Adolescencia de overol (I)

Las aulas anexas a los centros laborales irrumpen en la enseñanza técnica cubana. Aunque la mayoría las ve como inevitables en la formación de una fuerza imprescindible para el país, hay ajustes pendientes

Autores:

Dora Pérez Sáez
Margarita Barrios
Hugo García
Héctor Carballo Hechavarría

Desde pequeño, Reynaldo Pavón había acariciado la idea de dedicarse a la electrónica, tal como lo hizo su abuelo. Al concluir la secundaria solicitó la especialidad, pero como no le fue otorgada, se decidió por la Mecánica Industrial.

Próximo a concluir el tercer año en el instituto politécnico Luis de Feria Garayalde, en Holguín, y con 18 años cumplidos, Reynaldo afirma que esa fue la mejor elección: «He llegado a sentir una fuerte inclinación por el mundo de la mecánica».

Junto a sus compañeros, el joven realiza las prácticas de la especialidad en los talleres de la fábrica de implementos agrícolas Héroes del 26 de Julio.

«Conocemos una variedad de equipamientos mucho mayor a la existente en la escuela, tenemos más contenido de trabajo y estudio, y los tutores son los mecánicos más veteranos de la fábrica. Quien no aprende es porque no quiere», afirmó.

Este joven, como otros muchos, ha vivido una nueva sensación. Llegar por vez primera a una fábrica o un taller puede ser un impacto jamás olvidado. El ruido de las máquinas, las botas y overoles con grasa y polvo, el calor... Pero todo eso se deja a un lado cuando se ve nacer de entre las manos un bien necesario socialmente.

La Educación Técnica Profesional (ETP) es una de las enseñanzas más caras. Requiere de recursos materiales, maquinarias e instrumentos para formar habilidades en los alumnos. Y aunque unas manos poco diestras pueden dañar herramientas valiosas o gastar más material del necesario para lograr determinado fin, no puede formarse un técnico sin emplear muchas horas en la práctica de su futura profesión.

En los años de período especial y con el derrumbe del campo socialista, gran suministrador de bienes para los institutos politécnicos, la enseñanza se deprimió. Los viejos talleres no responden hoy, ni en tecnología ni en recursos, a las necesidades de formar a un técnico que sea competente al llegar a la empresa.

La enseñanza técnica se convirtió entonces en poco atractiva, salvo las especialidades de Informática y Contabilidad, «trampolín» no pocas veces usado para llegar a la universidad sin tener que pasar por el preuniversitario en el campo.

Ante la falta de técnicos que se hace sentir en el país fue necesario buscar maneras de rescatar esa enseñanza. Una de ellas fue la creación de las aulas anexas en los centros laborales afines a las especialidades de los politécnicos, donde los muchachos se forman con la práctica requerida.

En los dos últimos cursos escolares, este tipo de enseñanza ha realizado transformaciones importantes, con el objetivo principal de retomar el papel que debe desempeñar en la sociedad cubana, que no es solo el de ser una enseñanza terminal, sino el de garantizar la fuerza de trabajo calificada que necesita cada territorio del país.

A partir del próximo curso escolar la matrícula tendrá un incremento sustancial. Si hasta ahora iban al preuniversitario entre un 50 y un 60 por ciento de los egresados de noveno grado, mientras un 40 por ciento se dirigía a los tecnológicos, hoy la cifra se invierte.

Sigue prevaleciendo el principio de que la oferta debe responder a la demanda de los organismos, y de que los jóvenes tengan garantía de ubicación laboral.

¿Modalidad aceptada?

Las aulas anexas no cayeron del cielo. Surgieron ante la imperiosa necesidad de formar técnicos capaces de dominar las tecnologías, con la eficiencia que requiere el mundo ante los desafíos del futuro. En Matanzas comenzó este curso la experiencia, que pone a los organismos a correr en aras de que las cosas salgan bien.

«Adquirimos muchos conocimientos cuando nos llevan a los centros de trabajo a calibrar las bombas de gasolina o los tanques de combustible», asegura Rachel Pérez, estudiante de tercer año en Metrología y Control de la Calidad.

Marlon González, de Mecánica Industrial, asegura que han visto máquinas que normalmente en la escuela son imposibles de apreciar «Hago las prácticas en la fábrica de sogas y cordeles Julián Alemán, y los profesores tienen un gran dominio e imparten bien sus clases».

En la empresa Rayonitro, donde Adianez Falero se prepara para ser técnica en Química Industrial, le facilitan hasta el transporte obrero para trasladarse. «Los maestros son de allí, nos dan clases a veces con recorridos, viendo las bombas y turbinas, el proceso tecnológico. Es muy bueno».

En la empresa integral de servicios automotores Granma se prepara un grupo de jóvenes en Mecánica Industrial. Sin embargo, Magali Sardiñas, la capacitadora del centro, aclara que lo que realmente necesita la empresa son mecánicos automotores.

Orlando López, licenciado en Construcción de Maquinaria, relató que en algunas entidades los recursos materiales son limitados y los operarios no los ponen a disposición de los jóvenes que están de práctica, por temor a que los echen a perder. «Las habilidades de los alumnos no se forman bien si no tocan las piezas», aseguró.

Humberto Pedroso Plá, subdirector de Formación profesional del Instituto Politécnico Ernest Thelman y con 21 años en esa escuela, afirma que cuentan con una matrícula elevada de más de 1 300 estudiantes y las aulas del centro no cubren todas las necesidades, por lo que 198 alumnos de tercer año estudian mediante la nueva modalidad.

«En las aulas anexas las prácticas se han adecuado a la frecuencia de las asignaturas básicas y técnicas. Por ello un docente organiza la rotación del joven por los puestos de trabajo acorde con las clases teóricas que recibe».

Un convenio de trabajo, firmado entre los ministerios de la Industria Sidero Mecánica y de Educación en Holguín, tiene el propósito de cooperar en la formación de los estudiantes que en pocos años engrosarán la fuerza calificada de esa industria, pilar importante de la economía de la provincia.

Las producciones del SIME poseen un impacto que trasciende las fronteras nacionales y son baluarte para la sustitución de importaciones. Por todo ello, su sostenimiento demanda una constante labor de formación y recalificación.

Con subordinación al grupo empresarial del SIME, se hallan emplazadas unas 16 empresas y diez establecimientos, entre los cuales figuran relevantes puntales como la fábrica de implementos agrícolas Héroes del 26 de Julio, la de combinadas cañeras (KTP) Aniversario 60 de la Revolución de Octubre y la de discos y cuchillas.

Para el venidero curso el territorio se dispone a formar 6 545 alumnos en 41 especialidades técnicas. De los 23 politécnicos con que cuenta la provincia, el Luis de Feria Garayalde, en Holguín; el Osvaldo Socarrás, en Báguano, y el José Voisin, en Moa, tributan anualmente buena parte del personal y hoy se benefician del citado convenio.

Tras años de explotación y sin apenas mantenimiento, gran parte del equipamiento de los talleres de esos institutos cayó en la obsolescencia o tiene desperfectos que solo les permiten ser aprovechados en objetivos muy elementales.

En los recintos del Luis de Feria se agolpan fresadoras, tornos y otras máquinas en desuso, procedentes del antiguo instituto técnico Calixto García, cuyas instalaciones son hoy un Politécnico de Informática. Su subdirectora docente, Cristina Castro, dijo que el rescate de esas herramientas pudiera lograrse con el concurso de los propios alumnos y maestros, pero requeriría de un respaldo  financiero que sobrepasa las posibilidades de esa escuela.

Una satisfactoria experiencia acaba de concluir en el Centro de Gestión Empresarial y Superación Técnica Administrativa (CGESTA), adjunto al grupo empresarial del SIME, que acogió a estudiantes de Mecánica Industrial y de Mantenimiento de Equipos Industriales, en un programa teórico que se extendió por 21 semanas.

En el programa se vincularon maestros del Luis de Feria y especialistas del CESTA. Uno de ellos, Raúl Fernández, quien fungió como docente, apreció que sus alumnos llegaron a clases con insuficiencias cognitivas, causadas por el deficiente vínculo con la base material de estudio.

«Aunque la tecnología empleada en algunas industrias no sea de última generación, este es el sitio más propicio tanto para la consolidación de conocimientos teóricos como para la formación de habilidades».

Sueños realizables

«Me encanta este trabajo. Siempre quise ser mecánico», dice Carlos Manuel Mercero, estudiante de tercer año del instituto politécnico del transporte José Ramón Rodríguez, de Ciudad de La Habana.

«Mis padres son ingenieros termoenergéticos y mi hermano, médico. Pero a mí siempre me gustó esto, de niño desarmaba los carritos, aunque cuando llegué aquí no sabía ni zafar una tuerca. Pienso ir a la universidad a hacerme ingeniero, pero eso será después».

Bárbara Domínguez es la madre de Carlos Manuel. Ella está feliz del desempeño de su hijo en el taller de mecánica automotriz del Grupo Empresarial de Camiones (UDECAM), perteneciente al Ministerio de Transporte.

«Los maestros lo apoyan mucho. Es un muchacho introvertido y noto que ha ganado en autoestima. Ha aprendido bastante. Es un trabajo duro, pero a él le gusta».

Robin García considera que fue una suerte alcanzar la única plaza de mecánico que llegó a su secundaria. Ahora está en el tercer año del técnico. «Uno aprende aquí con los más experimentados. El otro día armamos un motor, y vimos cómo se hace para calibrar… Trato de aprovechar el tiempo. Me atrae la vida laboral. Nos llevamos bien.

Su hermano Alexander Ramos sabe de mecánica, y asegura que Robin ha aprendido bastante. «Llega a la casa con el overol lleno de grasa. Ya conoce de llaves; antes había hasta que desarmarle la bicicleta. No falta, se levanta a las cinco y media y llega a tiempo. Saca buenas notas».

Lázaro Domínguez es el profesor guía del politécnico que atiende a los 30 jóvenes insertados en esa base de camiones. «Mi trabajo consiste en visitar a los alumnos en los talleres e ir a sus casas si tienen alguna ausencia. Los padres están contentos, los alumnos trabajan bien. Atiendo tres grupos, uno de ellos en Antillana de Acero».

—¿Qué debe mejorar?

—El almuerzo de ellos nos golpea. Las empresas no tienen presupuesto. Al mediodía debemos soltarlos, y desaprovechan la mitad del día. Tampoco hay dinero para darles ropa de trabajo; la entidad solo garantiza la de sus trabajadores. No todos pueden comprar un overol o unas botas. Los padres se preocupan por esto, pero es que los muchachos no pueden trabajar en tenis, en short o pulóver, es peligroso.

Luis Barrera es el instructor designado por UDECAM para atender a los alumnos. Les imparte las cuatro asignaturas técnicas: Medios tecnológicos, Explotación del transporte, Tecnología y taller, y Economía y legislación.

«Tengo 22 años de trabajo, e intenté asumir este reto solo, sin utilizar a más compañeros. Para ello me liberaron de todas mis tareas. Además de la teoría, velo por la disciplina. Los ubico en el puesto de trabajo con los mecánicos y los controlo. No puede haber ningún accidente».

Juan Carlos Díaz, subdirector del instituto politécnico José Ramón Rodríguez, explicó que allí estudian 949 jóvenes en especialidades del transporte. Para garantizar las prácticas organizaron cinco aulas anexas en diversas empresas vinculadas al sector.

—¿Por qué tuvieron que abrir tantas aulas anexas?

—La principal causa fue la falta de docentes. También el deterioro de los talleres, hace mucho tiempo que no recibimos suministros. Y el del edificio, que tiene cien años.

«Desde 2008 nos vinculamos con las empresas del MITRANS. Los profesores van y se actualizan. Es complejo, porque los necesitamos aquí, no hay posibilidad de darles un año sabático para estudiar, pero se hace escalonadamente. Las aulas anexas también se benefician en este sentido.

«Las empresas deben darnos libros, softwares. Hasta ahora solo lo han hecho la firma Mercedes Benz, la dirección provincial del Transporte y la empresa FORTRANS, pero no en la cantidad necesaria».

—¿Cómo valora esta nueva modalidad?

—Como nueva experiencia siempre hay dificultades en el engranaje. Pero es una opción y no hay otra, teniendo en cuenta la realidad de los politécnicos y la carestía de la ETP. No podemos desconocer la realidad económica del país.

«Tiene beneficios y desventajas. Entre estas últimas, la que yo considero principal es que un personal que no está preparado para trabajar con adolescentes, que no son profesores, tenga el reto de enfrentar a un grupo de jóvenes. La escuela les da asesoría metodológica a estos instructores, un profesor nuestro se mantiene allí, a tiempo completo, es un tutor. No nos desentendemos del aula anexa. Es nuestra responsabilidad.

«Por lo demás, hemos tenido buena recepción. A veces hay insatisfacciones, problemas puntuales. Pero estos jóvenes son cantera de su fuerza laboral.

«En UDECAM el director es muy dispuesto, hubo mucha cooperación. El instructor de allí está liberado, pero no ocurre así en todas partes. Hay quienes deben atender a los estudiantes y cumplir el resto de sus responsabilidades».

Llegó el relevo

Leonel Pérez Barroso cursa el tercer año en Construcción de estructuras metálicas, en el capitalino Instituto Politécnico Amistad Cubano-Soviética. Con sus compañeros está insertado en la empresa de equipos industriales Quintín Banderas.

«Aquí están muy contentos con nosotros. Siempre nos advierten que debemos tener cuidado para no sufrir un accidente. He pasado por las diferentes máquinas, ahora estoy en control de calidad, donde se tiran los rayos X. Ni sabía que eso se hacía. Hay que revelar en un cuarto oscuro, pero me sale bien y me gusta. Los trabajadores me enseñan a hacerlo más rápido con los trucos que saben».

En el politécnico Amistad Cubano-Soviética estudian 1 243 alumnos de toda la provincia. Para el próximo curso ingresarán más de 400. Allí se estudia Metalurgia, Construcción de estructuras y Mecánica industrial.

Mayra González, directora del centro, opina que un factor vital para garantizar el éxito de las aulas anexas es la vinculación entre escuela y empresa. «Nosotros preparamos a esos trabajadores, porque muchos son obreros de experiencia pero no dominan la metodología de la enseñanza».

Abelino Herrera Suárez es profesor de Construcción de estructuras en esa escuela, y hoy labora como tutor de los estudiantes que se insertan en el aula anexa de la Quintín Banderas.

Según él, los resultados de esta modalidad son muy buenos. «Hay muchachos que rechazan la escuela por la etapa que viven de la adolescencia. Sin embargo, cuando se incorporan a la producción, de tú a tú con el obrero, se consideran ya hombres. La retención es mayor, se ha comprobado».

—Un centro laboral tiene una dinámica. La presencia de jóvenes puede interrumpir el trabajo, o tal vez los obreros pueden molestarse si deben atenderlos…

—Todas las empresas no se manifiestan igual. Hemos tenido una buena acogida en algunas, porque saben que tienen que reciclar el personal; el de experiencia se va retirando.

«A veces un obrero hace cierto rechazo porque si está explicando se demora más. Pero son pocos los que no quieren darle esa oportunidad al muchacho. Las direcciones de las empresas luchan por tenerlos, porque ven la posibilidad de prepararlos y luego quedarse con ellos».

Iván Núñez, director general de la Quintín Banderas, asegura que allí hay tradición de ser receptivos con los jóvenes. «Cuando empecé tenía 18 años, y llevo 27. Y así ha sucedido con otros muchos».

—¿Qué importancia le da a la preparación de los muchachos?

—La rama de paileros y soldadores del SIME se ha perdido, los que trabajan hoy aquí tienen 40 años. No hay relevo. Con esta opción del aula anexa estamos haciendo gestiones para que un grupo de ellos se quede.

«Esta no es una pailería común, somos los únicos del país en la fabricación de balas de gas. Tenemos implantado el perfeccionamiento empresarial. Nuestros soldadores están homologados; no es una soldadura normal, es a precisión, incluso se le tiran placas. No puede haber defectos».

—¿Le gustaría que alguno de estos muchachos se quedara?

—Trataremos; si no todos, los mejores. Nosotros invertimos en ellos, la capacitación es un gasto y si los perdemos no los podemos recuperar.

«En otros sectores como la campaña antivectorial o la agricultura les pagan más, y no regresan a nosotros. Solo lo han hecho dos. Y eso que los atendemos: si nos dan ropa, les llevamos al menos un pantalón; si hacemos una fiesta o un viaje a la playa, los invitamos para motivarlos a volver».

—¿Esta modalidad de las aulas anexas debe generalizarse?

—Ojalá que muchos puedan hacer esto, pero se generan gastos que a veces no te autorizan en el presupuesto en divisa. Tengo que ahorrar por aquí, para sacar por allá: la alimentación, que me la dan solo para los trabajadores; los medios de protección, que no puedo entregarles a todos, y la energía y los materiales que gastan, y ellos no están produciendo, están practicando.

«Es un trabajo delicado. Hay que instruirlos para entrarlos a los talleres y evitar un accidente. Aquí no son hierros de cuatro libras, son de toneladas. Deben usar los medios de protección y mantener la disciplina. Aunque son jóvenes no pueden jugar en el taller».

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