¿Duele crecer? (II y final)

Las generaciones son marcos temporales para identificarse y establecer puntos de referencia, pero los grupos de adolescentes no son uniformes. Para lograr compromiso y participación es preciso «enamorarlos» de su realidad

Autor:

Mileyda Menéndez Dávila

A propósito del tema que iniciamos la pasada semana, la habanera Lía escribió en el foro de JR: «La adolescencia del siglo XXI no es igual a la del XX, y no será la misma que la del siglo XXII, pues cada día el desarrollo de la sociedad, las nuevas tecnologías e incluso la forma de vida, hacen que al paso de los años no se persigan los mismos intereses y no se camine por la misma senda que nuestros padres, abuelos y bisabuelos».

Nos guste o no, las generaciones se decantan en un proceso natural en el que los hijos se alejan de sus padres y se identifican con otras personas, más próximas por su edad a determinados eventos históricos, desarrollando una fisonomía social propia, según describe la Doctora María Isabel Domínguez, del Centro de Investigaciones Psicológicas y Sociológicas (CIPS).

Pero aunque se identifiquen entre sí, el grupo de adolescentes de la Cuba actual no es homogéneo, advierte su colega el Doctor Ovidio D’Angelo, quien ve a las generaciones como espacio de coincidencias y desencuentros, donde se construyen marcos propios de referencia a partir de diversos posicionamientos, compromisos y desentendimientos con los procesos sociales.

Tecnodependientes

El dominio de la tecnología digital es una herramienta tácita para indicar quién está «dentro o fuera» de la generación, porque marca el desarrollo de sus mentes y sus puntos de vista respecto a muchas cosas, afirmaron varios foristas.

La habanera Aldeyde siente que a su edad «dependen más psicológicamente de los objetos con electricidad», y admite que a veces se burlan de quienes tienen más años y menos habilidades para lidiar con mandos o pantallas.

Es la generación de los llamados nativos digitales, y aunque a veces se crea que esa tecnodependencia es banal y deba combatirse, la Máster Silvia Padrón prefiere estudiarla como manifestación del consumo cultural, fenómeno útil para pensar el complejo proceso de apropiación de derechos y oportunidades, y descubrir cómo funcionan la distinción, las diferencias y las desventajas sociales en el grupo.

Lo preocupante no es que les guste lo nuevo (siempre es así entre adolescentes y jóvenes), sino que al esforzarse por estar en conexión con la tecnología virtual se desconecten de su realidad cotidiana y frenen su propia evolución, apunta la Doctora Patricia Ares, de la Facultad de Psicología de la Universidad de La Habana.

La forista santaclareña ABP comenta: «En el siglo XX no necesitábamos celulares ni computadores para ser felices… Podíamos disfrutar más de las amistades y hasta del aire fresco. Eso sí: teníamos los mismos miedos y rebeldías, las mismas malcriadeces, complejos, dudas y deseos de ser aceptados».

Imagen y contenido

También resulta controversial la dependencia de la moda, definida por la psicóloga Daybel Pañellas como uso o aceptación de determinados aspectos de la cultura en un período efímero de tiempo, casi siempre adoptados por imitación hasta que se convierten en modelos sociales.

Entre adolescentes el hábito no hace al monje, pero da pistas sobre su grupo de pertenencia... o de referencia si se trata de patrones fuera de su alcance geográfico, con los que establecen un vínculo emocional a través de la música, el vestuario, el peinado o el lenguaje.

«Mi mamá dice que no se adapta a mi “luc” (look significa apariencia, en inglés), pero en sus fotos de juventud hay muchas cosas de ahora que se usaban entonces, así que no veo cuál es el problema», dice la matancera Karina, de 18 años.

Adultez no implica derecho a escandalizarse o cuestionar gustos ajenos sin tratar de entender los nuevos tiempos. Establecer prohibiciones arbitrarias sabotea el diálogo intergeneracional, un recurso importante para validar las conductas respetuosas y la adaptación a cada contexto sin dar pie a la doble moral, tan dañina e ineficiente.

La falta de comunicación genera resistencia, por ejemplo, al uso correcto del uniforme, tema de desgaste en el ámbito estudiantil que resta energía al debate sobre fenómenos más urgentes y profundos, sobre todo si en la interpretación de los reglamentos se obvian las diferencias en el desarrollo corporal que enfrentan, no sin dolor, y la necesidad de consolidar su personalidad y hallar un sitio propio dentro de un mundo que se les muestra cada vez más amplio.

Encrucijada escolar

Para estudiantes de octavo y noveno grados de la secundaria Capitán Nené López, del muncipio granmense de Niquero, elegir es una de las palabra más temidas a esa edad: amistades y noviazgos, peinados, estilos de ropa, música, posturas filosóficas, ¡la próxima escuela!

Apenas «salen del cascarón» y ya se les exige tomar un rumbo que puede ser para toda la vida, una angustia que crece si sus decisiones son cuestionadas o ignoradas a cada momento.

«Eso me funde», ilustró Ariel, un espirituano de 17 años: «Acabó el Pre y se supone que yo elija lo que voy a estudiar. ¡¿En serio?! Mi papá quería Medicina, mi mamá Turismo, mis primos Informática… Al final pedí Biología, pero ¿cómo les digo que me becaré en otra provincia?».

Su caso confirma los hallazgos de la Doctora Ana Isabel Peñate, investigadora del Centro de Estudios sobre Juventud (CESJ). En una muestra de 625 adolescentes, la continuidad de estudios resultaba la principal fuente de preocupación.

Así fluye también en las encuestas aplicadas por la Doctora Domínguez a adolescentes y jóvenes en La Habana, cuya primera aspiración era adquirir un capital educativo y cultural: terminar estudios, crecer culturalmente y ser profesional.

Otro período crítico resulta la entrada en el ámbito de trabajo, en ocasiones condicionada por falta de motivación o inseguridad en el puesto. Una mala tutoría puede convertir ese paso en un suplicio, sobre todo cuando esa inserción formal o informal no fue elegida a  voluntad, sino que responde a las condiciones socioeconómicas de la familia y el territorio.

Un pionero avileño comentaba: «Es verdad que somos inmaduros, pero es difícil tomarse en serio la boleta de solicitud cuando la formación vocacional es pobre y la distribución de plazas por municipios muy rígida. Mis notas me permiten ir a preuniversitario y mi familia decidió apoyarme... Ya veré qué pasa dentro de tres años».

En el imaginario social las ofertas más tentadoras siguen siendo los institutos vocacionales, tanto de ciencias exactas como militares, donde un magnífico claustro propicia, mediante una preparación académica y cultural intensiva, el mejor bagaje para ingresar a la Universidad.

Pero no basta con tener buenas notas. En reuniones con familiares de quienes optan este año por el capitalino IPCV Vladimir Ilich Lenin, su directora Maydelis Dupuydejó bien claro que el funcionamiento de ese tipo de escuelas demanda estudiantes autorregulados, a quienes no haya que estar requiriendo por problemas de indisciplina, poco cuidado personal o malos hábitos de estudio y convivencia.

¿Acaso todos los adolescentes en Cuba se forman con esta filosofía? «La mía no», reconoce una joven del municipio de Guanabacoa, quien desistió de presentarse a los exámenes de ingreso luego de la charla.

«Mi abuela no me deja ni lavar mis uniformes y me hace las trenzas por las mañanas», cuenta con fastidio. «Dice que ya tendré tiempo de crecer, pero hoy descubro que no estoy lista para una beca… ni para casi nada en esta vida».

Cosecha inadecuada

Además de la educación, los grupos investigados por las doctoras Peñate y Domínguez otorgaron prioridad a la buena salud, las relaciones con parejas y amistades, las opciones recreativas y el cumplimiento de otros sueños.

En esta etapa sale a flote lo recibido antes en materia de afecto, cuidado nutricional y atención de salud. La Doctora Francisca Cruz, presidenta de la Sección de Adolescencia de la Sociedad Cubana de Pediatría, insiste en que la educación no debe ser solo para la protección del cuerpo y la independencia de criterios, sino también para la ternura, la responsabilidad y el cariño.

Si en la infancia faltó consideración, es difícil hallar en la adolescencia solidaridad y empatía. En el estudio de Peñate, que abordó el ejercicio de los derechos y deberes, emergen como preocupación las actitudes discriminatorias de los padres, por diversas razones, por los cambios psicológicos y biológicos de la etapa, factores que condicionan las oportunidades de superación.

En Santa Clara una muchacha de 19 años contó que había dejado las clases de baile porque se burlaban de su nariz. Su coterráneo Yanier, de 15 años, se declara tímido a la fuerza: es tan bajito que la gente se ríe o lo golpea «porque sí», y ya rehúsa andar en grupo.

Esa violencia verbal o física entre grupos de adolescentes es foco de alarma sobre el que escriben a JR personas adultas de todo el país. «No son malintencionados, pero han naturalizado esa manera de tratarse a empujones, con ofensas y malas palabras, lo mismo niñas que muchachos. Cuando crezcan, las consecuencias pueden ser peores», opina Reynaldo Aranda, economista de Mayabeque.

Mucha de esa violencia nace en los hogares disfuncionales: alcoholismo, padres ausentes, hacinamiento, poca calidad del tiempo compartido en familia: «El respeto se gana respetando, pero me gritaron y aprendí a gritar», afirma una estudiante avileña de Comunicación Social. «Para hablar del rescate de buenos modales deberían empezar por el ejemplo, no por el reproche», concluye.

Más del 90 por ciento de la muestra analizada por la Doctora Peñate se sentía capaz de reconocer sus derechos como adolescentes, pero opinaban que el tema es poco frecuente en las conversaciones de familia.

Aún donde se habla, las relaciones siguen siendo desde la imposición y la verticalidad, y lo peor es esa ambivalencia de que unas veces se les trata como iguales y otras no se tienen en cuenta sus opiniones ni su mundo interior.

La educación desarrolladora de la personalidad no nace del adultocentrismo, advierte la Doctora Natividad Guerrero, experta en temas de adolescencia y juventud: «Hay que partir de la experiencia y los saberes de las generaciones más jóvenes, y aprovechar sus actividades lúdicas para transmitir valores».

S.O.S. rebeldes

La infancia es también el momento para suministrar herramientas éticas y lógicas que ayuden a la toma de decisiones más adelante; de modelar con el juego las diversas circunstancias que enfrentarán en la pubertad y cultivarles una personalidad segura, rica en intereses y recursos para enfrentar la vida con optimismo.

Pero si solo les dimos casa, comida y cariño, como decían las abuelas; si no supimos tratarles como ciudadanos del presente y no tomamos en cuenta sus opiniones, difícilmente acepten de buena fe nuestros consejos, sobre todo en una etapa de dar oído a las nuevas amistades, aunque no siempre ofrezcan los mejores criterios.

El Doctor Gerardo Machado, del CESJ, asegura: «Los jóvenes tienen sed de acercarse a otras generaciones, pero escogen adultos de su preferencia, alguien que les sea atractivo y les infunda admiración y respeto».

«Un adolescente la mayoría del tiempo no sabe lo que quiere, y si lo sabe, no sabe cómo exigirlo», escribió la forista Tu Musa, y las investigaciones del CESJ confirman su apreciación, pues entre los derechos más demandados está el de hablar con libertad y ser escuchados con atención.

Dudar del valor de sus juicios es dudar de la formación que les dimos desde el nacimiento, pero si intuimos que pueden salirse del cauce saludable es bueno tener un plan de contingencias que involucre a personas cuya autoridad valoren: profesores, entrenadores deportivos, profesionales de la Medicina, la Psicología o el Derecho, otras familias de la comunidad…

Eso funciona a nivel personal y con el grupo: cuanto más se les involucre en el diseño de políticas públicas y espacios destinados a su beneficio, más participación real lograrán, más rápido aprenderán a integrarse socialmente y a distinguir conductas desintegradoras o excluyentes.

A veces una conducta descarriada esconde un reclamo mal expresado y peor comprendido. Pero como la adolescencia es un invento de la sociedad moderna, esta tiene la obligación de velar por ella, recuerda la Doctora Elsa Gutiérrez, experta cubana en estos asuntos.

Todos los municipios cuentan con recursos para proteger a sus generaciones más nuevas: las circunscripciones tienen grupos de prevención social, existen casas de orientación a la familia en la FMC, comités municipales de la UJC, consejos de atención a menores en el Minint, centros de salud mental, casas del adolescente en algunas provincias…

Son estructuras preparadas para ofrecer consejería, esclarecer derechos y deberes, propiciar opciones de superación, diseñar propuestas recreativas o proponer medidas legales si corre peligro la integridad física o mental del menor.

Una estudiante tunera llamaba a la reflexión: «Comuníquense con sus adolescentes, cuéntenles sus propias experiencias y errores, den consejos, pero sobre todo confianza».

Tal es la filosofía de muchos proyectos comunitarios o institucionales, como el programa educativo Conserva tus sueños, desarrollado en el Centro Escolar Interno Bungo 4, del municipio santiaguero de Contramaestre, y los talleres temáticos que organiza la Oficina del Historiador de La Habana con apoyo de la Unicef en Cuba.

Continuidad y ruptura

«¿Cómo les explico a mis padres que mi vida no es una prolongación de las suyas, una “segunda oportunidad” para realizar esos sueños que quedaron pendientes?», pregunta un estudiante santiaguero de Gastronomía.

Cada adolescente debe descubrir y sopesar sus opciones de manera individual: talentos, virtudes, orientación sexual, pasatiempos, afiliaciones… Un futuro maestro tunero escribía: «Los padres aprietan un poco más la tuerca y no se dan cuenta de que estamos cambiando, que queremos escoger por nosotros mismos, estar más sueltos».

Otra estudiante de su escuela propone: «Es de vital importancia que nuestros padres nos den libertad y depositen su confianza en nosotros. La gran mayoría no los vamos a defraudar».

La supuesta decepción es una espada de Damocles que pende sobre esta generación. Cada día se les recuerda su deber de continuar el proyecto de país y hacerlo prosperar en las nuevas condiciones mundiales, pero a veces no logran identificarse con las organizaciones comunitarias o estudiantiles porque las sienten lejos cognitiva y emocionalmente.

Si encontramos adolescentes en espacios de dominio tradicionalmente adulto (asambleas, trabajos voluntarios, jornadas culturales) es posible que asistan por lo que el Doctor D’Angelo llama «efecto de arrastre»: No van por interés propio, sino apoyando a un miembro de la familia con cargos en esa organización o por no quedarse solos en casa.

Para motivar su participación activa hay que escuchar qué piensan de su realidad y «enamorarlos» con el reto que les plantea, además de ganar en complicidad con la actitud épica de quienes antes sacrificaron su momento de crecer por un ideal que los trascendía, tema que aborda con mucho acierto la obra Brazos caídos, creada y representada por el grupo de teatro El Arca, uno de los frutos palpables de la labor con adolecentes de la capitalina Oficina del Historiador, paradigma de lo que puede hacerse en el resto del país.

No es lo mismo...

Aunque la pubertad es una etapa biológica natural, los conceptos de adolescencia y juventud responden a criterios económicos y sociales.

Hasta hace poco más de un siglo, ser púber implicaba la entrada inmediata a la adultez, sobre todo en el sentido práctico de asumir tareas como la producción de bienes y la reproducción de la especie. Los ritos para celebrar ese momento eran muchas veces violentos y escalofriantes.

A raíz de la moderna revolución industrial, cuando la sociedad entendió que necesitaba proteger y preparar su futura mano de obra, se introdujo el concepto de jóvenes y luego el de adolescentes.

Curiosamente —apunta la Doctora Elsa Gutiérrez, experta en el tema—, este nuevo siglo ha traído una brecha mayor entre la madurez biológica, que tiende a adelantarse, y la psicosocial, retardada por diversas causas socioculturales como la protección del Estado para que estudien, la dependencia económica filial y la convivencia multigeneracional.

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