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Teams y piquetes: ¿Un paseo en patines por el Prado?

A unos les parecen «raros» y no faltan a quienes les preocupan o les asustan, aunque adolescentes y jóvenes cubanos, como otros en el mundo, exploran nuevas formas de socializar, reafirmarse, destacar y sustentarse, frente a familias e instituciones a la zaga de la intrepidez, imprevisibilidad y hasta el riesgo de sus dinámicas

Autores:

Yuniel Labacena Romero
Ayose S. García Naranjo

Hace unos días nuestra multiplataforma conversó con un grupo de adolescentes y jóvenes que, invariablemente, se desplazan hacia el Paseo del Prado desde las localidades más distantes de La Habana (Un sábado por el Prado, 29 de marzo). Cada fin de semana —sobre todo el sábado— pasan la tarde justo frente al hotel Packard, donde ensayan coreografías que luego publican en sus perfiles de Instagram.

En esa ocasión quisimos conocer, de primera mano, sus motivaciones más íntimas: géneros musicales favoritos, la competencia amistosa entre piquetes, la aspiración de ser visto, la promesa —a veces real, a veces ilusoria— de que el representante de un artista les seleccione para «pegar un tema» y luego les pague, claro está. 

No obstante, las respuestas de todos esos jóvenes nos dejaron, a la vez, un cúmulo de preguntas abiertas. ¿Cómo interpretar este fenómeno dentro de la sociedad cubana actual? ¿Por qué tantos adolescentes invierten cada sábado lo poco que tienen —1 200 pesos en pasajes y datos móviles, según confesó uno de ellos— para grabarse frente a un hotel y exhibir el lujo que no tienen? ¿Cómo se pudiera acompañar estos espacios que, al parecer, carecen de todo tipo de regulación?

Para responder no bastaba con volver al Prado. Había que buscar a quienes observan el fenómeno desde una perspectiva profesional. Sicólogos, sociólogos y funcionarios públicos aceptaron hablar con Juventud Rebelde. No todos coinciden en sus puntos de vista, pero sí concuerdan en algo: lo que ocurre en el Prado refleja una parte de las complejidades de nuestro contexto actual que merece ser estudiada y visibilizada.

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La socióloga Yanelys Despaigne Ramírez, profesora de la Universidad de La Habana (UH), aclara que lo que sucede en Prado no constituye una anomalía, sino una expresión bastante coherente con dinámicas juveniles en las que están bien marcadas la búsqueda de identidad, la necesidad de pertenencia y la experimentación con códigos propios.

«El fenómeno que se observa en espacios como Prado y Malecón puede entenderse, desde una perspectiva sociológica, como una forma contemporánea de apropiación juvenil del espacio público. No se trata simplemente de un grupo que se reúne, sino de una práctica cultural donde convergen expresiones identitarias, estéticas, corporales y relacionales», agrega.

Por su parte, Pedro Moras Puig, jefe del grupo de Investigación sobre participación social y consumo del Instituto Cubano de Investigación Cultural Juan Marinello, apela a la necesidad básica de socializar que tienen las personas, especialmente los jóvenes. Su experiencia como profesor de la Facultad de Psicología de la UH le ha confirmado que ellos tienden a crear asentamientos junto a otros con similares características, demandas, intereses y construyen su propio espacio en estos lugares.

«Las investigaciones demuestran que los adolescentes prefieren estar al aire libre que en interiores, y utilizan regularmente calles y parques para socializar. Estos espacios les ofrecen un respiro de la supervisión adulta, brindándoles autonomía y un sentido de pertenencia a su entorno. Les atrae la actividad grupal, ser parte de un grupo, ser comprendidos, desobedecer la imposición de lo que los mayores llaman normal y disfrutar de poderse expresar libremente», dice también Keyla Estévez García, directora del Centro de Estudios sobre Juventud.

Mientras la Doctora en Ciencias Psicológicas Roxanne Castellanos Cabrera, profesora titular de la UH cree que adolescentes y jóvenes se han apropiado de este lugar como un medio de expresión y autoafirmación de sus identidades, para socializar y también en algunos casos como vía de ganancia económica. «Las dos primeras son necesidades importantes especialmente en la adolescencia y temprana juventud».

La música, la vestimenta, el uso del cuerpo (a través del baile, el patinaje o el ciclismo) son lenguajes mediante los cuales los jóvenes construyen sentido y reconocimiento entre pares, por lo que Despaigne Ramírez asegura que estos jóvenes no solo ocupan el espacio: lo resignifican, lo convierten en escenario de socialización, visibilidad y creación simbólica.

Los espacios públicos tienen un valor único para los adolescentes y jóvenes, pues les ofrecen un escenario para la recreación, la expresión cultural y la interacción social. Foto: Jorge Cruz Fraga (Tomato)

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Este no es un fenómeno novedoso en Cuba ni tiene por qué estar relacionado directamente con la crisis económica que vive el país. En el propio Paseo del Prado, dice Castellanos Cabrera, estos agrupamientos de adolescentes y jóvenes existen desde hace años, al igual que, como mismo ellos mencionan, en la calle G del Vedado, las tribus urbanas, los teams y los «piquetes», los cuales sufren variaciones en función del momento en que se vive.

Ahora se definen como «piquetes», pero en la práctica existen puntos de contacto con los teams: ambos son modos de agregación juvenil que articulan identidad, estética y pertenencia; «sin embargo, cada fenómeno responde a su contexto específico. Las formas cambian, pero la lógica de fondo, la necesidad de agruparse y expresarse, permanece», aclara Despaigne
Ramírez desde la sociología.

«En efecto, los estudios que hicimos en pleno año 2020 sobre los teams reflejaban la necesidad de compartir, de encontrar maneras para expresar sus inquietudes o satisfacer sus tiempos de ocio y la competitividad, que en aquel entonces trascendía un fenómeno que hacía una metamorfosis desde lo virtual a lo real y ahora va de lo real, del espacio físico al virtual», expone Estévez García, y complementa:

«Ha cambiado el escenario, ha cambiado el ritmo de la música que escuchan, la manera de vestirse, y un poco también los modos de comunicación y de expresión. Ser reconocido, destacarse, competir por la popularidad, ahora convertida en likes de redes sociales son parte de esas características transformadas a lo contemporáneo».

Sobre esto, la viceministra de Educación, Marlen Triana Mederos, alerta que el actual Código de Niñez, Adolescencias y Juventudes protege frente a la divulgación ilícita de imágenes o datos y exige cuidado reforzado en estos casos. No obstante, los adolescentes tienen poca percepción de los riesgos que puede implicar la exposición de su imagen, y los adultos no cuentan con las capacidades suficientes para acompañarlos adecuadamente.

En cuanto a sus características actuales, los especialistas entrevistados coinciden en describir una juventud más heterogénea, creativa y conectada, pero también más expuesta a incertidumbres estructurales. En la práctica, ello se traduce en que cada vez más se exponen desde edades más tempranas a la búsqueda de opciones laborales que les permitan su sustento y el de su familia.

Y ahí reside quizá uno de los aspectos más inquietantes del fenómeno, en el que de manera discreta, casi inadvertida, decenas de menores de edad han convertido el baile y la exposición pública en una forma de trabajo no regulado, sin contratos, sin supervisión adulta y, lo más peligroso, sin filtros para discernir entre una oportunidad legítima o una estafa. En el Paseo del Prado, un adolescente que acepta grabar un challenge para un desconocido puede estar también aceptando, sin saberlo, ceder sus derechos de imagen, exponerse a acoso, o caer en redes de explotación que operan en los márgenes de la informalidad.

Por tanto, la Viceministra de Educación reconoce que el espacio del Prado es una mezcla de ejercicio de derechos y exposición a riesgos. «Hay cultura, recreación, identidad y apropiación adolescente y juvenil de ese espacio urbano; pero también hay riesgos de violencia, consumo, desprotección en el espacio público y exposición digital, por lo que frente a ello está la obligación estatal de crear programas de prevención, educación, atención y rehabilitación».

El punto de mayor concentración de los muchachos y muchachas es frente el Packard porque buscan una visibilidad moderna y actualizada. Foto: Jorge Cruz Fraga (Tomato)

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Uno de los factores que a simple vista pudiera determinar la recurrencia del fenómeno recaería en la ausencia de opciones recreativas y culturales para los públicos de estas edades, aunque según la socióloga Despaigne Ramírez habría que matizar. No es solo ausencia, sino también el desajuste entre las ofertas institucionales y los intereses reales de los públicos jóvenes. «Muchas veces las propuestas existentes no dialogan con sus códigos, ritmos o sensibilidades».

Mientras, Triana Mederos comenta que «las nuevas generaciones están creando sus propios sistemas. Donde lo institucional no logra ofrecer espacios suficientes de participación, recreación, desarrollo o ingreso, los jóvenes los crean por su cuenta. Esto puede verse como una señal de capacidad, autoagencia, creatividad, organización y motivación, pero también de ciertos vacíos para canalizar esas energías».

Para Moras Puig, en cambio, la presencia de estos jóvenes en el Prado también se debe al concepto de «oferta cultural» promovido muchas veces por las instituciones de la nación. «Es que se centra básicamente en la definición artística del término, y esto un poco se contradice con lo que sucede, al analizar la mayor afluencia a espacios públicos y privados, bares de cuentapropistas o incluso la propia casa de los jóvenes y de familiares para pasar el tiempo libre.

«Más que falta de acompañamiento, yo lo que pienso es que hay falta de conexión con las demandas e intereses reales de todos los grupos poblacionales. No se puede inducir o tratar de inferir que los jóvenes quiereni o no un determinado producto, sino que hay que trabajar estos asuntos desde la diversidad cultural, con visiones más amplias de la cultura y la recreación, no solamente con lo que tú le brindas presumiendo conocer determinadas características», considera el especialista.

Y acoge con optimismo el hecho de que se recupere el espacio de los parques como punto de confluencia entre los jóvenes. «Esta vida cultural se había perdido a partir del aislamiento que impuso la pandemia de coronavirus, por lo que es importante que el Paseo sea sitio de encuentro de jóvenes, simplemente para interactuar entre sí, quizá escuchar un poco de música o conversar cara a cara entre ellos».

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La composición de los equipos de bailes es mixta y se observa un predominio de muchachas dirigiendo las coreografías. Foto: Jorge Cruz Fraga (Tomato)

Lejos de mantenerse ajenos al fenómeno, Castellanos Cabrera sugiere aprovechar el potencial artístico y creativo de los muchachos y organizar festivales y otras actividades que les den legitimidad desde lo aceptado socialmente, a lo que puede sumarse la habilitación de espacios como anfiteatros y centros deportivos, más controlados, que puedan dar satisfacción a este tipo de necesidades.

«Soy una convencida de que estamos trabajando poco desde la orientación, desde la explotación del potencial de cada adolescente y joven, en nuestras instituciones escolares, en nuestras comunidades. Falta labor para esto, como para otras tantas cosas, por ejemplo: la educación de la sexualidad, la educación del consumo responsable en los entornos virtuales y otros tantos temas que se abordan con propuestas locales de poco alcance, pero que no están trazadas como rutas de trabajo a través de programas nacionales e intersectoriales, como debería ser», apunta.

Al respecto, la Viceministra de Educación refiere que la vida adolescente hoy es híbrida (física-digital), pero las respuestas institucionales en Cuba siguen siendo mayormente analógicas, lo cual genera una brecha muy importante para llegar a los niños, niñas, adolescentes y jóvenes y hacerlos parte del desarrollo de la sociedad.

«El Código incluso dice que el Estado debe promover espacios e instalaciones recreativas públicas e incorporar las iniciativas juveniles relacionadas con recreación y uso del tiempo libre. La ausencia de espacios de esparcimiento fue una de las demandas más recurrentes de niños, niñas, adolescentes y jóvenes en el proceso de consulta del Código», detalla.

Más que crear nuevas estructuras, Despaigne Ramírez asevera que puede que el reto no dependa de crear nuevos espacios, sino reconfigurar los existentes, hacerlos más flexibles, participativos y sensibles a las realidades juveniles. Los jóvenes necesitan ser escuchados e incorporados como actores activos, y no solo como destinatarios de políticas. Ese es probablemente, uno de los pasos más importantes a dar. Ante estas situaciones, más que pensar en control o restricción, el desafío radica en comprender, dialogar y acompañar. 

«En la medida en que seamos capaces de adaptarnos y construyamos desde esa participación genuina con ellos y para ellos, los estaremos respaldando. Es nuestro deber entenderlos y, sobre todo, lograr unidad para educarlos y ofrecerles un crecimiento, un bienestar y una seguridad como proyectos de vida», agrega sobre esta cuestión la Directora del Centro de Estudios sobre Juventud.

Si bien las familias necesitan ser mucho más apoyadas por las políticas y el sistema de instituciones estatales, ellas en sí deben asumir un rol protagónico en el cuidado de los jóvenes y sus dinámicas fuera de casa.

«¿Saben esos responsables parentales dónde están y qué hacen esos muchachos cuando no están en la casa, a veces sistemáticamente? ¿Les enseñan a cuidarse, a no repetir por imitación o para ser aceptados? ¿Les hablan de otros valores que vayan más allá de los seguidores en Instagram y de las marcas?», pregunta Roxanne Castellanos sobre cuestiones que pudieran servir como punto de partida al interior de los hogares, pero que también la conectan con otros temas más atados al contexto del país y con los que debe tenerse más conciencia, «porque ya ocurrió en el Período Especial, que las familias perdieron el foco de la educación y la supervisión de los adolescentes y jóvenes, al tener que dedicar más tiempo a la supervivencia cotidiana».

Por eso, Triana Mederos aclara que, de antemano, no tiene nada de negativo que los jóvenes se agrupen en el Paseo; el problema radica en que estén solos. «La primera parte de este reportaje no dejó ver adultos significativos, ni servicios sociales presentes, ni mediación institucional, ni acompañamiento. Es importante que los jóvenes sepan a dónde acudir si necesitan ayuda o apoyo».

Los especialistas han hablado. Han diagnosticado, advertido, propuesto; pero en el Prado no se espera. El próximo sábado los piquetes volverán y las bocinas sonarán otra vez. Los reels se grabarán durante horas con el Packard de fondo, hasta que solo la noche, como siempre, decida quién se queda y quién se va.

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