Mujeres de este tiempo

La Federación de Mujeres Cubanas celebra hoy sus 52 años. Sirva de homenaje el testimonio de dos jóvenes que, como otras muchas, sin dejar de beber de la savia de sus antecesoras, construyen sus espacios de participación

 

Autor:

Ana María Domínguez Cruz

Somos parte, mujeres todas, de una sociedad en la que se nos asume como pilar imprescindible en todo cuanto se construye, se propone, se crea. Y, afortunadamente, todas nos tenemos en cuenta.

Mientras las cifras de mujeres que se desposan y de las que conciben más de un hijo disminuyen por razones de diversa índole, aumentan los números que revelan su nivel escolar, responsabilidad laboral y participación social.

Constituye un logro innegable que hoy, cuando la Federación de Mujeres Cubanas (FMC) celebra su aniversario 52, muchas se sienten satisfechas con su trabajo y rol en la sociedad, y orgullosas por saber que juntos marchamos por la ruta que la mujer del siglo XXI transita.

En ese andar se hallan también las jóvenes que, sin dejar de beber de la savia de sus antecesoras, construyen sus espacios de participación en una Cuba marcada por los nuevos desafíos que impone la actualización del modelo económico cubano, la implementación de los Lineamientos de la Política Económica y Social del VI Congreso del PCC y la búsqueda del bienestar para todos y todas, desde nuestro socialismo.

Siempre seré maestra

A Nayla Patterson Prieto no se le olvidará nunca la primera vez que estuvo frente a un aula con 28 alumnos de quinto grado en la escuela primaria Invasión a Las Villas, en Güira de Melena. Solo contaba con 18 años, aún era estudiante del Instituto Superior Pedagógico Rubén Martínez Villena y por ello le costaba sentirse maestra de ellos.

«Solo nos separaban ocho o nueve años de edad y la mayoría era casi de mi tamaño —sonríe—. Además, los padres estaban atemorizados, porque al verme tan joven dudaban de mi preparación y de mi interés por ejercer el magisterio. Afortunadamente, durante los años que estuve de práctica en esa escuela primaria, en la que comencé a trabajar luego de concluir los estudios universitarios, me gané la confianza de los alumnos, de sus padres y del claustro de profesores. Todos pudieron ver que me gustaba ser maestra», añadió Nayla.

Esta joven descorrió el velo del tiempo y rememoró experiencias, anécdotas y detalles de su trayectoria como pedagoga, profesión que demanda dedicación y empeño en el aula y fuera de esta también.

«Cuando eres maestro, aprendes a conocer bien a las personas y a mirar con luz larga, hacia adelante. No todos los niños reaccionan igual ante el proceso de enseñanza-aprendizaje o ante cualquier iniciativa; su procedencia familiar no es la misma y sus caracteres y modos de comportamiento también difieren. Así sucede con sus padres y trabajar con ellos, en la escuela y en la casa, es tarea del maestro.

«Entre los profesores y la familia debe haber buena comunicación. La ausencia de un alumno a clases es motivo de preocupación para mí, si no me lo comunicaron antes. Hablar con sus padres también lo es, si noto que no le dedican el tiempo y la atención que merece en la realización de las tareas. Asumo a mis alumnos como si fueran mis hijos y por eso estoy al tanto de todo lo que incide en su evolución académica y social», explicó Nayla.

Inspirada en el ejemplo de Sara Méndez, una profesora muy recta que la guio en sus años de estudiante, esta veinteañera fue ganando poco a poco la confianza y el afecto de sus alumnos, a la vez que garantizaba una correcta disciplina en el aula.

En estas primeras etapas de estudio, refiere Nayla, los muchachos muchas veces hacen más caso a los docentes que a sus familiares y «por ello es mi deber desempeñar bien mi papel. Con el tiempo aprendes a hacerlo cada vez mejor y ellos mismos te van ayudando».

Al hablar con el diario, esta seguidora de José de la Luz y Caballero y de otros tantos pedagogos insignes de nuestro país, recordó momentos difíciles, en los que no solo tuvo ante sí el desafío de guiar a sus alumnos, sino el de ser ejemplo en su comunidad y en su municipio.

«Poco tiempo después de ingresar a la vida laboral, luego de concluir el Servicio Militar Femenino Voluntario, fui elegida delegada de la circunscripción 42 de Güira de Melena, y eso para mí sí resultó una sorpresa».

Pero no fue la única y ni siquiera la mayor. Tiempo después, por sus resultados laborales y desempeño, fue seleccionada entre los 44 delegados de la Asamblea Municipal del Poder Popular, como diputada al Parlamento cubano, y en esa calidad  participó en 2008 en las sesiones ordinarias de este órgano.

«Luego fui delegada al Congreso de la Juventud, efectuado en 2010, y participé en el VI Congreso del Partido Comunista de Cuba, organización a la que pertenezco desde 2004. Fue durante ese evento que me eligieron miembro del Comité Central, y en ese entonces  yo era la integrante más joven.

Tras cinco años de trabajo, Nayla asumirá otras tareas como miembro del Buró Nacional de la Unión de Jóvenes Comunistas y comenzará su preparación como cuadro profesional.

Extrañaré a mis niños —me dice—, por eso no dejaré de ir al aula. «Es muy difícil alejarse de lo que tanto a uno le gusta. Yo siempre, esté donde esté, seré maestra».

Sueño real

No puede imaginarse vestida de otra manera que no sea con su bata blanca. Creció soñando con ser médica y hoy es feliz porque lo logró. Sonríe y asegura que no puede dejar de estudiar, de investigar, de prepararse en su especialidad, aunque a veces el día le parezca corto.

Para Annia Ladrón de Guevara Casals siempre puede el tiempo ajustarse a sus actividades, y no al revés. «La Medicina exige sacrificio y constante estudio, y la vida diaria, como mujer, esposa y futura madre, también tiene sus demandas. Intento conjugarlas todas porque así me siento bien».

Esta especialista en Endocrinología Pediátrica, a quien podemos ver en el capitalino hospital Juan Manuel Márquez, no puede ocultar su pasión por los pequeños.

«Me encantan los niños y me gusta asistirles médicamente. Por eso sufrí mucho durante mi estancia en Haití, como parte de la misión internacionalista en el 2004, porque muchos niños allá padecen enfermedades que a quienes vivimos aquí nos parece inaudito que puedan hasta morir por ellas», acotó Annia, quien integró el Movimiento de Vanguardia Mario Muñoz al egresar de sus estudios universitarios.

Dice que tiene mucha paciencia, pero al mismo tiempo exige rectitud, sobre todo con los padres de los pequeños, pues el tratamiento que deben seguir ellos, de acuerdo con su diagnóstico, depende de la aceptación y colaboración de sus progenitores.

«Los padres son la piedra angular de cualquier tratamiento que le indique a sus hijos, pues su cabal cumplimiento y la seguridad de que los factores que inciden en su salud serán evitados, solo pueden garantizármelo ellos».

Para ejercer esta profesión, a Annia debe caracterizarla una extrema sensibilidad, cualidad que le permite enfrentarse a los problemas de las personas como si fueran los suyos, pues ellas ven su salvación en quien se les presenta con una bata blanca, dueña de valiosos conocimientos.

Y más que sensibilidad, entereza y tesón le sobran a esta doctora, porque además de asumir diariamente la Medicina y las labores hogareñas, como cualquier otra fémina, Annia desempeña su cargo de secretaria del comité de base del hospital Juan Manuel Márquez, como ya lo ha hecho en otros niveles de enseñanza e instituciones.

«Es muy difícil en mi condición de mujer distribuir el tiempo para mi trabajo, mi estudio, mis responsabilidades en la casa y con la familia y con las que exige ser una joven comunista de estos tiempos.

«Además soy miembro del Comité Central del Partido, atesoro experiencias como mi participación en el Congreso de la Juventud y en el VI Congreso del Partido y estoy dispuesta a asumir cualquier tarea que se me encomiende en esta esfera, pues siento que estoy preparada para ello. Eso sí, no dejaría de ser médico nunca… Ese fue siempre mi sueño y no quiero despertar de él».

 

 

 

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