso debe darle mucha atención al tema de los valores».

Cualquiera dudaría que Lizbeth sea de las personas que detienen una línea completa de producción. Desde afuera, con su sonrisa y el tono apacible de su voz, es difícil imaginarla discutiendo con hombres que le doblan en tamaño.

«¿Cómo me las arreglo para no caer en la falta de respeto? Eso se aprende. Hay que ser fuertes, aunque sin ofender. También está la educación del trabajador; pero cuando el asunto se pone caliente, una dice: “Oiga, hay que parar y punto”. De lo contrario la producción no sirve y horas de entrega y de sueño tampoco valen».

Ahora Lizbeth estudia una Maestría en Análisis de Procesos. Su esposo Aleyxei, ese joven que no se decidió a enamorarla hasta el cuarto año de la carrera, labora en la Empresa Comercializadora CUPET. Él es el guardián de los sueños de su esposa, pero en el matrimonio aún queda una decisión por cumplir. Y esa viene con la pregunta: «¿Cuándo encargas?». Ella se acomoda en el asiento y dice, como si recitara de memoria: «Ahora estoy en la Maestría. En noviembre de 2010 discuto. Y a partir de ahí, empezamos a encargar». Se echa a reír y concluye: «Decisión tomada».

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