La salvadora inspiración de Fermín

Días oscuros por culpa del alcohol, un trasplante de hígado hace cinco años y un apego inalterable al trabajo duro son las notas principales de esta historia compartida por un cubano que no soporta el reposo

Autor:

Alina Perera Robbio

Ni un minuto de felicidad tuvo el camagüeyano Fermín Besú Montejo, hoy de 39 años, durante aquellos meses de no poder trabajar mientras se recuperaba de un trasplante de hígado. Si le chequeaban seis veces al día la presión arterial, seis veces la tenía por las nubes. Porque había quedado como nuevo después de la operación, y así, sintiéndose tan bien, no podía aguantarse sentado en un sillón del portal de su casa, «mirando todo el tiempo el mismitico árbol».

No más volvió a lidiar con la tierra, en el cultivo del arroz, los signos vitales volvieron a la normalidad, pues ese es su mundo desde los días de la adolescencia.

Fermín confiesa que si está acondicionando un campo «y de pronto se me ponen difíciles el combustible o las semillas, o se rompe el tractor, me paso días sin dormir, y llamo al médico y le pregunto qué medicina puedo tomar. Y él me dice que tome calma…».

Casi siempre olvida que está trasplantado: «Te lo digo de corazón. Trabajo sin pensar en eso. A veces agarro un saco grande y me lo echo al hombro, y después que lo bajo es cuando me acuerdo de todo».

La conversación con este cubano lleno de energía, que no soporta sentarse, que nunca ha pensado en su muerte, resulta interesante no solo por su apego al trabajo, sino también porque él transitó un oscuro tramo de alcoholismo del cual salió con vida por la rapidez y profesionalidad de los médicos que asumieron y todavía asumen su caso.

Caída silenciosa

«Nací en el municipio de Céspedes, en Camagüey. Tuve una infancia normal. De campo. Casi siempre estuve con los abuelos por parte de madre, quienes fueron muy buenos conmigo», recuerda Fermín.

—¿Y el punto de giro que parte en dos el hilo de tu vida?

—Me hice técnico de nivel medio en Electrónica. Trabajé como un año en una fábrica de jabones. Pero después entré definitivamente al campo. Sembraba frijol, plátano… En esa época inicial no tomaba ron. Me daba traguitos. La vida me empezó a cambiar tiempo después: en el año 2000 me fui al municipio de Chambas, en Ciego de Ávila, a sembrar arroz. Las cosechas allí eran grandes, y las extensiones de tierra también. Ahí empecé a tomar, y a tomar…

—¿Por qué?

—No podría explicarte.

—No sabes cómo fue que empezaste…

—No, porque eso surgió chiquitico. Empecé tomando muy poco, por un trago. Llegué a tener en mi casa hasta 80 botellas de ron, todas selladas. Temía que se me acabaran. No soportaba que me faltara aunque fuera una; en cuanto se vaciaba la reponía. Jamás me senté a disfrutar un trago. Tomaba caminando. Si me movía por carretera, llevaba una botella. Sobre las tres de la mañana me tomaba el ron frío. Cuando salía de la casa sacaba las botellas que me iba a tomar durante el día. Y la cerveza era para mí como el agua. Nunca me gustó, pero la usaba si sentía sed.

—¿Acaso alguien te pedía que bebieras?

—Lo hacía solo. Nadie sabía que yo tomaba.

—¿Al principio sentías cambios en tu organismo?

—Me sentía bien. Y eso que no comía. Si acaso algún dulce y un pedacito de queso. Solo soportaba algún caldo.

—¿Cuándo comenzó tu malestar?

—La gente empezó a decirme: «Oye, te estás poniendo amarillo…». Les respondía que no tenía nada. Llegó el momento en que no aguantaba la comida. Lo único que hacía era buscar cajas y cajas de ron. Tomaba a toda hora.

«De pronto la vista me empezó a fallar. Y un día, cuando me levanté por la mañana, en el suelo había como si fuera un trozo de hígado. Lo había echado por la boca. En Camagüey me hicieron muchas pruebas y enseguidita me dejaron ingresado. Tenía seis de hemoglobina. La coagulación estaba perdida. Eso fue en el año 2004».

A partir de ese momento Fermín vivió una verdadera agonía: transfusiones que no toleraba, y una laparoscopia por cuenta de la cual se supo que su hígado «era una pelota blanca, echada a perder». El círculo parecía haberse cerrado del todo. Pero un médico se comunicaba con otro, y así Fermín llegó al Centro de Investigaciones Médico-Quirúrgicas (CIMEQ), en La Habana, donde bastó que él entrara a la consulta para que lo dejaran ingresado.

Los médicos recuerdan que a su llegada el joven presentaba en la piel y en las mucosas un color amarillo intenso, orinaba muy oscuro, y tenía un aliento característico de los pacientes cirróticos. Sus pies estaban inflamados, y las encías podían sangrarle con facilidad.

Al dejar de tomar Fermín notó cierta mejoría en su estado general. Pero tres meses de abstinencia no bastaron después de una caída tan profunda. La muerte estaba a solo un paso. Por eso el paciente fue incluido en la lista de espera para trasplante hepático, tras haberse sometido a múltiples estudios.

—¿Temías que la operación no resultara?

—No pensé que pudiera morirme. Me sentía mejor. Preguntaba qué necesidad había de cambiarme algo del cuerpo. Los médicos empezaron a explicarme, y me presentaron a otro trasplantado, y eso fue muy bueno. Finalmente entendí las razones y dije que sí.

«Fue en el año 2005. Me quedé dormido para ser operado a las nueve y treinta y uno de la noche. La operación duró ocho horas. Cuando amaneció ya estaba trasplantado».

—¿Sentiste pronto la mejoría?

—Enseguida fui otra persona.

—¿Cómo empezó el cambio para bien?

—Había tenido muchos daños en la piel por mis problemas con la coagulación. Todo desapareció en menos de tres días después de ser operado. Y a los diez días —yo que había llegado a tener un tono verde oscuro— recuperé mi color de siempre. Lo otro es que empecé a sentir hambre cuando ya ni recordaba qué cosa era el apetito.

De vuelta a la intensidad

«Cuando me recuperé —evoca Fermín— quise volver al cultivo del arroz. Me decían que no, que yo no estaba muy fuerte, porque los trasplantados tomamos medicamentos que disminuyen la respuesta inmunológica, para evitar así el rechazo del órgano nuevo.

«Imagínate que dentro del cultivo del arroz anda mucho el ratón, al punto que se pueden perder cosechas enteras porque esos animalitos las devoran. En ocasiones ellos pueden morder dentro del riego, y uno hasta coger leptospirosis. Pero nada de eso me detuvo.

«El año pasado tuve una recaída. Estaba a punto de cosechar el arroz. Era un lugar pegado a la costa. Había llovido mucho y la cama en la cual pasaba mis horas de sueño, se había mojado. Empecé con fiebre muy alta, y me trasladaron urgente de Camagüey a La Habana. Estuve nueve días muy mal, con antibióticos. Pensaron que no debía ir más al campo. Me aconsejaron desistir, que lo del arroz era un cultivo duro. Pero yo seguí.

«Por mis resultados me invitaron a un curso de semillas en la Escuela de la Asociación Nacional de Agricultores Pequeños (ANAP), la Niceto Pérez. Eso fue en noviembre del año pasado, por siete días. Allí me entregaron el carné de productor de semillas, y así es como estoy sembrando tres variedades desde mayo de 2010. Y ahora se me autorizó una actividad nueva que voy a desarrollar: la ceba de toros. Ya tengo el local para hacerlo. Empezaré a techarlo».

—Tienes todas las razones del mundo para descansar…

—Si descanso de más me enfermo. Para mí quienes no aman el trabajo, del tipo que este sea, nacieron sin sangre, o no le tienen amor a la vida, porque ella funciona a partir del trabajo, porque sin él no se puede desarrollar una familia. Si los hijos nacen a la orilla de una persona que no se inclina hacia el trabajo, lo que ven es un vegetal. Y yo no quiero eso para mis tres muchachos.

«Además de todo lo contado, no creo que me alcance la vida para agradecer lo que han hecho por mí. No es únicamente que me hayan operado. Con eso solo no hubiera podido sobrevivir: después han hecho falta medicamentos muy caros que no puedo dejar de tomar hasta el último de mis días, y los chequeos médicos permanentes. Hubo y hay personas muy buenas alrededor, gracias a las cuales estoy aquí, contándote la historia. Y eso, ¿cómo lo agradezco si no es haciendo lo que mejor conozco y me inspira?».

Apuntes médicos

El hígado es el órgano más grande del abdomen y uno de los más complejos por las funciones que realiza y que resultan básicas para la vida: producción de proteínas —algunas ayudan a la coagulación de la sangre—, eliminación de productos tóxicos y de desecho (como el alcohol), almacén de energía y vitaminas, y ayuda en el metabolismo de algunos medicamentos.

En circunstancias como el alcoholismo y las hepatitis crónicas por virus C o B, el hígado se afecta y evoluciona a la cirrosis, enfermedad irreversible que puede llevar a que dejen de realizarse con eficiencia las funciones antes mencionadas. Es lo que se conoce como insuficiencia hepática, la cual, si es severa, pone en peligro la vida de quien la padece. En tal caso el trasplante hepático puede llegar a ser la única opción de tratamiento.

Después del trasplante la persona debe tomar medicamentos inmunosupresores —fármacos que evitan el rechazo del órgano trasplantado— durante el resto de su vida. En esta nueva etapa de la existencia de un trasplantado, se monitorea regularmente la función del hígado y con frecuencia se ajustan las dosis de los medicamentos.

En Cuba el primer trasplante hepático fue realizado el 26 de enero de 1986, en el Hospital Clínico-Quirúrgico Hermanos Ameijeiras. En la actualidad existen tres centros que realizan esa operación de manera exitosa: el Hermanos Ameijeiras, el CIMEQ y el Hospital Pediátrico William Soler. En este último se lleva adelante el programa de trasplante hepático en niños.

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