La felicidad comienza con D

La historia de Taimé y Ricardo demuestra cómo el amor, la perseverancia y la fe en la ciencia cubana se conjugaron para traer a la vida a los primeros holguineros que nacieron gracias a la fertilización in vitro

Autor:

Liudmila Peña Herrera

Holguín.— Frente al ordenador, Ricardo García Díaz, trabajador de la empresa de cigarros Lázaro Peña, hace un movimiento brusco con la cabeza para desperezarse y otra vez el bostezo delata su cansancio. Mueve el mouse para que la pantalla vuelva a iluminarse y, cuando lo logra, abre mucho los ojos, como si no quisiera dar fe de lo que está viendo. Mientras repasa lentamente el documento, se percata de que se ha saltado unas cuantas actividades que estaban recogidas en el Plan. Ni él mismo lo puede creer: estaba escribiendo dormido.

Todavía se toma unos segundos para despabilarse,  revisa el álbum de fotos del celular y sonríe ante las imágenes que encuentra en el dispositivo.

A poco menos de un kilómetro, en el reparto Villa Nueva 3, esos mismos rostros que provocan su ternura son los que tiene delante Taimé Bandera Batista; pero a diferencia de los de las fotos, estos no permanecen quietos y silenciosos. Ya quisiera ella que se mantuvieran calladitos al menos por un minuto, en lo que les cambia los pañales, va a la cocina, pone a tibiar la leche y les trae el alimento a los dos bebés de casi tres meses de nacidos. Cuando logra calmarlos, Taimé inhibe un bostezo delator de las pocas horas de sueño que acumula desde el nacimiento.

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Ya la familia y los amigos trazan planes. A todos responde la pareja con cariño. A todos menos a uno: «¡El año no, ese no lo podemos celebrar fuera de Holguín, porque a la fiesta tiene que venir el hospital completo!», dice Ricardo, y Taimé asiente, ambos con un bebé en los brazos.

«¡Qué extraño que la doctora Alina no haya venido a conocer a los niños!», suelta Taimé de pronto, mientras me entrega un vasito con aliñado. «Debe ser que tiene mucho trabajo», razona Ricardo, a lo que ella responde con otro posible motivo: «Capaz de que tenga catarro y por eso no ha venido».

Alina Rodríguez es la ginecóloga que atendió a Taimé desde el diagnóstico de su diabetes gestacional y quien estuvo al tanto de su salud durante el embarazo y no faltó a la hora de la cesárea. Para más señas, es vecina del mismo reparto.

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Ricardo y Taimé son padres primerizos, aunque no puede decirse que sean exactamente unos jóvenes inexpertos. Tienen 46 y 45 años, respectivamente, pero soñaron con ser padres desde que se conocieron, hace ya más de dos décadas.

Por más que intentaron formar descendencia, la vía natural no fue fructífera. La mujer se embarazó dos veces y en ambas ocasiones el óvulo «anidó» fuera del útero (embarazo ectópico). A Taimé se le estrechaban sus posibilidades para ser madre. Entonces decidieron buscar ayuda especializada. 

«Desde 2006 lo estábamos intentando, pero solo se hacían inseminaciones artificiales. Como yo no tenía trompas debido a los embarazos ectópicos, tuve que esperar la fertilización in vitro», comenta Taimé.

¿Y nunca se desanimaron?, sugiero casi más de lo que pregunto, a lo cual responde el recién estrenado papá:

«No fue fácil. Pasamos mucho tiempo fuera del trabajo, lejos de la familia, debido a las consultas, porque incluso hubo una etapa —durante dos años— en la cual debimos viajar a menudo a La Habana. Hubo momentos difíciles, aunque nunca dejé a mi esposa sola. No puedo decir que no nos afligíamos cuando veíamos que se nos alargaba el tiempo, pero conocimos de todo el proceso de alta tecnología en Holguín, y guardamos un granito de esperanza».

Numerosos exámenes físicos y de sangre, más «esas pruebitas que para los hombres son un poco complejas» —según Ricardo— no los desanimaron. Aun así, el camino apenas comenzaba.

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Quien los ve ahora, recitando ternuras muy bajito, puede decir que valió la pena cada uno de los 12 años que transcurrieron entre los estudios y el tratamiento hasta que, por fin, un día la ginecobstetra Beatriz Soto les dijo que sí, que su examen era positivo. Entonces Taimé solo atinó a lanzarse encima de los médicos —olvidándose de la timidez— para expresar su alegría. Después rompió a llorar. Le habían implantado tres ovocitos y estaba embarazada.

«Desde el primer momento sentimos una alegría inexplicable. ¡Estar buscando uno y que de momento te digan que son tres…! Lo asumimos con valentía y sin un pensamiento negativo. Pusimos toda nuestra fortaleza para asumir el embarazo y el parto triple», rememora Ricardo.

Con un orgullo científico que no puede esconder ni su modestia, el doctor Eloy Verdecia, director del Centro Territorial de Reproducción Asistida de Alta Complejidad (CTRAAC), me explica: «Los embriones se transfirieron en estado de clivaje*, en un tercer día de desarrollo. Se le implantaron tres, los cuales dieron lugar a un embarazo gemelar de alto orden, un embarazo trigemelar».

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Tras leer en la web del semanario ¡ahora! la noticia del nacimiento (a las 34 semanas de gestación) de los primeros tres holguineros gracias a la técnica de la fertilización in vitro —el 31 de julio de 2018—, la sala de Neonatología del hospital Vladimir Ilich Lenin era un destino inexcusable.

No obstante, las expectativas de entrevistar a Taimé y de fotografiar a los bebés se vieron frustradas: las vidas de los pequeños todavía no se encontraban fuera de peligro.

La doctora Beatriz Pérez Driggs, especialista de 1er. grado en Neonatología, explicó que no era recomendable verlos todavía porque eran recién nacidos «de muy alto riesgo, con muy bajo peso, necesitados de la terapia intensiva neonatal». Dicho así, la espera era prudente.

Con el fin de aprovechar la visita al hospital, nos acercamos al CTRAAC. Tras unos segundos de espera, el doctor Verdecia se disponía a brindar detalles sobre las características del caso, cuando una llamada telefónica interrumpió la conversación. Por la entonación de la voz y la premura con que habló, comprendimos rápidamente que aquello era una urgencia: la vida de Taymé también estaba en peligro. Juventud Rebelde decidió esperar el momento más apropiado para volver en pos de una entrevista.

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Taimé habla de Daniela y las lágrimas ruedan por sus mejillas. Ella las seca con disimulo, como si fuera mejor guardar el dolor en el sitio más profundo de sí misma para simular que es más pequeño. Cuando logra calmarse, esboza una sonrisa tímida y dice: «Teníamos la expectativa de saborear ese dulce de tener un hijo propio en los brazos y nos habíamos preparado para cuidarlos a los tres».

Entonces siento que no tengo derecho de volver a preguntar. Ante la pena ajena, cuando no se encuentran las palabras precisas, es pecado hablar de más. Es ella quien me saca del angustioso momento y aprovecha para agradecer al personal médico y asistencial, a la familia y a los amigos…

Para el padre no es menos difícil, pero después de tantos sacrificios y tanta tenacidad, Ricardo apuesta por darle gracias a la vida, en vez de lamentarse.

«Uno nunca espera que le llegue un momento triste como ese. Estábamos listos para asumir a nuestros tres hijos, pero también hay que desbordar la alegría porque, en medio de eso, nos quedan dos bebés a quienes debemos cuidar y alimentar. El recuerdo de Daniela siempre nos va a quedar, pero hoy tenemos por quiénes seguir luchando», asegura el padre y besa a la esposa en la frente, como si en ese gesto se resumiese la fortaleza que une a esa familia. 

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Casi tres meses después, Débora y David ya no son aquellos dos pequeñitos que cargaba Taimé en el «cunero» del Lenin. Ahora son bebés de 8,9 y 9 libras, respectivamente, que tienen embobada a toda la parentela.

Cuenta la abuela Leonor que Davicito es «repinchao» y porfiado, porque protesta cada vez que se siente húmedo el pañal o cuando llega al fondo del pomo y no le puede sacar más leche. «Ella no —dice señalando a la bebé que carga en brazos—, esta es una papa. Nada le molesta».

Taimé sonríe y, ante mi mirada indagadora, dice que es verdad, que el genio del varoncito promete, pero que la niña no se queda atrás. Ricardo es todo sonrisa y a cada instante lo descubro buscándoles parecidos a sus hijos.

Observando a fondo ese cuadro de felicidad, parece que el sueño original de Taimé y Ricardo de convertirse en padres ahora se ha transformado para enriquecerse:

«Mi deseo es estar siempre al tanto de ellos —dice Taimé y expresa también el sentimiento de su esposo—. Vamos a amarlos, a darles una buena educación, a llevarlos por un buen camino para que se hagan un hombre y una mujer de bien. Como mamá y papá queremos lograrlo».

 

*Proceso embriológico temprano que consiste en una serie de divisiones celulares (mitosis) del óvulo fecundado.

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