Latinoamérica a sangre y cariño

Resulta muy difícil, quizá imposible, abordar el tema del americanismo en José Martí, deslindándolo de su antimperialismo y de su vocación independentista. Las tres facetas se imbrican entre sí, y de qué manera, hasta hacerse una sola

Autor:

Ciro Bianchi Ross

José Martí completó un ciclo formativo nada habitual entre los revolucionarios cubanos —escribía el historiador Oscar Loyola—, y lo consiguió porque pudo conocer el régimen colonial desde la propia metrópoli, y sus estancias en México, Guatemala y Venezuela lo acercaron a «su» América para mostrarle lo poco que las masas populares habían obtenido con la independencia. Sus relaciones con los independistas cubanos y su participación directa en acontecimientos de los años 80 lo llevaron a aprehender aciertos y yerros de las concepciones habituales.

Lo más importante, precisaba el prestigioso investigador, fue su larga permanencia en Estados Unidos, que lo llevó a analizar los contenidos reales de la democracia norteamericana y comprender el carácter expansionista que ya predominaba en sus círculos gubernamentales. De ahí la urgencia con que se planteó la liberación antillana.

Prosigue Oscar Loyola:

«Poseedor del ideario más completo y acabado del siglo XIX latinoamericano, con proyecciones ideológicas que superaban con mucho lo tradicional, ferviente enamorado de su patria continental, José Martí abogó sin descanso por hacer realidad la hora de la “segunda independencia” e impedir con esto la expansión de los Estados Unidos, “repletos de productos invendibles” por sobre “nuestras tierras de América”.

«En su estrategia continental, la liberación de sus islas queridas era un primer paso de todo punto insoslayable: en ella se decidiría la suerte del continente. La estructuración de una fuerte y sólida unidad revolucionaria se convertiría en tarea del primer orden. A obtenerla, a plasmarla en una institución de nuevo tipo, dedicaría, a partir de 1892, todas sus energías. Con fuerza de gigante levantaría, en ese año, una organización única en la historia de América Latina, el Partido Revolucionario Cubano, un partido para la independencia».

El ensayista Cintio Vitier decía que Martí fue el primer revolucionario de América, lo que equivale a afirmar, sentenciaba Vitier, que fue el primer poeta del continente. Creador y vaticinador. Trasmutador de la realidad. Visionario. Impulsor de una Revolución inaplazable en su momento (1895) para la Isla. Es el poeta que asume la historia. La patria encarnada en un hombre. Si su vida y su obra representan la culminación del largo trayecto de los cubanos por obtener su independencia y definir su fisonomía, la prosa y el verso de Martí vienen a ser el punto más alto de las letras nacionales.

Resulta muy difícil, quizá imposible, abordar el tema del americanismo en José Martí, deslindándolo de su antimperialismo y de su vocación independentista. Las tres facetas se imbrican entre sí, y de qué manera, hasta hacerse una sola. Trabaja por la independencia de Cuba, pero va más allá y quiere asimismo la independencia de Puerto Rico, a fin de asegurar el equilibrio del mundo que se logrará, piensa, con la independencia de las Antillas. Tiene entre sus objetivos evitar que, con la independencia de Cuba, «se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan con esa fuerza más sobre nuestras tierras de América». «De América soy hijo y a ella me debo», escribe, porque «Yo nací en Cuba y estaré en tierra de Cuba aun cuando pise los no domados llanos del Arauco».

Por eso consagró su vida a la «revelación, sacudimiento y fundación urgente» de la América nuestra. Recordaba Raúl Roa: «Su vocación fue servir, su tarea crear y su oficio… ver, prever y postver». Dijo Martí: «Cuba debe ser libre de España y de los Estados Unidos». Dirá además: «Hagamos sobre el mar, a sangre y cariño, lo que sobre el fondo de la mar hace la cordillera de fuego andino».

Refugio y tribuna

México dio, en 1875, refugio y tribuna a José Martí. Fue el primer país latinoamericano que conoció el Apóstol de la Independencia de Cuba y donde, sin duda, nació su vocación latinoamericana y donde se manifiesta también por primera vez su preocupación indigenista, cuya sustentación histórica desarrolla en Centroamérica.

Hace en México una brillante carrera periodística y lleva a las tablas obras de teatro que gozan del favor del público. Se adentra en la realidad del país, expresa su opinión sobre las dificultades que atraviesa y plantea que deben buscarse soluciones autóctonas para ellas, porque «la imitación servil extravía, en economía como en literatura y en política». Le toca vivir allí el comienzo del sangriento episodio de la guerra civil, cuando elementos antigubernamentales proclaman el Plan de Tuxtepec, que desconoce al presidente Lerdo de Tejada y reconoce como jefe al general Porfirio Díaz. Mientras tanto Martí colabora con el periódico El Socialista, órgano de un círculo obrero liberal y reformista que apoya a Lerdo de Tejada y que lleva al Apóstol como delegado al congreso que convoca. La situación se complica cuando el mandatario es ratificado en su cargo para un nuevo período, entonces Díaz avanza con sus tropas y el Presidente huye de la capital. Cae el gobierno y Díaz, aclamado por sus partidarios, entra en la ciudad. Martí, en El Federalista, critica duramente el asalto al poder y al día siguiente reitera la denuncia y se despide del pueblo mexicano.

Valiéndose de su segundo nombre y apellido —Julián Pérez—, hace un viaje clandestino a La Habana a fin de gestionar las condiciones mínimas de subsistencia para su familia, que regresa después de una estancia en México. Enseguida está en Guatemala que lo acoge con cariño, le abre las puertas de sus casas de altos estudios y lo reconoce como un orador brillante. Se propone publicar la Revista Guatemalteca, da a conocer un libro sobre el país y trabaja en Patria y libertad, pieza teatral que lleva el subtítulo de drama indio. Esa vida de creación y trabajo, sin embargo, se acaba de pronto cuando el cubano José María Izaguirre es destituido como director de la Escuela Normal de Maestros. Martí juzga injusta la medida y renuncia a su plaza de profesor del centro, pero ya ha chocado, en forma distinta de como le ocurrió en México, con el caudillismo militar, que le repugna.

Se instala entonces en Cuba, con su esposa, la cubana Carmen Zayas Bazán, con la que contrajo matrimonio en México. Debe trabajar como pasante en un bufete, pues no se le permite ejercer la abogacía y se le retira la licencia que lo autorizaba a desempeñarse como profesor de segunda enseñanza. Ya se ha iniciado en la Isla la llamada Guerra Chiquita. Conspira y se le designa subdelegado del Comité Revolucionario Cubano de Nueva York. Despierta las sospechas de las autoridades, que no demoran en apresarlo y deportarlo.

Aseguran estudiosos que este período que corre entre 1875 y 1879 —esto es, desde su arribo a México y su segunda deportación a España—, son decisivos para el desarrollo ideológico del joven Martí. Aprecia el legado de Benito Juárez, y el estudio de la historia mexicana y su aguda observación del acontecer del país le posibilitan el acercamiento a las naciones situadas al sur del río Bravo, las que conocerá más profundamente durante sus estancias en Guatemala y Venezuela.

De esa visión continental emana su criterio de que es necesario buscar vías propias, no imitativas, para solucionar los problemas de nuestros pueblos, y deriva además su actitud crítica frente a los principios tradicionales del liberalismo. El estudio y la previsión le permiten comprender el peligro que representan los Estados Unidos para México.

Escribe: «Se es liberal por ser hombre, pero se ha de estudiar, de adivinar, de prevenir, de crear mucho en el arte de la aplicación, para ser liberal americano». Y en 1876: «Si Europa fuera el cerebro, nuestra América sería el corazón». Apenas un año más tarde se considera hijo de la patria americana. «Amar a un pueblo americano, y por tanto mío, tan mío como aquel que el Cauto riega», señala al referirse a Guatemala, y añade: «¿Qué falta podrá echarme en cara mi gran madre América?».

Deme venezuela en qué servirla

En enero de 1881 está Martí en Venezuela. Pretende profundizar en su conocimiento del continente y hacerlo desde un punto cercano a las Antillas y a Centroamérica, y donde han encontrado amparo muchos separatistas. El joven revolucionario considera a Bolívar como el padre de la América mestiza, y a Caracas, la cuna el continente liberado. «Quien dice Venezuela, dice América», escribe. Bien pronto comprende la realidad del país. Guzmán Blanco es un dictador ensoberbecido que, mediante leyes copiadas de Europa, pretende modernizar la sociedad en beneficio de la oligarquía con la que el mandatario comparte los beneficios del poder. Mientras subsisten la opresión y la discriminación de campesinos y llaneros, crece y se fortalece la propiedad agraria e imperan la corrupción administrativa, el atraso en la industria y la incultura.

Lo que vio en México y Guatemala se repite en Venezuela. Son males de todo el continente. Falta de unidad política, miseria económica, desprecio de lo propio, afán de imitar modelos del exterior, caudillismo, localismos, marginación del indio. Reflexiona: «En América la revolución está en su período de iniciación. Hay que cumplirlo. Se ha hecho la revolución intelectual de la clase alta; helo aquí todo. Y de esto han venido más males que bienes».

Es aquí donde el latinoamericanista que es Martí se apresta a poner manos a la obra, dicen los estudiosos. Quiere contribuir a la realización de las grandes transformaciones que considera urgentes para devolver la voz que se le heló al continente. Su pensamiento se acelera. Se aleja del liberalismo que no garantiza las libertades imprescindibles para el desarrollo armónico de la sociedad, no logra la verdadera democracia ni resuelve las agudas desigualdades imperantes.

La aspiración martiana de encontrar vías propias para formar «la gran América nueva» entra en conflicto con Guzmán Blanco y debe salir del país. Antes, escribe: «De América soy hijo y a ella me debo. Y de la América a cuya revelación, sacudimiento y fundación urgente me consagro, esta es la cuna; ni hay para labios dulces copa amarga, ni el áspid muerde en pechos varoniles, ni de su cuna reniegan hijos fieles. Deme Venezuela en qué servirla. Ella tiene en mi un hijo».

Fuentes: Textos de Oscar Loyola, Raúl Roa y Cintio Vitier. Atlas histórico biográfico de José Martí.

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