El deseo: un estreno teatral de María Elena Soteras

El texto del importante dramaturgo mexicano Víctor Hugo Rascón Banda es llevado a escena por la Compañía Teatral Hubert de Blanck

Autor:

Osvaldo Cano

La actual temporada estival promete varios estrenos teatrales de interés. Uno de ellos es el montaje de El deseo, un texto del importante dramaturgo mexicano Víctor Hugo Rascón Banda. La puesta de María Elena Soteras, con un elenco de la Compañía Teatral Hubert de Blanck, puede ser apreciada por el espectador en la sala del mismo nombre.

El deseo resulta una historia de amores contrariados. Un chofer colombiano y una intelectual norteamericana son los protagonistas del relato. Las muchas diferencias en edad, formación e intereses, los convierten en criaturas con innumerables desacuerdos. Lo que los une es una pasión arrolladora. Gracias a los visibles contrastes entre ambos, el autor muestra también discrepancias esenciales entre dos culturas. Rascón Banda no solo pone a contender aquí a un hombre joven y una mujer madura, sino también al Norte y al Sur.

Concebida como un duelo dinámico y perspicaz, la obra es ágil, amena, desenfadada. Sin complicaciones estructurales, con una acción que avanza linealmente, sin tropiezos, consigue comunicarse con total franqueza con el espectador. Ubicada en el contexto actual, la pieza aborda también la problemática de la inmigración con una mezcla de humor e ironía. El dramaturgo apela a la dinámica propia del melodrama para mostrar problemas del globalizado mundo nuestro con apreciable gracia, pero sin concesiones ni medias tintas.

Soteras concibe el montaje en el mismo tono ágil e incluso liviano que proviene del texto. Su propuesta apela a la sencillez, preocupándose por sostener un ritmo intenso. Un estrado, una mesa, dos banquetas, una pantalla, junto a otros elementos conforman el decorado. La ilustración, la cita y el comentario devienen mecanismos importantes en la dinámica interna del espectáculo; de modo tal que funcionan como reafirmación, en ocasiones innecesaria, o contrapartida del discurso escénico. La procacidad y el erotismo son también resortes acentuados por la directora que terminan por convertirse en seguro gancho. Un aire festivo recorre la puesta, cosa esta que contribuye a acentuar los contrastes entre las escenas donde la pasión o el cortejo son el centro y aquellas donde prima el desamor.

La música junto a la banda sonora de Julio Montoro juegan un rol de importancia en el montaje. A partir de ambas se verifica el enfrentamiento entre mundos, filosofías, modos de ser y pensar realmente divergentes. Solo que la repetición de mecanismos que en un inicio resultan efectivos terminan por crear un clima proclive a la hilaridad incluso en escenas de corte dramático. La escenografía de Fabricio Hernández y la propia directora opta por la sencillez y el comentario. Un escenario desnudo en el que se ubican algunos elementos y una pantalla conforman el decorado. Sobre esta última son proyectadas imágenes que funcionan como ilustración o comentario del acontecer. Las coreografías de Maikel de Armas contribuyen a dinamizar la puesta, graficando el enfrentamiento polar que se verifica entre los involucrados.

En la labor de los intérpretes radica el punto fuerte del espectáculo. Arístides Naranjo y Alainne Pelletier realizan una faena meritoria. Naranjo convence con su encarnación de un joven arraigado a sus costumbres, simpático y emprendedor. Creencia, capacidad para mostrar el mundo interior del protagonista eludiendo los esquemas al uso y rigor, son tres de los aderezos con que construye a su personaje. Pelletier tiene que enfrentar el difícil reto de asumir a una mujer madura, casi crepuscular, siendo una joven actriz, lo que hace con una mezcla de mesura y gracia. La atinada exposición del mundo interior de la criatura que encarna es otro elemento a su favor. En ambos casos los intérpretes consiguen transitar por matices e intenciones contrastantes, atacando con igual pericia los momentos de mayor tensión o aquellos que la momentánea dicha convierte en apacibles.

Con la puesta en escena de El deseo María Elena Soteras (Los mangos de Caín, Cabaiguán-Habana-Madrid) regresa a la escena de nuevo en rol de directora. La selección de la obra de un destacado dramaturgo latinoamericano es de por sí un acierto. A esto hay que sumar la temática abordada por la pieza, su capacidad para dialogar con nuestro público, así como la sencillez e ingenuidad con que es encarado el montaje y su coherencia. Todo ello y el meritorio desempeño de los actores hacen de este un espectáculo diáfano, digno de ser tomado en cuenta por el espectador.

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