Se extiende experiencia de las bandas municipales de concierto por toda Cuba

La Banda de Conciertos ha sido «la agrupación musical» de muchos lugares de la nación y es actualmente una realidad en 112 ciudades

Autor:

Yelanys Hernández Fusté

En Cuba, el parque de cada ciudad tiene el alma tatuada con notas musicales. Las partituras han peregrinado hacia allí gracias a las bandas de concierto, que se aferran a la costumbre de reunir a la gente en el lugar más concurrido del pueblo.

La agrupación ofrece sus retretas dominicales. También se presenta en teatros y en actos solemnes. El repertorio permite disfrutar de La traviata, aquel gran canto romántico del italiano Giuseppe Verdi; de la conocida y muy cubana (La) Comparsa, de Ernesto Lecuona; y el homenaje a la Isla en la letra de Cuba, qué linda es Cuba, de Eduardo Saborit.

Aunque en su mayoría están conformadas por noveles artistas, es válido aclarar que hay conjuntos donde sus integrantes peinan canas, porque la Banda de Conciertos ha sido «la agrupación musical» de muchos lugares de la nación. Centenaria en algunos casos, en otros con menos años a cuestas, es actualmente una realidad en 112 ciudades del país.

Su obra llega al público sin que medien discos compactos, dispositivos digitales o la radio y la televisión. Su impacto es más cercano.

Un hijo, un padre, la banda

Los muchachos de Santiago de Cuba. En el corazón de Santiago de Cuba, un grupo de jóvenes toca el criollísimo Chan Chan. Lo hacen con frescura, para que lo escuchen además en Alto Cedro y en Marcané, como decía el carismático Compay Segundo en su famosa canción. El auditorio seguro piensa que los artistas han estudiado música toda la vida, pero no, la han aprendido en solo un año en la Escuela Provincial de Bandas, y este es su concierto de graduación.

Un padre mira a la orquesta y manifiesta: «Aquel de la batería es mi hijo Carlos Rafael». Vino desde Contramaestre para verlo. Quiso presenciar el cumplimiento del viejo sueño de su muchacho: seguirle los pasos a Giraldo Piloto y Samuel Formell.

Juan Carlos Rosario Molina sabe que su crío tiene mucho que estudiar todavía. Pero ahora siente orgullo cuando pone atención a sus ejecuciones. «Él tuvo que interrumpir los estudios de preuniversitario, que casi terminaba, para matricular en la Escuela de Bandas. Sé que su vocación es la música».

Profesor universitario y amante de la sonoridad nacional, Juan Carlos ve las bandas como un «proyecto de multiplicación cultural, porque le permite a Carlos Rafael estudiar, acompañar a otros solistas y tener una motivación constante».

Le pregunto si le preocupa cómo recibirán a la nueva banda en Contramaestre. Reflexiona y, como buen maestro, responde con agudeza: «Es muy significativo que llegue allí. Tendrá un nivel de convocatoria grande. El que pase se quedará a escuchar y los habituales no faltarán a la cita con la orquesta. El hecho de que sean jóvenes es muy bueno, porque ellos le imprimen un concepto de música en movimiento».

Todavía con el impacto de ese primer concierto público en el rostro, Carlos Rafael Rosario afirma que escogió la batería porque siempre supo que allí estaba su vocación. Le agradan la música clásica y la popular. Piensa que en su pueblo gustará el repertorio montado.

Tiene 19 años y la cabeza llena de ideas sobre cómo la orquesta puede integrarse al panorama cultural de Contramaestre. «Podemos acompañar a solistas y agrupaciones. Yo mismo tengo aparte un grupo de rock. Creo que sería muy buena idea hacer cosas clásicas entre ambos», piensa en voz alta.

Pequeña serenata nocturna

Los jóvenes de Ciego de Ávila. En la Escuela de Bandas Javier Pilardes Rodríguez, ubicada en una zona rural del municipio de Majagua, Ciego de Ávila, varios jóvenes esperan a un pequeño grupo de periodistas que quiere conocerlos. Ellos ya llevan un buen tiempo tratando con los espectadores. Tienen la experiencia de actuar dos domingos al mes en sus localidades.

Aprenden música gracias a un programa que fue un éxito en Bayamo y es aplicado en las instituciones que forman a este tipo de artistas en el país. Están en la segunda etapa, donde solo vienen a la escuela cada 15 días.

Mientras interpretan la Damisela encantadora de Lecuona, varias cosas me impresionan en el escenario. Algunas chicas tocan instrumentos no muy comunes entre las mujeres. Osmari Carmenate, una joven de 20 años del municipio de Ciro Redondo, trató de romper esos esquemas y se decidió por la trompa.

«Te confieso que no la conocía. Cuando llegué a la escuela, la vi y me gustó. Hay otra muchacha aquí que también la toca. En la calle, al inicio, la gente me preguntaba: “Chica, ¿y ese instrumento tan raro?”. Y yo enseguida les explicaba que es muy lindo. Le tengo mucho amor. Me gustaría seguir estudiándolo».

Otra de las «notas discordantes» en escena es Yanet Arango, quien lleva la percusión en la banda junto a dos jóvenes más. Ya cumplió los 22 años, pero desde chiquita le gustaron los tambores.

«Veía a la orquesta Anacaona y me agradaba cómo tocaban. Le pongo “bomba” a la percusión, como dicen los músicos. Cuando me gradué en el pueblo me recibieron muy bien. Me apoyaron. Creo que les gustó que de mis tambores saliera música clásica, boleros, danzones.

«La primera presentación, en el Parque Martí de Ciego de Ávila, la hice con mucho nerviosismo. Pero al final todo el mundo quedó emocionado. Era el concierto de graduación y había caído tremendo aguacero, pero salió bien.

«Ahora los domingos hacemos las retretas en mi municipio, Venezuela. Me siento satisfecha, aunque sé que debo perfeccionar lo que hago. En casa estudio de tres a cuatro horas diarias. Utilizo el práctico, un soporte que me permite ejercitar sin molestar».

Una orquesta por dentro

El profesor santiaguero Joel del Río habla con una pasión que asombra. Es el especialista del Centro Provincial de la Música que atiende la Escuela de Bandas.

Del Río enumera algunos instrumentos que estas agrupaciones poseen. «Están constituidas por trompetas, trombones, tubas, trompas, flautas, flautines, clarinetes, saxofones; más la percusión...

«En cada una de las cinco bandas de Santiago de Cuba hay 25 integrantes. Luego sumarán 48, porque captaremos a otros estudiantes que se insertarán con otros instrumentos», precisa.

En marzo último, la zona oriental completó sus agrupaciones al graduar a los músicos de las orquestas de los municipios de Guamá, Contramaestre, Tercer Frente, Mella y Songo La Maya.

Al centro de la Isla, en Ciego de Ávila, los estudiantes están en la segunda etapa del programa. De los diez municipios con que cuenta la provincia solo existían agrupaciones en la ciudad capital y en Morón. En el resto, las bandas actúan cada 15 días porque en los otros 15 sus integrantes reciben clases.

Raúl Fuentes, subdirector docente, explica que en esta fase a los alumnos se les hacen evaluaciones semanales, audiciones con los profesores y hay un corte evaluativo trimestral.

Pero el tiempo de formación de estos jóvenes es corto en comparación con la enseñanza artística clásica. De ahí las obligatorias preguntas: ¿Qué estrategias emplean para formar a los alumnos? ¿Son válidas?

El profesor Juan Carlos Corcho, quien dirige la banda de Ciego de Ávila, señala que todas las fórmulas que se utilizan para enseñar son efectivas y «la vía de tocar por repetición es válida también». Saben que los estudiantes no tienen un conocimiento artístico previo y, por tanto, tampoco poseen todo el tiempo para adiestrar su oído.

«En los locales de las bandas, anteriormente se les llamaba academias, allí se formaban sus integrantes. Los mismos músicos les impartían solfeo y les enseñaban a tocar los instrumentos. Mucha información les llegaba por la vía de la imitación, de ver al maestro tocando», sentencia Corcho.

Música por toda Cuba

El proyecto de las Escuelas de Bandas surgió en Bayamo, inspirado en una idea de Fidel, en el año 2000. Hay que agradecer a los viejos músicos de las bandas, quienes también han hecho posible, con su experiencia, que sea realidad.

Abel Acosta, presidente del Instituto Cubano de la Música (ICM), afirma que el salto ha sido muy significativo. «De 46 bandas que existían en aquella fecha, con condiciones materialmente difíciles, ya sobrepasamos el centenar, todas equipadas».

Afirma Acosta que los instrumentos que se utilizan son costosos, y «están en el entorno de los 14 000 dólares para cada agrupación». Al hacer un recuento del programa, el especialista del ICM, Esteban Quesada Calderón, asegura que en el inicio se formaron 13 agrupaciones en Granma, aunque existían en Manzanillo, Jiguaní y Bayamo.

Después —añade Quesada— el trabajo se extendió a Guantánamo, donde tenemos 11 bandas que están en la segunda etapa, ocho en Las Tunas, 11 en Holguín, y ahora las de Santiago de Cuba.

—¿Qué sucede en el resto del país?

—Tenemos escuelas en Ciudad de La Habana. Villa Clara es una potencia en este tema y allí solo creamos orquestas en Manicaragua y Cifuentes. Nos faltarían Pinar del Río, Matanzas, Cienfuegos, Camagüey y Sancti Spíritus, donde estamos en la fase de captación. En La Habana se proyectará la construcción de un centro de enseñanza para crear las agrupaciones de sus 19 municipios».

—¿Tienen alguna estrategia para conformar el repertorio?

—Estamos al rescate del repertorio tradicional de bandas, que va desde la música lírica y sinfónica hasta la popular cubana. Tenemos un equipo grande de arreglistas y orquestadores que están digitalizando e imprimiendo muchas de esas obras, destinadas a los territorios.

Esteban Quesada Calderón, quien dirige además la banda de la capital, palpa en sus recorridos por la Isla el impacto del programa. «La labor social de estas orquestas es muy importante para los pobladores», asegura. Por eso es grato encontrar también a los jóvenes preservando una tradición: la de hacer música para engrandecer el espíritu.

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