La «desconocida» saga de Max Marambio

JR se acerca al autor de Las armas del ayer, recién presentado en la Feria del Libro cubana, que narra sus vivencias junto a Salvador Allende y su relación de amor y dignidad hacia sus dos patrias: Chile y Cuba

Autor:

Jorge L. Rodríguez González

Desperté el pasado domingo bien temprano presto a terminar de escribir un trabajo pendiente. No había colocado una letra cuando una amiga me preguntó si había leído las Reflexiones de Fidel publicadas ese día y tituladas El colmo del ridículo. En ellas escribía el líder de la Revolución Cubana: ... Es una verdadera suerte que Chile ya no viva bajo la férula de Augusto Pinochet. Leyendo el capítulo 12 del libro de Max Marambio Las armas de ayer, refresqué aquellos tétricos días en que el tirano ordenó el bombardeo de la vivienda del Presidente, en Tomás Moro.

Juro que si tuviera dinero pagaría la edición masiva de ese libro.

«¡Caramba, Fidel me dio alante!», dije asombrado al término de mi lectura. Días atrás participé en la presentación del libro en La Cabaña, en una sala abarrotada de público. En esa ocasión Max Marambio declaró que «las motivaciones de los revolucionarios son fundamentalmente de amor. Si yo tuviera que definir este libro diría que es de amor. Un libro de amor a eso que nos iluminó y nos ilumina a todos: la idea de la Revolución». Sus declaraciones atraparon mi novel instinto periodístico e hicieron que desistiera de hacer una sencilla nota para mi diario.

Publicado en Cuba por la editorial José Martí, Las armas de ayer narra las vivencias de su autor junto a Salvador Allende antes y después de que este alcanzara la presidencia de Chile. También su relación de amor y dignidad hacia sus dos patrias: Chile y Cuba.

«Una crónica austera de la epifanía de una bandera en alto en medio de la derrota de aquel 1973. Su realidad, a medida que el tiempo pase, se convertirá en ficción que es el mejor destino que pueden alcanzar las verdades. Y este libro dejará testimonio de ello», escribe en el prólogo del libro el premio Nobel de Literatura, Gabriel García Márquez, quien asegura que desde aquel 11 de septiembre este es el libro que él quería leer.

Me sumé entonces a la enorme cola donde el autor autografiaba su obra. Al llegar mi turno, en vez de solicitarle una dedicatoria, le pedí una entrevista con la idea de encontrarnos en días posteriores; buscaba así tiempo para poder leer su libro. «Si esperas a que termine de firmar, conversamos hoy mismo», respondió el chileno con un acento «aplatanado» y no me dejó más opción que cambiar de golpe el boceto hecho para mi futuro trabajo. Sostuvimos una plática corta pero apacible.

Aunque parezca increíble, leí Las armas de ayer en dos días, en medio del ajetreo y las coberturas fotoperiodísticas de la Feria. En sus páginas encontré casi todas las respuestas a la entrevista en profundidad que hubiese querido tener con un personaje como Max Marambio, del cual ya conocía algunas de sus historias.

De ese modo, en lo adelante, no se asombre si algunos momentos del libro se entrelazan con la breve conversación sostenida con él.

Al terminar de leer las Reflexiones de Fidel, quien escogió certeros fragmentos de un capítulo especial del volumen donde su autor rememora los detalles del bombardeo a la vivienda de Salvador Allende, sentí la premura de terminar de escribir.

De agrónomo a guerrillero

Aterrizó por primera vez en la Isla en medio de los prodigiosos 60, cuando «García Márquez no era famoso, Roque Dalton estaba vivo y Vargas Llosa era un hombre de izquierda. Aún existía el campo socialista y a nadie se le ocurría anunciar el fin de la historia».

La idea de revolución para Max Marambio empezó con la victoria cubana. «No tuve tiempo de tener acceso a los textos históricos que hablan de la Revolución, de los padres fundadores del concepto “revolución”, salvo cuando conocí la cubana, lo cual fue muy pronto, a partir de las noticias que llegaban fragmentadas al pueblo donde yo vivía sobre la gesta de los barbudos en este lugar encantado que para mí parecía una especie de ámbito maravilloso, de Emilio Salgari, que era la Revolución».

En esa visita tuvo la suerte inmensa del encuentro con Fidel y se quedó a estudiar en Cuba. Del momento guarda un divertido diálogo donde el líder cubano le preguntó sobre qué quería estudiar. «Arquitectura, le dije. Perfecto, nosotros estamos de lleno en la agricultura, me contestó. Lo miré fijamente y, sin dudarlo un instante, asentí con la cabeza, haciéndome cómplice de su confusión intencionada».

Con apenas 17 años quedó Max en La Habana, pero no con el sueño de ser agrónomo sino el de ser guerrillero. Su mundo se encontraba alrededor de la figura del Che «y aunque nadie me dijo nunca que iría con él, secretamente esperaba que sucediera».

En 1968 regresó a Chile convencido de hacer allí la revolución. Se vinculó con el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) y luego de un tiempo en la clandestinidad, irrumpió a la luz pública, en el año 1970, al frente de la escolta del Presidente Allende. Era un equipo bautizado por la prensa opositora como el Grupo de Amigos Personales de Salvador Allende (GAP).

Un año y medio antes del golpe de Estado, Max Marambio ya no era parte del GAP ni del MIR, aunque continuaba junto a Allende «en condición de colaborador comprometido, pero independiente». El martes 11 de septiembre de 1973 decidió combatir junto a sus hermanos en la Embajada de Cuba en Chile. «Estar allí era una manera de demostrar mi solidaridad con la Revolución Cubana y compartir la suerte con muchos de mis amigos. Si había llegado el momento de morir, era un privilegio hacerlo a la vez por Cuba y por Chile».

Los cubanos tuvieron que abandonar el país austral y el joven chileno no pudo ir con ellos, pues pasó a ser una de las personas más buscadas por la tiranía pinochetista. Estuvo meses dentro de la Embajada, sin salvoconducto, envuelto en otras hazañas descritas en el libro hasta que pudo llegar a Cuba.

Las armas de ayer

La edición cubana de este volumen es la séptima en cuatro países y ya se prepara, en los próximos meses, la publicación en México, Italia y EE.UU. La presentación en Cuba implica una carga emocional enorme para Max, «primero porque soy un sobreviviente también del lado de Cuba, y porque esta Feria representa un hecho muy particular en los eventos de la Isla. Se une además —de manera circunstancial— la presencia de la presidenta de Chile, de cuya delegación oficial formé parte. Hay un montón de aspectos emocionales que me hacen sentir orgulloso, entre otras razones porque este libro es también sobre Cuba, sobre mi vida y Cuba es parte de ella».

El capítulo 12, titulado El camino hacia la muerte de Salvador Allende (referenciado por Fidel en sus Reflexiones), lo escribió tras la insistencia de García Márquez. Sale por primera vez en la edición isleña.

«Gabo le encontraba méritos al libro mucho mayores que los pretendidos originalmente por mí, explica Marambio. Sin embargo, me señaló que tenía un vacío en el medio que debía llenar, y era la muerte de Allende. Entonces le dije: pero yo me refiero a ese hecho, entonces me respondió: no, aquí no hay nada que explique cómo en un momento tú eres una persona, un sujeto reactivo a lo que pasa a tu alrededor, y de repente, cuando tomas tus propias decisiones, tu propio destino, te conviertes en otra persona, en esa a quien yo conozco; eso tiene una explicación y es la muerte de Allende».

—¿Le tomaron por sorpresa esas revelaciones?

—No me había dado cuenta de eso. Este es un libro con el componente de legitimidad de mis experiencias personales, de las cuales extrapolo enseñanzas, ideas, pero el Presidente Allende murió en La Moneda y yo no estaba con él, por lo tanto, me costaba mucho contar ese suceso.

«Ese capítulo tiene una lógica distinta, porque no lo podría haber escrito de otra manera, y según fui haciendo una introspección para poder escribirlo, para tomar el tono del resto de la historia, fui descubriendo al Allende gigante que no había descubierto nunca en mi vida. Tal vez lo tenía aparcado en algún rincón de mi propio corazón o de mi cerebro y ahí en este análisis descubrí a ese Allende que me sobrepasa y ya forma parte de la galería de mis personajes entrañables».

Una parte de la historia

Ni por asomo las sagas de Max Marambio concluyen con Las armas de ayer. Queda aún mucho por contar. Sin ánimo de ser absoluto, me atrevo a aseverar que él es una de esas personas, surgidas a partir de los 70 en la gesta latinoamericana, de las cuales, amigos y enemigos esperan con ansiedad que escriba sus memorias.

Una parte importante de ellas comienza a partir de los 80, cuando debuta como hombre de negocios. En el presente compagina esta actividad con la presidencia del Directorio de la Universidad de las Artes y las Ciencias de Chile.

Igual que de guerrillero, ahora, arropado en uno de los empresarios más exitosos de nuestro continente, ha estado al lado de Cuba, aun en tiempos de la debacle de los años 90, cuando grandes capitalistas daban muy pocas expectativas de vida a la Revolución.

«Cuba simboliza la porfía —y lo digo en el mejor sentido— el tesón, la resistencia, la fuerza de las convicciones y de los principios, y eso vale la pena mantenerlo. Cuba representa los espacios de dignidad que se han ido perdiendo en el mundo y nos hace mejores a nosotros luchar por eso».

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