El pingüino que trajo el ciclón

De entre los despojos de los vientos y las aguas van brotando curiosas historias que develan la nobleza del cubano

 

Autor:

Yahily Hernández Porto

ESMERALDA, Camagüey.— «Pingüino» es como una palabra mágica en esta pequeña ciudad retorcida por Irma. La historia la comenzó a saborear este diario junto a un sabroso vaso de agua bien fría que una vecina regaló a esta reportera.

No era cualquier poco de agua, sino un regalo inimaginable en un poblado que entonces permanecía sin fluido eléctrico a causa del potente huracán. Mi sorpresa fue tanta que, con el buen hábito de querer saberlo todo le pregunté a la abuela de dónde venía aquel regalo del cielo. Ella, ni corta ni perezosa, me respondió: «del pingüino».

Resulta que al trabajador por cuenta propia Ariel Escalona Pérez se le ocurrió abrir en su tierra esmeraldense una pequeña planta de hielo, a la que nombró Pingüino.

En medio del azote de Irma, y con la ayuda del Gobierno en el territorio, Ariel echó a andar su fabriquita, a la que le instaló un grupo electrógeno, la cual no solo ha producido el tan deseado hielo para sus amigos, vecinos y familiares, sino a cientos de habitantes del lugar que, enterados del acontecimiento, salían a buscar los bloques fríos.

Acostumbrados a los gestos de un país que apuesta a compartir, Ariel no se conformó solo con producir hielo después de la tormenta para repartirlo gratuitamente, sino que junto a su esposa, Sandra Cardoso, establecieron una especie de censo o norma muy peculiar sobre la cantidad que recibiría cada interesado «Establecimos que fuera una tanqueta por persona, para que alcanzaran para más. Qué mejor recompensa que la alegría de los niños y hasta de las embarazadas que aquí tienen preferencia», aseguró este padre de familia.

Para su vecina Bárbara Cayón era como una bendición: «Yo pensaba que había que pagarlo, pero no, me voy de lo más contenta con mi hielo, y gratis».

Al preguntarle a Ariel cómo le surgió la iniciativa respondió que su madre le inculcó siempre amar a su tierra y ser muy humano.

Una plantica para cargar celulares

Mientras algunos especuladores de la tormenta intentaban aprovecharse de los desastres dejados por Irma para sacar sus «tajadas» de ganancias, en el batey de San Juan de Dios, de este municipio —donde cientos de árboles frutales y maderables estaban en el piso y un enorme tanque de hierro lleno de agua quedó removido, como testigos de la fuerza de los vientos— una pareja de jóvenes demostraba la grandeza de sus fibras. 

Entre las muchas anécdotas de estos campesinos hay una que todo el mundo destaca, la forma en que en la casa de Yosvani, el colmenero, se refugiaron más de 40 personas.

El joven, de apellido Armenteros, es un agricultor nativo de esta tierra, y lo conocen hasta las piedras.

«No sé cómo nos metimos más de 40 vecinos aquí. La cama del cuarto sirvió para que los niños pasaran el susto acostados, y entre todos nos dábamos ánimo», comentó.

Su esposa, Dunia Berriel, afirmó que se ayudaban entre todos, y que con la plantica que tienen le cargan los celulares a la gente para que puedan comunicarse con los familiares que están lejos.

El joven del kilómetro cero

Yuray Reyes Sotolongo es un chofer de 33 años de edad, que ha sufrido varios huracanes sin apartarse del timón.

Aunque vive en el mismo corazón de la legendaria ciudad de Camagüey, viaja de ciclón en ciclón hacia las provincias afectadas por eventos meteorológicos de este tipo.

Esta vez estuvo esperando a Irma junto con un grupo de trabajadores del Ministerio de la Construcción, en esta tierra, en la zona nombrada como el Kilómetro cero que da entrada al pedraplén que une el poblado de Jaronú con la cayería norte camagüeyana.

El joven asegura que su experiencia en otros ciclones como Ike, Paloma, Sandy y Matthew —como este último nombró a su único hijo— le permite decir que ninguno lo ha impresionado tanto como Irma.

«Comprobé cómo las placas de las casas y las camas temblaban, aunque estés acostado en ellas. A los camiones que manejamos los hombres de esta brigada, que pesan unas 20 toneladas, les arrancó parte de su pintura con la fuerza de sus vientos».

Está lejos de su familia, pero no desvía su camión de Jaronú, pueblo muy afectado: «Llegamos el viernes bien temprano para esperar el huracán, y el domingo ya estábamos recogiendo escombros. Ahora me quedo hasta que haga falta», nos dijo mientras enfilaba rumbo al pedraplén afectado, el cual hay que restablecer sin pérdida de tiempo.

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