Una obra de desnudo teatro

Por gusto, de Abel González Melo, constituye singular y transgresora lección de cuánto puede conseguir el minimalismo en escena, y en el arte en general

Autor:

Rufo Caballero

Foto: Roberto Suárez Un profesor de Filosofía, un pintor, una maestra de escuela y un policía cruzan sus afectos a lo largo de un día cualquiera de La Habana de los 2000. Los cuatro son personajes extraordinarios sin pretenderlo. Todo lo contrario de cualquier presunción, ellos son gente humilde, sencilla, que, eso sí, luchan como fieras por salvar el amor, por construirse un amor, por rozar ese enigma insaciable que los humanos siguen llamando la felicidad. Pero, sin saberlo, son seres extraordinarios por los matices tremendos de su humanidad: no son buenos o malos, geniales o ignorantes, despreciables o amables. No. Son cuatro hermosas personas, perdidas en el tejido de la gran ciudad, rezando en silencio, a cada minuto, porque aparezca el amor al doblar de la primera esquina.

Grosso modo, es ese el argumento de Por gusto, obra de Abel González Melo que acaba de despedirse del público en la sala de Argos Teatro. La obra constituye una singular lección acerca de cuánto puede conseguir el minimalismo en el teatro, y en el arte en general. Desnudez resulta la palabra clave. Los intensos, complejos y preciosos personajes están desprovistos de cualquier aditamento: apenas hay objetos en la escena. Apenas si están auxiliados, en la emoción, por las melodías de Jarabe de Palo.

Hay aquí libertad. Luego de desnudez, libertad sería la otra palabra. Los personajes no conocen la moral sino la ética, esa otra cualidad profunda y sabia. Ellos se enamoran de forma cruzada, intercambian los afectos, luchan por proteger el placer lejos de la depravación, y se reconocen libres fuera de las ataduras que intentan mutilar la vida de la gente. Ellos no tienen límites fuera de los que les dicta su misma conciencia. Tienen ética, eso sí; luchan con belleza por mejorar y enriquecer sus vidas. Por eso, cada vez que concluye un monólogo o un dueto, como parte de la estructura de ronda concebida por el autor, los intérpretes tienen en la mirada una emotividad terrible, que echa por tierra la frivolidad o el humor fácil con que los personajes se defienden del mundo.

Es increíble cómo una pieza breve, de apenas una hora, resulta así de transgresora en todo. No solo porque vuelve máximo lo mínimo, corpóreo lo desnudo, ciudad el escenario vacío. También por la manera iconoclasta y sutil con que González Melo vira el teatro al revés y no pasa nada: la obra fluye como si tal cosa. Lejos de desplegarlas en escena, los personajes suelen verbalizar las acciones, como si un gesto de narrativa se incrustara, sin el menor ruido, en el acto teatral, y, siendo de ese modo, la pieza resulta muy icónica, llena de imágenes. La referencia en lugar del acometimiento de la acción dramática no significa un arcaísmo sino todo lo contrario: un índice de modernidad, para el cual el cumplimiento cabal de la acción puede resultar algo sobado.

Los personajes rompen una y otra vez la cuarta pared y echan en cara al espectador aquello que debían espetar a sus interlocutores en la escena, de forma que se quiebra siempre la distancia entre representación y recepción. Si estamos tratando de tu propia vida, ¿qué diablo haces ahí sentado, pasivo, como espectador? Tú eres uno de nosotros, actor en potencia de esta historia; parecen decirnos esos sujetos de carne y sangre que ya no nos abandonarán nunca. Las catarsis, las crisis de conciencia, las euforias, las traiciones, las vilezas, la inocencia de estos seres son también las nuestras; de ahí ese cruce tan especial entre minimalismo y modernidad teatral y una especie de naturalismo poético, expresado en la violencia de las emociones, en los firmes trazos que consigue el dramaturgo lo mismo en el diseño de los conflictos que de los personajes.

El casting es perfecto. En contadas ocasiones se ha visto entre nosotros un cuarteto de personajes tan bien repartido entre los actores, de acuerdo con sus características físicas y sus proyecciones como intérpretes. Amanda Fariñas es Laura María. Cuidado con esta mujer, que es dinamita. Un explosivo peligroso, una bomba de sensualidad y de profundidad actoral. Huele a peligro con Amanda. ¿Qué no será de esta actriz dentro de unos años? Graciosa hasta la carcajada cuando se trata de referir la apariencia del personaje, Amanda no pierde de vista, un segundo, la emotividad penetrante, la confusión, la duda perenne, la mutación de afectos y la inestabilidad de su Laura, al punto de que cuando tiene que hablar de cosas mínimamente serias se echa a llorar como un torrente imparable y conmueve al espectador también hasta las lágrimas.

Daniel Chile resulta ideal para el profesor de Filosofía. Actor cerebral, racional, que no abusa de su cuerpo para marcar las intenciones, sino que se apoya casi exclusivamente en las curvas y en las inflexiones de la historia que arrastra al entrar en escena. Chile tiene la mayor virtud que puede asistir a un actor: es intenso y es sobrio. Intensidad con austeridad; ahí está el secreto de una buena actuación, y Daniel parece conocerlo. Ajeno al menor efectismo o la menor concesión de comunicación, con un rigor interpretativo fuera de cualquier duda, encara al espectador a centímetros de distancia y desgrana su repertorio de emociones, donde cabe todo.

Javier Fano y Enrique Moreno consiguen un dueto, y un duelo interpretativo, de muy altos quilates. Qué buen actor es este Javier Fano que interpreta a Henry Colina, el policía. No es que Javier sea orgánico; es que Javier es la organicidad misma. Tremendamente virtuoso en el diseño de la cadena de acciones físicas (las patadas que expresan inconformidad, los matices que extrae al vestuario o a cada músculo de su cuerpo), Fano no descuida, en absoluto, lo fundamental: detrás de toda su dureza, Henry lucha igual, como los otros, por enterarse un día del sabor de la felicidad, por ganarse a Amanda, por corresponder a Marcos, el pintor, fuera de las mezquindades. En los momentos de las confesiones íntimas de su Henry, Fano estremece al auditorio; como lo logra todo el tiempo Enrique Moreno en su sensible pintor, quien se levanta todos los días con el ánimo de vencer la mediocridad que lo conduce a pintar no lo que quiere sino lo que se precisa económicamente. Enrique es un actor de una sinceridad atronadora. Si bien tiene que cuidar la colocación de la voz, porque en oportunidades los finales de frases se le hacen ininteligibles, la autenticidad de sentimientos de Enrique, la hondura de sus emociones, lo vuelven una fiera sobre el escenario. Cuando se defiende de Henry, le responde con las entrañas.

El final es maravilloso. No resulta de crescendo alguno; no hay concesión sentimental alguna. Nada de eso. El final sorprende de modo tan cortante y abrupto que el espectador se queda con ganas de más; eso es sabio. Contra todos los pronósticos sexuales (aquí no hay prejuicio ni estereotipo que valgan), Laura y Marcos coinciden una mañana, muy temprano, en una parada de guaguas. Hace mucho frío. Ambos están hartos de traiciones y de mentiras en sus vidas. ¿Qué no pudiera pasar entre ellos, antes de que se aproxime la primera guagua?

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