A siete décadas de la muerte del hijo de Martí

Este 22 de octubre se conmemora la muerte de José Francisco Martí Zayas-Bazán, hijo amado del Apóstol de la independencia y notable figura de nuestra vida republicana, quien alcanzara en su juventud, bajo las órdenes del general Calixto García, los grados de capitán del Ejército Libertador

Autor:

Paula María Luzón Pi

Este 22 de octubre se conmemora la muerte, hace 70 años, de José Francisco Martí Zayas-Bazán, hijo amado del Apóstol de la independencia y notable figura de nuestra vida republicana, quien alcanzara en su juventud, bajo las órdenes del general Calixto García, los grados de capitán del Ejército Libertador. A propósito de esta fecha creo oportuno se recuerde, junto a la repercusión popular que suscitó la muerte del mayor general José Francisco Martí Zayas-Bazán, las valoraciones que sobre él nos dejaran algunos de sus contemporáneos más cercanos: los doctores Emeterio Santovenia, Joaquín Martínez Sáenz y Jorge Mañach y Robato.

La casa donde vivió José Francisco Martí Zayas-Bazán.

Hay que decir que José Francisco no fue un hombre de buena salud, sino que padeció enfermedades crónicas a cuyas molestias deben añadirse las dificultades que en el trato social le generó, hacia el final de su vida y como secuela de su carrera militar, el agravamiento de la disminución auditiva. El Ismaelillo, según la denominación poética que le diera su padre, falleció en su hogar a la edad de 66 años (el 22 de octubre de 1945), a consecuencia de una infección pulmonar.

Esquelas publicadas en la prensa de la época. Imagen tomada del libro Vida de Ismaelillo, de la autora de este artículo.

Los funerales fueron dispuestos en su propia casa de Calzada esquina a 4 (sede del actual Centro de Estudios Martianos) y sus restos se trasladaron posteriormente para el Salón de los Pasos Perdidos, en el Capitolio Nacional, lugar en que le rindieron los honores correspondientes a su alta jerarquía militar, incluida la proclamación de un duelo oficial en todo el país. Ante su capilla funeraria se reunió una representación del Estado y los cuerpos militares, así como el pueblo de la capital que deseó sumarse a este tributo. Ejemplo de esto fue la guardia civil que realizaran, durante la madrugada, los alumnos de la Escuela Normal de Maestros José Martí. Al sepelio asistió el entonces presidente de la República, Doctor Ramón Grau San Martín, y el duelo fue despedido por el también político y amigo de la familia Doctor Joaquín Martínez Sáenz.

Los funerales en su casa de Calzada y 4. Foto tomada del libro Vida de Ismaelillo.

Las dimensiones del duelo nos ilustran el significado de esta pérdida para la nación cubana. El cadáver partió desde el Capitolio por las calles del Paseo de Martí (Prado) rumbo al Malecón, y luego por la calle 23 hasta el cementerio. El cortejo fue acompañado por el regimiento mixto del ejército organizado para este tipo de funerales, así como por representantes del Gobierno y funcionarios públicos. También en este recorrido el pueblo habanero quiso acompañar hasta su última morada al hijo del insigne patriota cubano.1

Años después, en sesión pública de la Academia de la Historia de Cuba celebrada el 28 de mayo de 1953, se ofrecía, junto al elogio de su civismo, una mirada necesaria sobre su manera personal de servir a la nación. Así, ya en las palabras iniciales del Doctor Emeterio Santovenia, se insistía en la alta responsabilidad que implicaba para el general Martí y Zayas-Bazán la custodia del nombre de su padre.

En este sentido el Doctor Martínez Sáenz no dudó en afirmar, al realizar el recuento de la participación de José Francisco en la vida pública, que «ser hijo de un hombre del rango excepcional del Apóstol es un singular honor, pero es un honor aplastante que abruma, aplana e inhibe, en cada momento, las reacciones del que ha tenido tan suprema distinción del destino. Para el general Martí y Zayas-Bazán el nombre del padre era un pedestal, según el juicio primario de los que no comprendían la tragedia íntima de su vida; pero para él fue en verdad una cruz de esas en que no se muere; pero cuyo peso hay que llevar, día a día, sobre las recias espaldas».2

Por su parte el Doctor Mañach, dedicado en esta oportunidad al estudio de la relación entre padre e hijo en las páginas del poemario Ismaelillo, concluía su texto con las siguientes palabras, en las que a nuestro juicio se ha sabido captar la asunción que hiciera José Francisco de su singular destino: «Cuando salía de la adolescencia, se fue a la pelea mayor, la no fingida, respondiendo a su tierra y a su sangre. Pudoroso, no le reclamó nunca réditos de privilegio a su apellido insigne, ni lo llevó con vanidosos alardes. Más allá del verso, fue caballero intachable. Supo vivir puro, como su padre había querido. En la prosa de la vida, halló confirmación su bautismo poético».3

*Biógrafa de José Francisco Martí Zayas-Bazán.

1- Datos tomados del libro Vida de Ismaelillo: Paula María Luzón Pi, La Habana, Ediciones Boloña, 2004.

2- Joaquín Martínez Sáenz, José Martí y Zayas-Bazán, en Homenaje en Memoria de José Martí Zayas-Bazán, La Habana, Academia de la Histori a de Cuba, 1953, p.15-16.

3- Jorge Mañach y Robato, El Ismaelillo, bautismo poético, en Homenaje en Memoria de José Martí Zayas-Bazán, La Habana, Academia de la Historia de Cuba, 1953, p. 49.

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