¿La misma película?

Este año en Majagua llovió tomate en el campo y el municipio avileño impuso récord de producción, al recogerse más de 14 000 toneladas. Sin embargo, la obsolescencia tecnológica de la Fábrica de Conservas volvió a originar pérdidas millonarias para el campo y la industria, entre otros dolores de cabeza

Autor:

Luis Raúl Vázquez Muñoz

MAJAGUA, Ciego de Ávila.— Edilberto Rodríguez Herrera, un campesino fuerte y de hablar pausado, revivió el largometraje de años atrás. No fue él el único, pero asegura que esto no es un consuelo, porque junto con él, otros guajiros afirman no saber si lo que vivieron fue la misma película o la nueva temporada de una serie que ya tiene varios años de exhibición.

«Esto es lo mismo con lo mismo», dicen algunos casi al unísono. Y en medio de las anécdotas aparecen escenas de la recién finalizada cosecha de tomate: las colas de carretas ante la Fábrica de Conservas de Majagua, el goteo de los jugos, el olor a podrido y sobre todo una espera larga, a veces agónica, que llevó a algunos —como en otras campañas— a aguardar hasta una semana para entregar su mercancía.

Roberto Ruiz, de la cooperativa de crédito y servicios (CCS) Orlando González, dice, enfático: «El problema está en que no hay capacidad. Quien espera un día o la mitad del otro no tiene muchos problemas: los tomates se mantienen frescos; pero ya después empiezan a explotar; se vuelven cáscara».

Edilberto, también de la Orlando González, está considerado como uno de los obreros agrícolas que más tomate transporta hacia la fábrica. De hablar más pausado, dice: «En 223 quintales te pueden aplicar un cinco por ciento de descuento. No es fácil». Busca en los bolsillos de la camisa y saca unos papeles. «Aquí está una prueba de que no mentimos», insiste. Son las facturas de pago y los documentos de recepción. La declaración de lo que él entregó, del pesaje y los descuentos aplicados por la pérdida de calidad del producto.

Otro campesino, Nelson Plascencia Ceballos, recuerda las pérdidas que registró en las primeras semanas de abril, en medio del pico de cosecha. En ese entonces se aproximaban a lo que puede costar la terminación de una vivienda.

«Esto fue cuando tenía “tirados” como 5 000 quintales en plena cosecha —explica—. Por lo bajito, alrededor de 200 quintales se me pudrieron sin poder hacer nada, y todo por la espera. Eso equivale a unos 20 000 pesos perdidos, y no soy el único. Por eso no nos cansamos de decirlo: si a la fábrica le hicieran la inversión que lleva, no haría falta llevarse a moler el tomate a otro lado. Es la verdad».

Tomatazo por el centro

En ocasiones, por muchos sueños que se tengan, la realidad supera a la ficción, y la concreta es que la Fábrica de Conservas de Majagua no puede «tragarse» las 12 000 ó 13 000 toneladas de tomate que se cosechan en el municipio. Por eso, parte de sus producciones se destinan al establecimiento de Florencia, al Combinado Industrial de Ceballos e incluso a Sancti Spíritus.

Con cinco décadas de antigüedad y una sola línea con capacidad para moler 2 500 quintales (150 toneladas) de tomate en 20 horas de trabajo, la entidad es una muestra de la necesidad de complementar la producción agrícola con los procesos industriales, algo implícito en la actual estrategia económica del país.

Raudel Ramos Reina, presidente municipal de la ANAP, y Vicente Echemendía Rodríguez, jefe de Cultivos Varios de la Empresa Agropecuaria Orlando González, explican que en los últimos cuatro años, a partir de la segunda quincena de febrero, siempre se registra un aumento grande de la producción, llamada por los managüenses el «tomatazo».

«Por lo general, la siembra comienza en octubre —señala Raudel—. A veces las cosechas se corren por las lluvias, no se pueden escalonar, y ahí se unen las recogidas. También ocurre que marzo es el mes bueno del tomate, cuando el tiempo ayuda y se dispara la producción. Otras veces aparecen situaciones climáticas. El año pasado el río bajó de nivel por la sequía. En la fábrica se empezaron a quedar sin agua, el nivel de procesamiento bajó y tuvieron que buscar una turbina sumergible. Eso provocó muchas tensiones».

De acuerdo con datos de la industria, diariamente y como norma, en la campaña recién finalizada el establecimiento majagüense recibió 2 500 quintales sin contar los que se procesaban en la línea. Sin embargo, afuera quedaba una cifra similar o el doble. Hubo jornadas en las que se acumularon hasta 6 430 quintales, el equivalente a dos días de molienda. «Y eso es que el campo está aguantado», aclaran los directivos agrícolas.

«La base productiva se encuentra cerrada por la capacidad de la industria —explica Vicente Echemendía—. Si se abriera la válvula, como se dice en la calle, uno no sabe adónde pudiéramos llegar. Al producirse el pico, aparece el exceso de maduración, y ante la imposibilidad de ser molido, el producto se deteriora. Ahí aparecen las pérdidas de calidad con la aplicación del descuento a los campesinos.

Según datos de la Agricultura, la cosecha se inició en enero y concluyó el pasado 8 de mayo. Se estima que en ese tiempo, ante el deterioro surgido por las esperas, a los campesinos se les descontaron no menos de 9 000 quintales de tomate, equivalentes a 420 toneladas, de acuerdo a estimados conservadores.

Eso implicó que las bases productivas dejaran de ingresar alrededor de un millón de pesos. Lo cierto es que esa pérdida resulta menor comparada con los 33 millones que totalizaron los volúmenes de venta a la industria durante la campaña. Pero el problema está en que esa pérdida resulta un lujo que la economía cubana no se puede permitir.

El camino torcido

En los últimos tiempos Majagua siembra 700 hectáreas (ha) de tomate cada año, distribuidas en 15 bases productivas. En esta campaña el mayor potencial se ubicó en las CCS Orlando González (155 ha) y la Orlando Expósito (134 ha), mientras que los rendimientos promediaron entre 18 y 20 toneladas por ha, aunque hubo campesinos con rendimientos mucho mayores,  con volúmenes de hasta 39,8 toneladas por ha.

Estas cifras derivan en otras implicaciones para la economía, pues el cultivo moviliza la contratación de más de 300 campesinos con sus familiares; no obstante, el número crece cuando se habla del personal contratado en los picos de cosecha. De acuerdo con estimados de la ANAP y la Agricultura en el municipio, unas 2 000 personas pueden laborar en los campos en los períodos de maduración.

El potencial agrícola de este municipio volvió a refrendarse este año. Al finalizar la cosecha, Majagua recogió 14 661 toneladas, lo que significó superar el récord impuesto en el año 2009, cuando se acopiaron 13 256 toneladas.

Sin embargo, ante un visitante enseguida aparecen no pocas contradicciones, sobre todo al seguir los eslabones de esa cadena productiva, que es la relación campo-industria, la cual luce bastante llena de herrumbre. A los campesinos, por ejemplo, la fábrica les compra el quintal a cien pesos, más diez pesos si lo transportan ellos. No obstante, si el producto entra con situaciones de calidad se aplican los descuentos. Ahí surgen dificultades.

«El camino a la fábrica es muy estrecho    —dice Alberto Suárez Pupo, de la cooperativa de producción agropecuaria (CPA) Efraín Hurtado—. Algunas carretas se han volcado debido al poco espacio que hay para la cantidad de vehículos que vienen en el «tomatazo». Como los terrenos colindantes son fincas privadas, no hay un lugar donde parquearlas. Tampoco tienes un sitio para protegerte del sol, no existe un punto para comprar comida y por la noche hasta nos han tratado de robar los focos de los tractores. Esperar es una odisea».

Los campesinos reconocen que para esta campaña los insumos llegaron en tiempo; aunque señalan como punto crítico a los palets. El consenso es que esas plataformas no tienen calidad, no soportan dos zafras tomateras, muchas se rompen con facilidad y en su opinión por eso su precio es caro (más de 400 pesos).

«Los palets deberían pertenecer a una entidad, que los alquilara a las bases       productivas —expresa Carlos Rodríguez Falcón, presidente de la CCS Orlando Expósito—. El guajiro con posibilidad de comprarlos, que lo haga; pero hay otros que no pueden. Tampoco hay cajones suficientes para la campaña. Necesitamos por lo menos 300 palets para mantener una adecuada rotación. Muchos nos preguntamos por qué no los hacen de plástico; así durarían más.

«Luego aparecen otros aprietos con este problema de la falta de capacidad de la industria. Para no perder la cosecha ni caer en las rebajas por merma, tenemos que irnos al Combinado de Ceballos, que está a más de 30 kilómetros de aquí. Para el viaje debes echar 25 litros de combustible al tractor y no siempre los tenemos. Por eso digo que el cuello de botella es pérdida para todo el mundo: para nosotros y para la industria».

Sueños nuevos con una vieja incógnita

En Majagua muchos tienen un sueño. Por eso se preguntan cuándo se ejecutará la modernización. El establecimiento forma parte de la unidad empresarial de base (UEB) Ciego de Ávila, perteneciente a la Empresa de Conservas y Vegetales del Ministerio de la Industria Alimentaria. Argelio Calero Hernández, director de la UEB, explica que invertir en la industria majagüense ha sido una necesidad de siempre a partir de su envejecimiento y el crecimiento de las producciones de tomate.

«Desde la década de los 90 —explica— se planteaba invertir en la fábrica, pero no fue posible por distintas razones, sobre todo financieras. Majagua es un municipio con buenas tierras, agua y gente trabajadora. La materia prima está asegurada y una inversión allí tendría una serie de ventajas, entre estas, la disminución de los costos de transportación y la entrada de productos frescos a la industria con posibilidad de obtener buenos rendimientos».

Calero refiere que en un inicio se intentó ejecutar un llenado aséptico, el cual no se montó por falta de presupuesto. Este año la UEB ha trabajado en un estudio de prefactibilidad. La intención es el montaje de una línea completa para el procesamiento de tomate y todos sus derivados, además de frutas tropicales.

«El diseño que se propone permitiría duplicar la capacidad de procesamiento —explica el directivo—. Sería una inversión para construir el sistema de tratamiento de residuales y la conductora de agua que necesitan desde un pozo en el poblado de Orlando González. También se montaría una línea para recibir 300 toneladas diarias, el doble de lo que actualmente se procesa de tomate. Esto permitiría enfrentar el pico de cosecha y los problemas de bajo rendimiento, pérdidas, quejas de los productores...».

Sin embargo, la interrogante se impone, porque es la de todo el mundo: ¿cuándo se iniciarían los trabajos? Calero expresa: «No tenemos respuesta a esa pregunta. Nuestra función es presentar un proyecto de inversión con todos los requerimientos y cuando llegue el momento, ejecutarla correctamente; pero la aprobación y el financiamiento no dependen de nosotros».

Pérdida constante

La industria pide a gritos la modernización. Jorge Humberto Calvo Fariñas, director de la Fábrica de Conservas de Majagua, quisiera olvidar los momentos de roturas. Recuerda una jornada en que tenían 3 000 quintales y solo molieron 2 000 por un desperfecto. O un día en que estuvieron tres horas parados por averías.

«La línea se rompe mucho, tiene 60 años y no hay piezas de repuesto —dice—. Los rodamientos vienen con muy mala calidad. Por las noches hay menos carga, pero no se detiene. En un pico de cosecha se muele las 24 horas. La limpieza la hacemos sobre la marcha, porque si nos detenemos el problema aumenta».

Nelson González Roque, jefe del área de mantenimiento, es uno de los «artistas», que logran el funcionamiento de la  industria con sus inventivas. De hablar cortado, el técnico dice: «Los recursos entran poco. Se pidieron cuatro rodamientos, y solo llegó uno y atrasado. Tuvimos que reparar en plena cosecha. Así pasa con los sellos: ¿cómo vas a poner a funcionar una turbina sin sellos? Y así tenemos que inventar».

Caminar por la fábrica permite visualizar las dificultades mencionadas por los campesinos. Quizá el lugar más ilustrativo sea el patio. Allí reposa un montacargas viejo, descolorido y con una carrocería medio hundida. Pese a su aspecto, no se detiene en su ir y venir entre las carretas, los palets y la línea.

Cuando pueden, algunos organismos prestan sus montacargas; pero solo por unos días o algunas horas. Por eso el viejo equipo es un verdadero caballito de batalla que descansa poco, y eso acelera sus roturas. Alrededor se ve el patio saturado de palets. Los últimos están vacíos, pero hay muchos repletos y en esos se ven los tomates reventados por el sol.

A un costado se amontonan los envases destruidos. Realmente parecen una loma de astillas, y es muy probable que se puedan salvar muy pocos. En la línea, Yudisel Rodríguez Echavarría, jefe de turno, muestra los equipos, en los que se notan las capas de pintura que les han dado durante años. Una prueba de su vejez, unido al ronquido que sale de sus hierros.

Ya en el interior de la nave de calderas, el joven muestra una tubería de la que sale un fuerte chorro de agua. Por su olor, enseguida se nota el origen. El joven asegura que medio río de Majagua sube por ahí.

«Una planta de tratamiento, con su torre de enfriamiento, nos permitiría reciclar el líquido y disminuir su gasto —explica—. La línea que tenemos aquí saca 120 metros cúbicos por hora. Cuando la seguía se pone brava, nos hemos visto apretados. Por eso la inversión de la compuerta la asumimos nosotros».

Otra polémica es la de los ingresos, pese a que en los últimos meses se comportaron de manera favorable y los salarios estuvieron por encima de los mil pesos por trabajador.    Sin embargo, como promedio, los obreros ganan 235 pesos al mes por jornadas de 12 horas y la posibilidad de aumento depende de un balance nacional. Si la empresa a nivel de país tiene pérdidas o presenta alguna situación, no se puede pagar la estimulación.

Con todas esas dificultades, la Fábrica de Conservas de Majagua cerró el año pasado con dos millones de pesos de utilidades, a pesar de no cumplir con su plan de producción mercantil. En lo que va de 2015 ya superan los 400 000 pesos de utilidades, aunque, en opinión de los directivos, la cifra podría haber sido mayor de haberse recibido los envases necesarios.

Según el plan, la entidad debía producir 400 000 latas de tres kilogramos de concentrado de tomate, que tienen un mejor precio de venta. En cambio solo pudieron llenar 107 000 envases de ese tipo. Por esa razón quizá las mermas tienen una sensación de manjar escapado de las manos con desconsuelo.

Al menos esa es la sensación que aparece en la oficina del jefe de Producción, Ángel Prieto Goenaga. El local es en verdad un puesto de mando donde se lleva a punta de lápiz la producción diaria. Al interrogarlo por los efectos de ese tomate podrido a las puertas del establecimiento, Goenaga lo sintetiza así: «Lo peor que usted se puede imaginar».

Confiesa que por las demoras y la entrada de productos sin frescura, en verdad muchas veces se han molido cáscaras. «Al final eso es rendimiento perdido, no sacas jugo. Es como si llevaras caña vieja al central», expresa. Durante esta zafra tomatera las pérdidas por el mal estado de la materia prima, provocadas precisamente por el cuello de botella, conllevaron a que no se molieran más de 36 toneladas destinadas al tomate concentrado con sal (a granel). A otra modalidad, los concentrados de tomate número diez, que se comercializan para la población envasados en la lata grande, le faltaron dos toneladas con 251 kilogramos.

«¿Y al final cuánto inciden esos faltantes en las ganancias de la fábrica?», preguntamos. Goenaga se levanta la visera de la gorra y se rasca la frente. Abre unas hojas de cálculo y empieza a sacar las cuentas sobre los actuales precios de venta.

Al finalizar, sus palabras resultan concisas. «En esta campaña —informa—, debido al bajo rendimiento provocado por las esperas largas y la poca capacidad de la línea, por estas dos producciones la fábrica dejó de ingresar alrededor de  548 320 pesos a la economía nacional». Termina y se queda mirándonos mientras su dedos golpean sobre la mesa. No dice más y tampoco es necesario. Sus palabras son una prueba elocuente de la necesidad de terminar una película que, desde 1990, ya cuenta con más de 20 largos años de exhibición.

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