Cuando las luces se apagan - Cultura

Cuando las luces se apagan

Autor:

Rufo Caballero

La gran vedette de Cuba fue homenajeada durante la gala de premiación del Caricato 2008. Foto: Roberto Meriño «Ni mortales ni creyentes saben cuándo será. Pero nunca esta noche. Yo vivo aún; estoy viva. Ya sé por qué no he muerto. Era preciso que una mujer dijera las palabras de tu despedida. Que una mano de mujer colocara una flor sobre tu cadáver. Descansa en paz, Yarini».

Todavía retumban en mis oídos esas palabras, pronunciadas por el personaje de Rosa Soto hacia el final de la película Papeles secundarios, a partir del juego del filme con la letra de Réquiem por Yarini, la pieza de Carlos Felipe. Y todavía más: «Estoy presa de mis años y mis tormentos», «No tienes sino tus veinte años», «Ya soy parte de esta historia, y no serás tú quién me sustituya. Todavía no estás tan acabado: aún sabes lo que es el remordimiento».

Cuando Rosa Fornés apareció en el escenario, el sábado pasado, para agradecer el homenaje que le brindó el Premio Caracol, de la UNEAC, no sé por qué recordé esas palabras. Bueno, sí, lo sé: cada cubano tiene en su memoria a una Rosa distinta. Múltiple y siempre óptima, la Fornés se ha paseado por todos los géneros: la actuación en cine, televisión y teatro, la zarzuela, etc. Se llevó los mayores aplausos de una noche llena de emociones, porque los artistas cubanos agradecían la belleza de una vida dedicada a la cubanía y al arte. Y ella, humilde como todo grande genuino, agradeció, conmovida, a su pueblo, por el cariño de tantos años. Estuvo escoltada en la escena por Miguel Barnet, cuyo rigor intelectual y exigencia profesional se sienten en todos los empeños actuales de la UNEAC. Hombre culto y escritor de primera línea, sabe Barnet que rigor no quiere decir exclusión ni rimbombancia: la cultura cubana no es alta ni baja, sino auténtica, ancha y profunda.

Fue ese el momento cumbre de la edición número 30 del certamen que auspicia la Asociación de Cine, Radio y Televisión, este año encaminada a sintetizar y consolidar las categorías del concurso, lejos de los maratones de antaño, y tendente a resaltar, en el espectáculo de premiación, los más consistentes valores de la cultura cubana. En ese contexto, llamó la atención la falta de dirección artística en relación con algunos intérpretes. Digamos: ¿Por qué Rebeca Martínez, simpática mujer, que canta bien y baila mejor, siente que tiene necesidad de impostar esas caritas y posturas de vampiresa, y nadie la advierte o le mueve el piso, para que la artista reaccione y no se extravíe más su carrera? ¿Por qué Vania Borges, sugestiva presencia sobre la escena, cantante notable, sucumbe a la manía, bastante extendida hoy, de interpretar canciones y boleros en los tonos propios de la balada? Por otra parte, ciertos coros deben tener cuidado: Una cosa es el arreglo vocal interesante, y otra, la distorsión del criterio armónico de un tema; llega a parecer que se está interpretando otra composición.

Estas fueron notas que desentonaron en medio de una noche distinguida por la pertinencia de la producción artística. Fue un acierto indudable la invitación a Ars Longa, con sus voces educadas y su repertorio dúctil y finísimo. Como fue atinado llamar a un par de reguetoneros muy populares hoy día, para que interpretaran la música de Silvio y Pablo: era fabulosa la imagen de esos muchachos asumiendo otro tipo de música. Amílkar, de Warapo, y David Blanco abandonaron de momento sus registros tradicionales (el pop, la música tropical, el rock) y se dieron a sonear con sabrosura, mientras Edith Masola confirmaba de nuevo su gracia y su versatilidad.

Osvaldo Doimeadiós no pudo sostener el ritmo interior de La negra Fuló, tema que tanta gloria reportó a Luis Carbonell, pero el virtuosismo en el desdoblamiento vocal le permitió rendir tributo a ese otro coloso de nuestra cultura. Por cierto, cantantes desorientados como Rebeca podrían encontrar la debida asesoría en profesionales como el maestro Carbonell, quien no solo posee un oído afinadísimo y constituye uno de los mejores repertoristas del país, sino que dispone de la cultura general que le hace distinguir perfectamente entre la sensualidad legítima y la cursilería ramplona, entre la elegancia en el decir y la lentejuela fuera de lugar.

Hablando del buen decir, la conducción de la noche resultó bastante irregular. Cierto que el sonido de las pantallas (más bien el silencio) mantuvo en puro nervio a los conductores, pero de todas formas hubieran podido perfilarse algunos acentos. Por ejemplo, Larisa Vega y Héctor Villar, pareja con una extraña química, hermosa ella, caballeroso y elegante él, debieron cuidar el exceso de adjetivaciones, porque todo el mundo era maravilloso, exquisito, esto es un lujo y un placer, etc. No es que los conductores tengan que atarse mecánicamente al guión, pero en este tipo de espectáculo la sobriedad suele ser buena consejera: si se estaba entre premiados, o sea, donde abundaba la virtud, sobraban entonces esos adjetivos y esas exclamaciones ingenuas. Aunque si nos referimos a la exclamación hay que aludir al tono estimulante en que aparecieron Arletty Roquefuentes y Eduardo Ferrer, para presentar los premios de la radio. Era genuina la admiración que demostraban hacia sus colegas, y ello evidenció la ética de la joven pareja, pero no hay que gritar: justo los exponentes de la radio fueron los que peor proyectaron la voz, como si estuvieran hablando a un coliseo abierto y no a un teatro discreto.

Otros homenajes no resultaron menos emotivos: al maestro Humberto Solás, cuyo legado fue agradecido por no pocos actores en el escenario; a Erick Kaup, fundador del espacio televisual Aventuras; al Sistema Informativo de la Televisión Cubana. Junto a los maestros, una treintena de premios a exponentes actuales y activos de la cultura radial y audiovisual demostró el prestigio de que se ha ido haciendo la Asociación de Cine, Radio y Televisión de la UNEAC, última en fundarse, pero que con los años ha quebrado prejuicios y prevenciones —esos que la vinculaban solamente a la farandulilla y la frivolidad que algunos creen consustanciales a los medios— para, a golpe de rigor profesional, dimensionar sus premios, hasta el punto en que hoy día el Caracol se asegura como uno de los trofeos más codiciados y respetados del país. Y ese prestigio en crecimiento se debe, en buena medida, a la decantación de los jurados. Se suele decir que los concursos sirven para conocer más a los jurados que a las obras mismas, pero si fuera así, estos jurados se tienen que sentir muy satisfechos, dado que priorizaron a realizadores tan valiosos como Alejandro Gil, Ian Padrón, Tomás Piard, Caridad Martínez, Esther Suárez, Ana Nora Calasa, entre muchos otros que subieron al escenario orgullosos, eufóricos o sensiblemente emocionados.

Varias veces, a lo largo de la noche, se hizo referencia al azote de los tres huracanes sobre la Isla y a la austeridad a que nos obligan los embates de Natura. Sin embargo, cuando se apagaron las luces y los premiados comenzaron a abandonar la Sala Universal de las FAR —cuyos compañeros se veían igual de orgullosos por acoger a un segmento importante de la cultura cubana—, se respiraba en la atmósfera un sereno sentimiento de confianza en la recuperación. La esperanza de que Cuba se levantará económicamente en los próximos meses depende, no en poca medida, de la certeza acerca de que la cultura es el mayor escudo de la nación, está clarísimo. Nada como la cultura, nada como el pensamiento y la subjetividad que hablan con rigor y con garbo sobre un profundo ánimo de pertenencia, puede levantar a una nación. En tal sentido, qué duda cabe, un Caracol puede ser un escudo. Un sólido y resistente escudo que mejora cuando critica, que estimula cuando analiza, que enaltece cuando engalana la vida de los cubanos.

Comparte esta noticia

Enviar por E-mail

  • Los comentarios deben basarse en el respeto a los criterios.
  • No se admitirán ofensas, frases vulgares, ni palabras obscenas.
  • Nos reservamos el derecho de no publicar los que incumplan con las normas de este sitio.