... y me fui a Santiago

Veintinueve jóvenes avileños, integrantes del contingente de la UJC que apoya las labores de recuperación en Santiago de Cuba, regresaron para festejar con sus familias la llegada del nuevo año. Las mochilas están listas. El día 7 vuelven a la Ciudad Heroína

Autor:

Luis Raúl Vázquez Muñoz

CIEGO DE ÁVILA.— La Yutong se arrimó como un animal encabritado. Se detuvo envuelta en unos silbidos y el martilleo del aire acondicionado mezclado con el ruido del motor. Se asemejaba a esas bestias de carreras, que sienten el cansancio en cada fibra de su ser, pero se niegan a aceptarlo.

Había sido un viaje largo. Habían salido cerca del mediodía. Habían pensado estar más temprano, y la noche llegó en la carretera y sin embargo, todos se bajaron como si acabara de amanecer. En el vecindario, frente a la sede del Comité Provincial de la UJC en Ciego de Ávila, algunos vecinos abrieron las puertas, otros se asomaron a los portales.

«¿Quiénes son esos que cantan y bailan? —parecían decir al juzgar sus gestos y miradas— Sí, ¿quiénes son esos? ¿Hasta armaron una rumba en medio de la calle? Ay, pero mira a aquellos como bailan». Así fue. Veintinueve jóvenes, todos con pulóveres con el rostro del Che, bajaron de la Yutong y con la música del recibimiento empezaron a bailar.

Tenían motivos. Eran los muchachos de Ciego de Ávila, quienes, junto con otros provenientes de diversas provincias del país, integran el contingente de la UJC, que apoya las labores de recuperación en Santiago de Cuba, específicamente en las labores de control de la situación epidemiológica.

Uno de ellos, Eddy Reyes Pérez, 28 años, delgadito, de estatura mediana, pelado casi a rape y con una voz inversamente proporcional a su tamaño, es uno de los que conduce el baile. Es profesor de Historia en la ESBU René Ramos Latour, de la capital provincial.

«Pon bien grande el nombre de mi escuela —dice jadeando— ¿Que cómo fue la salida? Muchacho, cuando me lo dijeron me quedé tieso. Hubo un poco de corre-corre para organizar el relevo y las clases, pero enseguida todo quedó listo. Armé la mochila y me fui a Santiago».

Ustedes digan, Compay

Un ómnibus Girón se parquea y con su ronroneo, parecido a un viejo motor de barco, anuncia la salida a un viaje largo para repartir a cada muchacho en la puerta de su casa. Alrededor del vehículo bulle el movimiento de mochilas y maletines, y de parejas que se abrazan junto con sus hijos.

Una instructora de arte, Ariadna Ginarte Vázquez, es de las que avanza con su mochila. También es una de las pasajeras con uno de los tramos más largos: el poblado de Bolivia, con casi 90 kilómetros de carretera a recorrer.

Esta entrevista tiene que hacerse con rapidez. Es casi un secuestro. A diferencia de Eddy, el anuncio de que debía salir para Santiago no implicó muchos ajetreos para Ariadna. Solo organizar sus pertenencias. En común tuvo el sobresalto inicial y las interrogantes sobre lo que encontrarían en su destino.

«Fue impactante —recuerda—. Te acercabas a la ciudad y veías las huellas del desastre con más fuerza. Llegamos a los 19 días del paso del ciclón. Yo nunca había estado en Santiago. Y solo había que ver los árboles pelados para darse cuenta de cómo fue la tragedia».

Eddy, por su parte, abunda en detalles. Cuenta del encuentro que tuvieron con el Ministro de Salud Pública, quien le explicó al contingente la situación epidemiológica dejada por Sandy, junto con la necesidad de controlar el brote de infecciones contagiosas, el dengue entre ellas. También menciona dos palabras: comprensión y paciencia. Eran las que debían tener en cuenta a la hora de intercambiar con la población.

«No fue fácil —confiesa Eddy—. Caminábamos por las manzanas y solo veíamos casas derrumbadas. En una ocasión debimos visitar 92 viviendas en un área y solo pudimos llegar a unas 40. El resto estaba en el piso. La gente andaba como sonámbulas. Como por inercia, buscaban sus pertenencias entre los escombros.

«Nosotros empezábamos a explicarles la necesidad de clorar el agua, de tapar los tanques y la mayoría nos decía: “¿Qué agua voy a clorar, qué tanque voy a tapar si ya no tengo ni agua ni tanque?”. Era muy duro. Y ahí volvíamos nosotros a explicar la necesidad de hacerlo, lo que eso ayudaba para evitar enfermedades y proteger a los niños, por ejemplo. Entonces empezaban a entender».

Y ahí ocurrían las sorpresas. ¿Cómo es posible que la solidaridad pueda surgir en la desgracia? Ese ciclón y Santiago les enseñaron a estos muchachos algunas de las esencias de Cuba en estos tiempos duros. Lo vivieron en la comunidad de Chicharrones, en el centro de la ciudad.

Allí existía una ciudadela a la que se entraba por un largo pasillo de ocho viviendas. Solo que ahora ninguna de las casas existían. El pasillo en verdad era un túnel en medio de dos montañas de escombros. Los jóvenes dudaban de cómo hacer el trabajo.

Ya habían visto demasiado ese día, pero había que pesquisar. Empezaron a hablar, lo hicieron con pena, cuando varias personas bajaron de la punta de los destrozos. Algunos de los hombres estaban sin camisa y tenían la frente llena de sudor. Los muchachos dudaron un momento. Volvieron a hablar, dijeron que los disculparan, que sabían que eso era duro, cuando uno de ellos  dijo:

Oigan, ustedes digan lo que hay que hacer y nosotros los ayudamos… Miró a sus vecinos y se volvió a los jóvenes— No tengan pena, que aquí no hay miedo, compay.

Sobre los escombros, la rebeldía

Afuera de la UJC de Ciego de Ávila la música y el ajetreo no cesa. Los integrantes del contingente apuran a Eddy y Ariadna. Ellos acomodan los bultos y dicen un «esperen un momento, esto es rápido». Dicen que regresarán a Santiago el próximo 7 de enero. Fue uno de los compromisos con Lázaro Expósito, el primer secretario del Comité Provincial del Partido allí.

También hablan con cariño de la Granjita Siboney, donde se agruparon los asaltantes al Cuartel Moncada antes de salir para el ataque. Ese recinto se convirtió en uno de los lugares de esparcimiento en las horas de descanso. Lo visitaron varias veces.

«El trabajo era duro —comenta Ariadna—. Nos organizábamos en dúos, y cada pareja debía visitar un promedio de 20 viviendas en el día. Allí debíamos hacer el pesquisaje contra el mosquito, clorar el agua, hacer la charla con los habitantes del lugar, incluso escucharles los cuentos, lo que también es importante porque ayuda a que la gente no se sienta sola».

Una de las historias se la escucharon a una madre soltera. El huracán batía con fuerza y su casa se estremecía. Por un momento, al sentir un estruendo que empezaba a convertirse en eterno, descubrió que lo peor iba a llegar. Tomó a los niños, los arropó como pudo y salió al patio en medio de la noche. La lluvia los golpeaba con fuerza. Se acurrucaron en una esquina para ver con impotencia cómo la casa se les hundía bajo el agua y el viento.

En medio de esas anécdotas, debían hacer su trabajo. Por lo que cuentan, todos los muchachos —al menos los de Ciego de Ávila— tuvieron que aprender a detectar las larvas del mosquito Aedes aegypti, el transmisor del dengue. Lo hicieron sobre la marcha y con el deseo de hacer bien las cosas. También porque los vecinos ayudaban.

Pero uno de los recuerdos más impactantes ocurrió en un barrio casi desaparecido. Las casas de madera se habían convertido en una interminable cordillera de escombros, de los que sobresalían las viejas tablas y horcones, entremezclados con la hojarasca de los árboles.

Caminaron por el medio de la calle, sorteando los pedazos de casas. Ante ellos estaban los marcos de lo que había sido un portal, y que todavía conservaba la puerta del hogar. Detrás estaba el desastre, y personas que trajinaban como hormigas entre los desechos. Los muchachos avanzaron y los vecinos no repararon en ellos. Se presentaron, dijeron a qué venían.

Algunos vecinos se detuvieron, se limpiaron el sudor y entonces los muchachos la vieron. Era una anciana, de pelo blanco y tez negra. Tenía una bata de casa y se encontraba sentada sobre un pedazo de pared y rodeada de gente. La mirada se le notaba encendida detrás de los espejuelos. Levantó un dedo y lo estremeció encima de la cabeza.

—¡Ustedes ven! —gritó—. Si esos muchachos están aquí, es que la Revolución no abandona. ¡Aquí ya tienen la prueba de que la Revolución llegó! ¡Aquí la tienen, carajo!

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