Tengo la impresión de que no te voy a ver más

Así le dijo Nancy Uranga, desde La Habana vía telefónica, a su esposo, en su última conversación. Él se encontraba desde hacía unos días en Villa Clara, discutiendo el Campeonato Nacional de fútbol

Autor:

Julieta García Ríos

Los muchachos la ven pasar y voltean la vista tras su paso. Es linda, esbelta y, además, tiene buen carácter. Es esgrimista esa rubia que los tiene hechizados. Muchos la ven como algo inaccesible; en cambio él, defensa izquierda de la selección cubana de fútbol, sabe que esa «niña» será suya. ¡Tiempo al tiempo!, así se dice el «jabao» Garcés. Se le acerca, gana su confianza y finalmente la conquista.

A la pareja le gusta escuchar a los Beatles, también disfrutan las canciones de la década prodigiosa. Sin embargo, al oír: «En Galicia un día… Anduriña», hacen un gesto de sorpresa. Es el «himno» con que cada día a las seis de la mañana los despiertan en el internado de la ESPA nacional. Luego de casi cinco años de noviazgo, la pareja decide casarse.

Para entonces ella estudia Ciencias Biológicas en la Universidad de La Habana, y él Cultura Física y Deporte en el Instituto Manuel Fajardo. Ambos están en un buen momento deportivo: representan a Cuba en sus respectivos deportes. Se aman, y aunque saben que no tendrán habitación propia, se unen ante la ley el 31 de diciembre de 1975, en Vertientes, pueblo natal de él.

Ese mismo día, tras los festejos, regresan a La Habana. El nuevo año viene con grandes competencias, tienen éxito y en junio, juntos participan en los Juegos Olímpicos de Montreal, Canadá. Pocos meses después el odio desmedido a un Gobierno y su pueblo los separa para siempre: es 6 de octubre de 1976, y ella viaja en el vuelo 455 de Cubana que había salido de Caracas con rumbo a La Habana.

«Conocí a Nancy Uranga por el año 1971. Ella era atleta de la Escuela Superior de Perfeccionamiento Atlético y yo integraba la selección nacional de fútbol, pero ambos radicábamos en el Cerro Pelado. Era una rubia de ojos verdes, casi de mi estatura (1,70 metros), que siempre estaba alegre. Vivía en Bahía Honda, en el central Pablo de la Torriente Brau, más conocido por Orozco. Visitábamos ese lugar casi cada 15 días porque ella quería mucho a su familia. La vida de los deportistas es muy sacrificada y salíamos en ocasiones. Nos gustaba ir a comer los fines de semana, y a donde más íbamos era al restaurante que está en 23 y 26, en el Vedado. Entonces se soltaba el pelo, que siempre llevaba recogido al entrenar y competir».

Es el testimonio de Antonio Garcés Segura, actual vicepresidente de la Federación Cubana de Fútbol. Conversamos a 35 años de un crimen que aún sigue impune. Mi entrevistado mantiene una aparente calma, sabe controlar las emociones y yo busco recordar a la joven que fue su Nancy.

«Nos llevábamos bien; nunca tuvimos problemas. La recuerdo siempre cariñosa, muy amable. Era una gente muy comprensiva, me daba mucho ánimo en los estudios y el deporte. Era además muy preocupada con mis cosas personales. Nos ayudábamos y apoyábamos en ese sentido.

«Nos casamos y seguimos viviendo en el internado del Cerro Pelado, cada cual en su albergue. Después de la boda tuvimos la dicha de ir juntos a los Juegos Olímpicos de Montreal. Allí los fútbolistas empatamos a cero frente a los polacos, que en aquel entonces habían ocupado el tercer lugar en la Copa del Mundo. Fueron días felices; compartimos juntos en la villa olímpica. En una ocasión la Reina de Inglaterra visitó la villa, por casualidad estábamos en la entrada, y al pasar nos saludó. Fue emocionante. Después vino el desastre de Barbados; al morir ella tenía 22 años».

¿Por qué dices eso, muchacha?

«Tengo la impresión de que no te voy a ver más», le dijo Nancy desde La Habana vía telefónica a su esposo, en su última conversación. Este se encontraba desde hacía unos días en Villa Clara, discutiendo el Campeonato Nacional de fútbol.

Garcés trató de no darle importancia a la frase. «Cuando uno va a viajar se pone nervioso, se preocupa; hay quien le teme al avión… Pero nunca imaginé que sucedería algo así», dice este hombre que ahora intenta tomar distancia de los sentimientos.

—¿Por qué dices eso, muchacha?, le preguntó a Nancy.

—Es que hemos tenido muchos problemas con este viaje.

Ciertamente, el viaje hacia el IV Campeonato Centroamericano de esgrima estuvo colmado de contratiempos. Demetrio Alfonso González, presidente de la Federación Centroamericana y del Caribe de Esgrima (FCCE),quien también formaba parte de la delegación, en sus apuntes del viaje ofrece detalles: «Los 24 integrantes (de la delegación deportiva cubana) llegaron en tres grupos distintos a Caracas, habiendo partido todos desde La Habana el 21 de septiembre.

«Al arribar el día 21 a Kingston, Jamaica, primera escala del viaje, se nos informó que nuestros pasaportes no estaban OK… De inmediato comenzamos las gestiones con vistas a proseguir el viaje, pero la gestión fue empeorando… Decidimos que los compañeros Demetrio Alfonso y Luis A. Morales, presidente y secretario respectivamente de la FCCE, trataran de embarcar por lista de espera en ese vuelo de la (aerolínea) ALM con vistas a garantizar todo lo relacionado con el Congreso previo al evento e informar nuestra situación».

Demetrio y Luis lograron salir para Caracas, mientras se hacían las gestiones para que el resto de la delegación continuara viaje.

En Jamaica los ayudó la señorita Terry Swan, manager de tráfico en el aeropuerto. «Esa noche partía un vuelo para Panamá. La delegación separó los pasajes, los pagó y llenó las 22 tarjetas de turismo para entrar a Panamá, ya que no teníamos visa; entonces se les comunicó que no podía ser porque eran imprescindibles las visas».

Al llamar a La Habana la orientación fue regresar al país en el vuelo de Cubana del siguiente día. Ese 22 de septiembre solo pudieron regresar 15 miembros de la delegación, pues no había más capacidad. Los siete restantes continuaron sus gestiones para llegar a Venezuela, adonde arribaron la noche del sábado 25 de septiembre.

«Así el grupo de los 15 compañeros saldría de La Habana a México y finalmente arribó a Caracas, vía Panamá, el lunes 27 de septiembre». Nancy estaba entre este grupo, que vivió la incertidumbre de regresar de Jamaica a la capital cubana y la posibilidad de la salida por México. Antes de partir habló con su amor.

Los cubanos no tiene rivales

En el IV campeonato Centroamericano y del Caribe de esgrima participaron ocho países: Venezuela, Colombia, Puerto Rico, El Salvador, Jamaica, Cuba, Antillas Holandesas y Guyana como invitada, pues aún no era miembro de la Federación de Esgrima.

Contó Demetrio en sus apuntes que no hubo facilidades para realizar entrenamiento, pues no se habilitaron salas con ese propósito. Sin embargo, tal como se había pronosticado, Cuba se proclamó campeona y se llevó los ocho títulos disputados. Nancy Uranga ganó dos de ellos: en florete para damas individual y por equipo.

«Los cubanos no tienen rivales; se lo van a llevar todo, no dejan nada», era en todo momento el comentario de los aficionados locales.

El asesino camina libre por Miami

La tarde del 6 de octubre de 1976, Antonio Garcés se arregló elegantemente para recibir a su Nancy. Había acordado ir al aeropuerto con Miguel Ibarzábal Castro, entrenador del equipo nacional femenino de esgrima. Sin embargo, al entrar al comedor en su búsqueda, notó que algo andaba mal.

«Verdecia, trabajador del Cerro Pelado, que fue mi compañero de fútbol, me saludó y abrazó de una manera que no era habitual entre nosotros. Aquello me extrañó. Y a Miguel lo llamaron de la Ciudad Deportiva porque había un problema. Eso me chocó también, y me fui solo para el aeropuerto. Allí encontré una multitud de gente caminando de un lado a otro, preguntando sobre el avión. Hablé con un amigo que trabajaba ahí y me dijo: “¡Coño, Garcés, el avión de Cubana donde venía tu mujer tuvo un accidente… explosión… todos perecieron”».

La noticia lo paralizó. Un escalofrío recorrió su cuerpo. Le martillan las palabras de despedida de Nancy: «Tengo la impresión de que no te voy a ver más». Y no la vería más.

«Aquello me impactó y tuve que sobreponerme al dolor. En ese tiempo tenía la eliminatoria de la Copa del Mundo. A finales de octubre de ese año viajé a Haití para jugar. La misma actividad deportiva me fue despejando un poco, pero fue muy doloroso. Esos primeros meses, siempre que iba a casa de sus padres, lloraban mucho… Fue una situación muy triste, molesta, penosa…

«Imagínate cómo uno se siente al ver a un individuo por la televisión y pensar que es el asesino de un ser querido de uno. No es bueno lo que te viene a la mente. Para los familiares de las víctimas no es fácil saber que el asesino camina libre por Miami. A veces es preferible virar la cara y ni verlos ni oírlos. Enseguida viene el recuerdo y te pones a pensar cómo fue para ellos una primera explosión y luego otra… y el avión en picada al mar. Tampoco me gusta escuchar la grabación de las últimas palabras entre el piloto y el copiloto. Me trae malos recuerdos… es remover el dolor que no se va; eso no es fácil asimilarlo».

Posdata: Hace un par de años Antonio Garcés vivió una experiencia especial. Volvió a Barbados. Antes de 1976 había ido como atleta, ahora lo hizo como jefe de una delegación de fútbol. Junto a los atletas rindió tributo a Nancy y a los 72 caídos en el vuelo 455 de Cubana. Allí, en la playa donde a unos metros ocurrió la explosión, Antonio evocó gratos recuerdos. Lo imagino ensimismado con el andar de esa rubia de ojos verdes, alegre y cariñosa, con quien deseó tener hijos. Según cuentan, Nancy traía consigo un pasajero más.

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