El balón más preciado de Zulueta

Máximo Silverio Pérez, Chachito, lleva ese deporte en la sangre. Su amor le viene desde la infancia, en la que comenzó a aprender su técnica. Le hubiera gustado ser un Maradona, pero terminó siendo un difusor nato del más universal de los deportes

Autor:

Nelson García Santos

ZULUETA, Remedios, Villa Clara.— Una gran sorpresa relacionada directamente con Diego Armando Maradona recibieron los amantes del fútbol de este pueblo, donde se juega ese deporte desde hace poco más de cien años. Pasión y deleite los envuelve cada vez que el balón rueda por el terreno.

Máximo Silverio Pérez, Chachito, lleva ese deporte en la sangre. Su amor le viene desde la infancia, en la que comenzó a aprender su técnica. Le hubiera gustado ser un Maradona, pero terminó siendo un difusor nato del más universal de los deportes.

De ello se siente orgulloso y alegre, más ahora cuando afirma: «Quién me iba a decir que tendría en mis manos este balón que enriquecerá algún día el museo de la historia del fútbol, ese viejo anhelo de la comunidad que todavía está por construirse».

La vida lo convirtió en el historiador local del deporte de los 90 minutos, y de un poquito más allá, ya que atesora muchas historias en la memoria y un rico caudal tangible: casi mil fotos, trofeos, revistas y gallardetes sobre el fútbol en Zulueta.

Los orígenes

Todo comenzó en 1907 con la llegada de comerciantes canarios que se asentaron en la localidad y lo introdujeron. El primer partido oficial ocurrió el 19 de noviembre de 1918.

A partir de ese momento se multiplicaron los equipos, siempre integrados por españoles, hasta que en 1929 empezaron a participar también jugadores cubanos.

En las décadas de los años 50 y 60 del pasado siglo llegaron a tener 12 conjuntos. La calidad era tal que los equipos de La Habana y otras provincias acudían a medir fuerza con los de aquí.

Dagoberto Ariosa Sosa, quien a partir de 1936 asumió la dirección del fútbol hasta su muerte en 1978, fue una de las personas que más hizo para salvaguardar la pasión por ese deporte que se mantiene lozana hasta nuestros días.

Admiración desbocada

Cuando Máximo Silverio pronuncia el nombre de Diego Armando Maradona su rostro esparce una alegría inconmensurable. Habla y habla entre sonrisas, mientras trasciende, con naturalidad en su rostro y en las palabras, una admiración desbocada por el histórico número 10.

—¿Cómo fue el encuentro con Diego?

—En realidad no hubo ningún intercambio personal entre nosotros.

—¿Entonces?

—Mira, nos enteramos de que el famoso argentino estaba recibiendo atención médica en La Habana. Y Nelson Rodríguez y yo averiguamos el teléfono donde estaba para indagar sobre su salud. Siempre nos atendía René Linares, trabajador del centro asistencial, quien nos decía cómo estaba y, muy amablemente, advertía que en ese momento le era imposible al Pibe de oro atendernos.

—¿Cómo los sorprendió Maradona?

—En verdad no nos sorprendió propiamente él. Nelson y yo fuimos a ver el juego de Cuba-Costa Rica, efectuado en el 2003, en La Habana. Linares sabía que estaríamos allí y que en Zulueta había una peña que llevaba el nombre de Maradona.

—¿Y...?

—Estando en el juego llegó René Linares con la gran sorpresa.

—¿Cuál?

—Nos entregó, antes de empezar el desafío, un balón firmado por Maradona. Imagínate qué alegría. Nos volvimos como locos. ¡Qué clase de regalo! René nos aclaró que se lo había obsequiado a él, pero estimaba que por nuestra preocupación por su salud y la tradición futbolística de Zulueta debería estar allí.

«Ese gesto de Linares, quien estableció una buena amistad con el argentino, jamás la olvidaremos. Gracias a él contamos con ese balón. Si Diego se enterara algún día que está aquí, en Zulueta, donde amamos el fútbol, estoy seguro que se pondrá contento», comentó.

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