El lector como protagonista

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Autor:

Pedro De La Hoz

La fecha queda registrada como mero indicador de un proceso deslumbrante e inédito: el 27 de abril de 1967, mediante una ley del Gobierno Revolucionario, se constituía oficialmente, hace 40 años, el Instituto del Libro, cuyo nombre se completaría mucho más tarde con la denominación Instituto Cubano del Libro, tal como hoy lo conocemos.

Si a partir de ese momento se hizo visible un salto cualitativo en la concepción del sistema editorial —el cual ha experimentado nuevos, sustanciales y renovadores cambios en los últimos años—, fue porque, desde los primeros momentos de la Revolución en el poder, el libro y la lectura ocuparon un sitio privilegiado en la vida cultural que se inauguraba como parte de las radicales transformaciones de la sociedad cubana.

Todavía mueve al asombro la determinación de emprender una tirada masiva de El Quijote en 1959 como primera acción llevada a cabo por la Imprenta Nacional de Cuba, bajo la responsabilidad de Alejo Carpentier. Un gobierno populista hubiera apostado por algún título propagandístico que ensalzara virtudes por demostrar. Sin embargo la elección recayó en el monumento literario cervantino.

La Campaña de Alfabetización, la formación de maestros y la proliferación de escuelas de uno a otro confín del archipiélago, el acceso popular a las universidades, la creación del sistema de educación de adultos, el establecimiento de una red nacional de bibliotecas y la labor fundacional de instituciones culturales que promovieron como nunca antes la literatura y el arte, sentaron las bases de un nuevo clima espiritual.

En los 60 era común ver a jóvenes disputándose los gruesos tomos de Juan Cristóbal, de Romain Rolland, o Mientras agonizo, de William Faulkner, o el Orlando, de Virginia Woolf. Lezama mostraba su alegría al ver en la calle su abundante Antología de la poesía cubana. Casa de las Américas daba a conocer al brasileño Machado de Assis, al argentino Julio Cortázar y al haitiano Jean Price Mars.

La Revolución educacional exigía la edición de libros de textos que acompañara la acelerada formación de profesionales en diversas disciplinas científicas, tecnológicas y humanistas.

En ese contexto se fundó el Instituto. Quien fuera su primer director, el hoy reconocido historiador Rolando Rodríguez, al repasar aquella época, recuerda que «Fidel había orientado que, en el lugar cimero de su política editorial, estuviera la edición de libros de texto, tanto para las universidades como para la enseñanza general, pero había que pensar cuáles eran los demás factores que debían redondearla. Pudiera definirlos en unos pocos trazos: promoción de un lector, libros para desarrollar una cultura elevada en sus más diversos terrenos y muy accesibles en precio, tiradas abundantes, puerta ancha para la edición de las obras de los escritores cubanos de antes y ahora, y una política descolonizadora en la literatura; en otras palabras, publicar no solo las obras del Occidente desarrollado, sino también las del Tercer Mundo. Por igual debíamos trabajar para formar al lector del futuro, los niños y jóvenes. Todo un reto sería promover la edición de obras de la ciencia y la técnica de los investigadores cubanos».

Bajo esas orientaciones ha sido largo, y azaroso, el camino recorrido, no exento de graves obstáculos como los que se interpusieron en los 90, cuando la producción de libros y revistas se vio sensiblemente afectada por extremas limitaciones materiales y financieras.

Sin embargo, a medida que nos hemos ido recuperando económicamente y gracias a la voluntad política de la máxima dirección del país, el libro ha vuelto a un primer plano. Cada Feria Internacional del Libro, en La Habana y decenas de localidades del país, es una fiesta del conocimiento, la inteligencia y la sensibilidad.

Una de las más revolucionarias iniciativas, aportada por el propio Fidel, ha sido el respaldo a la producción literaria mediante el Sistema de Ediciones Territoriales, que abrió nuevas posibilidades para autores residentes fuera de la capital. Desde su implementación al comienzo de la actual década, los 19 sellos editoriales ubicados en todas las provincias y la Isla de la Juventud, han puesto a circular 2 882 nuevos títulos, muchos de los cuales publicaron su primer libro por esta vía.

Autores, editores, correctores, diseñadores, obreros de la poligrafía, bibliotecarios, maestros y promotores, comparten méritos y alegrías en la andadura del libro cubano. Pero todos están de acuerdo en que el gran protagonista es el lector, el hombre, la mujer, el niño que ante la página impresa aviva sus neuronas y atiza la imaginación. Ese lector multiplicado que la Cuba de hoy ha hecho posible, siente que es suyo este homenaje.

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