Lo que deja un hermano

Como «Chávez es también un cubano», tal cual definió hermosamente la nota del Gobierno Revolucionario, su muerte es muy dolorosa; hizo un tajo en el corazón de nuestro pueblo

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Alina Perera Robbio
Alina Perera Robbio

No es que las mujeres o los hombres buenos dejen en mayor número este mundo nuestro, en comparación con quienes no llevan en sí la virtud. Lo que sucede es que cuando un ser bueno —y de seguro querido por los suyos— deja de respirar, es difícil que el hecho pase inadvertido. Por eso la noticia en la tarde de este martes de que Hugo Rafael Chávez Frías no nos acompañará más físicamente, hizo un tajo en el corazón de las personas de buena voluntad que han sabido de su existencia y batallar.

Entre cubanos la certeza de esa pérdida ha entrañado dolor, como cuando se pierde a un hijo, a un hermano, a un padre. Y también sorpresa, porque, como solemos decir popularmente, «mientras haya vida hay esperanzas», y cómo imaginar, nos decía la gente en diversos lugares de La Habana este martes, que un hombre tan grande y fuerte, que no parecía tener 58 años, se nos iría tan pronto…

Por calles pobladas de la capital viajaron estos reporteros, para pulsar los ánimos de los hijos de la Isla. Todas las expresiones estaban unidas por los hilos del pesar y de la gratitud. Un gesto de inconfundible lamentación compartió para estas páginas Erasmo Noblet Bell, de 58 años y trabajador de la carnicería La Cañada, en el municipio de Centro Habana:

«Hemos perdido a un gran hombre —dijo—, un gran dirigente. Un hombre con una visión al futuro muy linda. Este ha sido un golpe duro para toda la humanidad. ¿Cómo me siento?: preocupado y adolorido. Es una pérdida sensible que todo ser humano, nada más por ser eso, debe sentir».

Cerca, en la sala de un hogar, varios integrantes de una familia estaban atentos a las informaciones de la televisión. La puerta abierta fue la posibilidad de adentrarnos para conversar sobre la triste noticia. Y allí Pedro Rodríguez Díaz, de 69 años, chofer de Ómnibus Nacionales y cabeza de la prole, no tuvo reparos: «Murió mi padre, nuestro padre. A Chávez lo queremos mucho. Ha sido un tremendo dirigente. Estaba yo viendo a Nicolás Maduro, y a mí se me aguaron los ojos mientras veía los ojos de él. Es que murió un Presidente que le traqueteaba…; murió un amigo bueno de Cuba. Me duele en el alma».

«Siento que murió un Presidente que también era Presidente de los cubanos. Me duele, nos duele; y estaremos con Venezuela en su dolor. Ya le digo: ¡Qué mala casualidad que haya sido Chávez, justamente Chávez…!», expresó Gloria Rodríguez, de 39 años, hija de Pedro y comercial en Ómnibus Nacionales.

Donde las calles de la ciudad son lamidas por el aire de mar, un grupo de jóvenes, algunos adolescentes o casi niños, compartieron el pesar de tantos: «Ha sucedido una tragedia —afirmó Alexei Tamayo, de 20 años—; porque se fue un Presidente que hizo mucho por los pobres. Él fue el único que hizo por los suyos en su país: les dio escuelas, hospitales, casas. Y a nosotros nos apoyó tanto… Murió un hombre valeroso».

Brian Mesa, de 16 años, quiso añadir: «Era muy amigo de Fidel». Poco a poco se fueron sumando otros muchachos del barrio. El grupo fue creciendo hasta hacerse notable y casi inabarcable. Cada cual comunicaba su sentir: «Nos quiso de verdad», «Nos ayudó», «Quiso mucho a los cubanos», se sucedían las expresiones marcadas por una sinceridad rotunda.

Más adelante en la expedición, dos mujeres llegadas desde Santiago de Cuba confesaban la sorpresa por una pérdida que calificaron de irreparable. Para ellas, como «Chávez es también un cubano», tal cual definió hermosamente la nota del Gobierno Revolucionario de Cuba, lo que ha sucedido es muy doloroso. «Nos ayudó con mucho amor; todavía no puedo creerlo», dijo Dolores Castro Hernández, de 60 años y trabajadora de un laboratorio en la Ciudad Heroína.

Su coterránea Odalis Pérez Hernández, de 38 años y maestra de una escuela primaria, comentó: «Teníamos esperanzas de que Chávez se restableciera. Pero qué noticia… La pérdida es inmensa».

En una cafetería de la capital, Carlos Manuel Gutiérrez, de 37 años, dijo sentir tristeza y se quedó en una idea que parece repetirse entre nosotros hasta el infinito: «Era un hombre bueno…». Y en otro punto del itinerario, en la farmacia 729, de Centro Habana, vimos a Pedro Omar Rodríguez acomodarse su camisa para hablar sobre un tema que tan hondo toca: «No hubiéramos querido que sucediera esto. Uno lo siente como cuando muere un ser querido. Yo, como religioso, oré mucho por él».

A su lado Elena Fernández Cabrera, de 44 años y trabajadora de la farmacia, nos comentó: «Pensábamos que esto que ha sucedido no podía ser verdad. Me impactó la noticia, muy profundamente. Él ayudó mucho al pueblo de Cuba, y eso es algo que no olvidaremos».

La sorpresa también anidó en el sentir de Eddy Téllez Cárdenas, bicitaxista de 36 años, «porque sabía que él estaba enfermo, pero tenía la esperanza de que se recuperara. Nada pudo evitar la triste sorpresa…».

Cerrando el recorrido, nos llegamos hasta el Parque Central, allí donde Martí parece apuntar con su brazo a las coordenadas de la bondad. Un grupo de habaneros se dio a conversar sobre la partida de Chávez con la misma pasión que anima otros debates sobre la vida: les duele una pérdida tan grande, y les sobrecoge el descomunal esfuerzo que «el Presidente hizo hasta el final».

Ese ánimo, el de todos los cubanos con quienes conversamos, tal vez pueda condensarse en un gesto muy natural, escueto, que tuvo, puertas adentro de nuestro diario, el chofer Magdaleno Felipe Acosta: «Esta novedad es de todos». Y así, sin más palabras, nos recordó que la partida de un hombre que echó su suerte con quienes nada tenían, estremece el alma de la civilización misma.

Estremece, pero alienta. Porque Chávez, convertido en poesía, en símbolo, crecerá sin límites, raíz adentro, en la voluntad de quienes abracen las mejores causas.

Es lo que ha dicho un niño de la América Nuestra mientras hablaba a los micrófonos de las televisoras: «Yo soy Chávez».

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