Los hijos de la «selva» (+ Fotos)

Se han visto acorralados por una manada de leones, mordidos por cocodrilos, corridos por elefantes… Pero esas criaturas, para otros, salvajes, son parte de la existencia de los especialistas del Zoológico Nacional de Cuba

Autor:

José Luis Estrada Betancourt

Estaba en un pasillo de 1,50 metros y con unos 15 leones que lo acorralaban. Para salvarse se le ocurrió entrar a otra jaula donde había otros diez, y de ahí trepar una cerca de aproximadamente ocho metros de altura… Jamás había sido tan ágil.

Todo fue muy rápido, cuenta ahora aliviado Ángel Cordero Sánchez, aunque entonces solo pudo pensar en que se lo iban a comer.

Tras una historia semejante, asombra que Pachi, como le apodan cariñosamente, afirme que es en el foso de los leones donde se siente mejor, después de pasar por todas las áreas del Parque Zoológico Nacional. «Es que me encanta el peligro», asegura con una sonrisa auténtica.

Este hombre es testigo especial de esa «sinfonía» sui géneris que espanta cada mañana la aurora a más de diez kilómetros del centro de La Habana. Los gemidos, aullidos, bramidos, chillidos, graznidos, silbidos, maullidos..., se han vuelto tan familiares en estos 30 años allí, que ya no concibe su existencia sin esa peculiar «melodía».

Nadie puede hacerle un cuento a este técnico veterinario del extenso jardín, ubicado en Calabazar, Boyeros, abierto al público en 1985, y distribuido en cuatro hectáreas.

Casi una vida en el mismo lugar, adonde llegó en 1983, cuando incluso se estaba construyendo el parque, le valió la designación de especialista principal, una de las razones por la cual en su casa no dejan de repetirle que se cuide cuando sale camino al Zoológico. «Sinceramente no les gusta que esté aquí, porque saben que me estoy exponiendo. Pero ya se van adaptando», dice como si ya no hubiesen transcurrido tres décadas. «Mi esposa me conoció trabajando en el parque, y la adoro, mas no puedo abandonar a mis fieras».

En el foso se exhibe una horda de leones en aparente libertad: crías, juveniles y adultos, que, por supuesto, también se reproducen. «Los mantenemos agresivos, no nos complace que estén mansos, porque es más fácil lidiar con ellos así, que cuando son criados artificialmente», explica, y enfatiza que no tienen contacto directo con los animales, sino que los alimentan, cuidan, manejan..., a través de rejas y combinaciones. «Todo lo que pueda ocurrir responde a negligencias de otros compañeros, que pueden poner en riesgo al equipo de cinco especialistas».

Entre sus mayores satisfacciones está la manera como se reproducen en cautiverio. «Desde que entró el primer grupo hasta hoy han nacido aproximadamente 500 individuos, algunos de los cuales se han distribuido por los otros parques del país, fundamentalmente. El resto integra la manada, y como es natural, los más jóvenes empiezan a sustituir a los más viejos. En ocasiones hemos podido intervenir y hasta salvarlos; en otras los han sacrificado. Es normal que ocurra.

«Ahora el rey es Carlitos —dice con orgullo— un león de ocho años de edad, muy fuerte, nacido aquí. Ciertamente nosotros disfrutamos eso: vemos cuando montan, cuando la madre pare, cuando la cría va creciendo, cuando se va imponiendo y dominando, todo lo seguimos. Y Carlitos desplazó al Huevo... Sí, es que los nombramos a veces a partir de los apodos de los mismos trabajadores, o por gestos que ellos hacen.

«También nos alegra Mariana, una leona que si no es la que más ha parido, está entre ellas. En su primer parto nos dio nueve cachorros vivos; y en el segundo seis, cuando por lo general dan a luz dos o tres. Raras veces cuatro. Es muy dominante, muy fuerte y quiere mucho a sus hijos», ahonda en el tema Ángel, quien no pierde la oportunidad para alabar el actual gobierno del parque, encabezado por Miguel Luis Abud Soto, director general; y Alberto Martín Mora, responsable de bienestar animal y exhibición.

«Estamos muy contentos con la nueva dirección. Se aprecia en el desarrollo que va adquiriendo nuevamente el parque, porque se deterioró mucho. Los resultados ya son palpables en la alimentación de los animales, en la atención al trabajador. Viene una donación que ahora hay que cuidar y mantener. Los cinco técnicos le agradecemos al Zoológico por confiar en nosotros, al darnos en custodia 42 fieras».

De tal maestro, tal alumno

Cuando con seis años Yanek Báez Hernández se apareció ante su mamá con una postal donde dibujó un león, la autora de sus días supo que el destino profesional de su hijo estaba marcado. Y no se equivocó. Hoy este joven que «perdió» el nombre para ser reconocido como Maikel, es uno de los «alumnos» más aventajados de Pachi. «Desde que era un fiñe me encantaban los animales exóticos», apunta el experto, y el público lo evidencia en cuanto descubre que justo él se encarga de manejar los carnívoros que intervienen en el reconocido proyecto Exploradores de la esperanza.

Única de su tipo en Cuba y al parecer en América Latina, se trata de una acción que, bajo las órdenes de Darwins Valenzuela de la Rosa, reúne a dos actores profesionales (Darwins entre ellos) y varios técnicos de la instalación. Fue justamente el intérprete de Edito el explorador, del espacio Rincón de fantasía (Canal Educativo), quien convocó a Maikel. «Se me acercó por mis conocimientos, porque le atraía la forma como atendía a los animales y lo que apreciaba de mi trato con los niños».

Graduado, como Pachi, del Instituto Villena Revolución, el apasionado veterinario vela por la «tranquilidad felina» en el foso. «Al principio uno se asusta, pero cuando pasa el tiempo ese temor se va eliminando. Y no es exceso de confianza, pues tenemos como ley que bajo ningún concepto podemos dejar una reja abierta. No se puede estar bobeando, los problemas se dejan siempre en casa».

De cualquier manera, a Yanek le sobran las alegrías para contar. «Empecé en el Zoo infantil, donde había una pareja de leones hermanos, de tres años cada uno. Y cada vez que pasaba por la jaula, la hembra me miraba. Aprovechando que un día estaba solo en la nave me dije: Esta es la mía. Sucedió que con la pata la hembra enganchó la puerta, la abrió hacia afuera y me pasó por el lado. Comenzó a correr de un lado para otro y yo pensaba: ¡Ay, mi madre, qué me hago! Me dio por cerrar la puerta del pasillo y quedarme trancado con ella. Entonces vino y se me arrastró por los pies, como si fuera un gato.

«Me puse a pasarle la mano, y permaneció tranquilita. A partir de ese momento la sacaba todos los días. ¿Y sabes lo que ocurrió? En otra ocasión me dispuse a limpiar la jaula con el hermano dentro de la paridera. Ella se hallaba fuera, en el pasillo, y vio cuando este se acercó por detrás y me haló por el pie. Entonces, vino corriendo y le metió el pecho. Se interpuso entre los dos, al tiempo que me empujaba con su cuerpo hacia afuera».

Abundan en el historial de peligros de Maikel otras anécdotas, como la relacionada con Dany, un león que se crió artificialmente y mostraba problemas en las articulaciones. «No caminaba correctamente, se arrastraba más bien. Le empecé a dar fisioterapia y logré que caminara normal. Lo llevé al Latino, la UCI, los Juegos Caribe de la Cujae, la Feria del Libro..., pude alargarle un poquito más el tiempo de vida. Un 30 de agosto, hace dos años, se me murió, cogió una septicemia generalizada. Me sentí fatal, como si me tragara la tierra».

Con idéntica claridad, Maikel recuerda a Mufasa, nombrado como el padre de Simba, el protagonista de El rey león, uno de los cuadrúpedos que más le ha marcado con esto del adiestramiento animal. «Ahora cuenta con diez años y se ha comportado como si fuera un perro, de hecho hasta dormía conmigo en la taquilla. Cuando lo pusieron a mi cuidado era muy achantado, no le complacía caminar. Al inicio pasé trabajo, lo reconozco, pero después se me hizo incondicional. Luego lo trasladaron para Matanzas, donde estuvo dos años, pero lo trajeron de vuelta. Y cuando nos reencontramos parecía como si nunca se hubiera separado de mí. Ahora está en el área de reproducción. Lo está intentando».

Buitres invadidos

El olor ofende al olfato en el Departamento de estudio y rescate de fauna cubana. Criollísimas auras tiñosas en cuarentena antes de viajar a Londres no necesitan ver la grabadora y la cámara fotográfica para prepararse contra la posible «amenaza». La familia de los buitres, cuando se ve «invadida», hace notar su existencia no solo con el hedor que desprende la comida en descomposición, sino regurgitando los alimentos podridos, para disuadir a los «intrusos».

Allí el diario pudo encontrar no solo a Darwins Valenzuela de la Rosa, sino también a Abdiel Rodríguez Sánchez (payaso Lapicero) y Alexander Arango Leyva, especialista en reptiles del Zoológico Nacional de Cuba; los tres, partes importantes de Exploradores de la esperanza.

Tanto Darwins como Alexander pertenecen a la Agencia Artística de las Artes Escénicas (Actuar), y casi respiran en función de llevar adelante esta iniciativa que cuenta con el apoyo absoluto de la dirección del jardín. «El centro de nuestros espectáculos son especies exóticas vivas, no amaestradas, con las cuales los niños interactúan, mientras rompemos con algunos mitos que atentan contra el bienestar de los animales», explica el primero, y su testimonio comienza a ser menos audible (culpa de este cronista) cuando el adolescente de 12 años, Leonardo Faure Pérez, le entrega, para que la sostenga, la única boa constrictor que habita en la Isla.

Darwins esclarece cómo funciona el espectáculo, que en su primera presentación —destinada a recaudar fondos para la Sala Infantil del Instituto Nacional de Oncología— abarrotó el teatro Mella (en agosto, estuvo en el Cárdenas, de Matanzas).

«Mi personaje, Edito el explorador, siempre anda educando y velando al payaso Lapicero (Abdiel), quien carece de una cultura de conservación y protección de la fauna. Por medio de juegos, aprovecho para transmitir mensajes educativos relacionados con el hábitat, características físicas y algunas curiosidades de animales como el cocodrilo cubano, el jaguar, la cebra, el león, la cotorra, el pavo real, la hiena rallada, el majá de Santa María...». Y, claro, ¡la famosa boa constrictor!

Como es de esperar, también él, a quien estiman como un trabajador más del parque, sobre todo después de cursar el Diplomado Internacional de Fauna, ha protagonizado sus historias..., como la pequeña mordedura de un cocodrilo o de un cachorro de león, mientras filmaban Rincón... «Es que el camarógrafo le pisó la cola y le dolió. Y yo era a quien tenía más cerca para “protestar”», narra Darwins, quien reconoce que la idea tomó más forma cuando asumió una sección sobre el tema dedicada a todos los públicos, en la revista televisiva De tarde en casa.

«He pasado buenos sustos, pero siempre lo aclaro: los animales no atacan a los seres humanos por gusto. Ellos nos advierten una, dos, tres veces, y si nosotros seguimos violando su terreno, por supuesto se tienen que defender». Eso parece que lo «olvidó» aquella ocasión cuando se vio obligado a emprender una carrera en la cual pegó sus pies a su espalda. Ocurrió con una elefanta. Le alertaron que no se acercara, pero...

Abdiel, por su parte, tiene asimismo motivos para quejarse, aunque en la Feria Internacional del Libro y en los encuentros con los pequeños nadie se le impone en cuanto a la solicitud de autógrafos, gracias a la simpatía del payaso Lapicero. Quizá por ello aparece entre los más «perjudicados».

Como siente más atracción por los animales grandes: leones, hienas, jaguares, tigres..., pues justo le ha correspondido situarlos en el escenario. «Ciertamente no me ha mordido ninguno, pero me han hecho caca encima casi todos. Me han “pintado” el traje de payaso con insistencia, en especial los cachorros. Son muy asustadizos y a la hora de sacarlos cuando los cargo...».

Eso nunca le pasó con las cebras y dromedarios, con los cuales también «hemos llegado a trabajar, pero estos son más difíciles de transportar, señala Abdiel, que informa que al proyecto ya se han sumado 13 patrocinadores, incluyendo la Embajada de la República Bolivariana de Venezuela.

«Un proyecto así solo puede ser posible con el apoyo de muchas personas. Nos encantaría mostrarlos en muchos lugares, pero se complica con la transportación».

¿Lo nuestro primero?

A diferencia de lo que sucedió con Darwins, Alexander no logró enamorar a Abdiel de los reptiles. Técnico en Zootecnia, Arango Leyva se ha especializado en el manejo de estos vertebrados amniotas provistos de escamas epidérmicas de queratina. «Mi responsabilidad —dice este profesional con 20 años en este medio— es prevenir para que los veterinarios trabajen menos».

Cuando era un niño, Alexander vivía en el Vedado, lo cual le permitiría estar todos los fines de semana en el Zoológico de 26. «Me pasaba tremendo rato mirando los animales, copiando las fichas, los nombres, la distribución..., y dio la casualidad que cuando terminé mis estudios, en 1993, me ubicaron allí, donde aprendí lo que sé de fauna». Diez años después se trasladó a esta instalación donde ha podido desarrollar lo que más le entusiasma: investigar.

De esa manera se adentró en el mundo de la fauna cubana, interesado, fundamentalmente, por las zonas menos abordadas. Esencial resultaron para él las enseñanzas que recibió de un herpetólogo francés, que lo conectaron con los reptiles. Por eso ha sido de tanta ayuda para Exploradores de la esperanza, donde es fuerte la presencia de los miembros de la clase Reptilia.

«Asociarme a este proyecto ha resultado sensacional. Antes no se habían hecho algo así. Cuando vamos a los lugares remotos como Sandino, a las montañas de San Cristóbal, Banes..., lo que se forma es... La gente grita, se emociona. Y es que los niños no tienen la posibilidad de venir a este Zoológico, porque les queda muy lejos. Estar allí para ellos, que viven en esas comunidades, ha representado una enorme enseñanza de humanidad».

De paso Alexander aprovechó para anunciarle a JR que se está preparando una nueva exhibición... ¡de reptiles cubanos! ¿Cómo es posible que después de tantos años no existiera? «En el plan director del ZNC —responde— Abelardo Moreno, quien lo ideó, edificó, creó una pequeña área para nuestra fauna, solo que este parque es tan grande como el Animal Park de San Diego. En verdad el nuestro se pensó como un safari gigante a través de África, América, Eurasia... pero solo se pudo terminar un reducido por ciento de lo planeado».

El «terror» de los cocodrilos

Quien tenga complejo con la estatura será mejor que si decide pasear en familia por esta instalación evite pasar por el Zoológico Infantil, donde Romero campea por su respeto. Y es que se sentirá incómodo al compararse con el burro más grande de Cuba, a decir de Indira Duarte Berdeal, también técnico veterinaria, y otra de los pilares de Exploradores...

«Romero cuenta con 18 años y mide 1.76 metros de la altura de la cruz (unión del cuello y las extremidades anteriores). Vino de Sancti Spíritus. Y así como es de grande es de terco: si ve una hierba dentro de una oficina, olvídate que irá a por ella, aunque tenga enganchado un carretón», nos describe al buscado asno este muchacha, también conocida como “el terror de los cocodrilos”.

Ello explica por qué, además de su sabiduría en el campo que atiende, también Indira fue sumada a Exploradores... «La propuesta me atrapó enseguida», dice esta especialista con ocho años de carrera a su haber y quien debe hacerse cargo de atender a las especies que provienen del Área de cría artificial, hasta que estén listas para incorporarse a sus respectivas manadas.

Antílopes sitatunga, cebras, caballos, burros, pavos reales, coatíes, tortugas morrocoy... pasan por sus manos. Además de los temidos cocodrilos. Sin embargo, a ella le asistía el suficiente valor para capturarlos «al pelo», hasta que un colega más entrenado le alertó: «¿¡Tú estás loca!?». Ahora nunca pierde de vista el amansa guapo y una horqueta cuando necesita neutralizarlos para inyectarlos o identificarlos, a partir de las marcas que se les practican en las escamas.

La superabuela

Mientras Dailyn Gutiérrez Medina no había aparecido por el Área de cría artificial, Daka estuvo posando para la cámara con total despreocupación. La macaco cangrejero no parecía inmutarse hasta que vio asomarse con una carretilla bien suministrada con frutas, vegetales, huevos..., a la especialista principal de este lugar, adonde llegó recién nacida.

De repente, el ya juvenil primate proveniente de Asia, se alborotó de una manera asombrosa. Pensábamos que por apremios del estómago, pero Dailyn, que la conoce al dedillo, explicó su «escandalosa» reacción: «Ella es la única que se altera cuando me ve con el pelo suelto. ¡Con lo lindo que me queda!», y se lo recogió para el sosiego de Daka.

A los 20 años, la experta veterinaria se sumó a la gran familia del Zoológico Nacional, 12 de los cuales ha permanecido en esta área, «que se utiliza como método alternativo para criar las especies que no pueden ser amamantadas por sus padres, ya sea por falta de leche de su madre, o porque los padres u otros miembros de la manada las rechacen. También las recibimos por bajo peso, hipotermia, deshidratación... Aquí son lactados con un sustituto de leche materna, que intentamos que se asemeje a la de cada especie, y que sea económicamente sostenible».

—¿Por qué no son todas iguales?

—No, algunas tienen más requerimientos de proteínas, de grasas, o de carbohidratos... La más parecida a la humana es la de los primates, a los que se les da su toma cada tres horas y luego se les elaboran papillas de malanga con pollo, como si fueran bebés. Con todos estos animalitos se trabaja 24 horas.

—¿Veinticuatro horas por 48 de descanso? ¿Y la familia?

—Siempre ayuda, de lo contrario ninguna de las cinco que nos encargamos de esta área pudiéramos seguir. Tengo una niña y mi madre es mi brazo derecho. Eso es fundamental. Somos técnicas especializadas y de experiencia, ya adaptadas al manejo de los animales, porque no se puede estar inventando: ellos broncoaspiran con mucha facilidad y tienes que enseñarlos a tomar leche con tetera, a comer carne en el caso de los carnívoros; estimularlos, realizar la labor que les correspondería a sus madres.

«Uno se encariña tremendamente. Especialmente con los monos, pues son muy inteligentes y dependientes. Cuando los traen se manipulan en incubadoras, pero uno tiene que darles calor, cargarlos, enseñarlos a comer papillas con cucharas... Por eso cuando llega el momento en que deben cambiarse, sientes mucho la pérdida.

«Mi aliciente es que he criado hijos de monos que antes estuvieron a mi cargo. ¡Ya he sido hasta abuela! Y eso me da un profundo placer, porque se ha logrado el objetivo: la viabilidad, la vitalidad... eso es lo principal».

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