Lázaro García: sentimiento y convicción

El incansable poeta y cantautor cubano es uno de los fundadores de la Nueva Trova que continúa creando temas donde la calidad y el compromiso con la Revolución constituyen un binomio que refrenda y legitima su obra

Autor:

Julio Martínez Molina

CIENFUEGOS.— En Donde habita el corazón, un reciente documental cubano dedicado a Vicente Feliú, que todo amante de nuestra música debiera apreciar, Silvio Rodríguez dice elogiosamente del citado artista, que nunca se rajó. Sería lícito parafrasear a Silvio para también referirnos en tales términos a Lázaro García. Él, quien por cierto figura en el mencionado material fílmico junto a otras personalidades de nuestra música, siempre estuvo al lado de la Revolución y nunca retrocedió en ninguno de sus propósitos y principios.

Lázaro García es alguien en quien se podría confiar siempre como referente o modelo de artista, intelectual, ser humano. Preconizó hasta hoy (y llevó a la práctica, que es lo más importante) un discurso que reniega de los falsos oropeles, las famas fabricadas por mercantiles fórmulas de laboratorio y da rango de preeminencia a la magnitud del mensaje de la obra por arriba de cuanto se puede alcanzar materialmente en virtud de ella.

De Lázaro se han consignado muchas caracterizaciones por parte de periodistas, musicólogos, investigadores... Hay una, hecha por el propio Vicente Feliú, viejo amigo suyo en las buenas y en las malas, y gran músico como él, que creo tan bella como justa para reproducirla a inicios de esta suerte de aproximación a nuestro cantautor:

«Lázaro García, no lo dude nadie, es un trovador de pura cepa, de esos que saben de donde son —el ombligo—, hasta donde van —el infinito—, y que ha sabido cultivar, más acá y más allá de la canción, la amistad. Lázaro ha pasado casi 40 años de su vida cantándonos a todos porque los que tienen el buen don de hacer canciones, además del disfrute personal desde el primer instante en que ellas se conocen pierden la identidad primaria para convertirse en asidero del gusto, del amor y de la esperanza nuestros».

Creador incansable, autor de canciones que forman parte de la parcela más entrañable del patrimonio musical cubano del siglo XX, promotor consuetudinario del Movimiento de la Nueva Trova —entre cuyos fundadores se encuentra—, combatiente internacionalista, mecenas de la cultura, productor, artífice de proyectos propios y de muchos talentos a los cuales brindó o brinda apoyo, pudieran ser algunos de los calificativos que cabrían hacérsele a la altura de su 60 cumpleaños, el pasado 31 de diciembre.

De hecho, ya están dichos, mas prefiero ponderar su valía como poeta, como el poeta que necesariamente no tiene que identificarse de forma automática con una generación o un movimiento, pese a su militancia confesa. El calibre de su lírica trasciende las balaustradas de escuelas y corrientes.

La matriz mágica de su cosmos creativo incluso lo ecumeniza, y hace posible que uno de sus himnos amatorios sea comprensible y asumible por cualquier ser de este mundo con un alma que se electrice y unos pelos en la piel erizados de emoción, ante el desgrane de pasajes de finísimas resonancias: como sucede con toda la buena trova que en Cuba se ha hecho, sea tradicional, nueva o las de los ventiañeros de hoy.

Generadora de una urdimbre de sensaciones románticas, humanas, éticas, la poética de Lázaro descansa en primer caso sobre el asiento de la precisión en el texto; el destierro de dos dañinas variantes de la impostura: lo sensiblero o lo laudatorio; y la preeminencia de un planteamiento estético construido a partir de la premisa de la calidad en todo cuanto escribe e interpreta.

Calidad y compromiso constituyen un binomio que refrenda y legitima su obra. Sus palabras lo definen: «Estoy directamente ligado a la Revolución, sobre todo mediante la Nueva Trova, porque nos agarró en la juventud; fue el pleno cambio el que obligó a buscar un canto nuevo, con otros escenarios. Lo más importante es que la Revolución nos enseñó varias cosas sobre los valores estéticos: nos enseñó a amar la calidad.

«Hay una máxima de Fidel que dice “no puede haber valor estético sin contenido humano”. Sobre esa base no nos salen cosas baladíes, superficiales, tontas. Se trata de no basarse en un estribillo; eso sería una traición. Eso se nos enseñó: a decir algo, si no constructivo, hermoso».

No desconfíe nadie que defenderá hasta siempre a la Trova alguien que apostó su juventud, su talento, su vida por promoverla y quien se pronuncia en términos tan optimistas para con sus exponentes: «El público en general espera siempre los discos de la Nueva Trova, sobre todo en esta época en la que hay tanta música... demasiado ligera, como el reguetón y todas esas corrientes que la historia ha demostrado que son efímeras. Los grandes consorcios del disco están ocupados en esa música tonta para tener controlada a la gente».

El autor de Si de tanto soñarte sabe bien dónde están las perlas en un océano de ostras engañosas. Y fiel a su perspicacia, a su sentido de la canción, continúa elaborando temas que ajenos de todo boato y fuegos de artificio dialogan desde el sentimiento con las certezas de las sencillas grandes cosas de la vida.

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