El nombre del agua

Aquí se trata sobre las hijas mellizas de la antigua provincia de La Habana. JR inicia un viaje reporteril por ambas. Esta vez por las tierras y aguas mayabequenses

Autor:

René Tamayo León

La juventud atiborra al mediodía el parque de Güines. Es el punto medio para regresar a casa o volver a la escuela. Unos corren hacia la guagua, el camión, el coche. Otros conversan distendidos y arrellanados en los bancos, casi encima de un césped mustio, de muchos días sin lluvia.

Danay Alfonso y sus amigas cursan Economía en el tecnológico local. Hablan de la fiesta de fin de semana y otras adolescencias. También, de la nueva provincia de Mayabeque. «¿El nombre? Es bonito, original. Más significativo. Relevante. Marca una diferencia» —comenta Danay.

«La fundación de la provincia es un tema que está en la calle. Todos hablan de eso. Y por supuesto, nosotras también. Creo que ahora tendremos una identidad propia. Nuestra. Antes era que “si La Habana”, que “si Ciudad de La Habana”… No teníamos un punto de referencia territorial fuerte.

«¿El nombre? Bueno, ya te dije —frunce el ceño—. Hermoso. Solo tengo una preocupación con él… ¿cómo se llama? —“gentilicio”, le aclara el reportero—. Sí, el gentilicio… Mayabequense está bien, tiene onda; o mayabequino —como se usa aquí en Güines; yo soy de Catalina—; pero aún no he oído cómo se dice en femenino.

«Sí, mi’jo, enfoque de género. “Mayabequense”, así, no tiene enfoque de género. ¿Cómo será en femenino? ¿Mayabequensa? Ma-ya-be-quen-sa… Por lo menos a mí me cuesta trabajo pronunciarlo. Mejor sería mayabequesa o mayabequina o mayabequeña o mayabecana… ¡Huy!... Ríen todas…

***

Eugenio, Omar, Julio, Alain, Gildelio y José Luis arman su peña deportiva en el centro del parque. Encuentro de amigos para debatir el tema más caliente de la semana: cómo le está yendo al equipo de pelota de La Habana.

«Esta Serie Nacional será la última del marrón», dice Eugenio. Lleva un suéter del color de los Vaqueros; se lo hala, como afirmando que es su equipo. «Cuando se haga el de la nueva provincia veremos cómo le entramos, porque los mejores pitchers estarán del otro lado, en Artemisa», añade Alain.

Omar no tiene problemas: «Soy y siempre seré industrialista». «Tú siempre con lo mismo», le reprocha Gildelio. Acepta, «pero solo en pelota»; pide apoyo para el fútbol sala y otros juegos «que están ganando auge por aquí», dice. Confía en que los deportistas de Mayabeque brillarán también.

***

El minitractor cortacésped da el último pase de media mañana al jardín interpuesto entre la Vía Blanca y la Termoeléctrica del Este, en Santa Cruz del Norte, el municipio que cubre el extremo septentrional de la recién fundada provincia.

Reinaldo Gil parquea el equipo en el punto exacto donde se interceptan las sombras de una mata de coco y la voluminosa chimenea de la instalación. Sacude de la gorra la humedad salitrosa que arrastra un mar picado por la entrada del nuevo frente frío. Va para los 60 años de edad. Trabajador modesto, discurre locuaz, coherente, dueño de la palabra.

«La nueva división político-administrativa hacía falta. Hay expectativas. Esperamos que las cosas mejoren, que nos podamos administrar mejor.

Soy de cerca del Peñón del Fraile. En el barrio confían en que habrá beneficios en el abastecimiento de productos alimenticios, el transporte, la construcción y los servicios.

«¡Antes estábamos tan cerca de La Habana y tan lejos de nosotros mismos! Había más trabas, atrasos, gastos. Tenemos muchas esperanzas de que todo eso cambie».

***

El cochero Lorenzo Roque es oriundo de Madruga. Marcha rápido. Habla poco. «El tiempo es dinero»… «La nueva provincia no nos perjudica en nada. Puede ser mejor. ¡Claro!, siempre y cuando se resuelvan los problemas». No dice más. Azuza al jamelgo, que se sacude las orejeras sin sacar la vista de su camino.

II

La fundación de la provincia de Mayabeque, a raíz de la división político-administrativa de la antigua La Habana —en esta y Artemisa— goza al parecer de anuencia mayoritaria. Es un consenso construido

—según apreciación de estos reporteros— a partir de la confluencia de condiciones, potencialidades y anhelos. De posibles resultados que esperan sus habitantes.

Concierto geográfico

Una de las bases de ese consenso se funda en la compatibilidad geográfica. La cercanía de sus 11 municipios la convierte en un territorio compacto, con una infraestructura vial y ferroviaria —entre otras— racional y con perspectivas para convertirse en una red eficiente.

Solo la cabecera provincial comparte sus límites con seis municipios, por lo que la gente ve con muy buenos ojos el acortamiento de distancia y tiempo para diversas gestiones, algunas de las cuales han de ventilarse irremisiblemente a nivel provincial, aunque muchas se acerquen a los municipios.

Ya se han establecido varias rutas de ómnibus con autobuses y «camellos» que enlazan a los municipios con la capital provincial, beneficiando ese recorrido y los puntos intermedios. También se revitaliza el tren La Habana-San José de las Lajas-Güines.

Consenso material

Otra fortaleza a la que aludieron los entrevistados se refiere a las perspectivas económicas y sociales. Estiman que ahora habrá mejores condiciones para administrar y gestionar los recursos a los niveles provincial y municipal.

«Ahora se podrá concebir un desarrollo más integral, tanto por la división como por la nueva estructura que se ensaya en ambas provincias», señala Noel Pérez Pérez, presidente de la cooperativa de crédito y servicios Frank País, en las estribaciones de las Alturas Habana-Matanzas.

Aplaude que se haya puesto fin al «gigantismo territorial» —hipérbole que utiliza para describir «lo difícil que se hacía trasladarse de un punto a otro de esta»—, y «sacado de la capital del país las dependencias políticas, estatales y administrativas que tendrán Mayabeque y Artemisa».

Considera, no obstante, que aún hay poco conocimiento entre la población sobre estas nuevas estructuras y sus dinámicas, por lo que insiste en una mayor divulgación. «Es algo que recién empieza y es bueno que la gente lo conozca más».

Al sur de la provincia, otro agricultor, José Luis Hernández, de la UBPC Fidel García Borrego, de Melena del Sur, coincide: «En lo económico y social, los mayabequenses esperan mayor desarrollo productivo, mejores servicios y una recuperación de la infraestructura, incluida la construcción de viviendas».

Aquí «hay dos cosas que no pueden perderse de vista. Una, «el papel que les toca a los dirigentes, porque la gente confía en ellos; quieren verlos más en la base». Pero esta es «una moneda de dos caras: pueden hacerse planes, dar recursos y administrarlos bien; sin embargo, mucho dependerá del esfuerzo de cada uno de nosotros, de la dedicación y entrega de cada ciudadano».

Identidad en movimiento

Otro hito consensual para asumirse como miembros de una nueva provincia se focaliza en lo espiritual. Estamos ante un hecho político y administrativo, pero también histórico y cultural, según explicó a JR el historiador Jorge Garcell, quien se desempeña como conservador de San José de las Lajas.

El Mayabeque es tierra de historia. Desde el holocausto indígena y la esclavitud, la reconcentración del colonialismo español —cebada con saña por estos lares— y la pobreza campesina que trajo la república neocolonial; hasta los cimarrones apalencados, la incorporación a las tropas independentistas, y la lucha, triunfo, consolidación y desarrollo de la Revolución.

Sus ciudades, pueblos y asentamientos son también fuente de grandes tradiciones, de una idiosincrasia única construida a lo largo de los siglos. Desde las parrandas de Bejucal a las fiestas de Santa Bárbara en Güines. Desde el mollete de Melena del Sur a la butifarra del Congo de Catalina.

Es un patrimonio con asiento en las culturas rural y localista con cierto «deje» citadino. La antigua Ciudad de La Habana siempre ha sido el principal mercado para vender sus productos y adquirir sus mercaderías. Es decir, cada localidad miró siempre hacia sí misma y hacia la capital.

En una foto satelital sus ciudades y pueblos apenas tienen puntos de contacto edificables. Son pueblos-isla intramontanos o rodeados por grandes planicies, como San José de las Lajas, ahora convertido en la capital provincial.

Es una marca cultural única para todos y diferente en cada uno, con disímiles variaciones en el transcurrir del tiempo (incluyendo hasta la influencia de las recientes migraciones desde el oriente del país, que han impactado en su configuración social e idiosincrasia).

¿Ahora? Bueno, estamos ante la construcción de una nueva identidad. Mayabeque irá convirtiéndose en un núcleo cultural definido. Mas este es un proceso lento. Aunque tiene sus catalizadores, sobre todo en jóvenes como las adolescentes güineras que un mediodía cualquiera pueden decirte que Mayabeque «marca una diferencia»; «una identidad propia»; «nuestra».

III

Un consolidado sector agropecuario: entre los mejores del país desde siempre. Una pujante industria: con producciones exclusivas o mayoritarias a escala nacional, entre otras de altísima calidad y productividad. Una fuerte estructura científica: con importantes centros investigativos y docentes.

Mayabeque —y también Artemisa— es heredera de una economía bien construida. Lo agrícola le viene de «casta». Lo industrial y científico, de las políticas de la Revolución a lo largo de su historia en todo el archipiélago.

Ha sido una estrategia continuada en los nuevos contextos, que en los últimos 20 años se reforzó en el sector científico con éxitos en el área agrícola y veterinaria (acumulan una experiencia de casi medio siglo), y también en la médico-farmacéutica, entre otras.

Economía sólida. Por lo que ya está. Prometedora. Por lo que se espera. También es provincia nueva y de ensayo. Lo que ha empezado a ocurrir aquí —y en su vecina—, lo está mirando Cuba. La estrategia está diseñada. Sin embargo, son los mayabequenses (y los artemiseños) los que deben ejecutarla. El éxito o fracaso se define en el terreno. Lo decide su gente.

Cerca de sí

Poco más de 20 kilómetros separan a San José de las Lajas de la Ciudad de La Habana. Si estuviera unos metros más por encima del nivel del mar, casi pudieran verse desde allí las torres más altas de la capital.

Es una ciudad pequeña. Baja. Apenas tiene edificaciones coloniales. Escasea la arquitectura neoclásica, con sus grandes corredores, columnas y ventanales. Carece de parque central con iglesia, ayuntamiento y demás tipicidades de nuestras ciudades tradicionales más relevantes.

El arquitecto Jorge Garcell, conservador de San José, explica: «Es una urbe que se quiso construir borrando la herencia española. Es, además, una zona baja, plagada de lagunas, por lo que los principales caminos se construían y remozaban continuamente, a base de lajas, para aliviar el paso a los transportes».

Es, además, una ciudad industrial. De una esmerada arquitectura que al parecer quiso alcanzar en lo fabril la gracia, más allá de la urbe. El diseño de sus fábricas e instalaciones primó; la ciudad quedó para después, opina el reportero.

En definitiva, San José de las Lajas quiso ser ella. Distinta. Que se le mirara como tal. Aunque también parece que le hizo su guiño a la gran capital; en desafío o en complicidad.

Con una producción mercantil cercana a los 300 millones de pesos y poco más de 74 000 habitantes, operan aquí nueve industrias, tres empresas constructivas e igual número de entidades agropecuarias. Da asiento a la Universidad Agraria —la más importante de su tipo en el país— y a centros investigativos relevantes.

Quiso ser diferente y lo fue. Y a partir de ahora tampoco será la misma. La conversión de San José de las Lajas en cabecera de provincia le dará un giro de 180 grados.

Por ley de la vida, será sometida a tensiones constructivas y obligaciones de identidad que presionarán sobre su arquitectura, demografía e idiosincrasia. Quiéralo o no.

Juan Ramón Rodríguez Hernández, vicepresidente de la Asamblea Municipal del Poder Popular, reseña que el territorio trabaja en la creación de condiciones que permitan asimilar la mayoría de las direcciones de la nueva provincia de Mayabeque, en el mejoramiento de su infraestructura y en las instalaciones para atender a la población.

Será una ciudad cabecera muy interesante. No será un salto inminente. Llevará su tiempo. Las actuales condiciones económicas del país y la provincia no lo permitirían. Pero sucederá. Los mayabequenses querrán y trabajarán por una capital que les dé renombre. Cerca de La Habana, pero más cerca aún de sí.

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