¿Cómo ser mejores madres y padres?

No nacemos sabiendo cómo educar a nuestros hijos; lo aprendemos en la práctica, pero no podemos olvidar que ellos deben convivir y participar en sociedad

Autor:

Ana María Domínguez Cruz

«Tienes que hacerlo porque lo digo yo, y no se hable más». Y el niño no sabía si llorar o acatar con obediencia la orden de su papá, que no entendió la poca habilidad de su hijo para amarrarse los cordones de sus zapatos. «No me digas que no sabes que ya te he enseñado muchas veces, y cuando termines, acuéstate. Hoy no hay muñequitos ni aventuras», y al infante no le extrañó, pues el día anterior tampoco vio la televisión por demorarse mientras comía.

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«No sé qué hacer con esta niña. Me interrumpe cuando hablo con otros mayores, no cesan las quejas de su comportamiento en el aula queriendo hacer lo contrario a lo que la maestra dice, come a la hora que quiere y se acuesta muy tarde. No hay un día que me haga caso, pero a mí me da tanta lástima regañarla… ¡Es tan buena, tan dulce, tan linda..!».

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«Óigame, mamá, no es fácil lidiar con su hijo. Todo lo cuestiona, quiere saber el porqué de todo lo que oriento en el aula, y dice que en su casa le explican siempre antes de pedirle que haga caso. ¿Ustedes están criando bien a su hijo? Se cree con el derecho de entenderlo todo, y hay cosas que deben hacerse según lo establecido, y ya».

¿Cómo debemos criar a nuestros hijos? ¿Cuál es el estilo de autoridad que debe primar en el hogar para lograr que, al paso del tiempo, el niño se convierta en un adulto educado, autónomo, capaz de convivir y participar en sociedad? ¿Acaso los padres saben siempre cuál es el mejor camino?

Aprendiendo a criar

El sociólogo y filósofo polaco Zigmunt Bauman afirma que en la actualidad las relaciones, la educación y el amor adquieren un carácter líquido, pues sus formas modélicas varían con el tiempo, y entre todas las instituciones sociales, asegura que es la familia en la que mejor puede aplicarse el concepto. Ciertamente esta célula básica de la sociedad se ha diversificado y ya no solo tenemos la patriarcal y la nuclear, en la que otras relaciones de parentesco existían fuera del entorno físico, y es válido reconocer que, por consiguiente, los estilos de crianza se han transformado y en no pocos casos coexisten algunos en la misma organización familiar.

En la relación asimétrica de poder que de manera natural se establece entre padres e hijos, son los primeros los que deben ejercer la autoridad y propiciar de manera saludable el desarrollo psicosocial de los segundos; y aunque tal afirmación parezca una verdad de Perogrullo, no en pocas ocasiones se incumple con lo «fácilmente comprensible», advierte la psicóloga Roxanne Castellanos Cabrera, máster en Psicología clínica y de la salud, quien tiene su consulta de atención a niños y adolescentes, cada jueves, en el Centro de Orientación y Atención Psicológica Alfonso Bernal del Riesgo, en la capital cubana (calle 19, e/ K y L, Vedado, municipio de Plaza de la Revolución).

«Entre los modelos de crianza que podemos asumir con nuestros hijos se encuentran el autoritario, el permisivo y el democrático, y cada uno de estos permitirá formar un individuo con determinadas características en el plano individual y social.

«Muchas generaciones crecieron al amparo de una familia autoritaria, donde la dura verticalidad de los progenitores conlleva a la obediencia sin criterios, la que en algunas situaciones puede desencadenar absoluta sumisión o rebeldía.

«Esta manera de educar utiliza, en no pocas ocasiones, el maltrato físico y los castigos; impide la comunicación con los hijos porque “Tienes que hacer lo que yo te digo y punto”, y el respeto a las normas se gana con imposición. Son familias en las que prima el control, pero falta el amor, o en las que no se sabe cómo demostrarlo sin perder el rol del que manda».

Las familias autoritarias, por lo general, forman hijos tristes, miedosos, desconocedores de sus derechos, agrega Castellanos Cabrera. «Crecen bajo el halo de la inseguridad y puede que lleguen a ser perfeccionistas en exceso al creer que siempre son supervisados y evaluados por sus padres. Son niños que con sus semejantes pueden mantenerse retraídos o adoptar la posición de agresivos y rebeldes, como vía para exteriorizar lo que en casa permanece reprimido».

No pocas familias en Cuba, al igual que muchas de los niveles medio y alto de otras sociedades, adoptan el estilo de crianza permisivo, agrega la especialista, y culpan por ello al período especial. «Las carencias materiales que sufrimos en esa etapa sirven de justificación para quienes, como padres, quieren que no les falte nada a sus hijos y que no les abrumen los regaños ni las reglas.

«La permisividad toca extremos peligrosos, pues en estos hogares no existen reglas para los pequeños, quienes pueden hablar, jugar, gritar, llorar y hacer lo que quieran en cualquier lugar y circunstancia.

«No se les muestran los límites y tampoco conocen responsabilidades; y aunque son niños cariñosos a los que se les brinda afecto todo el tiempo, luego presentan problemas de adaptabilidad en espacios públicos y sociales como puede ser el círculo infantil o la escuela, instituciones con las que los padres entran en conflicto al querer respaldar al infante que no respeta las normas básicas de comportamiento y las rutinas escolares.

«En familias permisivas se forman individuos con bajo nivel de responsabilidad, caprichosos y exigentes para hacer siempre su voluntad. Pueden ser inadaptados en cualquier ámbito, aunque se puede lograr su inserción y entendimiento a través del trato afectivo, que no les faltó en el hogar».

—¿Con este modelo de crianza permisivo se abusa de los premios como vía para generar disciplina?

—En este o en cualquier estilo de crianza, premiar toda acción, incluso aquella que es un deber del niño o adolescente, acarrea peligros, porque luego este puede perder el interés hacia lo que debe hacer, sobre todo cuando los premios escalan de manera rápida los niveles de valor.

«Premiar una buena nota, una participación en un concurso, algo que sea muy relevante para el niño y que además le sirva de estímulo posterior, sí puede ser un proceder positivo. Lo preocupante emerge cuando los padres premian todo actuar del hijo y se pasa de un caramelo o un helado a un teléfono celular mientras cursa el tercer grado, digamos. Cuando se es adolescente o joven, se puede cuestionar: ¿Para qué voy a estudiar? ¿Qué gano si voy a la escuela?, y la motivación que se tuvo siempre desde lo material caduca, pues en la escala de valores ya ha obtenido tantos y tan grandes regalos que pierde el interés y se ahoga en vacíos existenciales.

«No debe el pequeño asociar que si se porta bien siempre se ganará algo, y tampoco se le debe mentir con relación a la escuela, por ejemplo. Una bonita mochila y unos zapatos llamativos no deben engañar al niño mostrándole el centro docente como un lugar para la diversión, pues cuando se percate de que existen reglas, tareas y deberes no asumirá el aprendizaje como un proceso necesario e importante en su vida, sino que le despertará rechazo».

Un elevado nivel de comunicación y participación en el hogar, así como la aceptación y respeto de las diferencias son elementos positivos que se generan en las familias que siguen el método de crianza democrático, que no por ser el más aconsejable es el más fácil de mantener, asegura Castellanos Cabrera.

«Predomina la horizontalidad en las relaciones entre padres e hijos sin que los primeros pierdan su rol de decisores y responsables de la autoridad. Se maneja la persuasión, el diálogo, y se fomenta el entendimiento a partir de la explicación llana y profunda.

«Los niños entienden el porqué de lo que deben y pueden hacer, y sus criterios son tomados en cuenta, sin que trascienda a asuntos que no le competen por su edad. Al crecer, serán individuos capaces de usar los espacios de participación social y defender sus criterios, sabrán elegir y tomar decisiones, y no acatarán pasivamente lo que no pueden comprender.

«Se corren riesgos con el modelo democrático, y los padres debemos estar conscientes de ello. En la búsqueda de un diálogo efectivo podemos perder los límites, y hay que percatarse de que hay diferentes maneras de aplicación del método en dependencia de la gravedad de la situación, pues no se conversa y se convence igual a un niño que deja de hacer la tarea que a uno que tomó lo que no es suyo en el aula y lo trajo para la casa».

La especialista subraya que para los padres es un poco difícil practicar este estilo de crianza con sus hijos, pues en la mayoría de los casos deben alejarse de lo que recibieron como hijos, tal vez en un hogar autoritario. Puede que también se les vaya la mano hacia lo permisivo, si el nivel de horizontalidad transgrede los límites de los progenitores.

«No en pocos casos los padres perdemos la paciencia y abandonamos las explicaciones cuando queremos que de inmediato el niño realice una acción determinada, y es entonces cuando somos inconsecuentes con lo que queremos practicar.

«Lamentablemente no estamos preparados del todo para lidiar en sociedad con el niño criado bajo el modelo democrático, pues algunos maestros identifican como problemático a ese alumno que cuestiona, que dialoga, que exige explicaciones y no acata órdenes pasivamente. Tanto en el centro educativo como en el hogar deben manejarse estilos similares para evitar tales incongruencias».

Castellanos Cabrera refiere que al arribo de la adolescencia, el manejo de esta etapa le es mucho más fácil a los padres que potencian el modelo democrático, pues siendo autoritarios casi siempre se fomentan los temores o las mentiras que oculten lo que en verdad el adolescente quiere hacer.

«Urge valorar qué tipo de individuo queremos formar. En hogares donde pueden coexistir varios estilos de crianza teniendo en cuenta la frecuente convivencia intergeneracional no se evaden los peligros, y ya no solo con el padre autoritario y la madre permisiva, que es un modelo clásico de épocas anteriores. Los padres no nacemos sabiendo cómo educar a nuestros hijos, por lo que vamos combinando lo que aprendimos como hijos con lo que queremos hacer siendo padres. No podemos olvidar que nuestra descendencia no vivirá siempre en la burbuja familiar, y por eso debemos darle las herramientas desde tempranas edades y facilitarles su desempeño social».

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