Destacan resultados de la única escuela cubana de mariachis

Gracias al trabajo de la escuela cada uno de los municipios de la provincia de Granma, ha podido crear su propio mariachi

Autor:

Juventud Rebelde

El gusto por las rancheras y la dedicación al estudio caracterizan a los estudiantes de la escuela de mariachis Rafael Cabrera. Foto: Rafael Martínez BAYAMO.— Él mismo cree que fue un buen disparate, una locura que lo enderezó. De pronto, a los 38 años, se vio becado, lejos de sus cuatro hijos y rodeado de muchachotes que no le llegaban al pecho en cuanto a edad biológica. Toda la vida había sido albañil, carpintero o engrasador de piezas de central en las inmediaciones de Río Cauto.

«Un cambio tremendo... pero siempre soñé con esta música, desde que veía las películas de Jorge Negrete». Así dice Carlos Acosta Araujo, quien mientras acomoda con verbos campesinos cada referencia a su pasado, va mezclando pasajes de la vida de otros integrantes de la escuela de mariachis Rafael Cabrera, única en Cuba y probablemente en el mundo, fundada a mediados de 2005.

De ese modo se desarropan, por ejemplo, las vivencias de Renisbel Vanega, de 30 septiembres, quien en otras épocas trabajó en cochiqueras, surcos, turbinas de bombear agua potable y aun como bracero de un camión agrícola.

O las de José Alberto Verdecia, de 20 años, morador de Palmarito, barrio cercado de cañaverales. «¡Quién lo iba a decir...! Ahora soy —o mejor dicho, seré— músico», señala con virginal jactancia.

Sin embargo, quizá ninguna de estas semblanzas disgregadas supere la que desde hace 14 meses han construido de conjunto los cerca de 120 alumnos de esta institución, ubicada a 12 kilómetros de la ciudad de Bayamo, en un caserío rural con alegórico nombre: La Reforma.

SEMBRADÍO DE «INSOLENCIAS»

No laten exageraciones cuando se habla de la singularidad «mundial» de esta escuela de mariachis. Su localización entre sembradíos, donde mucho tiempo atrás existió un campamento agrícola, es ya una novedad.

Aunque hace más de dos años que este recinto se readaptó para convertirse en «academia», formadora de bandas de conciertos, un proyecto victorioso que algunos habían calificado —como al actual— de «imposible» o «delirante».

Anexemos que casi todos los estudiantes —el 85 por ciento de la actual matrícula— llegaron procedentes de parajes campestres, y que el método de instrucción, bastante intensivo, diseñado por el músico bayamés Carlos Puig, rompe todos los cánones tradicionales.

Digamos también que aquí se está aplicando una fórmula peculiar: los profesores imparten clases 15 días seguidos, luego los muchachos van a sus territorios de residencia, en los que ensayan en grupos durante esa misma cantidad de jornadas, y después retornan al centro para repetir el ciclo.

Añadamos el detalle acaso más extraordinario: prácticamente ninguno de estos jóvenes, de distintos niveles de escolaridad, pasó antes por alguna escuela de enseñanza musical, según apunta Carlos Chacón Rojas, director de la escuela.

De esta forma, significaba un pellizco a las nubes impartir lecciones para instrumentos como la vihuela, el violín o la trompeta. Por eso se partió de una premisa: ellos no tienen necesariamente que interpretar a Mozart.

«En 18 meses de curso adquieren rudimentos imprescindibles de apreciación musical. El perfeccionamiento vendrá con el almanaque», subraya Jorge López Matamoros, subdirector docente.

La única ventaja era la adicción colectiva a las rancheras y corridos mexicanos, algo común en los campos orientales. Se requería traspasar esa motivación con procedimientos renovadores por parte del claustro —64 profesores: 24 del mariachi Tierra Brava y 40 de la Banda Municipal de Conciertos de Bayamo—, de modo que, engrampando estas ideas en apariencia insolentes, se logró poco después de la inauguración armar 12 mariachis, uno por cada municipio de la provincia, excepto el de Bayamo, que ya poseía el suyo.

EL CARÁCTER AL HORNO

La mayoría de los protagonistas de este programa habla de «transformaciones espirituales». Uno de los que más agradece haber llegado a la escuela es Alexander Quesada, de Pilón, quien en su juventud temprana estuvo en un centro penitenciario.

«Yo andaba en la bobería y el invento... odiaba el estudio, francamente. Ahora no conozco a aquel que fui.

Osmani Sábado, jefe del Consejo de Estudiantes, agrega que el sistema aplicado en la institución «ha creado un colectivismo sorprendente», además de hornear el carácter de muchos, enlazar amores o amistades y quebrar la timidez de unos cuantos.

SUEÑO

Ahora, mientras ensaya con guitarra una melodía, Carlos Acosta se ve transportado a un horizonte de sombrerotes y trajes con lentejuelas.

En su imaginación, el cantante del grupo tensa el cordón sanguíneo del cuello y estalla el público en aplausos. Sus cuatro hijos y la esposa están entre los espectadores.

«Sueño con parecerme a los miembros del mariachi provincial Tierra Brava», comenta. Y diciendo esto los sopores se le van cocinando, lentamente, en los aullidos entendibles de las cuerdas...

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