Y sobrevivió el viejo batey

Los vecinos del municipio avileño de Bolivia nunca habían vivido un huracán como Irma

Autor:

Luis Raúl Vázquez Muñoz

BOLIVIA, Ciego de Ávila.— Cuando llegó el ciclón, el cielo se volvió rojo y en el horizonte todos vieron una nube de fuego, que avanzó contra el pueblo lanzando chispas en medio de la oscuridad. Entonces los vientos se convirtieron en ráfagas y Vicente Tamayo Martínez, vecino del batey, gritó: «¡Oye, Bolivia va a coger candela!». La noche no pareció tener fin y dentro de sus hogares y en los centros de evacuación, por primera vez en sus vidas los habitantes del municipio de Bolivia escucharon asombrados unos silbidos interminables y fuertes.

Desde ese momento y durante 14 horas, la pregunta en la mente de 11 000 personas fue qué ocurría de verdad allá afuera. A pesar de los intentos, la mayoría no pudo saberlo porque en la calle se escuchaban unos estruendos, y muchos se sentaron en sus casas para mirar cómo las persianas temblaban y los llavines empezaban a separarse por sí solos de las cerraduras de las puertas.

Al otro día, descubrieron el desastre. Algunos, sin embargo, no debieron aguardar tanto. José Antonio Solano, trabajador de Servisa en Morón, vive en las afueras del poblado. Con el aviso del ciclón evacuó a su familia y los objetos de mayor valor hacia la casa de un vecino. Pasada la medianoche sintió al viento con mucha más fuerza y con la convicción de no poder hacer nada, se acercó a una ventana para ver con un nudo en la garganta cómo el techo de su vivienda desaparecía dando vueltas.

Solano vio que el techo de su casa desaparecía en medio de la tormenta. Foto: Luis Raúl Vázquez Muñoz

Otros, en cambio, debieron esperar a que las aguas se retiraran y los caminos se abrieran en los campos, y así descubrir que poseían poco o nada o a lo mejor tenían lo más importante pues, sencillamente, estaban vivos. En la comunidad de Muñiz, José Luis Bolaños aparece en la puerta de la cocina. Es lo único que el viento dejó de su vivienda junto con un cuartico de tablas. Lo otro anda regado o colgado en la cerca. Balbucea unas palabras, trata de acomodar algo y dice: «Al menos no estoy muerto».

Unos metros más adelante, viven Yoan González y su esposa Odalys Ferrales Tamayo. Cuando regresaron del centro de evacuación vieron la casa en el suelo. Ahora en el lugar se escucha el repiqueteo de los martillos y machetes. Al lado de Odalys, bajo un árbol, hay una mesa improvisada con un puñado de puntillas viejas y jorobadas. Ella señala a su marido y a un hombre fuerte cubierto con un sombrero. Es el padrastro de su esposo, se llama Manolo Ortega Álvarez y sobre una silla clavetea una de las vigas de la casa. «La estamos levantando de lo que dejó el ciclón» —dice Odalys y agrega enseguida, como si tuviera telepatía con Bolaños—: «Nos quedamos sin casa, pero estamos vivos».

La incertidumbre, sin embargo, es mayor en la playita de Cunagua. En verano es un lugar concurrido con más de 800 casitas, pero ahora parece un pueblo fantasma con viviendas derribadas y calles llenas de madera y techos de guano. A lo lejos se oye el eco de alguien al amontonar pedazos de tablas.

Una mujer mayor, gruesa, sale de entre un amasijo de maderas con un saco de tablas al hombro. No dice nada, no mira a ningún lado; solo continúa su paso por el medio de la calle principal hasta internarse en una casa. Su andar cansado contrasta con el de la viejita de ojos azules, que aparece de pronto entre las ruinas de una instalación de comercio. Camina derecho y rápido, apenas se detiene y las palabras se le alborotan. Dice llamarse Blanca Aurora González y vive en la playa desde 1979. Recoge unos palos, los amontona, casi corriendo recorre una explanada con fango y sin detenerse asegura que nunca en la vida vio algo así.

Al lado de una casa inclinada, hay una mujer descalza, sale. Saluda con un ligero movimiento de cabeza. Detrás de ella aparece su marido, Ernesto Martínez Santiago. Trata de sonreír, pero en sus ojos hay tristeza. Avanza despacio con las manos en la cintura, luego se las lleva a la cabeza mientras observa el cuarto donde vivía, un local que ocupaba en su condición de custodio del centro comercial. Cuenta que estaba evacuado y al regresar lo vio todo destruido. Por la marca dejada por las aguas y la posición de las viviendas, asegura que lo ocurrido en la playita fue una crecida inmensa del mar proveniente del norte. Se lleva la mano a la barbilla y dice: «En las paredes el agua dejó una mancha a esta altura».

Quizá esa creciente pueda explicar por qué un barco mediano de la pesca y varias chalupas amanecieron de vuelta en la playa, justo en los muelles donde estuvieron amarrados antes de llevarlos a los refugios. Como también se pueda entender por qué las otras embarcaciones aparecieron tierra adentro, metidas en las últimas líneas de mangle o entre las maniguas de marabú pegadas a la costa.

Son muchas las preguntas; como, por ejemplo, averiguar por qué el viejo batey de Bolivia, con sus casas de novelas, no desapareció por completo como muchos temieron en medio de la noche. Ahora que la normalidad regresa lentamente, cuando los camiones y los movilizados limpian las calles repletas de árboles derribados y los vecinos piden por la corriente que no ha vuelto, muchos piensan que el batey se salvó por los innumerables ocujes centenarios, que se convirtieron en un muro contra los vientos del huracán.

Así lo cree Aimer Padilla Domínguez, fotógrafo cuentapropista. La noche del huracán se la pasó en su apartamento en un segundo piso y en plena madrugada, cuando las ráfagas se hicieron eternas, su esposa, Yulieska García Martínez, preparó una mochila y dijo: «Si esto sigue así, nos vamos para el primer piso».

Al amanecer y cuando las lluvias se aguantaron, Aimer salió con su hija Lorena y lo primero que pensó fue que estaba en un velorio. El pueblo completo estaba de color negro por la cantidad de cubiertas impermeables regadas en los techos y colgadas de los postes de la corriente. Eran cerca de las nueve de la mañana y sin embargo parecía que el día rayaba en las seis. El techo de una casa lo había arrancado por completo, como si fuera la pieza de un rompecabezas y el viento lo dejó frente a la estación de la policía a cien metros de su lugar original.

En el parque solo dos palmas se mantenían en pie y en las esquinas de los techos de los edificios se veían los tanques de agua removidos por las ráfagas. Nadie sabía de dónde era aquella palma que amaneció entre las ramas de un inmenso flamboyán deshojado por los elementos; pero lo que más dolía era ver los ocujes en el piso. El pueblo entero estaba oculto por una montaña de follaje, apenas se veían las casas y por las calles se debían andar machete en mano para poder pasar entre la cordillera de troncos y gajos que no perdieron sus hojas. De pronto todo estaba tan cambiado, el día era tan gris y en el ambiente había tanta sensación de humedad, como si hubiera llovido toda la vida, que Lorena apretó la mano de su padre y dijo: «Papi, yo no conozco este lugar».

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