El idilio se acabó en Playa Girón

La idea de un fácil desembarco en Cuba pronto desapareció ante las costas de la Ciénaga de Zapata

 

Autores:

Luis Hernández Serrano
Hugo García
Luis Raúl Vázquez Muñoz
Hedelberto López Blanch

El avión se lanzó en picada y el Houston se estremeció en un crujido. Por alguna parte alguien gritó: «¡Fuego, fuego!». El barco empezó a moverse con rapidez. Nadie sabía a dónde, y un humo negro y espeso inundaba todos los pasillos y rincones. Costaba trabajo respirar. Afuera se escuchaban las explosiones y el tableteo de las ametralladoras.

Mario Cabello González, de 18 años, miró horrorizado la cubierta. «Aquello era un infierno», contó 40 años después. Un golpe fuerte lo lanzó contra la estructura del barco. Por el ruido de los metales pensó que iba a partirse hasta que empezó a levantarse por la proa.

Desde el borde de las cubiertas se veían unas figuras oscuras lanzarse al mar. La voz del capitán se escuchó: «¡Busquen las mangueras, hay que apagar el fuego!». El avión volvió a pasar envuelto en un fuego de ametralladoras. De los metales del Houston salieron chispas y el caza se alejó con un bramido de los motores.

Mario Cabello, junto con otros hombres, tomó una manguera contra incendios. Fue inútil. El agua salía a chorros por los agujeros dejados por las balas. Estaban varados sin remedio en la playa. Así descubrió la primera verdad. «Castro se irá apenas lleguemos», les dijeron. Ahora Mario Cabello observaba esa costa cubierta por las nubes de disparos y explosiones. Sí, era verdad; pero al revés. Llegar a Cuba nunca sería fácil.

Un secreto público

Mario Cabello González y Roberto Carballo eran estudiantes por el inicio de 1960. Los dos eran muy jóvenes. También —aunque eso lo supieron después— no conocían nada de política. La otra semejanza entre ellos es que en Miami se encontraron con un secreto a voces.

«Uno iba por la calle, le preguntaba a cualquiera, digamos a un garajista, y este respondía: “Mire, la Oficina de Reclutamiento está allí”. Era sin ningún tipo de disimulo», reconoció Mario.

En las conversaciones sostenidas con ambos cuatro décadas más tarde, ninguno se refirió a qué hacían ellos en un grupo de personas entre los que había dueños de latifundios, militares y policías de la dictadura de Batista, incluso con crímenes en su historial de servicios.

Lo que sí reconocieron a JR , depues de participar en la Conferencia Académica Girón 40 años después, celebrada en 2001 fue la idea general y tantas veces repetida. Que al llegar recibirían el apoyo de la población y el plan se cumpliría con rapidez: crear una cabeza de playa para que luego los líderes del exilio llegaran y solicitaran la intervención de los Estados Unidos.

Pero los disparos se empezaron a escuchar en medio de la oscuridad y mucho antes de alcanzar la playa en la madrugada del 17 de abril de 1961. Roberto Carballo pudo desembarcar entre los primeros grupos. Durante casi 72 horas sintió el suelo estremecido por las explosiones de la artillería, incluso por la noche. Por el día, el bosque de mangles y las riberas de las playas se envolvían en una niebla densa y picante.

Fue en medio de esa neblina que vio aparecer unas figuras encorvadas que avanzaban sin dejar de hacer fuego. Algunas desaparecían derribadas por los disparos y en su lugar aparecían dos más. Así llegaron al 19 por la tarde. Estaban arrinconados contra el mar de Playa Girón. Disparaba a todos lados y el ruido de unas orugas de tanques le martillaba la cabeza por dentro junto con los cañonazos.

Tenía sed, tenía sueño y hambre. De pronto escucharon unas voces: «¡Dale, ríndanse!». Unos tanques aparecieron a toda velocidad. Varios hombres estaban ante ellos. Algunos apenas lucían los primeros pelos del bigote. Llevaban boinas. Uno de ellos avanzó con el fusil listo. Les tomó las armas y dijo: «Levanten las manos, que esto se acabó».

Nos equivocamos

La Ciénaga de Zapata puede ser el lugar más solitario del mundo. Mario Cabello está convencido. Su unidad, el Batallón Cinco de Granaderos, se desmembró a bordo del Houston y pasaron un día entero intentando salvar a los hombres que se habían lanzado al mar. Cuando llegó a tierra, la defensa mercenaria se iba a pique.

«Nos desperdigamos por la Ciénaga —recuerda—. Ella es lo menos hospitalario que existe en el mundo: sin agua, sin comida, nada, solo mosquitos, cangrejos incomibles, espinas y soledad».

Así estuvo una semana entera. Lo capturaron el 23 de abril, y lo condujeron al central Australia. Él y Roberto mencionan el trato respetuoso recibido de los milicianos. Al cabo de 40 años también reconoce que su visión cambió.

«No estoy arrepentido ni lo voy a estar —dice Mario Cabello—, pero ya se acabó esa etapa y no quiero mirar para atrás». Roberto, por su parte, enfatiza: «Pensamos que nuestros jefes cubanos tenían una mayor honorabilidad. Por ellos creímos que los estadounidenses nos daban su apoyo, pero ya todo estaba decidido». Mario afirma: «Cuando caí preso, sufrí un shock emocional muy fuerte. Me recuperé con el tiempo, pero desde ese momento apareció en mí una convicción muy fuerte: Cuba no puede confiar en ningún poder extranjero. Hoy todavía la mantengo».

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