Una urgencia de nuestro tiempo

Los valores constituyen entidades cualitativas complejas. Son asunto de profundidad de vida, de verdadero trabajo formativo educacional y cultural

 

Autor:

Luis Álvarez Álvarez*

Debido al brutal cambio de valores a antivalores que tiene lugar en la sociedad moderna, la célebre frase de Descartes «Pienso, luego existo» —todo un emblema de nuestra época— parece haber sido sustituida por «Compro, luego existo».

Esta situación crea un gigantesco desafío para la esfera educacional y la política cultural, que están obligadas a prepararnos para la vida social. Saber qué son los valores, qué función tienen los procesos de valoración y qué es, en esencia, la tradición, es por completo imprescindible para un desarrollo axiológico eficaz.

Algunos rasgos de los valores

Separar el valor económico de lo que llamamos «valores» es un craso error. El concepto marxista de valor tiene que ver directamente con el «intercambio» como una de las relaciones estructurales básicas de cualquier sociedad. El valor económico no está separado de los valores éticos e, incluso, de la contraposición fundamental que todo ser humano debe enfrentar en cualquier época: el bien y el mal. La presente situación de crisis económica en la Unión Europea no es solo una catástrofe de valores económicos, sino también está unida a una quiebra de valores éticos y políticos.

Sin una concepción precisa de qué es el valor, cualquier debate se convierte en un diálogo de sordos. Las indagaciones sobre valores han sido numerosas y desde diferentes posiciones: hay que definir qué postura se asume.

Los valores no son ni cosas ni vivencias, ni lemas, ni esencias, sino entidades cualitativas complejas, las cuales no pueden ser formadas en la joven generación mediante una simple charla. Son asunto de profundidad de vida, de verdadero trabajo formativo educacional y cultural.

Ellos no existen por sí mismos: necesitan una entidad real como su modo de manifestación concreta. El patriotismo, por ejemplo, solo existe a través de actitudes concretas individuales y sociales, decisiones políticas, posturas específicas ante problemas tangibles; no es un compromiso abstracto.

Otro rasgo de los valores es que son cualidades siempre asociadas a un ente concreto, por eso se habla de la integridad de una persona, de la utilidad de un destornillador. Son cualidades que solo cobran realidad a través de la percepción realizada por un sujeto social bien formado para percibirlas.

Los valores no son puramente subjetivos, ni tampoco son solo objetivos. Ellos resultan de una relación dialéctica sujeto-objeto y solo tienen existencia y sentido en situaciones sociales concretas.1

Por otra parte, el valor es una cualidad estructuradora que organiza la visión del mundo y prepara el pensamiento para percibir una cualidad dondequiera que se manifieste. El patriotismo que condujo a la Guerra de los Diez Años estructuró la conducta, las decisiones y la visión del mundo de diversos grupos sociales en Cuba.

No se «pierden»; suelen ser sustituidos

El valor está enclavado en la realidad social y solo existe en ella. Los valores, además, son cualidades relacionantes: rigen determinadas formas de intercambio entre el ser humano y la realidad objetiva, así como entre los seres humanos. Determinan modos de comunicación —en su sentido más amplio, que no es solo verbal, sino modo de relación en el marco social—; y a menudo alcanzan una difusión amplia que los hace parecer universales, objetivos y eternos, aunque no sucede así con todos.

Hay diferencias entre valores de utilidad, y valores éticos, o entre valores cromáticos y valores éticos (de alcance individual, profesional, o social y político), pues son los que funcionan como normas de conducta para el ser social. Es un error pensar que los valores éticos son los únicos existentes: de ser así, estos se destruirían pues los valores se complementan unos a otros y se sostienen entre sí como guías de una sociedad.

Un valor está asociado a un antivalor específico que lo niega, como el ejemplo desolador de la sustitución del «Pienso, luego existo» por el «Compro, luego existo» de la economía neoliberal. La sociedad tiene que apoyarse en factores de estructuración de los grupos sociales. Cuando se renuncia a un valor, este es sustituido o por otro o por antivalores. Los valores no «se pierden», como creen muchas personas, sino que suelen ser sustituidos por antivalores.

La valoración, la creatividad y la sensibilidad

Los valores tampoco son estáticos: cambian, se transforman, desaparecen en ocasiones, y reaparecen en otras, según condicionantes de carácter económico, político, cultural, ideológico, etc.

Por ello hay que atender con cuidado al proceso que los hace vigentes: la valoración, un conjunto de operaciones de la inteligencia, la voluntad y la sensibilidad emocional, realizadas por el ser humano y el grupo social para percibir, aceptar o rechazar los valores y antivalores, que existen antes de la valoración. Ella tiene una importancia suma y, tanto como los valores, tiene que ser objeto de atención primordial para la educación, las políticas culturales y otros dispositivos de organización social.

Los valores y la valoración tienen un carácter dinámico y una interrelación. Como proceso, esta última está ligada al pensamiento crítico. Apunta el mexicano Armando Rugarcía Torres: «El pensamiento crítico es aquella forma de pensar que cuestiona la información (datos, conceptos, textos…). El pensador crítico es capaz de discriminar información, de entenderla y encontrar presupuestos subyacentes; es capaz de darse cuenta de incoherencias en un texto y de establecer las consecuencias de ciertos juicios».2

El desarrollo de la valoración exige un proceso de creatividad, la cual permite considerar una entidad desde perspectivas múltiples, para dar una respuesta nueva a un problema. Es imprescindible el desarrollo de habilidades afectivas, la sensibilidad.

Formación en valores y el desarrollo del pensamiento

No es un secreto que la formación en valores está en crisis en muchas partes del mundo, y en varios países de América Latina se han formulado llamados de alerta al respecto. No es casual que Rugarcía Torres y otros estudiosos consideren la formación en valores como el problema más importante de la educación contemporánea. Señala el teórico mexicano: «Creo interpretar que tres carencias de los egresados del sistema escolar están causando esta situación preocupante: no comprenden lo que saben, no son capaces de pensar por sí mismos y no han desarrollado las actitudes pertinentes para su felicidad ni para una sana interacción social».3

Esta situación, descrita para México, tiene que ver con tendencias que afectan cada vez más al planeta y guarda relación con el deterioro de la responsabilidad de algunos maestros. Como apunta Rugarcía: «El culto al conocimiento irreflexivo ha hecho presa de las conciencias y manera de ser de las personas relacionadas con la tarea educativa, quienes se perciben y comportan como meros transmisores de conocimientos (…). Les creemos más a las ciencias que a nosotros mismos, pero lo dramático es que la ciencia no enfrenta la vida, sino uno mismo».4

La educación en valores no es una abstracta descripción de estos realizada en una clase, sino que está ligada al proceso de desarrollo del pensamiento, a la capacidad de reflexionar y de crear que marca el trabajo educacional; debe ser característica de las actitudes tanto de los estudiantes como de los maestros.

Los valores también tienen una historia, y ello conduce a la cuestión del nexo entre valores y tradición cultural.

La tradición crece, cambia, se transforma

Por una confusión muy extendida, se asocia el concepto de tradición con la acumulación de entidades de épocas pasadas. Esto convierte a la tradición en una especie de almacén polvoriento.

La realidad es lo opuesto: la tradición crece, cambia, se transforma5. Ese dinamismo de las tradiciones es de carácter social. La tradición es ámbito de comunicación de cada etapa social con su pasado, de donde derivan construcciones y remodelaciones destinadas al servicio del presente, que devendrán material para que, en el futuro, cada generación ejerza su propio proceso de selección. La tradición es un puente activo de comunicación entre las tres esferas del tiempo humano.

La tradición es la parte de la cultura que una generación determinada entendió como valores refuncionalizables para su presente. En relación con el pasado, la tradición consiste en un principio selectivo, pues la generación presente elige lo que considera útil. Es aquí donde deben operar la educación, las políticas culturales, la labor comunitaria, los medios de comunicación masiva, para que la selección se realice a partir de un conocimiento lo más completo, vivaz y sensible, de los valores legados por el pasado de una sociedad.

En cuanto al presente, la tradición consiste en un principio complementario, pues los valores del pasado se ponen en función de completar los valores del presente. Su función es fortalecer a la sociedad en su conciencia histórica, en su capacidad de decidir de manera consciente. La tradición toma parte importante en la solución de situaciones de crisis de una sociedad6, pues constituye el cimiento sobre el que se fortalece una nación.

Por su sentido dialéctico, dinámico y estructurador, la formación en valores es un terreno donde cada sociedad decide a la vez su presente y su futuro. Solo en la medida en que las jóvenes generaciones desarrollen un pensamiento crítico, serán capaces de realizar la valoración que permite distinguir el sistema de valores, y el bien y el mal como ejes principales de cualquier época, para ponernos en función de lo que es éticamente válido para la sociedad. Valor, valoración, tradición son conceptos importantes, cuya base común estriba en el desarrollo de un pensamiento creativo en los jóvenes y en los adultos.

*Poeta, crítico e investigador cubano

1 Cfr. Rizieri Frondizi: ¿Qué son los valores? Introducción a la axiología, decimosexta edición, Fondo de Cultura Económica, México, 2000, p 220.

2 Armando Rugarcía Torres: Los valores y las valoraciones en la educación, Universidad Iberoamericana, México, 1991, p. 56.

3 Ibíd., p. 66.

4 Ibíd., p. 75.

5 Cfr. Zofia Lissa: «Prolegómenos a una teoría de la tradición en la música», en: Criterios. Tercera época. No. 13-20, enero 1985-diciembre 1986, p.224.

6 Cfr. Anton Popovic: «El aspecto comunicacional de la diacronía literaria: la tradición literaria», trad. de Desiderio Navarro, en Criterios. Tercera época. No. 13-20, enero 1985-diciembre 1986, p. 213.

Comparte esta noticia



Enviar por E-mail

  • Los comentarios deben basarse en el respeto a los criterios.
  • No se admitirán ofensas, frases vulgares, ni palabras obscenas.
  • Nos reservamos el derecho de no publicar los que incumplan con las normas de este sitio.