Un terrorista fracasado

Autor:

Fabián Escalante

Recientemente, la prensa de Miami dio cuenta de un libro biográfico de Antonio Veciana, Entrenado para matar, en el cual relata, según los despachos periodísticos, sus «hazañas y peripecias» para derrocar al gobierno revolucionario cubano y asesinar a su líder, Fidel Castro.

Am/Shale-1, el código que la CIA le asignó, a punto de cumplir sus 90 años, se recrimina por los fracasos en sus pretensiones, que transitaron desde un agente de guerra sicológica, dirigente contrarrevolucionario, planificador de complots para asesinar a Fidel y derrocar la Revolución, activo terrorista y fundador de Alpha 66, hasta participante directo en el complot para asesinar al presidente John F. Kennedy, algo que antes afirmé, pero que ahora con la confesión de Veciana suma un testimonio de primera mano.

Lo más importante de lo publicado de sus «experiencias como terrorista al servicio de la CIA» radica en la identificación formal de David Phillips, su oficial de caso y futuro jefe de la división del hemisferio occidental, reconociendo explícitamente que mintió bajo juramento en ocasión de haber sido interrogado sobre su relación clandestina con ese sujeto por el Comité Selecto de la Cámara de Representantes de Estados Unidos que en 1978 investigó el magnicidio.

También «confiesa» que el encuentro en Dallas, entre él, Phillips y Lee Harvey Oswald, durante la tercera semana de septiembre de 1963 fue para planear el reclutamiento de Guillermo Ruiz, diplomático cubano en México y esposo de su prima Hilda Veciana, con la finalidad de que el mismo testificara en su momento que Oswald había estado en la embajada cubana, era agente de su inteligencia y estaba en contubernio con La Habana para asesinar al presidente Kennedy. Así, semanas antes del magnicidio, la CIA pretendía asegurar una «prueba» del involucramiento de Cuba en el crimen, algo que debía servir posteriormente como pretexto para invadir y derrocar al gobierno de la Isla.

En aquella fecha —según las investigaciones de la comisión Warren— Oswald, en unión de dos cubanos, visitó a la emigrada Silvia Odio, residente en Dallas, y le confirmó verbalmente que la única solución que tenía el «caso cubano» era el asesinato del presidente Kennedy. ¿Casualidad o causalidad?

Oswald llegó a México alrededor del 26 de septiembre y el 27 visitó el consulado cubano para solicitar visa para viajar a Cuba, algo que le fue negado, y según Guillermo Ruiz, ese mismo día trataron de reclutar a su esposa, desconociendo ellos los motivos y objetivos propuestos. El testimonio de Ruiz descarta la versión sostenida por Veciana de que la solicitud de Phillips para reclutar a Ruiz fue posterior al magnicidio, con la finalidad de aportar nuevos elementos a la gran campaña mediática desatada en Estados Unidos, en la cual se acusaba a Cuba de autora del crimen.

Pero lo más trascendente de las «memorias», y aclaro que conocidas por los despachos de prensa, es lo relacionado con la reunión en Dallas donde Veciana confirma que Maurice Bishop, su reclutador y oficial de caso, y Phillips eran la misma persona y que ellos se reunieron allí con Oswald en la fecha indicada.

Con esa afirmación Antonio Veciana resuelve el nudo gordiano del misterio del complot magnicida, pues atestigua que Phillips, oficial de la CIA y su «manejador», puntualizaba en aquella reunión de septiembre un operativo contra Cuba, que estaba relacionado con el «involucramiento» de Oswald, eventual asesino, con las autoridades cubanas, para lo cual debían reclutar a uno de sus diplomáticos en México, que en su momento demostrara públicamente la responsabilidad cubana en el crimen, por cierto, semanas antes de que ocurriera.

La gran prensa norteamericana y mundial, casi desde el mismo momento del magnicidio, en vez de exigir conocer a los responsables intelectuales, rompió lanzas para encontrar a un culpable directo, es decir, un tirador. Y entonces encontraron a Lee H. Oswald, un hombre estrechamente vinculado a la CIA y que había suspendido el examen de tiro en el servicio militar. Pero aun suponiendo que él participara, todas las investigaciones posteriores han confirmado al menos dos posiciones de tiro en el momento del asesinato. ¿Qué importancia tenía entonces conocer los nombres de los que apretaron el gatillo? Seguramente eran asesinos bajo contrata, que no se diferenciaban en nada a los que han asesinado a miles de cubanos en actos terroristas sin precedentes, durante las casi seis décadas transcurridas.

Lo importante, lo necesario, lo útil para sanear la sociedad norteamericana, enferma e intoxicada por las mentiras de sus gobernantes, que fueron capaces de asesinar a su propio Presidente, es conocer quienes decidieron su muerte y el «mecanismo» encargado de su ejecución, algo que antes habíamos denunciado en varios libros y ahora, con las «memorias y confesiones» de Veciana queda al descubierto. ¡Fue la CIA la ejecutora y el gobierno invisible o paralelo que dirige aquel país, el autor intelectual! (Tomado de La pupila insomne)

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