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El último retrato de Maceo

El pintor puertorriqueño Francisco Oller le obsequió un cuadro a su amigo y coterráneo Ramón Emeterio Betances. En este aparece la imagen inconfundible del Titán de Bronce, pintada a fines de 1896

Autor:

Luis Hernández Serrano

Un revelador retrato del General Antonio Maceo —hecho por el pintor puertorriqueño Francisco Oller y obsequiado por este a su coterráneo Ramón Emeterio Betances (1827-1898), escritor, médico y político revolucionario—, fue encontrado en París.

De tan trascendente hallazgo hablaron, en el diario puertorriqueño Claridad, los investigadores Félix Ojeda Reyes y Paul Estrade, y llegó a nosotros a través del espacio digital Cubadebate, fechado el 21 de junio pasado, en homenaje al aniversario 165 del natalicio del Titán de Bronce.

El cuadro original forma parte de las obras de arte perdidas irremediablemente. Lo cierto es que el interesante retrato apareció inicialmente el 19 de diciembre de 1896, en la revista de lujo editada en París bajo el título La Ilustración, y dedicada así, de puño y letra de su autor: «Al Dr. Betances. F. Oller. 1896. Le dernier portrait de Maceo», es decir, el último retrato de Maceo.

La revista consigna que esa obra había sido enviada a la redacción por el propio Doctor Betances.

Los dos intelectuales que escribieron para el periódico Claridad en torno a este desconocido retrato del Lugarteniente General del Ejército Libertador de Cuba, Félix Ojeda y Paul Estrade, confiesan en su valioso artículo que, como editores de las Obras Completas de Betances, Padre de la Patria puertorriqueña, conocían de la existencia de ese creyón sobre el célebre patriota cubano, y a fines del año pasado, cuando visitaron París, decidieron interesarse por él, porque no podían seguir guardando celosamente tal secreto, a riesgo de que se perdiera dentro de una mole de papeles.

«(…) nos dieron permiso para reproducirlo. ¿Lo puede usted imaginar? Es como si un francés y un boricua nos hubiésemos sacado el premio mayor de la lotería», refieren en su esclarecedor texto ambos investigadores.

El retrato que ha dejado ya de ser un secreto, escondido sin malas intenciones en una revista de lujo correspondiente al doloroso año de 1896, está ahora a la vista de todos los cubanos y en particular de los santiagueros.

En él aparece Maceo ataviado con un traje de gala y con su barba bien arreglada, al igual que su pronunciado bigote.

Según se detalla, a mediados de 1858, con solo 25 años de edad, el autor de este fabuloso retrato —Francisco Oller— viajó a Europa, se trasladó a París, ciudad a la que regresaría durante la década de los 70 y por última vez, a mediados de los años 90, período en el que conoce y se codea con grandes de la pintura.

A partir de indagaciones realizadas por la investigadora puertorriqueña Osiris Delgado, se saben los datos principales de la trayectoria del joven pintor en la Ciudad Luz, donde trabó amistad con varios artistas de la plástica como Camille Pisarro y Paul Cezanne. Justamente fue Oller quien los presentó. Incluso, en ese momento Cezanne era un simple aprendiz y es el propio Oller quien le imparte las primeras lecciones de dibujo.

¡Cosas de la vida! Tanto Félix Ojeda como Paul Estrade explican que no pueden decir cuándo Oller y Betances se conocieron, y llegan a afirmar que «¡nadie lo sabe!».

No obstante, los escritores de tan útil trabajo periodístico sobre el retrato de Maceo, comentan que a través de indagaciones hechas por la también investigadora boricua Haydée Vanegas, estudiosa de la obra de Oller, ella descubrió en 1982 elementos que esclarecen los pasos comunes de ambos amigos:

«(…) en ninguna de las reuniones políticas que Betances tenía aparece el nombre de Oller. Sin embargo, se ve a Betances acompañado de Oller en el teatro, aparece Oller en el entierro de la novia de Betances (…) y encuentro solo tres momentos en que Oller y Betances se vieron y todos fueron en actividades públicas culturales».

Y dice algo Haydée Vanegas que nos hace recordar que, por ejemplo, Maceo, Martí y Gómez fueron objeto —aunque en otros países— de iguales pesquisas: «Betances era seguido por espías españoles en París».

Igualmente conocemos ahora que Betances le escribió un hermoso soneto al joven pintor, uno de cuyos tercetos, expresa: «(…) Oller/ Dadme vuestro pincel que tanto enseña,/ Oh príncipe del arte y se lo entrego/ Al pintor de La Virgen Borinqueña(…)/».

La última visita a París del pintor del retrato de Maceo —que de seguro se auxilió de las imágenes que la prensa publicaba del héroe cubano— fue a mediados de 1896. Durante aquellos días rompió sus relaciones con Cezanne y todo indica, como es de suponer, que su amistad con Pisarro tendió a enfriarse.

Que la revista La Ilustración publicara el retrato de Maceo se justifica sobre todo por el prestigio alcanzado por el patriota cubano y por la reputación moral de Ramón Emeterio Betances.

A finales de enero de 1896 ve la luz en la capital francesa el número inicial de La República Cubana, periódico bilingüe fundado por Domingo Figarola Caneda con la ayuda inestimable del Doctor Betances.

Era en verdad un semanario muy leído de la época, y el luchador puertorriqueño que entregó a La Ilustración el retrato de Maceo, ocupaba entonces el cargo de representante diplomático de la República de Cuba en Armas.

No era un semanario cualquiera, inventado o puesto a circular para acuñar firmas desconocidas o acumular las tintas y el papel sobrantes, sino una publicación de prestigio.

Tenía cuatro páginas en español y cuatro en francés. En el primer editorial, el periódico proclamaba a las claras el interés que lo impulsaba: hacer llegar a los europeos, y en especial a los franceses, la razón justa de una contienda bélica «que no es revuelta de colonos indisciplinados y díscolos, sino lucha de la libertad contra la tiranía».

Y fue precisamente en aquel periódico parisiense donde salieron publicados los impresionantes y oportunos grabados de Francisco Oller, cargados de la solidaridad que sentía por la lucha independentista cubana de la que «El General de Bronce» era un símbolo sin tacha.

Llama poderosamente la atención esto que especifican los autores Ojeda y Estrade rotundamente: «En lo referente a Maceo, debemos informar que ninguno de los dos —ni Betances, ni Oller— lo conocieron. Nunca pudieron estrechar las manos fuertes del ingenioso revolucionario. Nunca se dieron un fraternal y efusivo abrazo».

El pintor Oller, a principios de agosto de aquel fatídico año 1896, regresa nuevamente a su tierra natal. Se sabe que el general cubano murió heroicamente el 7 de diciembre de ese año, y junto a él está y cae también el joven capitán mambí Francisco Gómez Toro, herido de gravedad, hijo del General en Jefe del Ejército Libertador de Cuba, el dominicano Máximo Gómez Báez.

Cuando el enemigo se aproxima al cadáver del Titán de Baraguá, se da cuenta de que Panchito Gómez Toro está aún vivo y, lejos de tratar de salvarlo, lo remata de un artero machetazo. Su muerte también apareció en los periódicos de entonces.

El retrato que ahora nos ocupa, guardado tantos años en las páginas de una revista ignorada para los cubanos, se publicó 12 días después de la tragedia de Punta Brava, donde cayeran Maceo y su ayudante Panchito.

Y dicen Ojeda y Estrade para conocimiento de todos hoy: «Lo probable es que esa imagen la produjera Oller durante el primer semestre de 1896. Lo probable es que Oller regalara entonces el retrato a Betances. Es probable, en fin, que al caer el General Maceo y ser casi cierta su muerte, Betances habría acudido a la prestigiosa revista ilustrada para entregar en su redacción la imagen gallarda de un Maceo siempre vivo: «grande en la batalla, grande en el consejo, grande en el patriotismo», como le escribiría luego a la viuda del Héroe de Baraguá, María Magdalena Cabrales y Fernández.

El cráneo de un ser superior

Al primer golpe de vista del referido retrato del héroe de Mal Tiempo y de la Invasión, nos vino a la mente la investigación sobre su cráneo y su cerebro, hecha en 1899 por los tres antropólogos cubanos de aquel tiempo: Luis Montané Dardé (1849-1936); Carlos de la Torre y de la Huerta (1858-1950) y J. L. Montalvo (1843-1901), quienes comprobaron y demostraron que había sido un ser de inteligencia superior.

Ya por Martí sabíamos que «tenía tanta fuerza en la mente como en el brazo». Por el jefe de Estado Mayor de su Ejército invasor supimos que «Sobresalió porque era superior en valentía y en saber a los demás soldados de su época» y el mismo Maceo había escrito a su esposa María Cabrales: «Vivo a caballo y tengo el valor de lo que pienso».

El propio Carlos de la Torre expresó en medio de las mediciones: «Si no fuera una conclusión de poco rigor científico, yo diría, de todo corazón, que este es un cráneo de unas líneas realmente muy bellas».

José Martí, en carta al Titán de Bronce, fechada el 20 de febrero de 1874 (página 53, Tomo IV, del Epistolario, de Luis García Pascual) le confesó: «Usted es para mí —y lo digo a boca llena y a pluma continua— uno de los hombres más enteros y pujantes, más lúcidos y útiles a Cuba». Y en una semblanza que le dedicó en otra ocasión, expresó: «Firme es su pensamiento y armonioso como las líneas de su cráneo».

Otras fuentes: «Los médicos y los inicios de la Antropología en Cuba», Enrique Beldarraín, Fundación Fernando Ortiz, 2006. «Revista de Medicina y Cirugía. La Habana, 1899», investigación de los doctores Rogelio Álvarez Sintes, Rogelio Álvarez Castro y Santiago C. García. «Uno de los hombres más lúcidos y útiles de Cuba», Luis Hernández Serrano, Juventud Rebelde, 7 de diciembre de 2006.

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