El ángulo recto de 75 grados

El cuento que presentamos pertenece al libro Desde la soledad y la esperanza, publicado en el 2007 por la Editorial Capitán San Luis

Autor:

Daniel Chavarría

A Gerardo Hernández Nordelo

...Y a sólo dos semanas de evocar las contorsiones y acrobáticas posturas a que apelaba el psiquiatra tupamaro en la cárcel del Cilindro para sobrevivir dentro de un cubo de 140 centímetros de lado, ya tu hueco en la cárcel de Miami, seis metros cuadrados por dos de alto, te parecía una suite de cinco estrellas; y de pronto recuerdas a Edmundo Dantés sobreviviendo a punta de espíritu, gracias a los consejos del abate Faría, que lo indujo a ocupar siempre la mente en algo. Era un loco divino el Tupa, y en las tres conferencias que impartiera en La Habana, se reveló como profesor de calamidades, como deportista de la supervivencia. A lo largo de sus prolongados coqueteos con la muerte pasó once años encapuchado, o encogido, o cogido (sodomizado), como él mismo decía, sin jamás quebrarse, resucitando una y otra vez de sus desmayos en las cámaras de tortura, estimulado por la lujuria de haber vencido nuevos sufrimientos, por haber alcanzado un nuevo record contra la adversidad, como los masoquistas escaladores del Himalaya; y con su cara chupada de Karámazov rubio y azul, el Tupa, ojos de iluminado febril, proclamaba su perogrullada de que todo es relativo, y sostenía que con los recursos de autohipnosis que él enseñaba, más el recuerdo de las peores torturas padecidas por otros compañeros, o de las descritas en el Manual de Persuasión que empleaban los gringos en la Escuela de las Américas para aleccionar a los verdugos del continente, cualquiera podía producirse una anestesia local a voluntad; y tú, para no pensar en la alternativa trágica de la tortura, tan de moda entre los gringos, te propusiste mantener durante las horas de vigilia, el intelecto programáticamente dedicado a acopiar municiones útiles para el futuro; y como antídoto contra la espera, la incertidumbre, la locura que deparan la inactividad y el pensamiento al garete, decidiste perfeccionar tus habilidades de caricaturista. Y durante toda aquella primera etapa en el hueco, que duró más de un año, te consagraste a imaginar sobre el piso o en el aire, cientos de caricaturas que en la cárcel no te permitían dibujar «por razones de seguridad»; y en ese arduo ejercicio imaginativo, alternado con intensas sesiones de gimnasia, te agotabas a diario hasta provocarte el sueño reparador, y así se te pasaban las horas en busca de un recurso gráfico para acentuar la expresión roedora de Bush, o el sesgo rufianesco y medieval de Cheney, digno de los modelos costumbristas del Bosco; o de Condoleeza, cuyos párpados siempre a media asta delatan su origen en el Reino de las Sombras; y a veces con la punta de un dedo, trazabas en el piso las líneas de un dibujo que luego no te gustaba y le suprimías algún defecto con el canto de la mano; y en menos de un año lograste, como los ajedrecistas ciegos, ver todos los detalles de tus caricaturas pensadas, como si ya hubieran sido impresas; y tras acopiar un centenar en el archivo de tu memoria, un día decidiste caricaturizar a los EE.UU. como nación, desde sus orígenes, cuando las primeras oleadas de pilgrims fundadores de las Siete Colonias, hasta nuestros días; y así concebiste la ambiciosa idea de un soap comic, un interminable culebrón en forma de historieta para explicar a los niños cubanos, y a tus hijos cuando nacieran, y a tus nietos, por qué una gran mayoría del pueblo norteamericano ignora casi toda la injusticia y violencia que sus gobiernos nos han impuesto durante un siglo y medio, y su mayoritaria certeza de que Cuba representa una amenaza para ellos. Y al iniciar tu historieta te valiste de un incidente apócrifo, que se non è vero è ben trovato para caricaturizar la secuencia miedo, ignorancia, genocidio, geofagia que otrora regía las relaciones de las Siete Colonias con su entorno indígena (y que hoy, como política exterior de Washington ha evolucionado hacia la forma complejo de superioridad mesiánico, ignorancia, genocidio, petrofagia). Apelaste entonces a un episodio en tiempos del Mayflower, cuando el arribo a territorio de la actual Nueva Inglaterra, de una de esas inmigraciones fundacionales entre cuyos miembros surgiera la denuncia de que una peregrina soltera había cohabitado durante la travesía con un joven marinero; y ante el terror de que aquel pecado de lujuria acarreara la ira de Dios contra la nueva colonia, sus flamantes autoridades dictaminaron un servicio de Acción de Gracias, y como primer acto de gobierno, ordenaron quemar a ambos sospechosos; pero ocurrió entonces que una embajada de aborígenes, habitantes y propietarios de aquellas tierras, se trasladaron desde una cercana toldería al lugar del desembarco. Llegaron con ánimo de parlamentar y ver si los viajeros podían ofrecerles algún trueque favorable, pero al ver la pira donde ardía la pareja condenada, se detuvieron boquiabiertos, enmudecidos, a observar cómo se retorcían las víctimas en medio de las llamas; y los puritanos colonizadores, asustados ante la aparición de aquellos hombres tan oscuros y diferentes a ellos, promovieron la rápida y secreta reunión de un cabildo cuya jefatura declaró que con aquellos pintarrajos en la cara y trenzas en el pelo, los visitantes sólo podían ser agentes del Innombrable, y en el acto, tras la degollina preventiva de toda la comitiva visitante, mataron por sorpresa, y también con carácter preventivo, a todos los habitantes del vecino asentamiento; y en el guión mental de tu superhistorieta, los puritanos descendientes de esta colonia, aliados con sus iguales blancos, protestantes y anglófonos de otras colonias, conquistarían primero las tierras aledañas, y luego vastas extensiones en el Canadá, Medio Oeste, Texas, Luisiana, California, Puerto Rico, y desde el siglo XVIII conspirarían para apoderarse de Cuba y del resto del continente; y al final pensabas dedicar un buen espacio a explicar que en esa gran nación fundada por comunidades muy religiosas, en vez de amarse los unos a los otros, crearon una sociedad de ganadores y perdedores, winners y losers, donde ser pobre era infamante, y en cambio, solía perdonarse a quienes amasaran una gran fortuna a punta de pistola, como en el Oeste, o mediante abusos y estafas; y al cabo de unos años, con un poco de maquillaje y donaciones caritativas, muchos crímenes quedaban olvidados; y esta dicotomía de winner y loser ha llegado a ser el código único, la guía y brújula del hombre común norteamericano, olvidado ya de la preceptiva bíblica de sus antepasados cuando creían que antes entra un camello por el ojo de una aguja que un rico al Reino de los Cielos; y para una inmensa mayoría también resulta ina-ceptable la proclama cristiana de amarse los unos a los otros. ¿Cómo podría una persona decente, sana y limpia, amar a un homeless, un perdedor maloliente y lleno de pulgas, sin un centavo para costearse techo y alimentos, enfermo, que duerme en la calle tapado con cartones y periódicos? Y uno de los personajes en tu historieta podría ser el bandolero pastor Robertson, amiguito de Reagan y Bush Senior, que predica por TV para millones de fundamentalistas de la ultraderecha cristiana, y podrías ponerlo a explicar que Cristo, al emplear el término «prójimo», debió pensar sin duda en el concepto de proximidad y aludir a alguien de su cercano entorno social, de su clase; y en lo del camello, Robertson explicaría que de seguro se trata de un fragmento ficticio, porque Cristo no puede estar en contra de los ricos honrados, que son las fuerzas vivas de toda comunidad, los creadores de empleo, como Henry Ford, fundador de instituciones caritativas, escuelas y hospitales, y Robertson sospecharía que en la metáfora del camello, Cristo condena a los «ricos deshonestos», pero sin duda algún hereje o comunista de la Antigüedad, habría borrado de la Biblia el adjetivo «deshonesto»; y tú, al dirigirte a los niños cubanos debes ser muy cuidadoso, porque lo de amarse los unos a los otros es una frase de anjá, y cualquier niño cubano, o incluso adolescente o adulto, podría declararse patriota, devoto de Fidel, antiimperialista acérrimo, pero reconocer que no es capaz de amar a cualquier prójimo, sobre todo si el tipo apesta o tiene pulgas y es además un borracho y un gran comemierda... De modo que tus caricaturas deberán explicar que esa vieja consigna cristiana, que según Hugo Chávez puede ser también una consigna de los comunistas, para él significa un llamado de Jesucristo a luchar por la supresión de la indigencia y la construcción de una patria nueva, bonita, optimista, sana, incluyente, donde en verdad sea posible abrazarse de cualquier prójimo ya despulgado por la nueva sociedad justiciera, limpio, sin hambre, instruido; y en cuanto a lo del camello, está claro que Cristo condena la riqueza y propugna una sociedad igualitaria, sin clases. Y así, gracias a ti, los niños cubanos podrán reflexionar un día y ver con toda claridad que las familias wasp (white, anglo-saxon protestants) que en las películas son infaltables a sus servicios religiosos dominicales, no creen en el verdadero Cristo ni les interesa entrar a un Reino de los Cielos compartido con el pobrerío del mundo. Y también decides introducir en tu historiera al Sr. Monroe, que asustado por el intervencionismo de la Santa Alianza declaró su doctrina de «América para los americanos», y ya desde entonces, los EE.UU. consideraron al resto del continente como su traspatio, en el que sabotearon la obra de los patriotas y apoyaron a las oligarquías y a sus serviles dictadores; y al cabo de un siglo y medio de engañifas y latrocinios en el mundo entero, el pueblo de los EE.UU. llegó a convencerse, al fin de la Segunda Guerra Mundial, de que Dios los había elegido para imponer la democracia y la libertad en el planeta. Para ello los convirtió en la mayor potencia militar y económica de la historia, y les dio gobernantes como Harry Truman, el idiota, el sonriente bombardero de Hiroshima y Nagasaki con sus dedos en V; y los amedrentó con el terror anticomunista de McCarthy, que amordazaba a los opositores del American Way of Life so pena de incluirlos en sus listas negras de enemigos de la democracia; y desde entonces, sus marineros borrachos quedaban impunes tras encaramarse a los monumentos públicos para orinar sobre las cabezas de los próceres de América Latina; y su plan de los años 50 fue convertir al Caribe y en particular a Cuba, en burdel, garito y escenario de toda injusticia y violencia, dirigidas por los gringos y ejecutadas por sus lacayos batistianos; Y EN ESO LLEGÓ FIDEL, y con él resucitó Martí, y sí señor, el Comandante mandó a parar, y tú, nacido en el seno de una familia martiana, cuando tuviste edad para comprender lo que significara el Moncada, la prisión fecunda, el exilio, el Granma, la Sierra, creciste en el amor a la Patria, y ya preso, una vez soñaste que huías de tu cárcel gringa y llegado a La Habana, te revolcabas en sus amadas calles, y rodabas por ellas y besabas su suelo y al despertar del sueño, recordaste aquel otro acceso de patriotismo juvenil que te llevó un día a la Plaza de la Revolución, y ante la efigie del Apóstol juraste que siempre defenderías a Cuba Socialista y a Fidel, que jamás los traicionarías, y en cumplimiento de ese amor juramentado, hoy preparas futuras historietas que de paso te lubriquen el cerebro y los nervios y te preserven de la enajenación; y ya desde el primer día, has batallado por disciplinarte para no pensar demasiado en Adriana y en la lejanía de tus seres queridos, ni de los muchos instantes felices a su lado; y tu fe en el inexorable regreso a la Patria, se apoya en que lo ha pronosticado Fidel, ese genio augural, ese mimado de la historia y de las palomas y de los orishas, que todo lo prevé y lo adivina; y también, en tu certidumbre de que a los gringos se les fue la mano en el juicio de los Cinco, y que su cinismo ha llegado a consentir que un jurado de Miami te imponga dos cadenas perpetuas por tu supuesta complicidad en el cañoneo a una avioneta del mafioso Basulto, ya desechada como cargo por la Fiscalía, dada su archiprobada falsedad. Semejante violación del elemental principio jurídico de que nadie puede ser condenado sin cargos convincentes, excluye a los United States of America como estado de derecho y los convierte en el equivalente de una republiqueta de los años 30, al estilo de la Nicaragua de Tacho Somoza o el Haití de Papa Doc; y los convierte también en objeto de pitorreo, silbatina y trompetillas en cualquier sociedad civilizada que jurídicamente se respete; porque así como no es posible construir edificios calculando ángulos rectos de 75 grados, que se vendrían abajo como las Torres Gemelas, también se derrumban los estados de derecho cuando se viola con tanto desparpajo el abecé, los principios fundamentales de una Constitución, las normas internacionales. Y tú estás persuadido de que muy pronto, la parte más sana e ilustrada de la ciudadanía norteamericana, más la solidaridad internacional, provocarán un movimiento de reacción interna para lavar los trapos sucios de los últimos gobiernos; y hasta los canallas como el pastor Robertson y Cheney, van a preferir soltar a los Cinco y no tener todos los días ese jelengue interno de las manifestaciones frente a la Casa Blanca y el Congreso, encabezadas por Gloria de la Riva y Cindy Sheeham y por las miles de nuevas Cindy Sheeham, émulas gringas de Hebe de Bonafini y sus Madres de Mayo. Y tú, Gerardo, tienes fe en que si no es este año, será el próximo, o el siguiente, pero el Pentágono y la pandilla cleptócrata y petropirata de la Casa Blanca, sacará cuentas de que por complacer a la mafia gusana de Miami, no es negocio llenarse de mierda ante el mundo y dejar de ser los líderes de los Derechos Humanos en Ginebra y en sus cumbres amañadas por la libertad, la democracia y demás cuentos de camino; pero además, tras ocho años de resistencia a la adversidad, de gimnasia mental, de enconada guerrilla contra la locura, contra el tiempo, la memoria, la tristeza, la nada, te has convertido en uno de los Cinco, en un héroe de dimensión mundial, triunfo personal con el que nunca soñaste; y sostenido por tu creciente amor a la Patria, a los tuyos, te enorgulleces de estar preso en ese hueco, acusado de espiar para la nación más digna del orbe, la única que envió 300 000 de sus hijos a liquidar el apartheid en África sin pedir ni recibir nada material a cambio; la única que bloqueada y agredida, nunca abandonó a los niños de Chernobil, y todavía a más de cuarenta años, bloqueada y rejodida por los gringos, por los ciclones y la sequía, encuentra medicamentos, equipos, oncólogos, enfermeras especializadas y recursos para atender a centenares de casos, mientras que la humanitaria Europa, firmadora de manifiestos en favor de todo tipo de libertades y derechos, tras prometer ayuda y el oro y el moro, se rajó y no movió un dedo en favor de los miles de niños ucranianos contaminados por la radioactividad; y te enorgulleces de estar preso por defender tu Cuba, la que hoy sigue curando y educando a los pobres de la tierra en Guatemala, el África, el Himalaya; la que ha devuelto la vista sin cobrar un centavo a miles de desamparados; la que funda escuelas y hospitales en Haití, Bolivia, Gambia, y acoge en su propio territorio a miles de jóvenes del Tercer Mundo, para convertirlos en instructores de deportes, en ingenieros, maestros, médicos que un día podrán profesar en sus propios pueblos; en fin, por el orgullo de estar al incondicional servicio de Fidel, el que nunca se ha arrodillado ante los déspotas ni se ha callado una injusticia; y cuando por fin emerges de tu última estancia en el hueco de castigo y te permiten hacer una llamada a tu embajada, alguien te pregunta quien habla; y a ti te da por reírte y por imaginar una caricatura tuya en harapos, más pálido y barbudo de lo que estás, y respondes:

—Habla el Conde de Montecristo.

 

 

 

* Daniel Chavarría (1933). Narrador y profesor. Tiene una profusa obra novelística, especialmente de tema policiaco. Ha ganado numerosos premios nacionales e internacionales. En la próxima Feria del Libro de febrero de 2009 se presentará su libro Y el mundo sigue andando (Memorias).

 

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