En escena cubana una obra alemana contemporánea

Con el estreno de Las relaciones de Clara, texto de la notable dramaturga europea Dea Loher, el grupo de teatro El público muestra, una vez más, su versatilidad y agudeza

Autor:

Osvaldo Cano

Waldo Franco e Ysmercy Salomón. EL teatro alemán es poco conocido entre nosotros. Si exceptuamos al inmenso Bertold Brecht y, más recientemente, a Heiner Müller, solo algún que otro autor logra aparecer, de cuando en cuando, en las carteleras. Es por eso que la organización de ciclos de lecturas, encuentros, videos y, muy en especial, el estreno de obras recientes, ha abierto una saludable brecha en el denso muro de silencio que nos impedía acceder a lo más fresco y valioso de la escena germana.

Entre los encargados de asumir la puesta de una de estas piezas figura Carlos Díaz. El conocido director de El Público optó por llevar a las tablas Las relaciones de Clara, texto de Dea Loher, una de las más notables dramaturgas europeas de la actualidad.

Las relaciones... relata una historia bien contemporánea donde una joven desempleada lucha infructuosamente por abrirse paso en la vida. Luego de sucesivos fracasos y abruptos desengaños, que la golpean con despiadada insistencia, Clara opta por abandonar un mundo que le resulta hostil. La autora ha organizado su relato a partir de episodios que ilustran los avatares de la protagonista en su empeño por salir a flote. Mas a lo que asistimos es a una progresiva y sistemática caída de máscaras. La develación de verdades hasta entonces escamoteadas y los sucesivos y estremecedores descubrimientos que se verifican ante sus ojos, sorprenden a la protagonista y la conducen a tomar una decisión drástica

La casona de Línea, como escenario múltiple Con esta obra la autora realiza una suerte de radiografía de la actual sociedad alemana. Esto lo hace con una mezcla de pericia y agudeza, sin titubeos ni complacencia. En otras palabras: Dea Loher no se anda con medias tintas sino que le gusta jugar al duro y sin careta.

Creo que son precisamente estas las razones que inclinaron a Carlos Díaz a preferir esta pieza. Lo cierto es que se trata de un material con varios puntos de contacto con su universo poético y preocupaciones recurrentes. Para llevar a cabo el montaje, Díaz abandonó el Trianón y escogió la casona de la calle Línea, en pleno Vedado, como escenario múltiple y laberíntico, donde se verifica la representación. El director opta así por convertirnos en cómplices cercanos de los acontecimientos. Es por eso que nos ubica en el mismo ámbito y cara a cara con los actores. Adentrarnos en la fastuosa casa colonial no solo posibilita seguir el hilo del acontecer, sino también resulta un modo metafórico de introducirnos en las interioridades y secretos de los personajes, una oportunidad de asomarnos a las motivaciones más íntimas, los sueños y dobleces de un grupo humano.

Itinerante y fluido resulta este montaje que nos arrastra de una locación a otra, y que combina el tono íntimo con esa vocación por el espectáculo sorpresivo y fastuoso que ha devenido marca de agua de El Público. En él llama la atención el diseño escenográfico de Enelio Chávez. El juego de antípodas propuesto en las instalaciones creadas por Chávez, donde la asepsia de la cerámica esmaltada contrasta con el ladrillo desnudo, nos remite a la dualidad máscara-rostro que —como apuntaba— es uno de los propósitos centrales de la dramaturga.

El diseño de vestuario de Vladimir Cuenca distingue clases sociales, generaciones, modelos de conducta o profesiones, todo lo cual es conseguido sin renunciar a la cuidadosa elaboración estética a que nos tiene acostumbrado este creador.

Los intérpretes buscan adecuar gestos, entonaciones y movimientos a las características del recinto en que laboran y, sobre todo, a la relación estrecha que sostienen con los espectadores. Es este uno de los mayores retos que enfrenta el montaje y que no siempre alcanza a resolver.

En el orden individual hay que destacar el modo desenfadado y sincero conque la joven Ysmercy Salomón asume el papel protagónico. Mónica Guffantti combina pericia y fuerza dramática a la hora de encarar a una controvertida mujer madura. Waldo Franco atrapa la esencia del ladino e hipócrita Godofredo y la transmite con mesura y naturalidad. Gilda Bello encuentra en la drástica transformación que se verifica en la criatura que encarna, el asidero para armar su personaje. La actriz conduce a Irene por un sendero que la acerca al estereotipo, pero que funciona debido al matiz levemente humorístico y por momentos farsesco que posee el espectáculo. Allen Yero trabaja con corrección, mientras que Félix González mezcla el desparpajo y la sorpresa, y resuelve con tino la importante función que le corresponde desempeñar.

Acudiendo nuevamente a la pauta retozona que lo caracteriza, Díaz concibe la puesta en escena de Las relaciones... como una sucesión de descubrimientos y secretos revelados en medio de un clima de íntima complicidad. Es por eso que nos va llevando de un sitio a otro dentro del recinto de la casona, graficando de este modo las diferentes aristas de las criaturas involucradas en la historia. Con este estreno, El Público reitera ese carácter cuestionador e inquieto que ha signado su accionar desde su fundación, a la vez que su director muestra, una vez más, su versatilidad y agudeza.

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