El tenue fuego de las parrandas

Festividades populares que son Patrimonio Cultural de la Nación parecen apagarse entre las dificultades económicas, la desmotivación de sus protagonistas y la pérdida de habilidades y oficios asociados a ellas

Autores:

Nelson García Santos
Yoelvis Lázaro Moreno Fernández
Luis Raúl Vázquez Muñoz
Raúl Medina
Lisandra Gómez Guerra

No imaginó jamás Francisco Vigil de Quiñones, el padre de la Iglesia Parroquial Mayor de San Juan de los Remedios allá por los albores de la centuria decimonónica, que aquella idea suya de que niños y jóvenes desandaran con pitos, matracas, fotutos y latas las calles de la vieja comarca villareña, en las frías madrugadas de Pascuas, para despertar a los feligreses que debían asistir a la Misa del Gallo, acabaría convertida en una de las expresiones populares más autóctonas de Cuba, declarada en 2013 Patrimonio Cultural de la Nación.

Aquellas revoltosas procesiones con toques de instrumentos rústicos fueron ganando fuerza y aprobación popular, hasta establecer una fraternal rivalidad en la Octava Villa, entre dos bandos —San Salvador y El Carmen— que cada año se enfrentan en una simbólica porfía, en la que se declaran como triunfadores absolutos del convite al talento y la creatividad popular.

Aunque no es hasta finales del siglo XIX que adquieren la estructura actual, aproximadamente hacia 1820 se ubican los orígenes de las afamadas parrandas de Remedios, cuna de una tradición que se expandió por la zona y prendió con arraigo en 17 asentamientos de la región central.

Pero estas festividades no viven hoy su momento más esplendoroso. Se han debilitado por la carencia de iniciativa popular y un creciente desarraigo en los habitantes de muchas de las comunidades que las desarrollan. Ha disminuido la calidad de algunos elementos distintivos: las carrozas, los trabajos de plaza, los changüíes, los fuegos artificiales. Hay falta de sensibilidad institucional, y se impone repensar, en nombre de la racionalidad y las nuevas formas de gestión, algunos de los mecanismos económicos que las sostienen, a la luz de las transformaciones y posibilidades que abre la actualización de nuestro modelo.

Con el ánimo parrandero de contribuir a la salvaguarda de estas festividades populares, entre las más antiguas de Cuba, JR llegó hasta la ciudad de Remedios, en Villa Clara; la comunidad de Guayos, en el municipio espirituano de Cabaiguán, y la localidad de Chambas, en Ciego de Ávila, para conversar con pobladores de diferentes edades y con pirotécnicos, electricistas, carpinteros, attrezzistas, vestuaristas, directores de barrio, historiadores, especialistas del tema y autoridades locales, en el empeño de conocer y desentrañar las principales causas que laceran el fenómeno cultural.

Aunque atraviesan experiencias similares, cada territorio muestra realidades diferentes, atendiendo a las posibilidades de sortear, con mayor o menor suerte, algunos de los escollos que se mueven en torno a la celebración.

Buscando remedios

«La gente cada vez siente mayor desapego. Si no se cuida la fiesta, se perderá con el tiempo», lamenta Francisco Reinaldo Gutiérrez, del barrio San Salvador, en la Octava Villa. «No puede ser que nos acordemos de las parrandas tres meses antes. Hacer una carroza, un trabajo de plaza, planificar un fuego, lleva sacrificio, y a veces no se comprende la envergadura del hecho cultural», agrega.

«Debemos tener en cuenta que es el acontecimiento festivo más grande del territorio. No estoy hablando de que sean las mejores, pero sí son las de mayor magnitud por sus trabajos de plaza, carrozas y pirotecnia. El pasado año fue imposible terminar a tiempo las labores del barrio El Carmen. Hay que entender que el trabajo parrandero es en secuencia. Arrancan los carpinteros, luego los decoradores, después los electricistas, y así sucesivamente. Si una brigada detiene su faena perjudica a las otras, por lo que hay que saber dónde encontrar los recursos», explica.

El Sectorial Municipal de Cultura es la entidad coordinadora de las parrandas, celebración que no cuenta con un presupuesto del Estado para su realización. En el caso de Remedios, estas festividades se financian con un aporte del Consejo Nacional de Patrimonio Cultural, un porciento de la recaudación de las Iniciativas de Desarrollo Local (IDL) y una parte de la cuenta de festividades del Gobierno en el municipio —que se nutre de las ventas en el sector de la Gastronomía—, de la cual dependen, además, las necesidades del programa cultural del resto del territorio. También tienen la ayuda que pueda ofrecer el Gobierno y el Sectorial de Cultura de la provincia.

Casi la totalidad de los implicados en la organización de las festividades coincide en que esos ingresos han sido insuficientes e inestables en su fecha de entrega, sobre todo en los últimos años. Bajo el actual esquema económico, sustentado en los fondos monetarios que se puedan ir captando, no están creadas las condiciones para tener dinero en el momento en que haga falta. Una parte del financiamiento necesario para los preparativos del 2014 estuvo seguro a pocos días de las celebraciones.

Sobre el particular, José Enrique Jiménez, del barrio El Carmen, revela que a poco más de 60 días del festejo correspondiente a este año, hay atrasos en los trabajos de plaza y carrozas por falta de recursos, lo cual  pudiera dejar de ser una carga grande para Cultura y el Gobierno si los barrios tuvieran mayor capacidad de autogestión de sus necesidades materiales, sin que falte un mecanismo gubernamental que fiscalice sistemáticamente.

Yunieski Castellón Rivera, vicepresidente del Consejo de la Administración Municipal, reconoce que no resulta fácil garantizar los recursos materiales y financieros para las parrandas, pero destaca que para las de este año ya comenzaron a destinarse partidas en divisa y en moneda nacional. En su criterio, los barrios tienen que apropiarse y enrolarse más en las iniciativas de desarrollo local.

Entre las variantes para lograr autofinanciamiento, el remediano Museo de las Parrandas, único dedicado al tema en el país, ha desarrollado iniciativas de desarrollo local mediante la venta de paquetes de turismo especializado en Cayo Santa María, experiencia que demuestra la factibilidad de utilizar el hecho cultural para recaudar fondos.

En la voluntad popular por salvaguardar la tradición, y ajustado a la intención de dotar de una mayor autonomía al escenario local, hay quienes consideran como una opción viable establecer un mecanismo que grave una parte de los ingresos de entidades del territorio, tanto estatales como no estatales, en el período de las parrandas, pues argumentan que con solo un pequeño porciento de lo recaudado se contribuiría al financiamiento de estos festejos.

Más allá del dinero

María Victoria Fabregat, historiadora de San Juan de los Remedios, subraya que lamentablemente ha ido ocurriendo un divorcio entre el fenómeno festivo y la comunidad.

«Hay otros poblados rurales o ciudades de menor importancia que, sin contar con los recursos que hemos tenido aquí, han logrado buenas parrandas. No creo que sea una cuestión meramente de asignaciones materiales. El problema pasa también porque esa comunidad que la mantiene viva y enriquece cada año con su savia, no puede estar alejada. No pueden ser vagos recuerdos aquellos tiempos en que a los remedianos nos conmovía solo escuchar una polka o el himno de los barrios El Carmen y San Salvador».

Para Erick González Bello, director del Museo de las Parrandas, esta fiesta, próxima a cumplir 200 años, siempre ha estado en el pueblo, que es su principal gestor.

Reconoce que a finales de los años 80 y principios de los 90 del pasado siglo, coincidiendo con el período especial, comenzó a darse una especie de distanciamiento entre la comunidad portadora y su propia tradición, que ha llegado hasta la actualidad.

Ante la lamentable ruptura, González Bello manifiesta que el Museo y la Asociación de Parranderos de Remedios y Zulueta han trazado una estrategia para lograr que el pueblo vuelva a sentir que es el máximo responsable de la protección y la gestión de su patrimonio cultural y material. «Nosotros trabajamos para que la comunidad pase de observadora a partícipe de sus parrandas, vía expedita para que funcione».

A su juicio, hay que propiciar un cambio de mentalidad y crear estrategias de intervención integradas entre todas las instituciones comunitarias.

Pueblo que entristece si no hay fiestas

Las parrandas de la comarca espirituana de Guayos, con sus barrios La Loma y Cantarrana, cercanas a celebrar a finales de 2015 su aniversario 90, tampoco han estado exentas de tropiezos en los últimos años. Se resiente el interés, el entusiasmo del pueblo; parece que este se desanima con la palidez del jolgorio.

El investigador Leonardo Valdivia, director de la Casa de Cultura, recomienda que se deben realizar con mayor sistematicidad changüíes y eventos teóricos, charlas y conversatorios sobre el tema, de modo que nadie allí olvide que vive en una demarcación con esencias festivas.

Como en muchos pueblos parranderos de la región central, en los últimos tiempos, las fiestas tradicionales de Guayos no han tenido una fecha exacta para su realización. En algunas ocasiones, ello ha estado motivado por la llegada tardía del financiamiento económico, lo que provoca la no obtención en tiempo de la logística para las carrozas y la imposibilidad de conseguir los artificios pirotécnicos.

Eduardo Sánchez, vicepresidente de la Asamblea Provincial del Poder Popular en Sancti Spíritus, explica que, como en otros pueblos parranderos, las únicas fuentes de financiamiento en ese lugar son la cuenta de festividades y la entrega de un monto en divisa otorgado por la cuenta central del Gobierno provincial.

De acuerdo con Rafael Alonso Valdés, director de Cultura en Cabaiguán, todos los años se entregan a cada barrio aproximadamente 120 000 pesos y 1 000 CUC. «Sabemos que no es suficiente, pero con eso contamos. Lamentablemente, hasta el año pasado se otorgó tarde el dinero».

Luego de varios análisis, la máxima dirección gubernamental de la provincia acordó depositar la divisa a principios de año a partir de este 2015.

Con los cambios en la política económica del país, aún no se ha proyectado para las parrandas otra forma de financiamiento. Manuel Guerra Pérez, presidente del Consejo Popular de Guayos, expone que pudiera haber mayor tributo de la cuenta de festividades al financiamiento parrandero, porque los Consejos de la Administración Municipal (CAM) tienen la facultad de fijar los precios en las fiestas, por lo que existe la posibilidad de captar más ingresos.

Como ocurre en otras comunidades cultivadoras de la tradición, en la salud de las parrandas guayenses ha repercutido la escasa formación del personal que trabaja en la construcción de las carrozas, lo que ha causado que muchas especialidades imprescindibles hoy no existan, por lo que han tenido que buscar y pagarles a carpinteros, electricistas y vestuaristas de otros lugares. El Presidente de este Consejo Popular defiende como una de las prioridades lograr esa preparación.

El apoyo y la implicación de las instituciones culturales en la defensa de este legado son vitales. Iris Jiménez Quesada, metodóloga de Cultura popular y tradicional del Centro Provincial de Casas de Cultura en Sancti Spíritus, considera que se cuenta con fuentes vivas, que son aquellas que han transmitido la tradición a varias generaciones.

Ya no son las mismas

Para el joven Marcos Montero García, asesor de changüí del barrio El Gallo, en Chambas, las parrandas en este asentamiento avileño también han perdido fuerza, y no es porque las nuevas generaciones no se interesen por ellas. «Ya no son iguales. Usted oye hablar a los padres y los abuelos de uno, a la gente vieja de Chambas, escucha los cuentos, compara con las cosas de ahora y se da cuenta de que ya la fiesta no es igual».

Al decir de José Luis Burgos González, del barrio El Gavilán, en esa triste transformación ha incidido el centralismo y la excesiva formalidad con que se asume la organización de estos convites. Al igual que en Remedios y Guayos, el dinero que se destina a la celebración chambera depende, fundamentalmente, de lo que se capta en el territorio y pasa a engrosar la cuenta de festividades.

«Un jolgorio de esta naturaleza se apoya en el talento aficionado del barrio, en las ideas de la comunidad. Al ser asignados los recursos, se pierde el movimiento en la base. No quiere decir que el Gobierno no cumpla un buen rol. Lo hace y nos apoya, pero eso resta autonomía a la capacidad de previsión, planificación y gestión que puede desarrollar cada bando», expresa Burgos González.

«A nosotros nos han dado entre 70 000 y 80 000 pesos para la carroza, pero en ocasiones tienes el dinero y no aparece el recurso», comenta el ingeniero Alexis González Hernández, proyectista de la carroza El Gavilán.

Uno de los puntos más flacos del convite chambero es el fuego. Lo dicen con dolor los propios parranderos de pura cepa, aunque con un orgullo adicional. Porque ser pirotécnicos y fabricar los fuegos artificiales es una tradición de la cual se sienten herederos, aunque lamentan mucho que se pierda. «Ya nadie quiere estar aquí. Antes los hijos y los nietos venían a trabajar para acá porque lo sentían», comentan los obreros de la fábrica de pirotecnia de Chambas.

Leoandy Pérez Romero, operador auxiliar asociado al barrio de El Gallo, insiste en que aquí no se mueve nada si no hay voladores. «Si no hay fuego no hay parrandas. En las últimas fiestas caminas por la calle y ni sientes el olor a azufre. Fíjese cómo estamos».

Con 36 años de trabajo en la pirotecnia, Raúl Negrín Pineda, jefe de brigada del centro, considera: «Hay muchos poquitos que complican las cosas. Uno sabe que los productos químicos nos están afectando, pero seguimos «palante», porque este trabajo nos gusta, lo respetamos, es algo que tenemos metido en la sangre. Lo que pasa es que el fuego no es la prioridad de las parrandas».

Pensar en alternativas

Un diálogo con Yovany Barreda Serrano, vicepresidente del Consejo de la Administración al frente de las esferas de Economía y Servicios en el municipio de Chambas, sumó otras perspectivas al abordar el fenómeno.

«En la primera mitad de la década del 2000, las parrandas dejaron de ser organizadas por los barrios, su estructura tradicional, y pasaron a ser rectoradas por el Gobierno local y la Dirección Municipal de Cultura, como una decisión gubernamental a partir de irregularidades detectadas en las de Chambas por una auditoría, que trajo sanciones para algunos directivos implicados.

«Sobre los recursos pesan diversos factores. El país se ha reordenado económicamente, y lo que no se planifica, atraviesa por dificultades para desarrollarse. Ese es el caso de las parrandas, que no son presupuestadas por el Estado, sino autofinanciadas por el Gobierno local, lo que trae muchísimos contratiempos para conseguir lo que se necesita.

«Hay recursos que no dependen del municipio. Nosotros velamos porque exista distribución equitativa de lo que contamos, es nuestro deber. Y ahí se complican las cosas. Las carrozas de parrandas son muy exigentes. Las de ahora, que no tienen el tamaño ni la vistosidad de las de hace años, se llevan un buen número de insumos.

«Con la reestructuración de las parrandas, la fábrica de pirotecnia de la localidad dejó de subordinarse a los barrios y pasó a formar parte de la Empresa Provincial de Producciones Varias. Como esa fábrica hoy no es de subordinación local, a veces, teniendo producciones tan cerca, no podemos contratarlas.

«Pienso que se pudiera ir hacia otra forma de organización, en la que los barrios vuelvan a tener la preponderancia que tuvieron en otros años. Es decir, una forma de organización que les otorgue mayor autonomía y participación a los pobladores. Toda forma que se adopte tiene que estar sujeta a actividades financieras transparentes, auditables y bajo un control del Gobierno y de los pobladores. Bajo ningún concepto se puede permitir un desvío o irregularidades de cualquier tipo.

«Se pudiera diseñar una alternativa que consista en formas de autogestión de los barrios. Eso le daría más espacio al Gobierno para concentrarse en su labor de dirección. Una debilidad del actual sistema radica en que existe un solo comprador para todo, y al final eso se convierte en una locura, porque es una sola persona consiguiendo lo mismo para los dos barrios.

«Se “mata” el sentido de la competencia. Todo el mundo se entera de cómo quedará la carroza del otro y se pierde el encanto de las parrandas.

«Una forma de autogestión en los barrios podría ser una vía para generar empleos y extender servicios en el municipio. Por ejemplo, los electricistas y carpinteros de una carroza trabajarían en ella en el período de parrandas; después sería una fuerza calificada para otras tareas.

«Hay que ver las carrozas nuestras. Es increíble el grado de elaboración que tienen. Parecen hechas por artistas profesionales y, sin embargo, las construyen aficionados. Eso habla de un potencial muy grande, que pudiera utilizarse para acciones de desarrollo local y para brindar servicios fuera del territorio», comenta.

Proteger lo que somos

Con optimismo, Rafael Lara González, metodólogo nacional de Cultura popular y tradicional del Consejo Nacional de Casas de Cultura, comparte con JR algunas valoraciones: «Se trata de procesos identitarios, pero no exentos de un repensamiento a la luz del reordenamiento económico. En el caso de Remedios, por ejemplo, se aprovechan los fondos de las iniciativas de Desarrollo local desde la cultura, lo que evidencia ciertos avances. Se hace importante transitar de una cultura sostenida a una sostenible.

«Es necesario que en la aplicación de políticas públicas de carácter local se tenga en cuenta que son las propias personas las que deben sentirse protagonistas de su desarrollo cultural. La legitimidad y la sostenibilidad de las parrandas, como procesos festivos tradicionales, deben defenderse con pertinencia y respeto a las realidades en que se actúa.

«Duele atestiguar el descontento popular que provoca con frecuencia el cambio de fecha, muchas veces como resultado de la ausencia del presupuesto necesario».

Según explica Lara González, son muchas las acciones que pueden desarrollarse para mantener en pie las parrandas. «Se impone realizar con sistematicidad espacios teóricos en los que se socialice la historia de esta manifestación. Ayudarían mucho los intercambios y la confrontación cultural entre portadores de las diferentes comunidades parranderas.

«Falta promoción en torno al fenómeno. Los repertorios visuales y las memorias gráficas del evento debieran compartirse mucho más y llegar hasta los circuitos de mayor promoción y divulgación mediática en el país.

«Hay que lograr una integración entre las instituciones culturales y sociales de las comunidades parranderas, de modo que se creen círculos de interés, así como clubes infantiles y de adultos, en los que se pueda conocer en torno a los elementos típicos de cada fiesta. Incluso, cuando se enseñe la historia local, hay que poner énfasis en las tradiciones de mayor calado popular de cada lugar. Nos toca defender las parrandas y proyectarlas con nuevos bríos, porque así defendemos a Cuba y su cultura. Tiene que ganar la tradición», sostiene.

Comparte esta noticia



Enviar por E-mail

  • Los comentarios deben basarse en el respeto a los criterios.
  • No se admitirán ofensas, frases vulgares, ni palabras obscenas.
  • Nos reservamos el derecho de no publicar los que incumplan con las normas de este sitio.