Del Tirreno al mar Caribe

Giustino Di Celmo, padre del joven Fabio, quien murió, por una bomba de la CIA, en el hotel habanero Copacabana, el 4 de septiembre de 1997, decidió vivir y morir en Cuba

Autor:

Luis Hernández Serrano

EL italiano Giustino Di Celmo no había cumplido aún sus 73 años cuando tomó la decisión más importante de su vida: colaborar como empresario con Cuba.

Venía de un socialismo que se había destronado a sí mismo, pero llegaba a uno dispuesto a no morir en su propia trinchera de futuro, pese a un férreo bloqueo estadounidense, entonces de más de cuatro décadas.

Poco tiempo después en el hotel habanero Copacabana, el 4 de septiembre de 1997, su hijo menor, Fabio, murió, por una bomba de la CIA, con solo 32 años.

Apuntes cronológicos

Juana y Pascual, sus padres, se casaron en Salerno, al sur de Italia, en 1920. Giustino fue el primero en nacer en esa ciudad, el 24 de diciembre de ese año, de los nueve hijos del matrimonio. Le siguieron Doménico, Pablo, Genaro, Dante, Virgilio, Antonio, Ángelo y María. Han fallecido los primeros cuatro.

En 1947 empieza a trabajar en la mina de carbón de Bohemia del Norte, en Checoslovaquia, a 1 500 metros bajo tierra. Y el 4 de febrero del año siguiente participa en una huelga general decretada por el Gobierno socialista checo, en respuesta a un inminente golpe de Estado.

Giustino, en 1951, procedente de Nápoles, llega a Buenos Aires, tras 17 días de mar en el trasatlántico Castelverde. Días después conoce a Alicia Alonso en el Teatro Colón.  Posteriormente, el 16 de marzo de 1956, llega a la Argentina su novia, Ora Bassi, con la que se casa allí el día 18.

Ese año nace su hija Tiziana, y a los 14 meses —en 1958—, su hijo Livio. A nuevos grandes saltos, en 1961 —tras una década navegando y pescando el cotizado surubí atigrado por el río Paraná— regresa a Italia, huyendo de una avisada  persecución política argentina. Con su esposa y sus dos pequeños arriba a Génova en el barco Anna C. En tierra genovesa nace su hijo Fabio el 1ro. de junio.

Como comerciante, recorre distintos países, y en 1978 conoce en Quito, Ecuador, al pintor Guayasamín. Más tarde, en 1991, mientras asiste en Luadovice, Eslovaquia del Sur, a un tratamiento de aguas termales para su diabetes, se entera de la caída del socialismo.

En 2002 su esposa Ora Bassi visita nuestro país y asiste al acto por el aniversario 40 de la UJC, en el teatro Karl Marx, donde abraza y besa al Comandante en Jefe a nombre de las mujeres italianas.

Giustino, el jueves 18 de diciembre de 2003 se gradúa, con 83 años, como licenciado en Sociología; también en 2007, con 87 años, de Doctor en Ciencias Políticas. Ambos títulos los obtuvo en la Universidad de La Habana, prueba de su entusiasmo para todo. Viene otro gran golpe: el 1ro.  de junio de 2012, a las cuatro de la tarde, fallece, a los 85 años, su esposa Ora, en Bologna, Italia, el mismo día en que su hijo Fabio cumpliría 47.

Fue un hombre siempre interesado por   la cultura y sostuvo amistad con varios escritores.

Él sobre su segunda patria

«¿La provincia cubana que prefiero? Todas son mis preferidas, me han dado el mismo cariño. Me aplauden cuando les hablo, porque ven en mí a mi hijo Fabio».

—¿Es cierto que estuvo en Cuba en 1952?

—Sí, pero una estancia muy breve, que me dio una ligera visión de la capital cubana y de su pueblo. Mi barco iba hacia Canadá y realizó una escala técnica en el puerto de La Habana. No pude quedarme durmiendo, oyendo música o leyendo un libro, ¡qué va! Además, había ocurrido el zarpazo del golpe batistiano del 10 de marzo y quise conocer el rostro del pueblo de a pie, la cara de los pobres después de un suceso tan doloroso. Me bajé del barco, visité un hotel pequeñito y me quedé un par de días en la ciudad. Venían muchos turistas. Vi niños descalzos, algunos vendiendo periódicos y otros limpiando zapatos y pidiendo limosnas.

«¿A Canadá? Yo iba por cuestión de negocios. Sin sospechar que algún día mi hijo Livio viviría allí, con su esposa y mi nietecita Gaia».

Por qué escogí a Cuba

Al cumplir 90 años, Giustino me contó por qué quiso vivir y morir en nuestra patria: «Vine a Cuba por la convicción de que el socialismo verdadero no podía acabarse. La humanidad debía avanzar y no estancarse, para no retroceder. Fue la caída del socialismo y el derrumbe de la URSS lo que me impulsó a venir a esta tierra. Estaba en una ciudad turística de la entonces República Socialista de Checoslovaquia, encerrado en la habitación de un hotel. Había ido a darme unos baños termales, tratamiento a diabéticos».

«Al comenzar aquel drama me pegué al televisor, para escuchar noticias, como un león enjaulado. Esperaba que los verdaderos comunistas tomaran de nuevo el poder. Estaba en Eslovaquia del Sur.

«Me encontré en un Banco con Yaroslav Yacubez, ex viceministro, ahora director general de Relaciones Públicas de la sucursal en Praga del famoso Bank of Austria. Hablamos del desastre socialista.

«Llegó a mi mente la idea de viajar a algún otro país socialista para ayudar a su pueblo. Pensé en Vietnam, en Corea del Norte y en Cuba. Escogí esta porque hablaba y leía español, por su historia y por mis principios éticos y políticos. Ya Cuba no era la que vi en mi visita aquella rumbo a Canadá. Yaroslav me dijo que era una buena idea».

Hablan los dos hijos

«Mi papá desde chiquita me abrió el mundo, me dio el interés por viajar, leer libros, conocer a personas de otros idiomas y de otras características. Él atesoraba muchos libros de todas las modalidades y tipos de obras literarias. Para mí fue muy importante mi padre. Y recuerdo la calle La Rosa donde vivíamos y el viaje rumbo a Italia, en una travesía muy dura, llena de sustos, muy larga, por el mar», nos dijo la doctora Tiziana, hija mayor de Giustino, ahora en Cuba.

En carta de Livio a Ileana Ros-Lethinen, le expresaría: «Tras el asesinato de mi hermano, empecé a investigar quién estaba detrás de los ataques terroristas contra Cuba, y descubrí que eran agentes de la CIA. Los nombres de Luis Posada Carriles y sus asociados siempre aparecen en los documentos desclasificados. (…) En su mundo de gran fantasía, parece que hay terroristas buenos y terroristas malos. (…) ¡Qué vergüenza! ¡Usted ni ve la terrorista que lleva adentro!».

Luchar al lado de Cuba

«Me di cuenta de que era, pese a su edad avanzada, una persona de conversación fácil. No me canso de leer sus declaraciones al Instructor del caso cuando la muerte de su hijo. Dijo que iba a luchar siempre al lado de Cuba y la verdad en relación con el acto terrorista. Giustino desde el primer momento supo sin dudas, quiénes eran los criminales y lo expresó cuando toda la prensa italiana acusaba a Fidel Castro de ser el que había mandado a poner las bombas en los hoteles habaneros en 1997», aseguró Acela Caner Román, quien escribió el libro Fabio, el muchacho de Copacabana.

Abanderado de la justicia

«Es algo excepcional. (…) Por su calidad humana lo aceptaron en las filas del Partido (…) y le dieron el carné. Fue soldado del ejército reaccionario italiano, allí recibió un golpe muy fuerte de conciencia, que lo convirtió en un hombre abanderado de la justicia. Y sabio, con una filosofía de vida tremenda. Solo el día que él falte podré decir, sin que él lo oiga, que se me parece bastante en algunas cosas a mi padre. Sobre todo en su compromiso revolucionario. Me refiero al ánimo de querer enseñar, educar a los demás, como hacía mi padre», expresó Fernando Vecino Alegret, general de brigada en retiro, ex Ministro de Educación Superior, escritor y profesor universitario.

Sabía que lo iba a encontrar

«(…) Lo vi entrar a mi centro de trabajo y me dije: "Ese es Giustino". Y le aclaré: Soy Eridania, ¿no me recuerda? Y me dio un abrazo. Yo estaba segura de que volvería a encontrarlo», afirmó Eridania Martínez Gutiérrez, gastronómica que le preparaba en el Copacabana su comida de diabético.

Un hombre muy sabio

«(…) Después que di a luz a mi hija, lo comprendí mejor   como padre, profesional, persona y amigo. Muy sensible, en especial hacia un niño. Le gustan las cosas bien hechas, es sensato, organizado, capaz. Sabe muy bien lo que decide, hace, sugiere, exige y pregunta. Es un hombre muy sabio», expresó Yanusala, su secretaria personal.

Giustino escribió a cuatro manos —en unión del autor de estas líneas— la novela testimonio de su azarosa vida: La butaca de mimbre, publicada por la Editora Política en La Habana, en 2004; ya con nuevas ediciones también en Buenos Aires, Roma, México y Estados Unidos.

Y un día nostálgico, nos dijo: «Si yo hubiera sido otro hombre; si no hubiera pensado como pienso, me habría ido definitivamente de esta Isla, tras aquel septiembre trágico; sin embargo, volví… y al mismo hotel donde la bomba americana me mató a mi muchacho. Aquí me siento más cerca de él y lo veo a cada rato».

Giustino

Giustino no se quiso quedar lejos.

Giustino decidió venir a Cuba.

Giustino, que nació donde la uva,

Se puso a conversar con los espejos.

Miró a la Isla con sus catalejos,

Y prefirió lo dulce de la caña.

Al Mar Tirreno que su tierra baña

Le dijo adiós con un abrazo eterno,

Y lo cambió por el cálido invierno

Del mar Caribe y la heroica montaña.

Giustino (primero de izquierda a derecha) con dos de sus ocho hermanos.

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