Cuestión de honor

La juventud tiene el deber de ser consecuente con la histórica epopeya que llevó a proclamar la entonces Isla de Pinos como Isla de la Juventud, el 2 de agosto de 1978, gracias al empuje juvenil en las tareas de la Revolución

Autor:

Roberto Díaz Martorell

NUEVA GERONA, Isla de la Juventud.— Este municipio especial se ha convertido en el lugar donde, sin temor a equivocarme, se evidencia con mayor nitidez la obra de la Revolución Cubana, en especial la que se erigió con el sudor y el empeño de manos juveniles de toda Cuba en los años 60 y el 70 del pasado siglo.

Fue una época en la que se pulsaron firmemente motivaciones, compromisos y responsabilidades. Tiempo de amores lejanos y familias pegadas al teléfono, o en ansiosa espera del silbato del cartero, porque este podía ser portador de noticias del pariente que, venciendo distancias de todo tipo, acudió al llamado de Fidel y de la Unión de Jóvenes Comunistas (UJC) para hacer realidad un sueño.

Poco a poco se fue dibujando en la geografía pinera un entorno diferente, en el que predominaban kilómetros de campos de cítrico, embalses para garantizar el agua necesaria para la producción de alimentos… De la nada se levantó ese tesoro, en esfuerzo que captó una frase de Roberto González, el primer joven que lideró el trabajo de la UJC aquí: «Sin fórmulas, pero con convicción».

En cada agosto se recuerda aquí la construcción de la torre de televisión, de las escuelas en el campo, del Coppelia, de los nuevos barrios y comunidades… Se evocan los afanes infinitos de esos jovencitos, niños casi, cuando llegaron a la entonces Isla de Pinos y en la mirada les brillaba el deseo de levantar una tierra abandonada y que había sufrido, además, la devastación de un fenómeno natural.

Entre esas y otras reflexiones transcurren las jornadas dedicadas a recordar aquellos hechos, devenidas franca transfusión de virtudes entre los jóvenes de ayer y los que hoy tienen la responsabilidad de preservar esas conquistas, proyectar otras de cara al futuro y aprovechar esa fortaleza para hacer más y mejor, sin copiar recetas, y atemperados a este tiempo.

Ahora es el momento justo para que los pinos nuevos rindan cuenta a sus predecesores de cómo mantienen aquellas conquistas y erigen nuevas obras para beneficio de los pineros, que tienen en el Programa de Desarrollo Integral una vía expedita para que los jóvenes se «roben» el protagonismo.

Me sumo a las palabras de Arelys Casañola, presidenta del Gobierno local, cuando dijo que «es imperdonable pasar y no dejar huellas en el camino» —sobre todo cuando se transforma el modelo económico cubano. Como una cuestión de honor, la juventud tiene el deber de dignificar el nombre de este territorio a fin de preservar la histórica epopeya que llevó a proclamar la entonces Isla de Pinos como Isla de la Juventud, el 2 de agosto de 1978, gracias al empuje juvenil en las tareas de la Revolución.

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