Las cuatro reglas

Autor:

Juventud Rebelde

Mi padre me enseñó a leer y a escribir y mi tío materno más joven las cuatro reglas —así llamaban en casa a las operaciones elementales de aritmética. Comencé en la escuela primaria a los siete años, en el segundo grado.

En casa había poco más de una docena de libros: La Biblia, Trozos escogidos de la literatura española —no estoy muy seguro del título de ese libro impreso en París—, varios tomos de poetas españoles: Espronceda, Núñez de Arce y Campoamor; de los cubanos solo había una fea edición de la poesía de Heredia y una manoseada libreta donde habían copiado algunos poemas de Zenea. Completaban la magra biblioteca dos o tres novelas de Blasco Ibañez. No había comenzado en la escuela cuando empecé a hurgar entre los libros de mi padre; pero solo me permitió leer una Vida de Cristo en una bella edición con grabados, editada por una secta religiosa norteamericana.

Tendría unos nueve años cuando mi padre me permitió leer otros libros; preferí los Trozos escogidos, La Biblia y las poesías de Heredia y Zenea. Los Trozos escogidos comenzaban con crónicas sobre las invasiones de los normandos en el castellano de los siglos XII y XIII; fragmentos del poema del Mío Cid, que yo naturalmente no podía entender; pero, más adelante, encontré fragmentos del Quijote y otras obras clásicas de nuestra lengua. Recuerdo, de ese libro, Muerte de Raquel, dolor de Roger de Flor, Suplicio de Lucía Miranda, por un cronista neogranadino, y Mi delirio sobre el Chimborazo, de Simón Bólivar.

Mi padre me acompañó a una de las primeras ferias del libro, que entonces se celebraba en el Parque Central de La Habana; invertí mis escasos recursos en Facundo, de Sarmiento, y Tabaré, de Zorrilla de San Martín, pues hacía poco que había leído en una revista de «muñequitos», publicada en Buenos Aires, fragmentos de esa obra.

Las librerías de libros viejos y las ferias del libro eran mis aventuras intelectuales. Recuerdo un sábado que caminé por toda La Habana buscando las poesías de Machado y Juan Ramón Jiménez.

Fue en una feria del libro, a comienzos de los 50 que conocí a otros jóvenes poetas —yo hacía versos bajo la influencia de Juan Ramón Jiménez—. Estos jóvenes eran Pedro de Oraá, Heberto Padilla, José Álvarez Baragaño, Fayad Jamís y Rolando Escardó. Todos ellos, menos Escardó, tenían estudios sobre literatura. Me recomendaron la lectura de los ensayos de Guillermo de Torre y Alfonso Reyes —de este último ya había El deslinde, que me resultó difícil por mi escasa preparación; preferí su otro libro La experiencia literaria. Los ensayos de Guillermo de Torre, recogidos en un volumen titulado La aventura y el orden, los adquirí en esa feria.

Pedro de Oraá me recomendó la lectura de T. S. Eliot, Rilke y otros poetas, en traducciones asequibles en cualquier librería. También me recomendó que releyera a Lezama, a Baquero y a Cintio, pues yo solo había leído, además de a Heredia y Zenea, a Casal, Martí, Mariano Brull y Nicolás Guillén. Escardó me facilitó una antología de César Vallejo y otra de poetas nicaragüenses.

Estudié francés para leer a Nerval, Baudelaire, Rimbaud y Apollinaire en su lengua original; sus obras las encontré en La librería belga, en la calle O’ Reilly. Ya en mi madurez, estudié ruso para leer a Pushkin, Lermontov y a otros poetas más cercanos en el tiempo. En una traducción al español descubrí al gran prosista ruso Andrei Platonov; mas tarde, adquirí, en Moscú, una recopilación de sus narraciones breves que me fascinaron.

La búsqueda de un libro en las librerías o en las ferias anuales, siempre, ha sido para mí una aventura llena de emociones.

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