El golpe en la mejilla

Caimito del Hanábana, el poblado donde José Martí vio azotar a un esclavo, se encontraba en la ribera norte de la Ciénaga de Zapata

Autores:

Hugo García
Luis Raúl Vázquez Muñoz

CIÉNAGA DE ZAPATA, Matanzas.— El látigo rasgaba la piel del esclavo. Algunas personas debieron mirar la agonía del hombre y quizá pensaron que aquel suplicio era algo necesario. Un castigo para un rebelde, un simple vago en el cañaveral o vaya usted a saber qué otra cosa había sucedido. A fin de cuentas era una bestia de carga, un objeto más. Un esclavo.

La vida no parecía detenerse en el caserío de Caimito del Hanábana. Sin embargo, un niño miraba el tormento. Hacía poco que había llegado a la zona. En una carta que había escrito a su madre y hermanas les había mencionado con entusiasmo el gallo fino y el caballo que ahora montaba. Era un júbilo que se desvanecía con los latigazos.

Muchos años después, cuando aquel rostro delgado se transformó por el bigote y la amplia frente que lo inmortalizarían ante el mundo, José Martí recordaría aquellos azotes como uno de los momentos en que su vida comenzó a cambiar.

«¿Quién que ha visto azotar a un negro no se considera para siempre su deudor? —escribió—. Yo lo vi, cuando era niño, y todavía no se ha me apagado en las mejillas la vergüenza (…) Yo lo vi, y me juré desde entonces su defensa».

Fue el descubrimiento de que el mundo era mucho más cruel. Pero aquella escena tenía otras implicaciones. Pues el paisaje que rodeaba a Caimito del Hanábana y que los ojos negros de Martí recorrieron era el bosque cerrado de la Ciénaga de Zapata.

La Ruta del esclavo

El historiador del municipio de Ciénaga de Zapata, Julio Antonio Amorín Ponce, asegura que hasta el momento no existen indicios de si en verdad José Martí se adentró en los pantanos. De lo que sí existen certezas es de que su primer contacto con el campo ocurrió en las inmediaciones del gran humedal de Cuba.

«Lo que Martí vio —explica Amorío— fue el clásico paisaje de la época: una vegetación muy densa, con innumerables poblaciones de árboles, como el júcaro, el ocuje y el hicaco, campos de palma cana, mucha hierba de la conocida por “cortadera” y el bejuco amarillo que los cenagueros llaman “cansa viejo”».

La tesis del especialista descansa en la ubicación que tuvo el hoy desaparecido poblado donde el Apóstol vio torturar al esclavo. El asentamiento se desarrolló próximo al pueblo de Jagüey Grande y a no menos de 40 kilómetros del nordeste de Playa Larga, en el borde de la costanera o franja norte de terrenos cársicos, que sirve de frontera a los grandes pantanos de la Ciénaga.

«Las costaneras son importantes en la vida del cenaguero porque en estas se puede desarrollar la vida humana —explica el especialista—. Lo que existe en el medio de las costaneras es el territorio que se anega, los pantanos. Y la costanera norte es trascendental porque marca el inicio de lo que pudiéramos llamar la tierra firme».

Amorín precisa que en ese territorio habían cobrado auge 43 ingenios con mano de obra esclava cuando Mariano Martí llegó con su hijo en 1862, al ser designado Capitán Juez Pedáneo del partido territorial de Hanábana, uno de los cinco de la jurisdicción de Colón o Nueva Bermeja, en la actual provincia de Matanzas.

Antes de la llegada de Martí, en la zona se habían verificado al menos tres expediciones vinculadas a la trata de esclavos, entonces declarada ilegal, y sus barcos perseguidos por buques de guerra ingleses. Estas ocurrieron en 1853, 1854 y 1859. De acuerdo con diversas fuentes, el litoral de desembarco era Bahía de Cochinos.

«Era un punto idóneo para ese comercio, por su aislamiento —explica Amorío—. Se sabe que desembarcaban los esclavos, los mantenían dentro de la Ciénaga y luego la caravana avanzaba al norte por los caminos interiores hasta concretarse la venta. Eran acciones que no podían efectuarse sin la complicidad de las autoridades y eso debió ser uno de los conflictos de Mariano Martí, un hombre caracterizado por su honestidad».

La revelación

Caimito del Hanábana se hallaba entre las rutas posibles de aquellas filas de hombres y mujeres encadenados, que bajo el azote y los gritos de odio de los mayorales debieron atravesar muchos kilómetros hasta ser vendidos en subasta dentro del campo o entregados directamente a algún dueño de ingenio.

El ingeniero y explorador cubano Juan Antonio Cosculluela Barreras visitó el asentamiento a inicios del siglo XX y lo describió como un poblado pequeño y en decadencia, donde no imperaba la ley: un centro de juegos y marginalidades en medio del bosque.

Cosculluela dejó sus impresiones en su libro Cuatro años en la Ciénaga de Zapata. Memorias de un ingeniero (La Habana, 1918). Allí se describe en detalle la Península de Zapata de los años desde 1913 al 1917. Según las informaciones del volumen y la comparación con otros registros, Amorín Ponce sostiene que el panorama observado por Martí no es el mismo que existía por la década de los 30 y mucho menos el de ahora.

«Es una idea en la que trabajamos —precisa—. Pero las indagaciones permiten asegurar que el Maestro observó una Ciénaga mucho más boscosa y que se inundaba menos. Es decir, el paisaje cenaguero de los años 30 del siglo pasado es la conclusión de transformaciones que se iniciaban cuando Martí llegó».

En opinión de Amorín el desarrollo azucarero eliminó los bosques que existían en la costanera norte. Esa floresta era un contén natural para los sedimentos arrastrados por la naturaleza desde el norte de Matanzas y la porción más occidental de la actual provincia de Villa Clara. Al encontrarse libres, inundaron los desagües naturales de la región. Entonces los cuatro grandes pantanos o ciénagas, de los cuales hablan los viejos documentos de archivos, juntaron sus mantos y conformaron la gran sabana de la Ciénaga.

No obstante, el legado ya había sido sembrado. Fernando Pérez, director de la película Martí: el ojo del canario, afirma que la presencia del Maestro en esos parajes se convirtió en definitoria no solo por mostrarle las injusticias de la esclavitud, sino por revelarle el campo cubano.

«Fue fundamental en su formación —apunta el cineasta—. Su estancia en la zona le permitió incorporar los olores, el color, los ruidos, el paisaje, las costumbres, los modos de hablar del campesino y los esclavos. Hasta ese momento su horizonte era el de la ciudad. Era un crecimiento espiritual muy intenso y no se puede entender su vida, como patriota e intelectual, si antes no nos detenemos en Caimito del Hanábana».

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