Conjunto artístico Korimacao camina con el arte a cuestas

Al mando del reconocidísimo actor Manuel Porto, muchos jóvenes de la Ciénaga de Zapata encuentran la realización personal al calor de este grupo comunitario

Autor:

José Luis Estrada Betancourt

Foto: Franklin Reyes —Quiero volver a empezar —le dijo Yunia a Maikel Betancourt, director artístico general del Conjunto Artístico Comunitario Korimacao, con una determinación que le preocupó.

—Pero, ¿tú estás locas? Todavía estás amamantando, apenas te han sanado lo puntos...

—No importa, le quito el pecho.

—¿Es que no quieres a tu hija?

¿Cómo no la iba a querer, si era carne de su carne? Sin embargo, Yunia Padrón Planelles se encontraba en una encrucijada. Es tan complejo el ser humano... La joven, una de las principales bailarinas del proyecto surgido por idea del Comandante Faustino Pérez, nació justamente en Pálpite, donde también vio la luz su hijita. En la misma garganta, que se le secaba de emoción, se reflejaban los latidos del corazón de su pequeña cada vez que pegaba al suyo el delicado cuerpo de su niña.

Yunia Padrón. Foto: José Luis Estrada Pero también en la Ciénaga de Zapata, un buen día, hace ya algunos años, quedó Yunia hechizada con los espectáculos presentados por el colectivo fundado por el reconocidísimo actor Manuel Porto hará el próximo agosto 15 años. Fue cuando supo que sería bailarina.

«Cuando veía a la gente hacer lo que yo hacía, me sentía morir. Me puse seca. Ahora mi hijita tiene cinco meses, y estoy otra vez aquí y, por tanto, completamente feliz, porque puedo disfrutar de ella, de mi mamá y del grupo, las tres cosas que son vitales para saberme realizada».

Yunia se incorporó a la tropa del protagonista de Cuando el agua regresa a la tierra desde quinto grado. «En aquel entonces los grandes espectáculos del 18 de abril se escenificaban en este lugar, no en Girón. Pasábamos sueño, sed, porque Korimacao era más un sueño que algo concreto. Mas no importaba porque bailaba, cantaba, actuaba... Ahora, ni siquiera puedo hacer todas esas cosas (ríe), pero me siento Korimacao.

«Definitivamente quería bailar, tener un público que me aplaudiera, que me gritara “bravo, qué lindo”. Me costó adaptarme pero empecé a acercarme más a la gente, me convertí en una persona ansiosa por aprender. Como cualquier artista he tenido altas y bajas, he llorado, he reído, pero no concibo mi vida lejos de este lugar».

AMOR CONCENTRADO

Yanaiky Rodríguez Machado también escuchó por primera vez en la sede de Korimacao la apenas audible voz que la empezó a llamar mamá. Como a Yunia, la maternidad la sorprendió cuando menos se lo esperaba, sin embargo, era consciente de que no tendría una segunda oportunidad. Cenaguera de pura cepa y bailarina, como su compañera, era de esas adolescentes que se quedaban lelas, disputándose siempre los puestos delanteros, con los ojos fijos en el escenario. «Donde quiera que actuaban estaba yo, preguntándome cómo podían aprenderse tantas coreografías. Antes, unos profesores de Matanzas me habían seleccionado en mi primaria para la Escuela de Arte, pero mi mamá, nacida y criada en la Ciénaga, se negó. No quería eso para su hija».

Creía Yanaiky que de ese modo se había esfumado su posibilidad de ser artista, pero una noche Pedroso, el coreógrafo, que se había percatado de cómo le chispeaban los ojos, se brindó para enseñarla. «Solo me lo dijo una vez, y en mi primer pase, en vez de ir para la casa, dejé el maletín en el salón y comencé a familiarizarme con el son, el chachachá, el mambo, hasta que me hablaron de un espectáculo en el que tendría posibilidades de participar, si me ponía al nivel de las otras muchachitas. Eran madrugadas sin dormir, ensayaba hasta con el azadón en las manos, no paraba. Y bailé con 15 añitos».

Ya su hija va a cumplir cuatro años el 4 de agosto, y «Korimacao ha sido su casa. El sacrificio ha sido grandísimo, pero ha valido la pena. Soy bailarina y mejor persona, porque este sitio especial concentra mucho, mucho amor. Las personas son muy sanas y no conocen la envidia, lo cual es un milagro.

«Porto, más que un director, ha sido un padre. Me ha enseñado a ser madre, porque a veces soy un poco “bruta” y pierdo la calma».

CAMBIA, TODO CAMBIA

En 1999 llegó Gimia Calvo Milera, actual directora del coro, al humedal mayor de Cuba. «No lo olvido. Era el 13 de septiembre el día en que entré a trabajar, después que Idael Faget, entonces director artístico, ya fallecido, me hizo la prueba de canto». Ayudaba a esta joven el hecho de que se había formado en la Escuela de Superación de Matanzas, donde culminó el nivel elemental. Y no lo niega: al inicio, lo que encontró la hizo «dudar».

«Estaba algo perdida. No sabía si Korimacao era lo que en verdad quería. Unos ensayaban por aquí, otros por allá, y yo me pregunta: ¿se llegará a armar un espectáculo? Pero después... pura magia. Más tarde asumí la preparación de los cantantes, las clases técnicas, montar las voces... Ahora tengo 24 años pero entré con 17, y me ayudaron mucho: Porto con sus peleas y sus cosas te enseña un montón, al igual que el resto. Pasas miles de vicisitudes, enfrentas carencias, te pican los mosquitos, pero uno se enamora irremediablemente de esto.

«En el año 2000 hicimos una gira por la Ciénaga con un combito con el que tocábamos Son de la Loma y cosas así. Dos años después los espectáculos proponían temas de Silvio, Pablo, Mercedes Sosa... Al principio no lo recibían con mucho agrado, pero con el tiempo te decían: “oye, por qué no repiten las canciones del año pasado. Y eso es una alegría para nosotros, porque uno se supera y ellos también».

LA COMPLETA FELICIDAD

Adonai Padrón Cobas no olvidará jamás aquella mañana que entró como un bólido al comedor y pasó olímpicamente por delante de los presentes sin decir media palabra. El llamado de atención para que pusiera en práctica las más elementales normas de educación formal fue una clase rotunda sobre la convivencia en colectivo. Esa es una de las tantas enseñanzas que esta joven de 25 años ha ido incorporando en los ocho que lleva en Korimacao, una institución «que conozco desde sus entrañas».

Como al preuniversitario no llegaba ninguna carrera artística, Adonai decidió abandonar la escuela. Lo que quería era Korimacao, y su madre se lo dejó bien claro: «entonces, tienes que trabajar». Y no lo pensó dos veces. «Idael Faget se encargó de enseñarme todo lo que sé. Recuerdo que vine con mi mamá para ver si me aceptaban y, sin que ella lo supiera, él me dijo que tenía que convencerla de que tenía un dolor irresistible. Todavía me parece estar viéndola dando gritos a la par mía: “Busquen un carro que mi hija está muy mal”».

«Confieso que entonces no sabía ni hablar, y el Conjunto me dió las claves para superarme, para amar, respetar, ser profesional, para sentir lo que hago por sobre todas las cosas. Sin embargo, aún estamos muy necesitados de aprender, de intercambiar con otros grupos del país, de que la gente nos vea y nos critique, de poder apreciar puestas en escenas, conciertos, actuaciones del Ballet Nacional de Cuba, que muchos no lo conocen. Es lo que requerimos para que la felicidad sea completa».

MI LUGAR

Didier Ramírez. Foto: Jorge Camarero Korimacao comenzó siendo un ranchito viejo en el medio del monte, según le contó Porto a Didier Ramírez Ramón, cuando lo invitó, en su Manuel Tames natal, a que formara parte de su equipo, después de verlo cantar en una de esas actividades que se organizan con frecuencia. Sin embargo, el proyecto ha crecido tanto que le botaría los ojos a quienes solo tienen en mente la locura del actor y la obstinación de los que lo acompañaron desde entonces.

En un principio Korimacao pretendía nutrirse con jóvenes talentos de la comunidad cenaguera, pero se fueron sumando otros, provenientes de diferentes puntos de la geografía nacional, como el propio Didier para quien el canto se convirtió en una idea fija, a pesar de su decepción cuando no pudo representar a Guantánamo en el Festival Nacional Cantándole al Sol.

«Mi papá se disgustó muchísimo y prácticamente me prohibió que cantara en público. Después en duodécimo grado me presenté al ISA, pero desaprobé en la última ronda. No obstante, volví a insistir al año siguiente, me aceptaron, pero mi familia, que económicamente no estaba bien, no quiso que me fuera».

Fue en el servicio militar en la capital donde las ansias de cantar regresaron con fuerzas redobladas, hasta que, estando en la universidad, Leonardo, instructor de teatro de su municipio, le comentó que Porto estaría por allí. «No fue sencillo convencer a mis padres, que temían hasta por los cocodrilos, pero en el fondo sabían que era esencial para mí. Lo más difícil es cuando me levanto en las mañanas y no puedo ver cómo sale el sol, a lo que estaba acostumbrado en mi tierra, pero otras luces han iluminado mi camino. Cuando escuché palabras como humanidad, solidaridad, hermandad, me dije: ese es mi lugar».

EN LA CUERDA FIRME

No lo niega. Olisdrey Isaac Rivera, de 25 años, se estuvo tambaleando en la cuerda floja del alcoholismo. Como casi todos, estaba obsesionado con el arte, y aunque creía que la plástica era su fuerte, se ha ido transformando en un actor de respeto.

Como aficionado, quiso optar por la Escuela Profesional de Arte y no pudo, así que no le quedó otra alternativa que decidirse por mecánico de taller, un oficio que no le gustaba en lo absoluto. Quizá por eso lo expulsaron. Terminando el servicio militar le propusieron animación turística o una escuela de arte, sin embargo, ninguna de las dos se le dieron. «Mi cabeza empezó a enloquecer, me fui por la mala vida, me hice un antisocial». Tuvieron que transcurrir dos años para que su existencia tomara otro rumbo.

«Una mañana mi madre llegó a la casa con la noticia de que había conocido a una cantante, la cual le sugirió que me presentara al Conjunto Artístico Integral de Montaña del Escambray. Recuerdo que me peiné, me arreglé, me puse la mejor ropita que tenía —de hecho una sola, pues había vendido el resto para comprar bebida—, y subí solo a las lomas. El examen que hice fue un desastre, pero les dije: “Necesito un trabajo, necesito una oportunidad”».

En lo adelante la historia fue otra. Vendría una etapa de absoluto crecimiento en la que habría que hablar de la experiencia con el Teatro Escambray, de festivales, del muchacho que se transformó en diseñador, escenógrafo, titiritero, actor...; y, por supuesto, de esta nueva, pero acogedora familia que integra desde hace un año y seis meses.

«En Korimacao encontré esas luces que no había visto, el vestuario que no tenía, el escenario, seres humanos y artistas que soñaban igual que yo. Por eso le debo tanto a esta institución por haber permitido un cambio en mi vida, que hubiera sido un desastre de no haber sido por mi madre, por Porto y mis amigos, y por esta increíble Revolución».

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