«Locura» azul invade las ciudades

El regreso de miles de estudiantes preuniversitarios a los escenarios urbanos implicó una impronta inusitada para la enseñanza, las instituciones y las comunidades

Autores:

Juventud Rebelde
Dora Pérez Sáez
Juan Morales Agüero
Margarita Barrios

Las cinco de la tarde. Una multitud aguarda el P11, ruta de transporte urbano, a la salida de la Villa Panamericana, en la capital. El ómnibus se acerca y se detiene unos metros antes de la parada. Hacia él corren muchas personas. Unas tienen suerte, otras no. Los más afortunados visten uniformes azules del preuniversitario José Martí, de La Habana del Este. El carro se aleja atestado.

Minutos más tarde de ese día de enero, en el primer punto del recorrido del P11, en el Vedado, un chofer admitió que a veces se ve obligado a no detenerse en la parada de la Villa Panamericana.

Melanie Álvarez, Yolanda Galiano, Katileidis Rodríguez y Ofelia D. Herrera, estudiantes del pre José Martí, no negaron que su llegada a la parada del ómnibus ocasiona inquietud al resto de la población.

«La gente se molesta —dijeron—; dicen que llega uno y montan 20. Protestan porque el que viene marca para los demás, y todo el mundo se salva. Pero el que está atrás dice: “No, no, porque ustedes son muchos…”. No nos dejan y forman tremendo lío. Y después los estudiantes del pre somos los maleducados. Pero qué vamos a hacer, tenemos que marcar para los otros».

Al margen de esta «solidaridad», lo cierto es que no es fácil para estas jóvenes trasladarse cada día. «Nosotras somos de Guanabo. Nos sirve la 400, si para. Si no, el P11 hasta Alamar. Allí, la 62 o la 400. Si no, vamos en sentido contrario, a La Habana, a ver si desde allá es más fácil».

Nuevos uniformes inundan las ciudades. Azul oscuro la saya o el pantalón, y la camisa en un tono más claro. Son adolescentes de décimo grado que a partir de este curso iniciaron sus clases en algún instituto preuniversitario urbano (IPU). Atrás quedó la secundaria, y nuevos retos y sueños ocupan ahora las mentes de estos muchachos que ven más cercano el momento de definir su futuro en la vida.

La capital, ya superpoblada, recibe ahora a los alumnos de 19 preuniversitarios, de estos cuatro vocacionales en Ciencias Pedagógicas. Sumados con los que cursan estudios en los politécnicos, son más de 380 000 jóvenes «en la calle». Un verdadero reto para los servicios: el transporte, la gastronomía, la recreación… que ahora deben multiplicarse. Y si bien estos muchachos dejan su huella de alegría y bullicio, algunos se sienten agredidos por el espacio «invadido».

Este diario buscó descubrir la impronta que impone, tanto a los espacios urbanos como a la enseñanza, el traslado paulatino de miles de estudiantes preuniversitarios del campo a la ciudad.

El viaje diario de los alumnos agrava la ya delicada situación del transporte. Esto causa problemas de impuntualidad, tal y como reconoció Carlos Expósito, director del pre Fulgencio Oroz, en el Cerro. «La mitad de los muchachos reside a más de un kilómetro, porque la escuela está en un extremo del municipio. Dependen de la 18, que es una guagua con muy mal servicio. A los que viven por la Calzada del Cerro les sirve el P14, pero los del Reparto Martí y el Casino Deportivo son los más afectados. Esos deben ir hasta Boyeros, que les queda muy lejos».

Según explicó Expósito, se orientó que al confeccionar el horario de clases se tuviera en cuenta el domicilio de los alumnos. De esa forma, los de los Consejos Populares más próximos a la escuela reciben la mayor carga de docencia por la tarde, y los que habitan más lejos tienen más clases en la mañana y terminan antes.

«Hay una experiencia en el municipio de Guanabacoa que me parece muy buena. El pre está en Berroa, bastante lejos, y el Gobierno les asignó una guagua del transporte público que da tres viajes por la mañana y tres por la tarde, en los horarios pico, solo para los estudiantes del pre.

«Esa posibilidad debía examinarse para otros territorios; por ejemplo el Cerro, que tiene una terminal. Aunque la situación del transporte es difícil, creo que se pudiera asignar una guagua que diera tres viajes desde el Consejo Popular de Armada hasta el Parque de la Normal, al menos por la mañana. Eso aliviaría la situación».

Hijo en casa

Gerardo Menéndez, licenciado en Economía, siente un gran alivio de que su hija Claudia esté en el pre urbano. Una experiencia anterior con Yasser, el mayor de sus vástagos, le permite hacer una comparación que deja un saldo favorable para el nuevo sistema educativo.

«Ella está en el Saúl Delgado, de Plaza, donde mismo estudiamos su madre y yo en los años 70. Es un centro con una historia, una tradición que viene incluso desde la lucha insurreccional contra Batista.

«Mi esposa y yo tenemos control diario sobre sus estudios, revisamos sus libretas y si tiene dificultad con alguna clase enseguida la ayudamos, nosotros o su hermano. En la beca había que esperar al fin de semana para resolverlo todo. Recuerdo que a veces Yasser llegaba y necesitaba un libro, pero la biblioteca el sábado por la tarde estaba cerrada. Había que correr, apelar a las amistades para que él resolviera cómo hacer su tarea.

«Claudia va a pie a la escuela, vivimos relativamente cerca, pues son unas 20 cuadras. Solo a veces coge el P2 para regresar. Para el almuerzo le doy 15 pesos, porque no quiere llevar nada de la casa, dice que la comida se enfría. Allá le venden panes y dulces, pero ella es majadera para comer.

«También podría venir a almorzar a la casa, pero como no hay nadie, tendría que preparárselo, y es vaga para eso. De todos modos a veces le sobra dinero y lo va acumulando. Entonces me dice: hoy no me des nada, que tengo todavía».

—Gastar 15 pesos diarios en el almuerzo no es poco para el ingreso promedio en el país.

—Es verdad, pero de todos modos es mucho más barato que un becado. A     Yasser había que garantizarle el aseo: jabón, desodorante, champú; mientras que ella usa el mismo que nosotros en la casa.

«Aunque hay que darle dinero para el almuerzo, en la beca había que comprar cosas para “reforzar”: leche en polvo, chocolate, galletas, conservas, mayonesa… En fin, productos caros que son los que se mantienen sin refrigeración.

«Y para qué hablar de la distancia. Cada vez que había que ir al pre por alguna razón o irlo a buscar para un turno médico y después llevarlo, nos costaba bastante. Como no podía ir solo, era el pasaje de dos personas hasta Güira de Melena y un día de trabajo perdido.

«Creo que por todas partes hemos ganado. El Estado se quitó de arriba una responsabilidad económica y un exceso en la formación del joven, que no le corresponde. El maestro desempeña su rol, pero hasta un límite. Y el grupo es importante, pero también la sabia dirección de la familia, educando, observando, guiando en esa edad es fundamental».

Sin temor a los cambios

Aunque muchos, sobre todo la familia, votaban a favor de los pre urbanos, no faltan las comparaciones. Para algunos territorios ha sido más cómodo que para otros poder mover grandes cantidades de estudiantes a las ciudades. La falta de locales y la logística en general es el talón de Aquiles, cuestión que no se ha resuelto en su totalidad.

Tampoco fue fácil para los alumnos antes becados romper la rutina de los pases y el régimen interno, con sus horarios de autoestudio y la organización del proceso docente durante el día y la noche.

El preuniversitario José Peña, de Las Tunas, solo contaba al inicio del curso con nueve locales, ocho para aulas y uno para alojar departamentos. Más tarde recibió un nuevo espacio donde se instalaron la dirección y los laboratorios.

«Nos repararon los ventanales y las puertas, y se mejoró la iluminación —explicó Fernando Pérez Suárez, vicedirector del Instituto—. Hoy disponemos de aulas grandes, con capacidad para casi 40 alumnos.

«Todo el mobiliario es nuevo. Nos cambiaron los reproductores de video y nos entregaron casetes y DVD. En materia de medios de enseñanza contamos con mapas para trabajar en Geografía e Historia. Disponemos de bibliografía nueva, incluyendo varios cientos de textos para la biblioteca escolar».

Pérez opina que entre las ventajas del nuevo régimen figuran que ya la escuela no tiene que preocuparse por tener un barbero u otros servicios, antes indispensables en centros internos; o por el cuidado de los uniformes, que al pagarlos la familia, se valoran más. Como antes debían devolverlo al final del curso, no les importaba tanto.

«El claustro de profesores se ha fortalecido. Tenemos muchos docentes de experiencia que antes no iban para el campo porque no estaban en condiciones de asumir los deberes y rigores de un centro interno».

Las Tunas posee preuniversitarios urbanos (con los tres grados) en todos sus territorios, excepto en Majibacoa. Para el próximo curso, se espera abrir un segundo IPU en el municipio cabecera, el que mayor densidad de estudiantes presenta. Con ello, el 90 por ciento de la matrícula urbana de la provincia estará en régimen externo.

Una provincia donde la necesidad de locales ha marcado la decisión de traer los preuniversitarios a la ciudad es Sancti Spíritus. Allí abrieron cuatro nuevas instalaciones, pero en su mayoría lo hicieron en escuelas ya existentes, que anteriormente funcionaban con otros niveles de enseñanza, y sus matrículas fueron redistribuidas.

Belquis Marrero, subdirectora de Educación en la provincia a cargo de la enseñanza preuniversitaria, reveló que en algunos lugares, como Trinidad, tuvieron que realizar una fuerte labor de persuasión para que los padres entendieran la necesidad de trasladar a los niños desde sus primarias a otras escuelas, y así poder usar esos locales para los IPU.

«Para el próximo curso se prevé abrir este tipo de centro en todos los municipios, excepto en la capital provincial, donde todavía no se ha definido el espacio; mientras, los estudiantes de zonas rurales serán concentrados en instalaciones internas en el campo, las de mejores condiciones. Se establecerán complejos escolares para agrupar diferentes clases de enseñanza: secundarias, politécnicos y pre».

La subdirectora valora como positiva la urbanización de los preuniversitarios. La estrategia disminuye la deserción escolar, mejora la asistencia a clases y se gana también en la relación entre la escuela y los centros culturales de la comunidad. Ello se revierte en el proceso docente.

A pesar de la modesta experiencia espirituana en comparación con otros territorios, desde ahora se evidencia un ahorro en transporte, avituallamiento y salario.

«La motivación del escolar es mayor, pues en los centros internos no siempre existen las mejores condiciones desde el punto de vista de infraestructura», expresó Belquis.

¿A dónde va la balanza ?

Aunque muchos dan por sentado que el pre urbano es superior al IPUEC, otros son más cautelosos a la hora de hacer juicios.

El profesor de Matemática Néstor Castillo, del mismo plantel, pone en una balanza los pros y los contras de ambos métodos. «No puedo decir que es mejor que el campo. Estamos empezando. Cuando se gradúen los primeros, veremos. Sí creo que la cercanía al hogar, de los estudiantes y de nosotros, es favorable. El alumno se siente más seguro en su casa.

«También es beneficioso el vínculo con los padres. Hay algunos muy preocupados; otros no están a la altura del compromiso con sus hijos.

«Pero el estudio individual me parece que es una asignatura pendiente. En las becas, el autoestudio nocturno estaba más cerca, aquí depende de lo que hagan en sus casas».

Con Néstor Castillo coincide Belquis Marrero: «Debemos trabajar en el aprovechamiento del estudio y los factores de dispersión de las ciudades. La familia debe apoyar más en el estudio individual, algo garantizado en gran medida durante el régimen interno».

Sin embargo, Eduardo Domínguez, subdirector de Educación en Las Tunas a cargo de la enseñanza preuniversitaria, sostiene que uno de los logros de este sistema debía ser que los padres potenciaran el estudio individual. Cuando se le comunica que su hijo está saliendo mal, la familia asume enseguida y le exige resultados.

«Y en caso de que sea necesaria una atención diferenciada a algunos alumnos, las aulas pueden utilizarse en el horario nocturno, tal vez hasta acompañados por la propia familia y en coordinación con el profesor».

Armando Rodríguez, metodólogo de Matemática en Sancti Spíritus, admitió que hasta el momento los resultados de los estudiantes que han pasado al IPU, no están a la altura de lo que se esperaba, ni siquiera porque han mejorado las condiciones de estudio en el hogar.

«Así sucedió en el nuevo instituto preuniversitario vocacional de ciencias pedagógicas de la capital provincial. Tal vez la causa esté asociada a la falta de adaptación de los alumnos al régimen externo. La familia debe apoyar más y contribuir a contrarrestar las fuentes de distracción que afectan el estudio en las ciudades».

Jorge Pérez, profesor con más de 30 años de experiencia y más de 15 como administrador de un centro interno, asegura que en los pre urbanos,  elementos valiosos como la atención a alumnos con deficiencias, la vida en colectivo y determinados valores, como el compañerismo, no se expresan de la misma manera.

«En los centros internos —añadió— el joven se desenvuelve solo y aprende mucho».

Con el pozuelo en la mochila

A la hora de almorzar es fácil verlos por los alrededores de la escuela. Pozuelos en mano, sentados en un parque o en algún murito acogedor, o en la cola de alguna cafetería.

En el pre Manolito Aguiar, del capitalino municipio de Marianao, la cafetería oferta pan con perro, pasta, queso crema, tortilla, y a veces con jamón. Los precios oscilan entre uno y cinco pesos. También se expenden refrescos, a 20 centavos el vaso, y la lata a 10 pesos.

No obstante, muchos estudiantes optan por traer algo de la casa. Claudia de la Guardia, por ejemplo, y sus compañeras, las gemelas Mayale y Mayeli Cañizares, llevan almuerzo «fuerte». Yuliet Cala Musterlier, sin embargo, prefiere «reforzar» con más panes.

De 12:30 a 2:00 de la tarde, el área deportiva del Manolito se llena de grupos de jóvenes que disfrutan su receso mientras meriendan. Otros invaden la acera de enfrente, donde el parque de La Fuente es el lugar ideal para una especie de picnic que incluye almuerzo, conversaciones, romances y hasta dominó.

Al otro extremo de la ciudad, los alumnos del pre José Martí, en La Habana del Este, no están tan felices.

Melanie, Yolanda, Katileidis y Ofelia, lamentan que allí solo se ofertan dulces a peso y refrescos. Una paladar cercana, que solo expende pizzas a diez pesos, es la única tabla de salvación para estas muchachas, obligadas a traer almuerzo de sus casas.

En el Cerro, el pre Fulgencio Oroz muestra una variada y asequible propuesta. Así lo pudo constatar JR durante una visita, en el momento en que los muchachos hacían fila para adquirir salchipán, pan con croqueta, dulces —torticas, pasteles y empanaditas—, pelly y varios tipos de refresco.

No siempre fue así. La cafetería del Hospital Salvador Allende, que se surte de la Escuela Latinoamericana de Medicina (ELAM), es la tercera entidad que se hace cargo de la merienda de este pre. Las dos anteriores empezaban bien, pero al poco tiempo el servicio declinaba.

Eulogio Marín, responsable de la cafetería del IPU, afirma que la merienda siempre tiene variedad. «Es fresca, se elabora en el hospital y la traemos para acá, salvo la croqueta, que la freímos aquí. Si se acaba, mandan más».

La irregularidad en la gastronomía también ha marcado el curso escolar en los IPU de Las Tunas. Fernando Pérez, vicedirector del pre José Peña, recuerda que al inicio la oferta era superior. «Había diversidad, y los precios módicos. Luego eran menos productos y más caros. Ha mejorado algo últimamente, pero falta variedad».

Eduardo Domínguez, subdirector de Educación a cargo de la enseñanza preuniversitaria en Las Tunas, confirma que esa realidad se extiende a todo el territorio. «No siempre Comercio y Gastronomía garantiza una oferta variada. Aun cuando la organización de la escuela da una hora y media para que el alumno vaya a su casa, almuerce y regrese, no todos pueden hacerlo, pues algunos viven en zonas distantes y el transporte no está a la orden.

«La gastronomía debe garantizar el refresco de ocho pesos, pero también el de a peso, para que todos, independientemente de su situación económica, puedan adquirir su alimento. A eso hay que buscarle solución. Tampoco todos los profesores pueden retornar a sus casas y estar de nuevo en la escuela una hora y media después. De ahí que esa merienda devenga muchas veces almuerzo».

La merienda de los pre urbanos es una cuestión que aún debe consolidarse en los territorios. Aunque existen lugares donde se han «amarrado bien las cosas», en otros, como Sancti Spíritus, este no es un problema, porque los alumnos aún son pocos y las unidades gastronómicas han podido cubrir la demanda.

Pero las medidas que se tomen deben mirar al futuro. Como advirtió la subdirectora Belquis Marrero, la realidad en próximos cursos pudiera ser diferente con el aumento de la matrícula.

Néstor Ruiz, director de la enseñanza preuniversitaria en el Ministerio de Educación, afirmó que la matrícula de los preuniversitarios urbanos continuará aumentando el próximo año en la medida que lo permitan los locales. Esa es la mayor limitación.

«Ya hay provincias que pudieron traer del campo a todos sus alumnos. La idea es que en el próximo curso se queden en los IPU los que comenzaron ahora décimo, que estarán en onceno, así como la nueva matrícula de primer año.

«Debo aclarar que los planes de estudio de los nuevos centros externos son los mismos de los internos. Iguales contenidos, horas de clase y sistema de evaluación».

—¿La situación económica del país es la principal motivación para la implementación de los pre urbanos?

—Justamente. Desde el punto de vista económico, la familia tiene ahora la responsabilidad de la alimentación y el transporte, gastos que antes asumía el Estado. Son millones de pesos que se ahorran al país.

—Pero esta situación con el almuerzo y el transporte constituye una preocupación para las familias…

—Todos los preuniversitarios tienen una cafetería, pero eso no depende de Educación, sino del interés que tenga la gastronomía en cada territorio. Se estableció que los precios sean diferenciados, pero es cierto que la oferta no es igual en todas partes.

«En cuanto al transporte, la situación debe mejorar al abrirse más centros; pero como dije antes, eso depende de los locales con que podamos contar».

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