El secreto de un gigante

Este diario se acerca a la historia de Reynier Fernández Ramírez, joven campesino de 24 años de edad que sobrepasa los dos metros y 15 centímetros de altura

Autor:

Yahily Hernández Porto

Camagüey, Minas.— Allá por Lugareño, en el municipio de Minas, una historia singular se destaca en la lejana localidad de sembrados y mucha ganadería.

Resulta que en la finca Los Corrales un joven mineño es notable por sus dones de buen vecino y por una cualidad que lo diferencia del resto de sus amigos: Reynier Fernández Ramírez es un gigante de 24 años de edad que sobrepasa los dos metros y 15 centímetros de altura.

Este diario visitó al joven campesino, que a nuestra llegada no paraba de hablar con sus amigas Azucena, Manantial, Cuquita… vacas de su rebaño, y con puercos, conejos y carneros, que velan al muchachón para exigirle que los alimente.

Hasta en la sala de su casa Reynier tiene que doblar la espalda, «porque si no de un golpe dejo la cabeza en las vigas del techo», comentó risueño, ante la instantánea indiscreta.

—¿Cuentan que eres un excelente vecino?

—Será porque le hago maldades a todo el mundo y no hay quien me haga una mí. Soy muy rápido corriendo y el mejor inventando historias de la gente. Hay quien me deja por incorregible y prefiere no hacerme caso.

—¿Cómo es un día del Gigante de Los Corrales?

—Como el de cualquier campesino. Desde el amanecer estoy con las vacas, después le siguen los puercos, los carneros, los conejos… y ya no paro.

—¿Y el descanso?

—No hay mucho, aunque abuelo y abuela siempre me están cuidando. La familia piensa que soy un niño y eso me hace hervir la sangre.

—¿Alguna limitación física?

—A pesar de mi tamaño, tengo que cuidarme, porque el médico bien que lo advirtió. No debo coger mucho sol ni hacer fuerza. Estas dos cosas siempre tienen en vela a todos en la casa. Ellos se desgastan diciéndomelo, pero como soy un zepelín, no hay quien me coja el paso.

—¿Pero te cuidas?

—Claro. Sé hasta dónde llegar con lo del trabajo.

—Tu niñez y adolescencia, ¿cómo fueron?

—La niñez, sobre todo, muy difícil, porque con ocho años empecé a crecer muy rápidamente. Saca la cuenta de que en un año crecí un metro, y a los 13 me operaron. Después solo crecí 7 milímetros, el resto de la altura la desarrollé entre los 8 y los 13 años de edad.

«O sea, tenía mente de niño, pero tamaño de gigante. Actuaba y pensaba como un chiquillo, pero el mundo no me veía así, y esto siempre trae sus consecuencias».

—¿Cuáles?

—La que más recuerdo es cómo en cualquier lugar que llegaba me trataban como el adulto del grupo. Incluso llegaron a darme las quejas por algunas maldades de los niños.

—Aunque terminaste el quinto grado, no seguiste los estudios. ¿Por qué?

—Me sentía muy incómodo dentro del aula. En la escuela todos se acostumbraron a mi tamaño, menos yo. A veces me daba mucha vergüenza medir casi dos metros con ocho años. Después vino el reposo durante cinco años, que me hizo la vida insoportable, porque no podía ni jugar.

«Sí, le hice rechazo a la escuela y nunca más quise estar en un aula, y aunque los maestros y la familia insistieron preferí esperar la operación en casa, hasta el año 99. Después aparecieron oportunidades, como practicar voleibol, pero ya amaba la tierra y los animales».

—Cinco años transcurrieron desde que comenzaste a crecer y hasta que te operaron. ¿Qué hiciste durante todo ese tiempo?

—Mucho reposo, pero también tuve que viajar, porque había que investigar qué originaba mi crecimiento acelerado. Casi llegué a vivir en el Pediátrico de Camagüey. Fueron años de muchos exámenes, viajes y paciencia; y en los que, además, vi cómo mi abuelo se fajaba con la tierra. Así nació mi amor por el surco y el ganado.

—¿Cómo asumiste los días previos a la intervención quirúrgica?

—Me diagnosticaron un tumor en la hipófisis que tenía que ser operado urgentemente para detener el crecimiento y volver a mi vida normal. Y como no quería ni podía crecer más, aceptamos el reto.

«El doctor Montejo se convirtió en el amigo de nosotros y siempre dio muchas esperanzas; algo muy bueno, porque en La Habana no se atrevieron a operarme. Sin embargo, él no dudó en hacerlo.

«Abuelo aún recuerda cómo Montejo dijo a la familia: “Con el muchacho hay 99,5 para perder y medio punto para ganar. ¡Y vamos a ganar!”. Él no dudó nunca del éxito.

«La operación duró 12 horas. El Pediátrico de Camagüey nos dio un cuarto dentro del hospital para que la familia y amigos permanecieran allí mientras me recuperaba».

—¿Y al despertar de la anestesia?

—Estuve inconsciente como cinco días, pero al abrir los ojos lo único que quería era comer y nada de caldo, sino una gallina del patio.

—¿Tanto tamaño exige comer mucho?

—Y de todo. Soy como dicen por ahí, «cuarto bate designado». Mi plato es una cazuela bien honda, y la que más sufre es abuela, que tiene que cocinarme como si fuera para un batallón.

—La salud, ¿marcha bien?

—Tengo una salud de hierro y no me da ni dolor de cabeza. Incluso mi enfermedad la descubren por mi crecimiento acelerado y no porque tuviera algún síntoma extraño.

—Lo que más te gusta…

—Ver películas, escuchar música romántica y salsa, criar animales… Pero mi razón de ser es mi familia.

—¿Alguna insatisfacción?

—Mi gran problema es cómo me visto, porque nunca hay ropa ni zapatos para mí. Una que otra vez aparece algo.

«Imagina que peso 235 libras, uso talla 40 de pantalón, la XL en camisa y el 52 y medio en zapatos. Es como para volverse loco. Ni siquiera logro conseguir el calzado ortopédico, con tanta falta que me hace».

—¿Deseos?

—Conocer más acerca de los secretos de la tierra. Con el primo de mi abuelo, que es veterinario, he aprendido cantidad de cosas, pero me gustaría tener más libros y revistas que hablen de los secretos de los animales, de los cultivos y de las cosechas, y acceder más a la prensa, porque a veces el mundo anda por un lado y yo por otro.

—¿Agradecido?

—Sí, de mis amigos, de aquellos que se alejaron, de los que perduraron y de los que aparecen diariamente, de los médicos, de las enfermeras, de mi ya hermano Roberto, de mi familia, de mi patria, de la vida y de estar vivo, porque una vez me sentí tan cerca del «otro lado» que cuando abrí los ojos di las gracias de inmediato.

—¿Feliz con ser un gigante?

— Al principio no, pero el tiempo pasa y lejos de acostumbrarme, asumí quien soy con tremenda dignidad. Es por eso que soy feliz.

—Muchos te llaman el Gigante contento. ¿Por qué?

—La gente me pregunta: «¿Cómo es que siempre estás contento?», y es que no saben que estar vivo es suficiente para reír.

«Yo les digo: “Hay mucho infarto por ahí y mucho sol caliente que pueden matarte de un subión de presión, para andar siempre discutiendo y amargado”.

«La alegría es mi secreto para no morirme en los próximos cien años y para seguir siendo feliz hasta después de muerto».

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